domingo, 15 de diciembre de 2013

raudo # 82

Que se acaba el día y no escribe uno nada, con lo fácil que es teclear, hundir botones, hundir quince botones y dejar una frase de tres palabras, hoy es domingo, la luna llena, el mar avanza, Quevedo escribió un poema, un soneto, en el que todas las palabras empezaban por A, así algunos articulan aforismos; por ejemplo, decir, ya que encadeno, que me dejo ir, decir que tengo pendiente un escrito sobre librerías y bibliotecas, sobre esos hermanastros del almacenaje, sobre el Caín y Abel de los libros, la cainita librería, interesada y escaparate, donde gozo de la tentación del consumo, del glamour de la novedad, pero nunca de los libros en sí mismos -en la librería comienza el comercio del signo, dice Barthes-, frente a la generosa biblioteca, donde todo es bufé libre y hallazgo, posibilismo, amor, libros que quiero leer pero no tener, libros que no he de elegir por su precio -en la librería, cuando compro un libro, dejo de comprar todos los demás; en la biblioteca, cuando saco un libro en préstamo, instauro una infinita cola de lectura: todos llegan, todo llega-, las bibliotecas están llenas de ciudadanos -y algunas, tan modernas, amontonan ciudadanos de todas las edades, adolescentes despatarrados por el suelo, ancianos adictos al tacto de la tinta (sus periódicos de siempre), adultos con vídeos o cedés, señoritas reunidas en salas multiuso-, las librerías están llenas de clientes, indistinguibles, mironeros, abusivamente conscientes de su poder de clientes, de su autoridad monetaria, que incluye el privilegio del grito, de la queja tronante, también; en la biblioteca, sin embargo, se guarda silencio, no sólo porque alguien está leyendo, estudiando, no sólo porque un cartel pide ese silencio, sino porque la institución nos convierte en comunidad de respeto.

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