jueves, 2 de enero de 2014

raudo # 100

Hacía muchos años que un programa de televisión -pero también son muchos ya los años sin aparato en casa- no me hacía feliz, no me formaba al tiempo que me entretenía, no me conmovía incluso, como lo hizo el que vi hace un par de días en rtve, cuyo título -que me apela directamente, a mi oído musical, a mi discoteca- era y es -creo que se emite los domingos- Cachitos de hierro y cromo (y a cantar como tú sabes), un espacio sencillísimo y magistral: aprovechando el inmenso archivo de actuaciones musicales en la televisión pública, el programa llena una hora de pequeñas muestras del pasado, encadenadas en función de alguna temática más o menos original y comentadas al más puro estilo twit: un breve subtítulo dirige nuestra atención hacia la ropa del cantante, o hacia la del público, hacia el sabotaje de los playback -esa etapa en la que muchos grupos, intencionadamente, se mostraban patosos a la hora de poner en su boca sus propias palabras enlatadas- o hacia la gloria casi siempre efímera de esa persona que vemos y oímos en su -cliché- máximo esplendor; gracias a los que vi ayer o antesdeayer, en la web de rtve, recordé, como no hace mucho por otros motivos, un programa de televisión de mi adolescencia, que sólo duró dos años y que no he visto nunca mencionado por personas de mi edad a pesar de que su emisión fue -en mi vida al menos- crucial y casi mítica: hablo de una cosa llamada Plástic, emitida en la segunda cadena -ni siquiera se llamaba La 2- y donde un par de gamberros -uno, con pintas de macarra rockero; el otro, con trazas de niño bien- presentaban vídeos, hacían el imbécil, recibían a cantantes y grupos para entrevistarlos o hacerles buscar sus propias palabras enlatadas y, al cabo, terminaban con un delirante concurso donde había coches de juguete de gran tamaño y personas que se metían en ellos y eran bañadas -por motivos que ya no recuerdo- con asquerosos ungüentos de color pastel que caían del techo del estudio: en Plástic vi yo por primera vez -seguramente- videoclips, como Mala vida de Mano negra o el primer éxito de Juan Luis Guerra; por no hablar de ese gran momento -para mí: ojalá "para mi generación"- en el que Siniestro Total interpretó Cuánta puta y yo que viejo (zumo de naranja en las tetas de la negra), en horario insoslayablemente infantil -yo veía Plástic al volver de la escuela, debían de ser las cinco o seis de la tarde; debía de tener yo 14 años-, sin que, al parecer, nadie se llevara las manos a la cabeza ni uno mismo haya salido especialmente traumado de la experiencia; qué libre y qué chapucera resultaba aquella televisión; qué buena, como nos recuerda esta libre y buena -y para nada chapucera- televisión que encontramos en Cachitos de hierro y cromo, un programa de música que va, sobre todo, del cambio.

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