miércoles 14 de enero de 2009

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A pesar de que suenan The Beatles y acabo de decir en voz alta: qué portento son los Beatles, y que, por tanto, eso, exactamente eso, es lo que tengo ahora, mientras escribo, en mi cabeza, quiero, realmente, a las 1.45am que son, quiero volver aquí, al patio de mi mi recreo, a escribir lo que quise, quería, escribir antes, y que al final no fue escrito porque en esta serie de los unos, los ceros y los doses, a menudo, yo no escribo lo que quiero, sino lo que me da la gana.

Esto es un plagio de Rosario Tijeras: las mujeres, dice, no se acuestan con los hombres que quieren, sino con los que les da la gana.

Estaba en la cocina, publicando en internet el texto de hoy, y pensaba, mientras trataba de hacerlo, porque la conexión va muy lenta y, finalmente, lo he publicado dos veces, así que me he tirado un buen rato borrando uno de los textos, porque queda muy feo, claro, dos textos iguales, gemelos, redundantes, bajo el epígrafe 13 de enero, que es el día de hoy, un martes, pensaba, digo, en algo que hace tiempo quería contar aquí pero que no he podido contar, como digo, porque esto, la mayor parte del tiempo no funciona así, esto es como el cubo de la película, no sé cómo se llama, pienso un poco, ah, Cube, claro, Cube, que me acuerdo que me la regalaron en mi 25 cumpleaños, ya me estoy desviando, y que fue lo último que vieron los asistentes a la fiesta, algunos, unos pocos, que se quedaron hasta muy tarde y acabaron viendo Cube, que digo que es igual que la cabeza, Cube, porque el cerebro se rige por un azar y un mecanismo, lo cual es paradójico y al mismo tiempo es lo que hace que sean posibles las buenas ideas, la poesía y el amor a primera vista. Me lo estoy inventando.

El caso es que mirando mails, mientras publicaba no publicaba, borraba no borraba, el texto de hoy, y quería decir, para mí, para la escritura de esta serie de los unos, los ceros y los doses, es fundamental internet, no la puedo hacer sin internet, simplemente no puedo escribir un texto sin haber publicado en internet el anterior, necesito esa liberación, esa paloma arrojada al cielo y ya ida sin remedio, para criar más palomas, si seguimos con la metáfora del palomar, para hacer otra cometa necesito cortar el hilo de mi cometa y que se la lleve el viento, no podría escribir aquí y guardar, escribir y guardar, e ir acumulando, como se hace con una novela, que nadie ve, que, como dije, es un secreto de sangre, me acuerdo, una tortura íntima, me acuerdo de las palabras, necesito esto publicarlo, darlo hacia fuera, para tener espacio dentro para seguir consumando mi diagnóstico.

Miraba mails. Estoy escribiendo, invitando, a la fiesta, y todos los que no pueden venir yo sé que no iban a poder venir. Y he pensado: intuición. Y por fin me he acordado de que quería hablar de la intuición, sí, de que eso es algo que quería contar, como también quería contar algunas cosas de hoy que no fue posible contar, y que han vuelto a mi cabeza.

La intuición. Últimamente estoy hiperperceptivo y he notado que tengo intuiciones casi milagrosas. Esto es, sé algo, y no sé por qué lo sé. Si alguien me cuenta un secreto, yo sé ese secreto; pero si nadie me lo cuenta, por qué lo sé. Lo sé porque la intuición es la inteligencia de la inteligencia, pensé un día, anoto ahora, pensé como pienso tantas cosas que luego no entiendo, pensé eso y me quedó la frase, la inteligencia de la inteligencia, y, realmente, días y días he estado sin saber qué me quise decir a mí mismo.

Ahora me ha dado un pequeño bajón. Es lo que tiene escribir lo que quieres escribir, que cansa, porque le dices al perro siéntate, sit, levántate, up, siéntate, sit, levántate, up, y el perro acaba por hacer lo que le da la gana, y hasta mordiéndote.

Las conexiones. Esto tiene que ver con ese entramado feroz, en mi caso, mastodóntico, de datos que se llaman los unos a los otros, que se jerarquizan y que trazan líneas que uno tiene que seguir. Acumulo datos, percibo cosas, guardo frases en mi cabeza y, de pronto, a veces, a veces de manera increíble, mi cerebro me dice: esto está pasando, y yo pienso: esto está pasando, y me muevo por el mundo sabiendo que eso está pasando, aunque nadie me lo ha dicho ni tengo ninguna prueba, incluso, esto va a pasar, esto va a suceder, me da a mí que va a suceder, y casi siempre sucede, porque, como dijo mi amigo el valenciano, está en el aire, y si uno atiende al aire sabe para dónde sopla el viento.

Entonces alguien me dice que no va a venir a la fiesta y yo no me sorprendo, no me sorprendo lo más mínimo: lo suponía, lo intuía, estaba en el aire.

El otro día pensé en la diferencia entre inteligente y genial. Concluía yo que la genialidad no es una inteligencia superior, un non plus ultra de la inteligencia, sino, como digo, la inteligencia de la inteligencia, eso, como dije al principio de esta serie, que es más inteligente que tú mismo. Y lo pensé con este ejemplo. Un señor coge un papel y lo arruga. Se aleja de una papelera. Se gira y le dice a un amigo, voy a encestar este papel arrugado en esa papelera de allí. Acto seguido arroja el papel arrugado y lo encesta en la papelera. Eso es la inteligencia. La intuición, la genialidad es cuando el amigo recoge ese papel, se sitúa a cierta distancia de la papelera, se gira hacia el anterior tirador y le dice: voy a tirar este papel contra la pared. No le dice más. Lo tira contra la pared, el papel rebota, da en un mueble, da en una lámpara, da en un picaporte, se queda en lo alto de un armario, rueda y cae dentro de la papelera. Eso es la genialidad.

Pienso.

Como decía Jose María Bakero, futbolista, sobre prodigios en el campo de juego, sobre jugadas sorprendentes: lo difícil no es hacerlo, lo difícil es pensarlo.

Porque luego, sí, el amigo puede coger el papel y tirarlo también contra la pared y conseguir el mismo efecto; pero lo difícil, lo inaugural, es tener esa intuición que reza: haz esto, porque algo aquí convoca lo nuevo. Y eso es lo que han hecho todos los grandes escritores de la historia: adentrarse en la oscuridad. Y por eso escribir bien lo puede hacer cualquiera y una novela la puede hacer cualquiera. Pienso.

Y por eso a mí me da tanta pereza escribir mi novela. Porque sé lo que va a pasar, sé por dónde voy, en fin.

Cuatro días sin escribirla. Sin embargo, tengo fe ciega en que la acabaré, y creo que puede ser una novela estupenda, evidentemente no puedo escribir y pensar que lo que hago es malo, porque entonces sí que no la acabaría nunca. Puede ser una novela estupenda, sí, había puesto el móvil, el despertador del móvil, es increíble el tiempo que llevo sin usar reloj de pulsera, a las 6am para levantarme y escribir mi novela, dado que mañana, o sea, hoy, tengo muchas citas, y no creo que encuentre la calma suficiente para aprovechar los resquicios de la jornada en hacer avanzar mi libro. Pero ya veo que no me voy a levantar a las 6am para mi novela, dado que son las 2.14.

Hoy me levanté a las 9. Esto lo digo porque sé para dónde quiero ir, no porque se me acabe de ocurrir. Me levanté e hice un montón de cosas; ha sido un día productivo. Me puse mi lavadora, me limpié mis platos, me fui al supermercado y compré cocacolas y bebidas varias para la fiesta, fui al banco a comprobar que sí, que el ingreso recibido es del INEM, pasé por la Casa del Libro, fui al dentista, luego fui a la licorería de la calle Augusto Figueroa y compré dos botellas de whisky, dos botellas de ginebra, una de Brugal, que nunca me acuerdo de lo que es, ron, creo, y luego vine a casa, y dormí, y luego salí, fui a la FNAC y compré dos entradas para Tindersticks, finalmente. Me he gastado una buena pasta hoy, aprovechando que me pagan sin trabajar.

Y pensaba, sí, esta tarde, y ahora, al levantarme e ir a la cocina, pensaba en lo que hice en el día de ayer, y en cómo me gusta consumir, y en cómo me gusta invitar a la gente a los conciertos, porque tengo dos entradas para Caléxico, dos para Tindersticks y dos para Oasis, y me da gusto invitar a alguien y decirle mira, para ti.

El caso es que, en la cocina, mientras publicaba en internet el texto anterior, me he acordado de algo y he empezado a hacer conexiones. Me he acordado de que en la Casa del Libro he mirado, claro, los libros, y, claro, mis libros, a ver si hay, a ver si se venden, esas cosas lógicas de cuando uno escribe libros, y al ir a ver si había libros de bolsillo de El talento de los demás, me he acordado ahora, quiero decir, en la cocina, antes, pues un señor ha pasado a mi lado y me ha rozado, y luego, cuando yo seguía buscando la O y, de hecho, no la he encontrado, ese mismo señor, con gafas, ha vuelto a pasar por detrás de mí y me ha rozado, hombro contra espalda, codo contra espalda, lo que fuera. Y me he girado y le he mirado con un infinito odio. No me gusta que me toquen.

No me gusta que me toquen. He pensado en ese momento, he pensado luego, mucho después, hace poco, en la cocina; he pensado, no me gusta que me toquen. Y, entonces, en la Casa de Libro, me he acordado de mi recuerdo profundo, del episodio con el seminarista, y he establecido una conexión muy peliculera, demasiado obvia, demasiado explicativa, y, sin embargo, no he podido no hacerla, no he podido no analizarme a mí mismo hasta ese punto pueril de pensar que no soporto que me toquen porque eso pasó.

No sé si a los demás les pasa, pero yo realmente no soporto que me toque gente que no tiene por qué tocarme. Me pone histérico.

Luego, lo he pensado antes, he tenido dentista. Y he pensado, la dentista no es que me roce, es que mete los dedos en la boca. He pensado. Y, sin embargo, he pensado, no me molesta; de hecho, me agrada mucho, he ido muchísimo al dentista este año y lo he pasado muy bien. He disfrutado. Tal cual. He disfrutado de varias extracciones y varias endodoncias y varios empastes. La dentista me toca, me saca los nervios, mete sus herramientas en el puro núcleo de mi cuerpo, y no me molesta, de hecho, me relaja mucho y es casi terapéutico. Salgo del dentista como de un masaje.

Y he tratado de pensar por qué. Y la respuesta parece obvia: porque a la dentista le doy permiso.

Pienso.

También he pensado, dialogando conmigo mismo, en alguien que me dijera: pues sí lo tienes difícil para ligar entonces, con ese miedo a que te toquen. Y he pensado: pues sí. Y he sonreído porque, aunque no lo parezca, yo tengo mucho humor.

No quiero dejar de anotar la sintomática casualidad de que mi dentista, a la que literalmente adoro, y me da una pena enorme acabar, y me gustaría en la fiesta del sábado, nuevamente, moderle a alguien algo al punto de, como me pasó en la anterior, astillarme un diente, diente que hoy precisamente, me ha sido arreglado, mi dentista, digo, casualmente, hablamos mucho, casualmente es la esposa de un crítico literario, lo cual, desde luego, es una conexión estupenda.

Pensando en eso, en el permiso, he vuelto a los que no tienen permiso, y me he acordado del otro día en el bandido, sentado a la barra con la novia de Nombre53, había una presentación y estaba todo infestado de poetas, y un poeta, me lo dijeron después, pasó dos veces, sí, pasó dos veces del interior del bar hacia la puerta, por donde yo estaba con la novia de Nombre53, y pasó y al pasar me tocó, me puso la mano en la cintura, como se le pone a una novia, como suele decirse “me agarró por el talle”, de una manera babosa asquerosa repugnante, la primera vez, me alertó, me sorprendió, me quedé cortado, pero la segunda se me pusieron los pelos de punta y le iba a partir la cara, luego me dijeron encima que el tocón era poeta y eso confirmó todo lo que pienso sobre los poetas, los poetas son lo peor, no hay nada que me dé más asco que un poeta, los poetas, ah, de verdad, pensaba antes, es lo que dice Millás de que uno triunfa en lo segundo para lo que tiene talento, y es que los poetas iban todos para mafiosos, pero tenían tanto talento para la extorsión y el delito que se asustaron de su propia vocación marrullera, y por eso se sentaron a escribir medias páginas y tramar concursos y hacer congresos y, por lo que se ve, babosear en los bares donde yo voy.

La poesía es la pederastia de la literatura.

13 comentarios:

Leyente Cinzano dijo...

¡Ay!, si pudieras pillar La poetisa de Jesús Tíscar Jandra...

Te gustarían sólo las poetisas.

Aquí quizás podáis encontrarla:

http://tiscarjandra.blogspot.com/

una lectora dijo...

Son un verdadero portento, sin duda.

Los Beatles, claro.

Anónimo dijo...

Aquí el primo del primo Kevin 2 y del seminarista 2. A los demás también les pasa.
A mí en particular, por ejemplo, la idea de pelearme físicamente con alguien, con un desconocido, me repugna precisamente por eso. No sólo me da asco que me toquen, también me da asco tocar. Es evidente que para mí, tocar a alguien, a un desconocido, implica sexo.
Puede que en realidad sea igual para todo el mundo. Creo que lo es. El sexo es lo más importante. Está en el aire siempre. Es ahí, creo, donde reside el crimen del abuso, en el permiso, como apuntas, en la licencia que alguien se toma contigo precisamente en la cuestión más importante del mundo.
El sexo para mí es algo místico: besar, oler, rozar una piel… Y comienza a serlo antes de eso, claro, está en el aire, como decía. De eso es de lo que más entiendo en este mundo. Es como volver al hogar. No hay nada que me guste más. Me embriaga completamente.
¿Qué influencia ha podido tener en eso lo del primo K? Creo que es imposible saberlo a ciencia cierta. Pero creo que hay una relación inversa entre el rechazo al contacto físico y la embriaguez mística -que yo extraordinaria en mí- del sexo.

Luisru dijo...

Al terminar este post he decidido que voy a leer El mundo. Porque quiero. Porque me da la gana.

Matías Ovelha dijo...

Hola Hikikimori,

Perdona que no te halague. Tampoco vengo a criticar (suena en mi i-pod que no tengo, el himno de la alegría) Simplemente, supongo, vengo a venir. Y es que. Acabo de leer tu post y lo que has escrito sobre la poesía. Y me da la sensación de que se parece a lo que escribiste sobre Gaza el otro día. Todo encaja.

Creo que la cosa va de hacerse el escritor maldito, a lo Celine, a lo Miller. Y es lo que espero. Porque si no me parecería bastante maléfico, por no decir (ridículos) (perdón) dichos comentarios.

A mí también me gusta la agresividad literaria. Esos puñetazos en el cerebro, pero creo que hay límites. Y no me refiero a la poesía, que seguramente te interese, y si no, pobre de tu literatura, sino a decirte que no te importa nada lo de Gaza.

No voy a ser un discurso progre aquí, pero creo que imaginarte a uno de los tuyos saltar por los aires indiscriminadamente no te haría ninguna gracia.

Por lo demás, agradezco sinceramente tus posts: tiene mucho valor que un escritor ya hecho, comparta con los demás sus vivencias literarias. Y al leer muchas de tus entradas, seguro que mucho de los que escriben se han reconocido en esas sensaciones. Yo sí, al menos.

Pues eso, quería decir eso. Sigo atento a tu novela. Por cierto, si me permites, me gustaría invitarte a mi blog. “Estar vivo puede ser una lata”, es el título de hoy. http://yohematadoaunhombre.blogspot.com Me encantaría que lo conocieses.

También me parece loable que permitas a toda la peña expresarse, sin restricciones. Pues eso, looking forward por tu new post y te diré que pronto caerá en mis manos “El talento de los demás”!

Matías Ovelha

Maria Eugenia Olavarria. dijo...

A mí también me pasa lo mismo, odio que me toquen, que me rocen,no sé por qué. En cuanto a los poetas... no me gustan tampoco, pero pienso que todos tenemos algo de poeta y loco.

Rafael Sarmentero dijo...

Me gusta la honestidad de estos textos. Dices, poco más o menos, que Gaza te importa tres pepinos.
A diferencia de Matías, yo estoy convendido de que no hay nada de provocación. En este mundo de corrección política e hipocresía, decir lo que uno piensa se ha convertido en un acto subversivo.
A ti no te importa Gaza, como a mí no me importa Gaza y como a nadie le importa Gaza. Si nos importara, haríamos algo más que manifestaciones de domingo tarde, como bien apuntas. Si nuestra familia estuviera implicada, nos lo tomaríamos en serio, iríamos allí... lo que hiciera falta. Porque nos importaría. A mí me importa tan poco, que ni siquiera sé qué es lo que está pasando con Gaza.

Está bien, haciendo apología del altruismo podemos decir que Gaza nos importa... en el puesto 457 de preocupaciones. Del mismo modo que nuestro paro o nuestro dolor de muelas, le importa en el puesto 457 a un individuo de allí. Nos importa, vale. Pero eso no es importar ni es nada.

En cuanto a la poesía, es evidente que poca relación hay entre que un baboso -poeta o no- te toque, y que la poesía sea esto o sea aquello. Pero qué importa, es justamente lo que sientes, no sientes que te dé asco el baboso cuando te toca, sientes que te repudia el baboso, la poesía y todo lo que haga falta, cuando te tocan.

El altruismo, por definición, no existe, en cuanto que uno es altruista porque es el modo de ser con que se siente bien (egoismo).

El altruismo es la poesía del egoismo.

O no.

Capirot-Valenciano dijo...

Y si sois todos tan parecidos al autor del blog y estáis tan de acuerdo, ¿por qué no os hacéis todos escritores?
Parece taaaaan fácil.
¿O toda esta palabrería es la confirmación de que no tenéis talento?

Luisru dijo...

Estooo... Por El Mundo entiendo la novela de Millás, no el periódico de Pedro J. Por si no se me había entendido.

Leyente Cinzano dijo...

Apostillo el comentario que he hecho:

A la poetisa de Tíscar no la tocan, la encula la misma Poesía para que la inspiración se haga verbo.

carmen dijo...

Tocarle a usted tiene que producir una descarga eléctrica. Mal asunto...
Y les deseo a todos que se encuentren con poetas del egoísmo-altrístas- y no con con prosistas de la vulgaridad más cruel.

Valentina Pov dijo...

No creo que haya que dejar de extorsionar para ser poeta. Yo hago ambas cosas. Extorsionar con la poesía. Quizá deberías probar, como dice Leyente C., con las poetisas.

Saludos, eso sí, sin tocar.

insomne dijo...

Cuanto tardas hoy