sábado, 14 de julio de 2007
viernes, 29 de junio de 2007
Manuscritos
He dejado el manuscrito sobre la mesa. Es muy grueso, unas 300 páginas encuadernadas en espiral. No dejo de meter los dedos por entre las curvas del muelle. Es placentero.
-Qué dices que haces –me preguntan.
-Leo manuscritos. Por decenas.
-Suena interesante –comentan.
-Lo es. También pesado. Pero me apasiona.
-Nos das un poco de envidia –dicen-, ¿cómo has conseguido eso?.. Vamos, ¿por qué te han elegido?
-Porque lo hago de puta madre.
Mi respuesta ha sonado soberbia, sin pilares.
-¿Por qué lo haces de puta madre? –canturrean.
-Porque yo no tengo piedad.
2.
La novela comienza con un señor que viaja a un pueblo perdido. La novela comienza con una señora que viaja a la casa de su infancia. La novela comienza con un grupo de amigos que viajan a París. Siempre llueve. A veces hace sol. A menudo está nublado. El cielo es muy importante cuando empiezan estas novelas. Hay que decirlo. Que llueve, que hace sol. Que está nublado hay que decirlo. Siempre. Luego hay que poner a hablar a los personajes cuanto antes. Para sacar más personajes. Luego hay que reflexionar sobre el paso del tiempo. Las nostalgia da para muchas páginas sentidísimas. Oh, ayer. Ayer es lo que todos quieren contar, al menos hasta la página 20, que es donde, casualmente, dejo de mirar las páginas para mirarme el reloj, sus tres manecillas, tic tac, tic tac, convicentes, tic tac, sencillas, tic tac, sin cielo.
3.
-Pero habrá bastantes posibilidades de que algo bueno se te pase...
-Es imposible.
-...
-La primera frase basta. Incluso el título. Sin ponen cuatro citas al comienzo, uno de ellas de un clásico griego y otra de los Beattles, ya está todo claro. Si dedican el manuscrito, con amor, con afecto, nunca vale nada. Si viene de Sudamérica, el 70% de las veces no vale nada.
-Eso es racismo.
-También es verdad.
4.
La novela comienza con un asesinato. Escalofriante. La novela comienza con un asesinato. Morboso. La novela comienza con un asesinato. Brutal. Luego el policía es muy simpático y, bueno, un poco tonto. ¡Qué bien te cae! Habla, el poli, del crimen, de las pistas, de dónde le van mandar para que busque más pistas y podamos acumular al menos 150 páginas. El policía va a por las pistas, las mima, las acaricia, nos las expone. Luego siempre hay una mujer que no se deja, con las piernas preciosas, fuma. No hay manera. Pero el asesino paga, finalmente, y el policía se despide, con mucha gracia, con buen rollito, dando de nuevo su nombre, por si hay que escribir una secuela.
5.
-¿Con la primera página basta? No me jodas –dicen.
-Sí. Seamos sensatos, incluso: profesionales. A ver: te ponen un plato en la mesa. Una sopa. Tomas una cucharada. Es mierda: ¿tienes que seguir comiendo hasta ver el fondo del plato para saber que todo lo demás es también mierda?
6.
La novela comienza que la novela comienza. El protagonista escribe que escribe y que quiere ser escritor. Se cita a Albert Camus. Luego el protagonista sigue queriendo ser escritor veinte o treinta páginas más. Lee y escribe. Escribe que lee; ya dije que escribe que escribe; pero además escribe que no le publican. Escribe que no le premian. Escribir escribe (¡lo estamos viendo!), pero no se lee. La novela se conoce a sí misma tan bien que no le hace falta leerse. Se da por hecho, la obra, se sabe verdad y no busca, en sí misma, la verdad. Es irónico, porque la novela del joven que quiere ser escritor sólo tiene alguna validez si no se publica. A estas novelas sólo cabe darles la razón.
7.
-Mirad. No es el texto, no es la historia. Es otra cosa. Y esa es la magia de la literatura. Que la cosa no puede ser nombrada. Pero sí identificada, como un aroma, como un presentimiento. Tenemos obras que están bien, que están trabajadas, que acaban en un punto profesionalmente designado por el autor en una cuartilla manuscrita. Esas novelas son correctas. Correcto es mejor que malo. Pero, para mí, correcto es peor que malo; correcto es un límite, una barrera de la inteligencia. Hasta aquí puedo llegar. El que hace algo malo se ha equivocado, pero el que ha hecho algo correcto ha acertado, y por eso nunca va a hacer algo bueno. Pero el que lo hace mal, el que no consigue ni llamar al personaje con el mismo nombre durante todo el libro, ése, puede algún día acertar, y cuando acierte va a hacer un buen libro. Todo está dentro. Es la puta sangre. Es que eres escritor, no que quieres ser escritor. Es que impones tu obra, que es tu vida, que es tu dolor. Es que le hablas al lector cara a cara y no le das cuartel. Es que crees en la literatura, y que lo que haces no lo va a hacer nadie si tú no lo haces, y por eso has hecho un libro que nadie puede rechazar, porque la literatura es una fe.
8.
La novela comienza con la danza del idioma. La novela comienza con el rigor del idioma. La novela comienza con el sexo del idioma. La palabra es lo primero. Luego la palabra significa cosas, un poco a voleo y otro poco por exigencias del diccionario. Pero lo importante es que las palabras te tejen la cabeza, te tapizan el cerebro. El libro es idioma, una criatura hecha de sílabas, y crece. El libro-bebé es feo, es guapo, es como peleón; pero crece. El libro-niño es feo, es guapo, es como peleón; pero crece. Y cuando llega a adulto, y muere contra la página en blanco que lo cierra como un lápida analfabeta, su vida, su piel de palabras, se volcó en tu vida como se vuelca la vida de otra persona: sin que puedas evitarlo.
9.
-¿Por qué insististe tanto en ser lector de manuscritos?
-Porque yo he mandado muchos, y sé lo que es. Sé, exactamente, hasta el último detalle, lo que es mandar un manuscrito y no volver a saber nada de él nunca. Conozco ese dolor, esa duda, esa congoja. Lo que yo mandé podía no ser bueno; ahora me es fácil desentenderme, claro. Ya paso. Me la suda. Que le den por el culo a los libros que escribí y mandé y nunca me publicaron; que le den por el culo a los próximos libros que escriba y mande y me tumben. Me da igual. Ya cumplí. Cumplí conmigo. Pero, aún así, quiero ver llegar los manuscritos; sí, toda esa mierda, esa mediocridad, esa falsedad; quiero verlos llegar, quiero echarles un vistazo; quiero estar seguro de que alguien les echa un puto vistazo, joder. Y, sobre todo, quiero estar ahí. Cuando un tipo mande su libro, una gran novela, grande no porque luego le vaya a importar tres cojones a ninguno de esos gilipollas que hacen los libros de historia, sino grande porque a los que leemos libros nos lo parece, cuando ese libro llegue y tenga que encontrar un defensor, un valedor, un lector que se ponga de su parte para que alguien lo publique, un lector que se la juega por ese libro, es entonces, precisamente entonces, cuando yo quiero estar ahí, y hacer posible la literatura.
sábado, 9 de junio de 2007
viernes, 25 de mayo de 2007
-97.000
No sé dónde vamos, pero no dejamos de recorrer pasillos y tomar ascensores. Subimos y bajamos. Todo está lleno de ancianos y patas de silla. Hay gente detrás de ventanillas. Son jóvenes. Hay colas de personas heridas. La cola es un largo reguero de sangre y virus y papeles en la mano. Mi tío líder lleva papeles en la mano. Los pone sobre mostradores, recibe sellos y copias; recibe formularios. Recibe respuestas confusas a preguntas confusas. El DNI de mi abuela va y viene de mano en mano, como un cuerpo de plástico donde viaja su alma.
De nuevo en la planta cuarta, doy un paso al frente, sobrepaso a Paul Newman y arrebato, sin mucho tacto, la carpeta de las manos de mi tío.
Quiero verla. Quiero leer cada papel, cada nota, cada firma. Quiero tocar eso.
Quiero ver dónde dice y cómo dice y quién dice que mi abuela se ha muerto. Quiero saber qué es la muerte aquí, por escrito y dictaminada. Quiero ver qué pasa cuando te mueres y tus familiares vagan por el hospital buscando respuestas confusas a preguntas confusas. Quiero leer la página final y clínica de una vida. Ver la resta.
La causa de la muerte ha sido: neumonía respirativa. La hora: 20.10. La edad: 97.000 años.
El DNI de mi abuela ha empezado a decir mentiras desde las 20.11.
El documento sigue sumando.
Sin embargo, todo es resta.
Ya queda menos.
jueves, 17 de mayo de 2007
Cuatro pisos con una sola pierna
Realmente ha sonado el timbre de la puerta de mi casa.
-Joder –yo, realmente.
El timbre ha vuelto a sonar. Dos veces más. Tres veces más.
-Me cagüen...
He detenido el proyecto defecatorio en un punto en el que a ciencia cierta resulta casi imposible hacerlo. Todo por el timbre.
Camino hacia la puerta subiéndome los pantalones y no me abrocho sino que solamente me ajusto el cinto. Miro por la mirilla y veo una cabellera blanca, femenina. Debe de ser la vecina que se encarga de la comunidad, que hoy no se peinó: todo esto lo pienso sin palabras. Es decir, lo pienso.
Abro.
No es
-¿Sí? –digo, atónito, y miro por la barandilla de la escalera interior del edificio, los escalones.
La mujer muestra ahora un portafolio negro y dice:
-Estoy recaudando dinero para una pierna...
-Por favor –yo, sin piedad-, mire el barrio donde vivimos, por favor... –y empiezo a cerrar la puerta.
Veo cómo la señora, sin inmutarse, se gira sobre su única pierna y se encamina hacia la puerta frontera, la de mi vecino, en el Cuarto Dcha.
Cerré la puerta y ahora vuelvo al baño. Me quito toda
Mientras el agua cae sobre mi cuerpo (me veo las dos piernas cubrirse de afluentes cálidos) me empiezo a irritar.
Estoy extraordinariamente enfadado. Con esa mujer. Porque enseguida he pensado que la pobre mutilada ha subido a pie (no hay ascensor) hasta mi casa, para pedirme dinero para una pierna. Pienso, primero, que hace falta ser gilipollas, con la cantidad de puertas bajas que hay en Madrid, con la cantidad de peticiones que podría realizar sólo en puertas bajas, en primeros, en, como mucho, segundos pisos, subir cuatro pisos en mi barrio para pedirme a mí dinero. ¿A qué subir al cuarto, sin ascensor? No pidas dinero para una pierna, jodida retardada, pide dinero para un cerebro.
Pero me irrito aún más al entender. Entender que esta tía hace eso precisamente para despertar
Entonces la mujer deja de ser gilipollas y empieza a serme detestable. Hija de la gran puta. Vete a tomar por el culo con tu pierna única: vete a pedir dinero a la gente que tiene dinero; vete a tomar por el culo con tu puta pierna única.
Vete a pedir dinero en el barrio de Salamanca. Vete a
Vete a tomar por el culo con tu puta pierna. Única.
Vete al Banco Bilbao Vizcaya. Vete a Banesto. Vete a tomar por el culo.
Vete a Rafa Nadal, vete a
Vete a tomar por el culo.
Joder.
Luego pienso que he quedado. Para comer. En un restaurante en Lavapiés. Y luego esta noche tengo una fiesta y compraré un regalo, si tengo tiempo e inspiración. No me estoy muriendo de hambre. Tengo trabajo y todo eso. Realmente estoy mejor que esta hija de la gran puta y por eso empiezo a sentirme mal. Y eso sí me jode: que me haga sentir mal.
Que me haga sentir culpable.
A mí.
Esta hija de puta.
Estoy hasta los huevos de toda esta mierda.
viernes, 4 de mayo de 2007
Filipinas
Salgo del restaurante con el billete aún en la mano. Diez euros. Mi salida coincide con la de los chavales del instituto. Las Juventudes de Chamberí, niños monos, niñas monas, con mochilas y móviles y muchas ganas de llamarse por teléfono para quedar en la esquina del fondo, un rato.
Localizo un bar. Entro y pido cambio. Me dan todo en monedas de 1 euro. El dinero, amén de ser sucio, pesa como pecados por cometer. Me acerco a la máquina expendedora de tabaco y espero que OFF cambie a ON. Cambia. Fortuna. 2,55 euros.
Salgo.
Ocupo un banco vacío, en la calle García de Paredes. Enciendo un cigarrillo, cruzo las piernas y hago como que estoy muy concentrado en los quicios del universo. Chirría Plutón, pienso; se nos descuajaringa la órbita lunar, propongo; un agujero negro no pega como regalo de Navidad, asumo. Dios tiene su morbo. Afirmo.
Mientras doy caladas a mi cigarrillo, veo pasar, por delante de mis ojos, alumnas de tres en tres. Esto me ha hecho dejar de lado mis cavilaciones intergalácticas y concentrarme en la recurrencia del tríptico adolescente.
¿Por qué van de tres en tres las muchachas? ¿Cuántos son ellos?
Un grupo de tres chicas se me aproxima. Y, cuando doy una de las caladas epigonales a mi cigarrillo, se detienen ante mí, lideradas por una muchacha que apenas alcanza, a mis ojos, los 12 años. Es morena, la nariz chata, gafas, ojos con serpentinas.
Me mira el cigarrillo. Sonríe.
-Perdone... -dice.
-... -yo.
-¿Tiene fuego?
Y saca un cigarrillo. Lo sujeta ante su cara, su cara de 12 años, y veo en los nudillos de su mano una palabra escrita, cada letra sobre un hueso. No entiendo qué pone.
-Pero... -yo, confuso-, pero ¿cuántos años tienes? ¡Por favor!
Se ríe, la niña. Sigue con el pitillo pegado a los labios.
-Darte fuego debe de ser ilegal, por lo menos...
-Porfa...
-Que no, que no...
La muchacha parpadea diecisiete veces seguidas, llenándome la cabeza de aire inocente.
-Toma, anda. Pero enciéntelo tú misma... Yo no quiero... Seguro que es ilegal...
Le paso el mechero. Enciende el cigarrillo. La miro.
-¿Tú tienes origen filipino?
-Sí -me confirma, con cierto orgullo transcontinental, y luego me devuelve el mechero-. ¡Adiós!
Se marchan. Ella, la niña filipina, y sus dos amigas, sosas y rubias y con padres en el barrio.
Enciendo otro cigarrillo. Miro la calle. Los quicios del universo me dan un poco igual; ahora sólo pienso en los nudillos de la chica, en esa palabra de cuatro letras que lleva boligrafeada en la piel, sin sentido.
jueves, 26 de abril de 2007
Una gorra que piensa
La librería tiene, amén de libros, aforos. El aforo principal es una sala donde un señor miraba mucho su reloj, la otra vez que vine. Ahora está vacía. Somos pocos y no queremos humillar a una sala tan bien puesta, con sus hileras de sillas y su estrado, sus cuadros y un montón de esquinas donde rebota la voz.
Por eso estamos en el aforo al aire libre. Un patio. Con tiestos. Hay uno muy grande que me quita de ver. El tiesto tiene plantado bambú verde, erecto, altísimo, entreverado consigo mismo o con otra planta, que yo qué sé, una planta (otra o el mismo bambú) que está deshojandose por momentos, en afiladas hebras mortecinas, que caen al suelo de gravilla blanca, de donde yo las voy recogiendo, para retorcerlas con las yemas de los dedos y aburrirme de manera saludable.
Estamos sentados en sillas de tijera. Somos diez. Y las plantas. A mi izquierda tengo a un escritor con botas negras. El escritor pone las botas sobre el borde del tiesto y por eso es el escritor de las botas negras: por lucirlas. A mi derecha tengo a una chica italiana que lleva un bolso donde, bordado, dice: Soy feliz. Es morena, napolitana, feliz. Confio en su bolso.
Luego de la napolitana, la jefe de prensa. Luego, señoras a las que las plantas molestan sus cardados. Tengo una delante que no deja de meter el bambú dentro del bambú, en un acto de inconsciencia sublime: en cualquier momento, la rama doblada contra natura puede dispararse y romperle un pendiente.
Luego (estoy hablando del aforo), editores, correctores, lectores, traductores y un autor, con gorra azul marino, gorra de béisbol, con el símbolo de nike en blanco, tan sonriente como él mismo.
La traductora lee un fragmento de la novela a cuya presentación hemos venido. El fragmento es bien largo.
Yo he dejado de retorcer hojas secas. Ahora estoy alzando una botella de champán que dejé acomodada en la gravilla. Antes del comienzo, el gerente de la librería nos dio unos vasos de plástico y nos los llenó de champán. Romper el hielo. La botella pesa mucho, es negra y dice Freixenet. Miro a la napolitana pero la napolitana no bebe champán. Miro al escritor de las botas negras: no bebe champán. Entonces estoy bebiéndome la botella de champán amparado por el bambú. Es agradable.
Ahora, el autor de la gorra de Nike lee su novela en el idioma original, que suena como declararle tu amor a Leni Riefenstal.
Miro hacia el cielo. Oscurece. Hizo mucho calor y al cielo le brillan un poco los pómulos. Me gustan los patios interiores porque te convencen de que el cielo es inalcanzable. Son seis pisos de patio interior, con todo eso tan sórdido que tienen los patios interiores y las cosas por detrás. Ventanas raídas, cañerías oxidadas, resaltes y apliques y abrazaderas inútiles. Ropa tendida, fláccida.
Sobre una cañería, justo encima de nuestras cabezas, hay una prenda colgada. Hasta tiene una pinza absurda en un extremo. Es naranja, parece un calcetín, pero de tan larga la prenda se me hace misteriosa, casi obscena. No sé qué es.
Le digo a la napolitana, con el dedo, que mire la prenda misteriosa. La mira, pero luego no me pide una cita. Es rara.
El autor ya dejó de ligar con Leni. Ahora nos habla en inglés. Habla muy bien el inglés. Habla enfáticamente, ilusionado, dichoso de estar en España, convencido de convencernos, arengador. El autor me cae muy mal. Por la gorra. Ya está. Me cae fatal y le deseo lo peor. Es un tipo feliz, como los bolsos italianos, un tipo que haría bien de ejecutivo de una empresa de internet, google, por ejemplo, apple, por ejemplo, con su entusiasmo, con su desenfadada manera de vestir, con su fe en un sistema que te pone marcas comerciales en la frente, para que seas tú mismo un anuncio, carne de publicidad, defensa falsa.
Me da tanto asco el escritor de la gorra Nike que le escribo un sms a la jefe de prensa. Dice: "Dame el número de teléfono de la napolitana, que le voy a escribir un sms.”
Mando el mensaje.
El autor de la gorra, que realmente y en justicia debería estar en una sala en Chicago, muy vasta, ante 2.000 trabajadores ufanos de, no sé, Yahoo, diciéndoles lo maravillosa que es Yahoo y la cantidad de cursos de punto de cruz que la empresa va a proporcionarles como formación gratuita y espiritual (por la cruz), se ha puesto a cantar el cumpleaños feliz a una de las chicas que, desprevenida, le ha comentado semejante efeméride.
La jefe de prensa no me pasa el teléfono de la napolitana.
Está cantando en inglés. De pie. Yo miro bambú.
El autor, este autor, este tío, se ha sentado por fin para que no haya fin. La presentación se prolonga, sinuosa, dizque intrínseca, por pasillos de ternura literaria, velada memorable y con algunos flashes fotográficos. Me aburro con consistencia.
Recibo un sms. No molesto mucho porque siempre que mando un sms me quedo con el teléfono en la mano y el dedo en el botón de Yes. Tengo siempre muchas ganas de darle al Yes pero a veces pasan días enteros sin respuestas a mis sms: entonces me obnubilo y creo que podría aspirar a alcaldías deplorables.
Dice: “No.”
Pero no es de la jefe de prensa.
viernes, 13 de abril de 2007
lunes, 2 de abril de 2007
¿Haces zen?
-Hola, ¿qué tal? –saludo.
-Hola, A. –me dice, y la comisura de sus labios se estira sutilmente.
Permanece sentada mientras yo dejo mis cosas sobre una silla junto al radiador. Luego ocupo el butacón. Cruzo las piernas a la altura de los tobillos (mis tobillos, entrechocándose a través de los calcetines, me entretienen como títeres), ubico mis manos sobre mi estómago y suspiro profundamente.
-¿Qué hacemos hoy? –pregunto.
La doctora, entonces, se levanta. He vuelto la cabeza para ver cómo coge el croquis de mi dentadura, que está sobre un mueble metálico. Lo mira apaciblemente, como una niña que aparta guisantes con el tenedor.
-Sí, sí –dice-, hoy seguimos con la grande.
-El empaste roto.
-Ajá.
Enderezo el cuello, miro por la ventana. Los edificios anaranjados, las ventanas de aluminio oscuro, con cortinas abiertas y vidas familiares destinadas a una cena, un rato de televisión, un tránsito de sueño.
Entra la asistente. La doctora está junto a mí, y el butacón me está poniendo horizontal al mandado de un botoncito verde.
-Está aquí Nuria –la asistente.
-Atiéndela –dice la doctora- la anestesia tardará bastante en dormirle. Abre la boca, A.
Abro la boca.
-De acuerdo –la asistente se marcha.
-Abre un poco más, así...
La aguja se me ha clavado en el fondo de la boca, en la raíz de la mandíbula. La doctora tira de mi labio superior y siento la anestesia hacerse un hueco en mi cuerpo. La doctora parece estar sacando poco a poco la aguja de la jeringuilla para que quepa toda esa adormidera.
-Ya está. Tardará un rato. ¿Quieres que te ponga recto?
-No. Así estoy bien.
-Puedes dormirte si quieres –bromea.
-Sí, jeje.
Por el rabillo del ojo, la veo ocupar de nuevo el taburete, cruzar las piernas y matar las manos sobre el regazo. Miro por la ventana, la luz. Me toco la mejilla con las yemas de los dedos, como si palpara en los bolsillos cosas que acabaré por extraviar.
Vuelvo la cabeza y miro a mi dentista.
-¿Haces zen?
-... –sonríe.
-Quiero decir, estás siempre tan tranquila. Eres super serena –y trazo con las manos un horizonte de serenidad –Así.
-No, no hago zen.
-¿Ni relajación ni nada?
-No. La procesión va por dentro. No te creas. Ya me lo habían dicho, que soy muy estable, pero no es así. Para nada.
-Ah.
Vuelvo de nuevo la vista al ventanal. Me toco la mejilla. Juqueteo con mis tobillos.
-Oye, esto es como el psicólogo, ¿eh? –yo.
La luz del día sigue ataviando la tarde. Veo una calle en cuesta, con coches y peatones. Nunca había visto esa calle como ahora, en mis visitas anteriores.
-Siempre que vienes tú es de noche, ¿verdad? –la doctora parece leer mis pensamientos.
-Sí.
-Con esta luz, parece que cunde más el día. Sales, y como no es de noche, te dan ganas de hacer cosas. ¡Es increíble la luz que hace!
-Cambiaron la hora –yo, metódico-, es que adelantaron la hora... O la atrasaron, no sé. Eso es.
-Cunde mucho más el día...
¿Qué haces luego?, pienso en preguntar. Me fascina cuando pienso algo y, durante un segundo, no estoy seguro de no haberlo dicho realmente.
-Mi asistente vendrá en un rato, perdona la demora...
No lo he dicho realmente. ¿Qué haces luego? No puedo decirlo.
-¿Tú lees?
Esta pregunta me sale siempre de manera muy fluida.
-Eh, sí. No mucho. Sólo en vacaciones.
-Ah.
-En el avión, sí.
-¿Y qué lees?
-Bueno, de todo.
-...
-Me gustan los libros que se pueden leer de un tirón. Me gusta terminármelos enseguida, aunque sean gordos.
-Los pilares de la tierra, por ejemplo.
-Sí. Bueno, en Navidad me leí fue La biblia de barro.
-De Julia Navarro.
-No recuerdo. Sí, estuvo bien. Luego me leí La sombra del viento. El último que leí fue Tokio Blues.
Se encienden todas las alarmas de mi cerebro, todos esos ganchitos, todas esas cadenas que arrastran conversaciones.
-De Haruki Murakami. Está bien, ¿no?
-Sí, bueno. Un paciente me dijo que era el mejor libro que había leído en su vida, pero a mí no me gustó especialmente.
-Yo escribo, ¿sabes? Acabo de publicar un libro sobre Japón. Está en la Casa del Libro. También está en El Corte Inglés.
Suficiente.
-Vaya. ¿Sí? ¿Y de qué va?
-Bueno, de Japón, un poco. Por encima. Por debajo no va de nada.
-Pero tendrá... una historia... y un final... y como... historias o así...
-No, no. Yo no hago ese tipo de literatura.
-Ah –la doctora sigue estática, sobre el taburete. Yo la estoy mirando gracias a giros intermitentes de mi cuello, torsiones puntuales que derrota el cansancio de un músculo, ahí junto al hombro, que no sé cómo se llama. – Pero, ¿a quién se parece lo que escribes?
-No sé. A Camilo José Cela, por ejemplo.
No parece que le aclare nada.
-Pero, ¿cómo se llama la literatura que tú haces? ¿No es bestseller?
-Se llama literatura de calidad.
-Literatura de calidad. ¿En serio?
-Sí. En serio se llama literatura de calidad.
-...
-La próxima vez que venga te traigo un ejemplar de mi novela, ¿vale?
-Vale. Muchas gracias.
Ha pasado un buen rato. Hemos seguido hablando. La asistente continúa despachando con Nuria, persona que de inmediato se ha hecho acreedora de todo mi afecto. La doctora responde a mis preguntas sobre su trabajo. Me interesa su trabajo. Me interesa todo de ella. Algunas preguntas la descolocan (“¿Donde vais los dentistas cuando necesitáis ir al dentista: u os lo hacéis vosotros mismos, con un espejo?”), otras son respondidas de manera muy precisa: “Trabajo aquí una tarde y dos mañanas a la semana. Mi trabajo es así, tienes que desempeñarte en varias clínicas, no sólo una, a no ser que abras la tuya propia.”
-Ah.
Llevo un buen rato que, cuando hablo, me pongo la mano sobre los labios. Me da cierto impudor no notar que los muevo, no saber qué postura adoptan, que ridículo perpetran, desmereciéndome.
Por desgracia, la asistente llega.
-¡Perdonaaaad!
-Vamos allá –la doctora.
Encienden la lámpara amarilla y me ciegan. Cierro los ojos. Toda está negro ahora, pero restallan aquí y allá, como galaxias que perecen, destellos rojos, verdes, alguno blanco.
-¿Sabes que A. es escritor? –la doctora, en la oscuridad. Y metiéndome herramientas en la boca –¿Verdad, A.?
Creo que estoy asintiendo.
-¡Qué pacientes tan literatos tenemos! –dice la asistente, que sujeta tubos y baberos del otro lado de mi cuerpo –Está Jorge, que siempre nos regala libros. Luego, ¿te acuerdas de la señora María? Dice que ha dejado de trabajar para escribir su novela. Y el señor Juan estaba escribiendo cuentos. Me los trajo el otro día, escritos a mano...
La oscuridad continúa. Compito con todos los desdentados del panorama literario de Arganzuela.
-¿Qué tal Nuria?
Las chicas me acribillan una muela, me la sustituyen y pulen sin dejar de hablar ni un momento.
-Deprimida. ¿Sabes lo de su hija?
-No.
-Pues dio a luz, ¿no?, y dice que no acaba de creerse que es madre. Que mira al bebé, tú te crees, y que no se cree que eso haya salido de su cuerpo.
-¿Eso no es el trauma postparto?
-No. Eso sólo le pasa a la hija de Nuria. Viven en un piso muy pequeño, además.
-Cómo el de José.
-No, no tan pequeño... Esa gente... Jolines... No sé cómo pueden vivir en treinta metros cuadrados... Es... como esta habitación o un poco más...
Yo, en la oscuridad, escucho. Escucho palabras y torturas bucales. Hay una extraña impresión de estar escuchando desde detrás de una puerta.
-Mujer, pues viven como viven. Se organizan. Tienen armarios hasta el techo, y las camas todas plegables. Se puede vivir.
-¿Sí? No sé. Yo no podría.
La asistente hunde más el tubo para aspirar un reducto arenoso que tengo adherido al velo del paladar.
-Con nosotras podrías escribir un montón de historias, ¿eh, A.? –me dice la doctora.
Trato de asentir, en vano.
-Mastica con fuerza. Casteñetea. Rechina los dientes. Abre.
Ha parado el ruido. El taladro. La sobrepoblación de fierros.
-Mastica con fuerza. Castañetea. Rechina los dientes. A ver.
Noto que la luz se apaga. Abro los ojos.
-Ya está. ¿Te molesta?
-No. No sé. No noto nada.
-¡Era un agujero enorme!
Suena un teléfono móvil.
-¿Ah, sí?
La doctora se marcha hacia la habitación de al lado. Por el camino, antes de volverse, estuvo moviendo la cabeza de arriba abajo.
-Bueno, ya te queda poco, A. –la asistente.
Me levanto. Me duele todo el cuerpo. Escucho a la doctora hablar por teléfono. Sigo escuchándola mientras, sin prisa alguna, doy los cinco pasos que me separan de la silla que soporta mi cartera y mi abrigo, mi bufanda. Me pongo primero la bufanda. Pero luego me la quito y me pongo primero el abrigo y luego la bufanda. Miro por la ventana. Tomo mi cartera. No dejo de escuchar la voz de la doctora. Parece que habla con un familiar, nunca un novio.
-Ven que te tomo nota –la asistente sale, dejando un rastro que he de seguir, para pagar y acordar cita nueva.
Sigo ese rastro como un caracol comatoso. Veo, seccionado, el perfil de la doctora, que sigue dale que te pego con su teléfono móvil.
Salgo de la habitación.
-Qué bien. Sólo te queda una visita –me dice la asistente, sentada a la mesa de papeles.
-... –yo.
-A ver qué días tenemos... –hojea la agenda.
¿Qué haces luego?, pienso. Luce un prendedor en lo alto de la cabellera, castaña. ¿Haces zen?
-Ya en abril, no se puede antes.
-¡Eh! A., que te vas sin despedirte –la doctora, ufana, acaba de asomar la cabeza por la puerta del quirófano.
-¡Perdona! –yo, niño-, como estabas hablando por teléfono...
-Si me traes tu libro la próxima vez, genial, ¿eh? Si quieres, ¿eh?
-Vale, el próximo día te lo traigo. Hasta luego.
-Adiós.
Y la ilusión ocupa su taburete, muy bajito.
martes, 27 de marzo de 2007
Eslovaquia
Me guardo el teléfono móvil en la chaqueta y tiro un poco de la correa de mi cartera Porter, made in Tokyo. Dentro llevo Zubizarreta Zubizarreta, la segunda novela de Juan; La chica sobre la nevera y otros relatos, de Etgar Keret, y Nueve cuentos, de JD Salinger. También llevo grajeas de Gelocatil, en un bolsito, un cedé de Ali Farka Toure, en un apartado transparente, y facturas de hotel por un importe total de 405 euros.
Voy a la FNAC. La calle Preciados está llena de gente que no tiene más remedio que comprar algo, aunque sea ilegal, porque si no la policía los detiene. Eso me dice un negro acuclillado junto a una tela. “Compra algo antes que la policía te detiene.”
En la FNAC, primero de todo y antes del fin, miro si tienen mi libro. No lo tienen. Entonces me siento muy tranquilo (hasta me apoyo en una enorme pila de libros de Eduardo Mendoza), respiro profundamente, y sonrío con satisfacción. Menos mal, joder.
Empiezo a mirar novedades. Las novedades son libros que acaban de inventarse. La gente que escribe, los escritores y eso, no paran de inventarse libros todo el tiempo, y los libros que se inventan hoy cada minuto superan con mucho a los que se inventaron, por ejemplo, en todo el siglo XVI. De ahí que en la FNAC no haya libros del siglo XVI, porque en el siglo XVI hubo poca inventiva, al menos si la comparamos con la inventiva de los Talleres Gráficos Liberduplex, en Barcelona.
Las novedades, curiosamente, van casi todas del siglo XVI. Cuentan historias del siglo XVI y recuperan personajes del siglo XVI. Algunas tienen números romanos en la cubierta. De nosotros hablarán en el siglo XXXVI, pienso, y dirán que tuvimos poca inventiva y no supimos ver nuestro potencial literario. ¡Y tendrán razón!
Me paro ante un libro con una faja roja. Las fajas rojas son a los libros lo que las fajas rojas son a las mujeres: una prenda para que saquen pecho. La faja dice: La mejor novela de 2006. Inmediatamente compro la mejor novela de 2006.
15 euros con veinte céntimos cuesta la mejor novela de 2006. La mía cuesta 16 euros con noventa y cinco céntimos. ¡Por qué poco!
La mejor novela de 2006 se llama Nocilla Dream y tiene un cartel de Belle and Sebastian en la cubierta. También tiene a una chica probándose un bikini ante un espejo. Y pantallas de televisión, sintonizadas en la palabra OPEN, pero sin la O. La mejor de 2006.
Salgo a la calle Preciados. Saco mi móvil. Escribo un mensaje: “Acabo de comprarme Nocilla Dream. No tengo personalidad. Saludos.” Busco Miguel Beige entre mis contactos-vip y doy al Yes. El mensaje sube y sube, imperturbable, hasta el cielo de Madrid, hace visera con una mano y busca su camino; no lo halla, me mira, me suplica le brujulee; le digo: ¡un bar!, y el mensaje adopta la forma de una flecha y parte, zigzagueante, hacia un bar.
Yo también parto, zigzagueante, hacia un bar. El Pepe Botella de la plaza de 2 de mayo. Está difícil encontrarlo. Tardo tanto en llegar que, cuando arribo, todas las chicas ya están allí, inconsolables.
-Perdonadme, perdonadme –a las chicas-. Un café con leche, por favor –a la camarera.
Me senté a una mesa de mármol, junto a dos estudiantes norteamericanas que tienen su tablero lleno de papeles, un enorme ejemplar de El Quijote sobre el regazo, cerrado. Están muy tristes las dos, tomando notas en sus cuadernos y cambiando de sitio los folios. Enfrente de mí, hay otras dos chicas. Una viste de verde. La otra fuma. La chica de verde me mira un momento. Contesta de hecho a su amiga sin dejar de mirarme. Luego vuelve la vista, sigue hablando con su compañera; y es entonces cuando siento de verdad su mirada. Y se me ocurre algo ingenioso que decirle. Me traen el café.
La flecha ha esperado a que le abrieran la puerta. Ha sido un chico muy guapo, con mochila al hombro, sin afeitar, que ahora busca a alguien entre la clientela. La flecha, por su parte, ya me encontró, y se clava sonora sobre el corazón de mi chaqueta. Ring, ring, ring. Un mensaje.
“Estoy en Eslovaquia. Vuelvo el miércoles. Zubizarreta Zubizarreta está bien, pero la mejor es la última! Hablamos cuando regrese. Saludos. Juan.”
Eslovaquia, pienso. Busco el sobre del azúcar pero no me han puesto sobre del azúcar. Eslovaquia, pienso, estoy en Eslovaquia. Veo un frasco con azúcar sobre la mesa. Lo empuño, lo pongo boca abajo, y el azúcar cae generosamente sobre la espuma del café. Eslovaquia.
Remuevo la taza con la cucharilla. ¿Qué querrá decir Juan con que está en Eslovaquia? ¿Desde cuando alguien está en Eslovaquia, un domingo? No entiendo nada. No me puedo creer que alguien esté en un país que no sé dónde queda. ¿Dónde queda Eslovaquia? En mi cabeza, no, desde luego.
Ah, querrá decir que está fumado. Sí, eso será. Estoy en Eslovaquia... Jajajajaja: muy bueno, Juan (bebo un poco de café); estoy en Eslovaquia, tú siempre tan genial (enciendo un cigarrillo), Eslovaquia is´t on fire brotha...
A no ser que, realmente, Juan esté en Eslovaquia...
Reanudo la lectura de Zubizarreta Zubizarreta. Es un libro que se lee muy aprisa. Cuando me quiero dar cuenta, ya es un libro leído, es decir, un libro que me estorba en las manos. Lo meto en la cartera y saco Nocilla Dream. Me quedo mirando la foto del autor, tomada en Carson City, NV. Lo pone al pie: Agustín Fernández Mallo, Carson City, NV, 2006.
¿NV?
¿Qué país es NV?
¿Quedará cerca de Eslovaquia?
Creo que no voy a entender este libro.
lunes, 19 de marzo de 2007
Del rosa al amarillo
El caso.
Que estoy a las puertas de la editorial. Con mi camisa. Acabo de apretar el botón del telefonillo y no contestan. A mi espalda aparece de pronto Miguel Beige, ya sabéis, ese escritor que no se llama Miguel ni se apellida Beige pero al que pongo este nombre para no hacer promoción de su libros, tan, tan, tan jodidamente leídos: que no sea gracias a mí.
-¿No están? –Miguel.
-No contestan –yo.
-Estarán cambiándose.
-A lo mejor.
Miguel agarra el móvil y llama a su novia. Tiene una novia. Yo a su edad también quisiera tener una novia. De momento me conformo con el amor.
-Hola, estoy aquí con A. Sí, sí, trataré de... Sí, no se alargará mucho... Aunque luego ya sabes... A lo mejor te llamo desde la habitación de un hotel a las cinco de la mañana con una rubia despampanante al lado...
Miguel, a su novia.
Cuelga.
-Saludos de mi novia.
-Gracias. Oye –esperamos a la puerta de la editorial-, me ha encantado lo que escribiste el otro día.
Nota: realmente me ha encantado.
-Gracias.
Hablamos de lo que hablan los escritores entre sí. Ahora que soy escritor y hablo con escritores me doy cuenta de lo poco que me sorprende lo que hablan los escritores entre sí. Los escritores, entre sí, hablan de lo mismo de lo que habla todo el mundo: de sí mismos.
-Yo y mi libro –yo-. Mi libro. La crítica de mi libro en El cultural. Has leído mi libro. No está en la FNAC. No está en ninguna parte, mi libro. ¡No está en la FNAC mi libro me cago en Dios!
-Está en el escaparate de El bandido doblemente armado.
-¿Ah, sí? Jo.
-Sí, cabronazo.
Llega el editor. Lleva traje y corbata. Es el editor. Miguel no lleva corbata. Yo no llevo corbata. No editamos libros, sólo se los damos al señor de la corbata. Para que haga millones con ellos.
-¿No hay nadie? –el editor.
-No.
Abre la puerta. Subimos al ascensor. Llegamos al quinto piso. Entramos. Hace un calor infernal.
-¡Qué calor! –yo.
-Sí –el editor-, nadie se acuerda de... Mira que se lo digo: apagad la calefacción. Nada. Ni caso. Algún día van a venir a decirme: el culpable del cambio climático es usted. ¡Y tendrán razón!
Abrimos una ventana.
-¿Bebemos algo? –el editor.
Los que no editamos decimos que sí.
Bebemos ron en vasitos con hielos. Nos sentamos en una sala con sillones de cuero y muchos libros por todos lados. El editor nos enseña uno que recopila las portadas de Penguin.
-¡Qué buenas son! –yo.
Suena el timbre. Voy a abrir. Me gusta eso de abrirle a alguien la puerta de una editorial.
-Pasad, pasad –yo, ufano.
Son escritores y aledaños. Los aledaños llevan falda y enseguida se quitan los abrigos.
-Seguid quitandoos ropa, por favor –Miguel Beige, novelista con novia.
-... –yo, sin novia.
La jefe de prensa, que llevaba en su día el mismo abrigo que mi hermana pequeña, se me acerca.
-A, le regalamos una camisa igual al editor por su cumpleaños.
-Ah. Qué curioso.
Me deprimo. No quiero llevar la misma camisa que la gente va por ahí regalando a los editores independientes. Me pongo otro ron. Estoy muy deprimido porque mi camisa de Desigual es igual a una camisa que tiene mi editor en su casa, quién sabe junto a qué manuscritos rechazados.
-No le valía –aclara la jefe de prensa.
Eso no me hace más feliz, pero me hace más delgado.
Llega más gente. Escritores. Uno es David Torres, que creo que se llama así y si no se llama así ya no hace falta inventarle un pseudónimo. Por supuesto, no lleva corbata. También hay un chico muy delgado que traduce escritores checoeslovacos. Sólo por eso, no pienso hablar con él. Luego hay un escritor efectivamente checoeslovaco al que habrá que ir traduciendo poco a poco todos sus gestos. Un rollo.
Luego hay más chicas de la editorial que se quitan los abrigos.
Finalmente, tres escritores jóvenes: uno con corbata de rayas negras y blancas en horizontal, otro con sudadera con capucha y otro que se ganó un premio. Salimos.
Y vamos en mancha hacia el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde pomposamente se entrega el premio Lara a la mejor novela del año pasado. El premio lo ha ganado esta mañana Eduardo Mendoza y todavía no se puede decir. La verdad es que a casi todos nos da una pereza de la hostia decir que el premio lo ha ganado Eduardo Mendoza, por lo que no hace falta que nos amordacemos los unos a los otros con las invitaciones. Eduardo Mendoza: mi más sentida enhorabuena.
Mi editor me llama a un escaparate.
-A., mira –apunta dentro de la librería del Círculo de Bellas Artes-. Ahí está tu libro, para que luego digas que tu libro no está en ningún lado.
Veo mi libro.
-Ah, sí, ya nunca más diré que mi libro no está en ningún sitio. Lo juro por Dios.
Entramos en el Círculo de Bellas Artes. Hay un mogollón de gente asquerosa y Jesús Ferrero se me transfigura durante cinco minutos en Pedro Juan Gutiérrez.
-¿Es –pregunto a un escritor premiado en noviembre- Jesús Ferrero o Pedro Juan Gutiérrez?
-Es Ferrero.
-Ah, pues por la cara parecía escribir mejor –yo.
Suena mi móvil. Es un mensaje. Hago una llamada y digo: Sí, sí, ya estoy en esto, nada, la gente viste fatal, mucho peor que tú, pero fatal, no hay nadie famoso, uno que se cree Pedro Juan Gutiérrez y poco más, sí, sí, no miraré la marca de las bragas de nadie, no te preocupes, stock de amor, besitos. Cuelgo.
Entonces subimos las escaleras hasta un piso elevadísimo donde ponen canapés. Estoy muy a gusto con el escritor premiado en noviembre, que se llama Juan, y hablo con él de lo amarillo que son nuestros libros.
-Son muy amarillos –él.
-No tanto, tío. Son amarillo flan, pero amarillo de la parte de arriba del flan. Amarillo caramelo, casi naranja.
-No, joder: son amarillo chillón, de canarios, de canarios que vuelan y no de canarios con volcanes. Amarillo demasiado amarillo.
-No sé...
Entonces un tipo como Groucho Marx pero que, por necesidades necrológicas, no es precisamente Groucho Marx nos toma una foto como de paparazzi. Cuando le descubrimos ya tomó la foto, vamos.
El paparazzi dice mi nombre. Le doy la mano.
-Me gustó mucho tu libro. En abril sacamos una reseña.
-Ah, gracias –yo, entusiasmado.
-A mí nunca me sacáis –Juan.
El paparazzi desaparece.
-Vamos hacia allá, que hay menos gente –yo.
Tomamos otra cerveza de una bandeja y ocupamos un espacio poco poblado del salón. En alguna parte debe de haber gente de tronío, pero nos trae sin cuidado.
Hablamos de entrevistas en medios de comunicación impresa.
-Lo único que importa es la foto y el titular: lo demás da igual –Juan.
-Ah. A mí me han hecho unas entrevistas superidiotas, joder.
-Da igual. Foto y titular: luego que pregunten lo que quieran. No te molestes ni en leerlas.
-¿Que qué hacía yo en Japón? ¿Tú te crees, en una entrevista?
-Sí...
-Yo hago y he hecho entrevistas. A Miguel Beige. No sé. Me las curro. Me preocupo. Hago preguntas exclusivas. Te hago una entrevista, si quieres.
-Sí, quiero.
-Vale. Dame tu móvil.
Juan saca su móvil y empezamos el proceso telefónico.
-Mira, dice, para esto sirven estas cosas: para conseguir entrevistas.
Me río.
-Ya ves.
Ya tengo su teléfono. Nos convocan a bajar escaleras y sentarnos para la cena.
-Oye –Juan, en los escalones-, pero tú haces preguntas muy inteligentes. Que te he leído.
-Bueno, no sé –me derrito de vanidad.
La cena. Mesas redondas. Juan y yo nos sentamos juntos. A mi derecha está un escritor que se llama Luisgé Martín. Luego de él, el escritor de la corbata negra y blanca en rayas horizontales, luego la jefe de prensa, luego varias personas hasta Cristina Cerrada, luego Pedro Maestre, luego el editor que quita comas, luego Juan, luego yo. Vuelta a empezar.
Leemos el menú. Juan saca su móvil y le cuenta el menú a alguien. Luego la jefe de prensa dice una frase que me encanta (como me encanta eso de “vamos todos en mancha al Círculo de Bellas Artes"):
-Mirad, ¡Juan está reporteando la carta!
La carta/menú se hace realidad sobre los platos. Sí, sobre los platos, va depositándose con precisión bíblica lo que dice el cartón del menú. Sopa. Lubina. Postres. Café. Ya está.
Entre una cosa y otra le han dado un premio a: uno que escribe sobre catedrales, a: Eduardo Lago, y a: Eduardo Mendoza.
-Eduardo Mendoza –exclaman con ironía inegablemente literaria varios escritores de mi mesa-: ¡qué sorpresa, joder!
Eduardo Mendoza hace un discurso desde una pantalla de televisión. Dice: “Aunque pueda parecer lo contrario, los escritores consagrados también necesitamos que nos premien.”
¡Qué cojones tiene Eduardo Mendoza!: esto lo pienso yo en exclusiva.
Al fondo, en una mesa cualesquiera, veo a Care Santos. Me apetece decirle hola pero no le digo nada. Luego veo a Spido Freire, a la que realmente no me apetece nada saludar. Luego veo a Pere Gimferrer. Luego veo a Alberto Ruiz Gallardón y a Esperanza Aguirre. También veo a una como Rosa Regás y a otra como Carmen Posadas y a otra como, no sé, Carmen de Burgos. Es decir: señoras. Luego veo a una jovencita preciosa vestida de rojo.
-¿Quién es?
Me dicen quién es.
-Está buenísima –yo.
-Si quieres te la presento –alguien.
-Está buenísima –yo.
-Su libro va de Colón –alguien.
-Está buenísima –yo.
-Lo publica... –alguien.
-Está tan buenísima... –yo.
Si no fuera porque voy embalado, aquí dejaría un espacio en blanco. Pero no: lo que sigue es un bar llamado Cock. Están todos los que estaban en la cena salvo los que tenían cosas mejores que hacer. La jovencita preciosa vestida de rojo no tenía nada mejor que hacer.
-Está buenísima –yo, imperdonable.
-¿Quieres que te la presente o no?
-...
-¡Pues cállate!
En el Cock hago corrillo con Juan y Pedro Maestre. El editor de comas también está con nosotros.
-Para mí tú eres un icono literario –le digo a Pedro Maestre-. Junto a Ray Loriga y José Ángel Mañas. Te lo digo en serio.
Pedro Maestre es muy tierno y nos cuenta lo de su premio Nadal. Un montón de cotilleo. En el fondo el cotilleo no sirve para nada: me doy cuenta luego.
A continuación hago una defensa cerrada de la calidad literaria de Ray Loriga. Esto lo digo por si Ray Loriga quiere en algún momento hacer una defensa cerrada de mi calidad literaria. No por otra cosa.
Vemos a Eduardo Lago hablar con la jovencita preciosa vestida de rojo.
-Yo también quiero ser director del Cervantes de Nueva York –yo.
Las horas que siguen van llenándose de opiniones literarias tajantes. Cada día me molestan más las opiniones literarias tajantes y hago propósito de nunca más decir nada tajante sobre ningún escritor. En un momento u otro, un argentino rapado al cero y con gafitas y chaqueta está hablando en nuestro corrillo. Como la cosa va del premio Nadal, sale a relucir el nombre del último ganador. El argentino con gafitas dice:
-Benítez Reyes es de los pocos autores españoles que respeto.
Me dan ganas de vomitar. Miro al argentino y no dejo de pensar que este tío “respeta” a Benítez Reyes. Me pregunto si a mí, de leerme, me “respetaría”; es fascinante lo mucho que temo que este tío no me “respete”; si no me “respeta” este tío creo que me arrancaría las manos y las dejaría en un banco de Lavapiés; necesito su “respeto” tanto como que me den por el culo: lo necesito mucho; el “respeto” que este argentino con gafitas profesa o no profesa a los autores vivos me debería ser reporteado a menudo, en un newsletter bautizable como “los autores que respeto y los autores que no respeto YO”, porque si él me “respeta” entonces vamos bien; pero sí este tío no me “respeta”, jo, me cago en mi madre, no puedo dormir por las noches y sí por los días, para no tener presenta a la luz del sol que este tío me “respeta” o no me “respeta”; ¿me “respetará” este tío?, es algo que aún hoy, a esta hora en la que escribo, en la que recuerdo que “respeta” a Benítez Reyes, me ando preguntando con lancinante curiosidad.
domingo, 4 de marzo de 2007
Noruega
-Hola, A. –la jefe de prensa.
-Hola, jefe de prensa –yo.
La librería está cuajadita de gente. La librería se llama Tierra de Fuego y vende guías de viaje. También vende novelas pero, sobre todo, merca con guías. Las guías están en sus anaqueles, ordenadas y evidentes. La guía titulada Japón va de Japón. La guía titulada Estados Unidos va de Estados Unidos. La guía titulada China de Portugal no va, claro. No apetece ni hojearlas.
-¿Ha venido el autor? –esta pregunta se la hace una chica a la jefe de prensa.
-No. Todavía no –la jefe de prensa saca su móvil y empieza a ignorarme. Me alejo.
Al fondo de la librería hay un pasillito y una persona con folletos. Es una mujer que sonríe. Me da uno cuando paso a su lado. Superado el pasillito encuentro una sala con sillas de tijera que miran hacia un estrado con mesa y sillas de tijera tras la mesa. En las sillas mayoritarias hay muchos noruegos. En las sillas escasas, tras la mesa, no hay nadie.
Veo a la jefe de prensa ir y venir por la sala con el móvil pegado a su impaciencia. “No sé dónde está...”, oigo que dice.
Veo una silla libre y pido a un señor muy robusto que me deje ocuparla. Me deja. Me siento con el abrigo puesto y enseguida me muero de calor. He colocado mi cartera entre mis piernas y ahora hojeo el folleto que me dio la persona sonriente. Leo el nombre del autor y leo que nació en Noruega, como si eso me fuera a impresionar a estas alturas del atlas. Luego leo el título de su libro y lo que la crítica ha dicho de sus libros anteriores. El autor noruego es un genio, como comprenderán. Luego leo el texto que da inicio a su nueva novela, en cuya presentación me hallo.
Meto el folleto en un bolsillo de mi cartera. Estoy por sacar El buen soldado, de Ford Madox Ford, pero me parece de mal gusto leer en mitad de una presentación literaria. Es como utilizar el ipod en mitad de un concierto. No tengo ipod.
El señor de mi derecha, el que dije que era robusto y sigue siéndolo, huele con intensidad. Debe de tener 50 años. Huele como paternal. Simplemente, en este instante, pienso que no quiero envejecer y que prefiero, de hecho, cabalmente, morirme mañana.
Dejo de oler al señor y empiezo a escucharle. Me habla.
-Yo me voy a ir... Llevo desde... ¡Desde las siete!
-Vaya –me veo obligado a replicar.
-Sí. Se me paró el reloj, es de esos... De esos que... Me lo quité y se retrasó una hora.
-¿De esos que funcionan con el pulso?
-Me lo puse y llegué a las siete. Una hora aquí. Como no venga... ¿Sabe si va a venir? Yo es que me voy.
-El autor parece que se retrasa. Pero supongo que vendrá.
-¿Usted conoce la editorial que lo publica?
El señor me señala en el folleto el nombre de la editorial que también me publica a mí.
-No –digo.
-No la había oído nombrar.
-...
-Pero está bien que publiquen cosas nuevas, ¿verdad? Las de mi tiempo ya no son lo que eran.
-Sí. Ahora sólo publican medianías y liliputienses mentales.
-¿Decía?
-Nada. Mire: un noruego.
El noruego es el autor y camina con decisión hacia la mesa-estrado. Es alto. La gente por aquí es muy alta y muy noruega.
La presentación se inicia con una presentación de la presentación. Esto corre a cargo de alguien de la librería Tierra de fuego. Luego continúa, la presentación, con la presentación de un editor noruego, que presenta en términos generales. Luego, la presentación da paso a un presentador del autor que presenta al autor, al libro nuevo del autor y a Noruega. Este presentador es muy exitoso y dice cosas muy chispeantes. Miro mi reloj y han pasado cincuenta minutos de presentaciones de la presentación. Entonces el escritor noruega se presenta a sí mismo y a su novela y lee un cuento sobre arte contemporáneo y barcas bamboleantes. Aplausos.
-¿Te ha gustado la presentación? –la jefe de prensa, ya en la librería propiamente dicha, donde empiezan a servir salmón y champán en vasos de plástico.
-Sí, me ha gustado mucho.
Una señora empieza a distribuir, con ayuda de una bandeja, los vasos de plástico con champán. Otra provee a los asistentes a la presentación de canapés de salmón noruego cien por cien literario. Se habla mucho y se señalan guías en los estantes.
-¿Me pasas un vaso de champán, A.? –la jefe de prensa.
-Sí –yo.
Tengo a la distribuidora de vasos de plástico con champán a mi lado. Estiro la mano, declino la tentadora cercanía de una vaso con poco champán y me decido por uno lleno hasta arriba. Lo levanto de la bandeja, muevo el brazo horizontalmente para hacerlo llegar a las manos de la jefe de prensa y el hombro de la distribuidora de champán en vasos de plástico intercepta mi servil misión y hace que el vaso caiga al suelo, donde el champán forma un charco enorme, no parecido formalmente a Noruega en lo más mínimo.
-¡Mi puta madre! –pienso.
Me acuclillo para alzar el vaso vacío del suelo. Lo pongo sobre la bandeja.
-Perdón. Lo siento mucho. Le suplico su perdón.
La distribuidora de champán en vasos de plástico no me perdona.
-Ahora habrá que limpiarlo todo... Psché... Ahora... –y mira hacia el fondo de su librería.
La jefe de prensa se ríe de mí mucho.
Me voy.
Me recluyo en el pasillito, donde el autor noruego muy alto y que hace cuentos sobre barcas bamboleantes está firmando ejemplares de su libro a fanáticas de su obra. Me miro los zapatos y los tengo constelados de gotitas de champán.
-Muchas gracias. Muy amable –el autor noruego.
Una nueva fanática le pide la firma.
Yo dejo de mirarle y dirijo mi atención hacia el gentío canapetista. El salmón circula como glóbulos rosas por toda la sala. La distribuidora de champán va y viene. Veo el abrigo de la jefe de prensa colgado del bolso de un hombre que me da la espalda. Entran más personas en la librería y la masa de asistentes se remueve un poco para integrarlos. Todo es ajeno.
Abro una guía titulada Dinamarca. Hojeo la guía durante quince minutos. Juraría que de Dinamarca no va.
lunes, 19 de febrero de 2007
Grifo
Mientras miro el mando a distancia, fumo. Expulso el humo sin dejar de mirar el 5. Cuando acabo de fumar apago el cigarrillo, con cuidado de no tiznarme las yemas de los dedos de ceniza, en un cenicero y luego me levanto para lavarme los dientes.
En el cuarto de baño, mientras me cepillo los dientes y las muelas y los empastes y las coronas y las filtraciones, miro cosas. El grifo de la ducha. Es de bronce y está cubierto de cal. Los mandos son redondos, de cristal o plástico vítreo, tallados en pequeñas pirámides pungentes. Desde hace dos días, el de la derecha no funciona.
He cogido dos destornilladores y unos alicates. He vuelto al cuarto de baño y me he metido en la bañera. Me quité las zapatillas, y siento la humedad del fondo de la bañera en la planta de los pies. Me acuclillo. Los mandos del grifo tiene unas tapas de metal en el centro. En el grifo de la izquierda la tapa está marcada con una C, mientras que en el grifo de la derecha la tapita metálica muestra una F. Quiero desmontar el grifo de la derecha pero no veo tornillos. Tomo los alicates y trato de abarcar la tapita de la F por el borde. No cede. Tomo un destornillador, y con el mango, le doy unos golpes a la tapa por ver si se afloja. Luego aplico de nuevo los alicates y consigo hacer girar la F, que va quedando boca abajo, tumbada, boca arriba, hasta que la tapita se desenrosca por completo y veo el tornillo.
Meto la punta de un destornillador y giro el tornillo hacia un lado. Luego abro el grifo del agua fría y no sale agua fría. No sale nada. De modo que giro el tornillo para el otro lado durante un rato y pruebo de nuevo. No sale agua.
Ahora estoy usando los alicates para hacer girar la tuerca que une el grifo del agua fría a la toma de agua. He cerrado antes la llave general. La tuerca está bastante floja y es fácil. Enseguida el grifo queda separado de la tubería y un chorrito de agua se desmaya sobre la bañera.
Hago lo mismo con el grifo del agua caliente. Pienso que, si no puedo arreglar el grifo del agua fría, podré al menos desmontar todo el grifo y limpiarlo y hacer que su presencia en la bañera sea menos catastrófica.
En un momento dado, estoy con el grifo en las manos. Pesa cerca de dos kilos. Miro las tuberías en la pared, dos agujeros de sebo y suciedad por las que circula el agua con el que me ducho cada día. Entonces pienso que podría comprar un grifo nuevo y ponerlo y ser un poco más feliz. La idea del grifo nuevo es como un tren que hace mucho ruido porque si no te subes se irá para siempre. Estoy nervioso.
Me miro el reloj. Son las ocho y cuarto de la noche. No sé dónde venden grifos porque yo nunca he comprado grifos. Ni puertas. Ni coches. Ni casi nada. He metido el grifo de dos kilos de peso en una bolsa de plástico y me he puesto el abrigo sobre el pijama y, luego, un pantalón vaquero sobre el pijama, los zapatos, y he salido corriendo de mi casa. Busco un grifo.
Como he comprado tornillos una vez, recuerdo la ferretería. Está cerca. Camino con rapidez hasta divisarla y veo que tiene luz en su interior. La puerta, sin embargo, está cerrada. Me asomo por el escaparate y veo a unos clientes rezagados esperar junto al mostrador. No veo al dueño, pero aún así empiezo a golpear los cristales con los nudillos, para llamar la atención de alguien y que me abran.
Cuando consigo mi objetivo, el dueño de la ferretería me dice que grifos no tienen, que eso es en “Saneamientos”. Y señala hacia la parte alta de la calle, donde enseguida leo “Saneamientos” en un cartel luminoso, todavía encendido. Corro hacia allá.
Igualmente (son las ocho y media de la noche) la tienda de saneamientos tiene luz, clientes últimos y la puerta cerrada. Igualmente, golpeo con los nudillos el cristal de la puerta para que vengan a abrirme y pueda mendigarles un grifo. El hombre que me abre es gordo, lleva ropa de trabajo y fuma asquerosamente un cigarrillo exhausto.
En el mostrador, la dueña, una ama de casa que vende bidets, hace cuentas con una calculadora.
-Ahora te atiendo –dice.
Yo le doy las gracias y miro los lavabos, las cisternas, los espejos, las bañeras. Veo unos grifos que son como mi grifo y espero ahorrarle trabajo a la dueña de la tienda diciéndole sin más: deme ese.
-Bien, ¿qué querías?
-Un grifo.
Pongo la bolsa sobre la mesa y hago asomar kilo y medio de los dos kilos de mi grifo de bronce de la edad del ídem.
-Dios mío –exclama la dueña de la tienda.
-Creo que con ese me valdría –digo, y señalo el grifo a mi espalda.
-Ése es un grifo de fregadero: lo que tú quieres es un grifo de bañera.
-Ah.
La dueña saca una cinta métrica no especialmente iridiada y mide la distancia entre las dos tomas de agua de mi grifo.
-Quince centímetros. ¿Lo quieres monomando?
-... –no sé de qué me habla.
-Voy a por ellos y los ves.
La dueña se mete en la trastienda y el hombre gordo sigue fumando su cigarrillo y mirándose la barriga en un espejo con las bombillas apagadas. Todo está muy limpio en esta tienda.
-Aquí tienes.
Son dos cajas de carton sin dibujo ni letras. Abre una y veo el grifo monomando y luego abre la otra y veo el grifo que quiero.
-Quiero este. ¿Cuánto cuesta?
Me dice cuanto cuesta y, como siempre que estoy comprando cosas que nunca he comprado ni considerado, me doy cuenta de que podrían cobrarme diez veces más y yo pagaría sin pestañear.
Me llevo mi grifo de dos kilos de bronce en una bolsa y una mano y el grifo nuevo que brilla mucho y viene en bolsitas de plástico y burbujitas en otra bolsa y otra mano.
Llego a mi casa. Tiro el abrigo sobre la cama, me descalzo, me quito los pantalones.
Entro en pijama en el cuarto de baño.
Abro la caja de cartón sin marcas y voy extrayendo las piezas del grifo. La principal es el grifo en sí mismo, que encaja perfectamente en los ojos sucios con que las tuberías me miran desde la pared. Pero antes he de poner una cazoletas de metal para que quede bonito y no se vea la rosca de las tuberías cuando apriete del todo las tuercas. Estoy como loco por ver el grifo nuevo manando agua nueva sobre mi vida nueva y trabajo con histeria, furor, una fontanera felicidad. Entonces me doy un tajo con el filo de una cazoleta y mi dedo empieza a sangrar. Me lo chupo un poco y sigo sin reparar más en la herida. Es pequeña.
Voy aprentando las tuercas con los alicates. Enseguida el grifo consuma el destronamiento de su predecesor y toda la casa brilla sobre la superficie del grifo nuevo. Luego conecto el tubo de la ducha a la parte baja del grifo y a la alcachofa de la ducha. Y coloco el aplique para la alcachofa en la pared, utilizando el agujero en el que estaba el aplique de la otra ducha, la vieja, que no sirve para los nuevos tiempos.
Todo ha terminado. Me sobran algunas tuercas y tornillos y pernos pero me da igual. Los meto en la caja de cartón con los plásticos y las burbujas y cierro la caja de cartón. La bañera está llena de gotas de agua sucia y el suelo del cuarto de baño está empantanado.
Me dirijo, descalzo, a la cocina. Dejo la caja de cartón con los restos del grifo nuevo en un armario y me acuclillo para abrir de nuevo la llave general del agua, la llave de paso.
Se trata de una llave larga, de movimiento simple: si está alineada con la tubería sobre la que surge, está abierta; si está en posición perpendicular a la tubería que corona, está cerrada. Esto me lo enseñó mi padre cuando yo tenía diez años.
Pongo la mano sobre la llave, miro en dirección al cuarto de baño, y la giro deseando que todo esté por fin en su sitio.
domingo, 11 de febrero de 2007
Yo ya estaba triste antes de que empezara a llover
La Fnac nunca cierra. La Fnac es un centro comercial que abrieron cuando vine a vivir a Madrid y, en cierto sentido, tengo ganas de que cierre. Cuando cierre la Fnac, cuando cambie de nombre, cuando la vuelen por los aires con todos sus chalecos verdes y sus escaleras mecánicas, creo que el mundo será un lugar más joven que yo: probablemente vomitaré.
De momento, la Fnac sigue ostentado su impronunciable nombre y sigue en pie, con discos por aquí, libros por allá y muchos chalecos verdes. Soy joven. Puedo escuchar los últimos cedés en las máquinas de escuchar cedés y alcanzar los libros del estante superior sin pedir ayuda. Puedo reírme de la compra del que está delante de mí en la caja y lucir mis adquisiciones ante el cliente que viene detrás. Puedo, sobre todo, encontrar caras las cosas, que es el placer más delicioso de la juventud.
Melody AM de Royksopp: 17 euros. ¡Ni de coña!
Al final me he comprado Hot Fuss, de The Killer, por seis euros.
Cuando he salido a la calle Preciados, con mi cedé nuevo en su bolsa de plástico, y el libro que estoy leyendo (Esferas III, de Peter Sloterditj) he mirado mi teléfono móvil. La hora. Las llamadas. No había llamadas. Horas había dos. Las de comer.
Ahora estoy caminando en busca de un lugar para comer. Me vienen a la cabeza imágenes de las cosas fascinantes y totalmente narrables que he hecho en los últimos días. Pienso en que debería escribir sobre mi charla ante setenta personas. Fue muy narrable. Estuve brillante y vendí dieciséis libros. Luego firmé siete. Una chica de 16 años estaba absolutamente encantada de conocerme. La entrevista que me hizo una reportera de melena rubia también fue jugosa. Era para un programa muy dinámico de un canal regional. La reportera traía una caja con un papel dentro. En el papel el entrevistado anterior había dejado una pregunta para el entrevistado de hoy, que a su vez, tras responderla, había de dejar una pregunta para el entrevistado subsiguiente. La pregunta que me dejó Alejandra Vallejo Nájera era: ¿Qué tiene que hacer un tipo para ser feliz? La respuesta que di fue: Qué pregunta tan sencilla. Me basta (sí, esto lo estoy diciendo yo al mundo) con citar a Jonathan Swift: La felicidad es la posesión perpetua de una agradable ilusión. Ya está. Luego (debería narrar esto, jo) escribí mi pregunta: ¿Dónde están todas esas personas que no hemos vuelto a ver?
Espero que no estén aquí cerca, pensé.
Sigo paseando por la Gran Vía buscando un sitio para comer. Vips, no. Restaurantes con menú, no. Sitios con gente, no.
Pienso en más cosas narrables. Follar siempre es narrable. Al menos yo nunca lo hago sin pensar que debe pasar a la historia de la literatura. Pero hablar de sexo me da pudor. Sobre todo si no voy a decir polla, coño, se corrió, me corrí, en su boca, etcétera. Si alguna vez escribo sobre sexo voy a tener un montón de problemas el día de Navidad.
Se ha acabado la Gran Vía. Se me han acabado los argumentos narrativos. Lo único que queda es una nube gris muy grande, sin esquinas. Me pongo debajo de la nube gris mientras cruzo Plaza de España. El edifio España está completamente abandonado. No hay ni una tiendita abierta. Me acuerdo de que cuando llegué a Madrid me quedé muy impresionado al ver a Jesús Hermida entrar en un restaurante italiano que había en el edificio España. Pobre Jesús Hermida: qué viejo es que le cerraron los restaurantes.
Me apetece comida rápida: un bocadillo, y estoy a punto de llegar al Pans and Company de Princesa. Está justo después de la sala Heineken. Llego y veo que está cerrado. Tienen todo el escaparate cegado con una enorme pegatina amarilla, y en ella han puesto: Nos estamos poniendo guapos. ¡Pero qué guays son las empresas del siglo XXI, joder!
En la plaza de los cubos está el Macdonalds, el Burger King, el Vips y el Starbucks. No me apetece ninguno. Miro las películas en el cine de la plaza de los cubos. No me apetece ninguna. Luego bajo las escaleras del pasaje y miro las películas en el cine del pasaje. Me apetece Juegos secretos porque su director hizo una película maravillosa, In the bedroom, y además en esta nueva película del cineasta salen personas desnudas en el poster. Salgo del pasaje y estoy en la calle Martín de los Heros. No hay nadie en la calle Martín de los Heros. Avanzo un poco hacia plaza de España y me paro a ver las películas del cine Alphaville. Ahora el cine Alphaville se llama Golem y no tiene nada que ver con el cine Alphaville porque las puertas son distintas y hay muchas y todo el cine Golem (antes Alphaville) son puertas. En cuatro de ellas pone “Salida”. En ninguna pone "entrada". El cine está cerrado. Veo que pasan Shortbus a las 16.30 horas. Luego miro las fotos de Shortbus y las críticas de Shortbus. Me apetece. Entonces me doy la vuelta y recorro con la vista la calle Martín de los Heros. No hay absolutamente nadie. Todos los bares están cerrados. La nube gris sigue sobre mi cabeza. Hay un andamio enorme pegado a un edificio y cubierto con una malla verde. El viento ha desprendido un extremo de la malla verde y lo mueve pausadamente sobre el cielo de la calle. Me quedo mirando cómo se mueve durante treinta segundos.
Camino, con mi libro y mi cedé nuevo, en busca de un lugar donde comer. Todo está cerrado o lleno de gente. Un lugar llamado Cáscaras me tienta porque tiene libros por todas partes. Luego decido ir a Conde Duque. No encuentro un sitio que me guste. En la calle La Palma antes ponían pitas danesas en un bar llamado El Sueco. Está cerrado. El café La Palma se me presenta como único refugio. Está cerrado. Bajo hasta San Bernardo. Todo está cerrado. Por una bocacalle se me insinúa El Boña... No puedo comer en sitios cuyo nombre me recuerda la mierda. Sigo. Estoy de nuevo en la Gran Vía. Sigo. Estoy de nuevo en Plaza de España. Sigo. Nos estamos poniendo guapos. Sigo. El pasaje. Juegos secretos. Sigo. Martín de los Heros. Sigo. El viento agita la malla verde.
El café de las Estrellas parece abierto. Me asomo. No hay nadie, salvo la camarera, muy guapa, que me mira. Bajo el picaporte de la puerta y la puerta está cerrada.
Jo.
El bar de al lado sí está abierto. Entro, bajo los escalones. Es un bar húmedo, de mesas sudorosas y barra atestada de comida muerta. El dueño apenas me saluda y está la televisión muy alta. El telediario. Hablan de seis personas fallecidas en una “galería de agua”.
-Hola –yo.
-() –el dueño.
-Un café con leche, por favor.
Dejo mis cosas sobre una mesa. Miro la tele mientras me quito la cazadora. Me acerco a la barra y toco la taza con mi café con leche. Ni siquiera está templada. La llevo a la mesa y veo el telediario. Me pongo a leer.
Entra una señora. La veo bajar las escaleras. Tiene como cincuenta años.
Se acerca a la barra.
-Un café con leche, por favor.
El dueño se lo pone.
-Oiga, ¿sabe a qué hora abren los cines?
-No –dice el dueño-, yo sé a qué hora abro yo, no a qué hora abren los cines. Ni a veces a qué hora abro yo.
Reconozco que siento admiración por los hijos de puta. Siempre tienen frases cojonudas.
Dejé el café a la mitad. Pagué un euro diez.
Ahora doy vueltas a la manzana. Al enfilar por rutinarianésima vez la calle Princesa, veo a un hombre apoyado en la pared de la sala Heineken. Se está poniendo un zapato. Tiene una mano apoyada en la sala de conciertos y la otra en el empeine del zapato. Sobre el suelo, una bolsa de plástico con una caja cuadrangular dentro. A unos metros de él, hay cuatro personas de su edad. Lo miran. El señor acaba de encajarse el zapato, se agacha para recoger la bolsa, y avanza hacia sus amigos. Lleva un zapato de cada clase. Sus amigos se ríen. Yo me río. Les dejo atrás.
Cuando ya he dado cuatro vueltas a la manzana, me digo a mí mismo: ¡Ni una chica guapa en todo el día!
El cine Golem ya abrió. La taquillera me pregunta qué fila prefiero. Le digo que me da igual.
Entro en la sala dos. Ocupo mi asiento. Detrás de mí hay tres hombres que no paran de hablar. Luego sigue entrando gente y la gente no para de hablar. Sufro mucho mientras empiezan las películas en los cines.
Me entretengo constatando que el noventa por ciento de los espectadores son homosexuales. Creo que no le hago mal a nadie constatando.
Javier Cámara está en la fila cuatro, un poco a mi derecha.
La película empieza. Está bonito el arranque de la película porque sale Nueva York hecho en cartón de colores y la cámara se mete por las ventanas para ver cómo folla la gente. Luego se acaba lo del cartón y la película de carne y hueso es muy mala.
Salen muchas pollas. Son pollas grandes con dueño muy guapos. También hay una sexóloga asiática que se pasa toda la película metiéndose cosas por el coño.
Esta película gustó mucho en Cannes.
Odio al protagonista. No dejo de resoplar cada vez que sale su cara y cada vez que se filma con su cámara de vídeo porque se quiere suicidar y su novio no lo sabe. Luego sale la sexóloga que no deja de meterse cosas por el coño y me animo un poco. Pero enseguida el tipo que se quiere suicidar vuelve a las andadas. Llora que da asco. No dejo de mirar la hora en mi teléfono móvil.
La película se ha terminado con que todos son felices y encuentran el amor. Yo ya he dicho que es mala.
Salgo. Camino por Martín de los Heros. Debajo del andamio, que tiene un hueco para que pasen los peatones, hay un mendigo barbudo con un tetrabrick de Cumbres de Gredos al lado, abierto. Paso por Plaza de España. Empieza a llover. Me pongo la capucha de mi cazadora y me da mucha pena que se me moje Peter Sloterdijk. Trato de meter a Peter en la bolsa de la Fnac, pero no cabe.
Subo la Gran Vía. Paso por la plaza de Callao. En el cine de la plaza hay dos mendigos besándose. Bajo Preciados. En el Corte Inglés venden el último premio Nadal a 19 euros. Sol.
Llueve.
Hay un autobús para donar sangre. Pienso en donar un poco de sangre. No.
Plaza de Benavente. Espero mi autobús. No viene. Miro el teatro que hay enfrente. Digo en voz alta: “No me lo puedo creer”.
Lo cierto es que no sé cómo se llamaba el teatro antes. Ahora la palabra teatro aparece con diéresis sobre la A. Así: Teätro. Y es que el teatro se llama ahora: Teatro Häagen Dazs.
jueves, 8 de febrero de 2007
Rosquillas
(un e-mail)
el próximo post iba a ir sobre un par de fetiches y un par de
comportamientos compulsivos, uno de los cuales es el de andar por la calle pisando los blancos en los pasos de cebra y no pisando las rayas (dentro de lo posible, no rollo el tarado de mejor imposible, y no siempre, sólo cuando estoy obsesiva). me hizo gracia leértelo. y también lo del cumpleaños : el mío es mañana pero yo siempre he querido que fuese hoy. porque mañana nació mia farrow, que es una bruja neurótica y acabó como el rosario de la aurora con woody allen, y hoy nació james dean, que era un rebelde sin causa.
ayer me pillé trenes. estaba en la segunda mesa, la de supernovedades, y quedaban poquitos de un montón que antes debió ser más alto y fuerte. espero que se venda como rosquillas, aunque yo nunca he comprado ninguna.(happy birthday)
lunes, 5 de febrero de 2007
Impalpable
Alrededor de la mesa hay más sillas. En una está Marcia. Marcia lleva una corbata verde, muy ancha, con una escarapela de trapo en la punta. Tiene muchos vasos sobre la mesa. Los coge y los vuelve a dejar. Están vacíos. En otra silla está Askilsen. Fuma. En otra silla hay una mujer muy seria. Mira unos bollos que hay sobre una bandeja.
-Siéntate, A.
He dado la vuelta a la mesa. He visto una silla, de tijera, con respaldo rojo de plástico, al otro lado. Está debajo de un calentador. Pongo la mano sobre el calentador.
-Cuidado, que quema –la mujer seria.
Me he sentado. Noto sobre mi cabeza el calentador. Los calentadores son llamitas dentro de un cacharro de metal que de vez en cuando se multiplican en cientos de llamitas y hacen que el agua salga caliente. A menudo no explotan.
-Mira, A., hemos comprado bollos de chocolate sabiendo que venías.
-Gracias, pero...
-Coge, coge.
-...
La bandeja con los bollos. Sólo dos son de chocolate. Los otros dos son: una ensaimada diminuta y una napolitana diminuta. De crema. La bandeja es cuadrada pero para mí es romboidal.
-¿Puedo beber un vaso de agua? –yo.
Me he levantado. He vuelto a medir distancia con el calentador. Es muy grande. Luego me he acercado al fregadero y he cogido un vaso de cristal y lo he llenado hasta la mitad porque en realidad yo quiero tomar café. Un vaso de agua por la mitad no es un café; pero un vaso de agua hasta los topes no es un café nunca.
Me senté de nuevo.
-Coge, coge –Askilsen.
La bandeja con los bollos. Miro a mi derecha. Marcia, corbata verde, escarapela de trapo, tiene un batidor eléctrico en la mano, muy finito y con un muelle en arito en la punta. Le da a un botón y el arito se estremece. Lo introduce en el vaso. El vaso tiene un dedo de leche. Marcia centrifuga leche con bastante indolencia. No mira la leche.
-Qué, ¿no quieres un café? –suena el teléfono; la chica seria se va y ya no suena el teléfono. La chica seria no viene porque el teléfono callado es más interesante que yo, callado -¿Hay café, Askilsen?
Askilsen se levanta. Toma la cafetera y pone un poco de café en dos tacitas. Luego mete las tacitas en el microondas.
-Esta leche no hace espuma –Marcia.
-¿Tú quieres, café?
-Sí, anda. Si queda...
-Son bonitas las vistas por esa ventana –yo.
Por la ventana se ve la ropa tendida en el patio interior. El patio interior es estrecho y el cielo no se ve. La ropa tendida es: una camisa. Las mangas de la camisa no cuelgan. Se han quedado prendidas de la cuerda por los puños.
Askilsen me pone la taza sobre la mesa. Luego coge un cuchillo y parte medio bollo de chocolate y se come las dos partes del bollo de chocolate, primero una y luego otra. El cómputo de los bollos de chocolate que quedan es: uno. Marcia centrifuga leche.
-¡No hace espuma! ¡La leche de mi casa sí hace espuma!
-Perdona –yo-, ¿leche tenéis?
Marcia me alarga uno de los vasos con poca leche. Entonces empieza a centrifugar leche en otro vaso con poca leche. Yo me pongo leche de ese vaso.
-Perdona –yo-, ¿azúcar...?
Askilsen se levanta. Ya se ha comido todo el bollo de chocolate y sobre la bandeja queda un bollo de chocolate y una ensaimada pequeña y una napolita pequeña. De crema.
-Toma.
Askilsen pone junto a mi tacita de café con leche centrifugada un tarro de cristal panzudo. Tiene tapa y todo. Azúcar no.
-Perdona –yo-, aquí no hay azúcar.
Remuevo el tarro panzudo por ver si se despega del fondo un poco de azúcar. No se despega.
-Joder, Marcia, hay que comprar azúcar...
-Y leche que haga espuma –Marcia. Ha dejado el batidor y se ha puesto en pie. Marcia es pequeña y de Perú. Coge la ensaimada pequeña –Échate de aquí –me dice-, ponle este azúcar impalpable, verás qué bien.
-... –yo.
-Azúcar glassé –Askilsen-, en España se llama azúcar glassé.
Marcia ubica la ensaimada pequeña sobre mi taza pequeña de café. Me hace gracia que sólo el tarro del azúcar sin azúcar sea grande.
Marcia agita un poco la ensaimada y yo, de inmediato, retiro la taza.
-¿Qué haces? Se cayó todo... ¡No muevas la taza!
-Deja, deja... Me lo tomo si azúcar, es igual.
Marcia no me hace caso. Empieza a agitar la ensaimada sobre mi taza. Veo el azúcar caer sobre el café y flotar sobre el café como huevos de insecto. Miro a Marcia. Se ríe.
-Ya está.
Yo miro el polvo blanco sobre la superficie del café.
Cuando levanto la vista veo a Marcia echándome más polvos al café. Retiro la taza y los polvos caen sobre la mesa, cuerpo a cuerpo con el azúcar impalpable que ya cayó sobre la mesa.
-¡Qué haces!
-¿Qué me estás echando?
-Canela. Verás qué rico. Con canela. El café.
-No quiero canela.
-Que sí, A., es lo mejor que hay.
Marcia me echa polvos de lo mejor que hay sobre los polvos impalpables y el café con leche centrifugada. Se ríe mucho más todavía que antes, la peruana.
-Ya está.
Askilsen empieza a hablar de libros. Yo he metido la cuchara en la taza y remuevo pero nada se mezcla. La canela y el azúcar siguen en la superficie.
-¿Sigue siendo Eloy Tizón el mejor? –pregunta.
-Sí. No sé. En realidad... no sé.
La taza. Me llevo a los labios la taza. Bebo.
Marcia, con su corbata verde, me mira. Está batiendo otra vez la leche. Askilsen, que se ha comido un bollo de chocolate, me mira.
Tengo el calentador sobre mi cabeza, un calentador grande.
Suena el teléfono.
-¿No tenéis que seguir trabajando? –pregunto.
-Para nosotros esto es trabajar –dicen.
domingo, 28 de enero de 2007
Imagen
Llevo puesto: una camisa verde de Purificación García, cosida con hilo granate; debajo, una camiseta negra de French Conection United Kingdom; luego, pantalones vaqueros de Pull and Bear, cosidos en hilo naranja; también: calcetines Springfield, de color naranja, y boxers, Springfield; una bufanda mil rayas de Frangi; un abrigo de Jack and Jones; perfume Hugo, de Hugo Boss. En la mano, mi novela, impresa en Madrid.
-¿Qué perfume usas? –me pregunta mi editor.
-Me azoran mucho esa clase de preguntas –yo.
2.
Un taxi nos espera. El taxista lleva mi nombre escrito en un papel y yo llevo mi nombre escrito en la cubierta de un libro. Meto mi nombre en el coche.
Arranca.
Bajamos Gran Vía. Bajamos a Príncipe Pío. Seguimos carretera adelante.
Mi editor tiene el pelo largo y va sin afeitar. Lleva unos pantalones negros, de pana. Mira por la ventanilla. Hablamos de películas. Él da títulos y yo no he visto ninguna. Mi editor está muy decepcionado con mi conocimiento del séptimo arte. Tiene mi misma edad.
-¿Cómo puedes ir a ver Banderas de nuestros padres? –sarcastiza.
-No sé. Se suponía que era buena.
El taxi da algunos bandazos y yo noto como que me desparramo sobre el asiento. Es agradable.
-¿Has ido alguna vez al programa? –pregunto.
-No. Nunca. Apenas lo he visto alguna vez.
-Yo, sí, los sábados. Hay una presentadora rubia, con flequillo asimétrico, que... está muy bien.
-Di muchas veces el nombre de la editorial...
Me río.
-¿Qué más quieres que diga? Me ayudará mucho que me digas lo que tengo que decir.
Se ríe.
-Mientras no hables de Matrix, di lo que quieras.
-Me encanta Matrix, jo.
-Yo la vi al lado, en el Kinépolis.
-Te quejarás.
-No, claro: espectacular. Pero eso no es cine, A.
-¿Cómo que no es cine? Lo que no es cine son las películas francesas en las que sólo hay diálogo durante dos horas. Eso es literatura filmada. El cine son imágenes. Matrix...
-No. Promociones. Matrix –mi editor.
-De. Acuerdo –yo.
3.
El taxista no tiene ni idea de cómo entrar. El edificio es grande y moderno, tiene varias entradas.
-Me voy a bajar a preguntar –dice.
Esperamos. La calefacción está al máximo y ya dejé de desparramarme para empezar a volatilizarme. Me gusta mucho volatilizarme.
-Esto está cerca de mi casa –digo.
-¿Ah, sí? Luego veremos para volver, porque yo vivo...
-Sí, luego vemos.
El taxista mete un poco de invierno en el taxi. Ya sabe dónde ir.
-Es la otra puerta.
Aparca. Le damos las gracias. Sacamos nuestros cuerpos del auto como quien monta una tienda de campaña.
-Joder, qué frío –yo.
-Voy a fumar –mi editor.
Me ofrece uno, acepto, fumamos. Entre calada y calada miramos al guardia de seguridad. Viste de azul.
-Vamos –mi editor.
El guardia de seguridad nos deja pasar. Avanzamos sobre un suelo muy limpio, de hormigón. El suelo está tan limpio que no nos hace pensar: el suelo mismo nos lleva. Entramos en el edificio.
Hay un mostrador y chicas detrás del mostrador. El detector de metales me pita. Es por el cinturón. Llevo dos años sabiendo que el detector de metales pita con mi cinturón y, cuando se lo explico a los guardias, siempre me creen. Su fe me inquieta.
A partir de ahí, seguimos a una chica gorda. Lleva un walkie talkie y anda muy deprisa. Viste de negro. Nosotros seguimos su oscura obesidad con diligencia. Ella, realmente, apenas vuelve la vista para saber si estamos ahí. Tampoco creo que conozco nuestros nombres. Esto no me inquieta, sino que me pone un poco triste.
La chica gorda nos ha llevado por pasillos y patios interiores hasta una habitación con espejos y butacas. Pregunta quién es el autor. Luego mira a una mujer que tiene en la mano esponjitas de maquillaje y cepillitos de rímel.
-¡Él! –digo, y señalo a mi editor.
-Yo sólo quería cortarme las puntas –dice: es un genio.
-Yo, yo... –reconozco-. Soy yo.
-Siéntate.
Me ubico en el butacón. Estoy nervioso. Me veo en el espejo y mi nerviosismo tiene muy mala cara. De ahí, la maquilladora.
Tampoco me ha preguntado mi nombre.
-Apoya la cabeza, por favor.
Lo hago. Empieza a barnizarme la piel con pasta marrón. Usa una esponjita que parece un quesito. Habla con sus colegas.
-Es admirable. El tío, tetrapléjico, y unas ganas de vivir...
-Sí, qué fuerza de voluntad...
-Quiere hacer cosas, un montón de cosas. Este fin de semana vamos a la casa rural...
El quesito con pasta marrón cae sobre mi rostro, incordiante. No respeta fronteras ni mucosas, labios ni cejas. Me asquea por momentos.
La maquilladora deja la esponja triangular y toma un pincel. Me pinta los labios. Pienso: Me están pintando los labios. Efectivamente: me están pintando los labios.
Luego toma otro pincel y me repasa las pestañas; con el mismo pincel me peina las cejas.
-Ya está. ¿Cómo te llamas? –dice.
Yo le digo mi nombre maquillado:
-Hugo.
4.
La chica gorda nos enseña otro pasillo. Este da a una sala con sofás feos y una mesa bajita. En la mesa no hay nada. En los sofás, una mujer.
Nos sentamos no muy lejos de ella. Los tres permanecemos callados 43 segundos. Miro a la mujer. Me parece guapísima.
-Hola –digo.
-¡Hola! –la mujer- ¿Venís al programa?
-Sí, ¿tú también?
Mi editor ha bajado la cabeza. Mira mi libro como si no lo hubiera leído ya bastante.
-Sí. Ah, ¿tú eres....?
Dice mi nombre.
-Sí.
-Ya sé todo lo tuyo –dice-. Busqué en google a todos los demás.
-¿Tú qué haces?
-Comics.
-Ah, qué chulo.
-Viene también un diseñador y una actriz muy famosa.
-¿Qué actriz?
-No me acuerdo de su nombre.
Me callo. Es mejor, sí, callarse.
-¿Eres de Madrid?
-No. De Zaragoza.
-Ah. ¿Y vives allí?
-Sí. Se han portado genial conmigo. Me pagaron el viaje y el hotel. Y el taxi desde Barajas.
-...
-Y en el hotel tengo un minibar y puedo beber todo lo que quiera. Es un hotel de cuatro estrellas.
La mujer está realmente entusiasmada.
-Y... ¿dónde está tu hotel?
Mi editor baja la cabeza un poquito más.
5.
Show bizz!
El plató de grabación tiene los techos altísimos. Del techo cuelgan focos y estructuras de metal. Cuando bajo la vista un tipo me está metiendo un micrófono por la camisa. Luego me cuelga una cajita electrónica en la parte de atrás del pantalón.
-Listo.
Detrás de mí está el diseñador. Es un chico con bigote y tupé. También me gusta.
-Listo.
Ahora estoy mirando el suelo, recorrido por cables que probablemente no valen para nada. Trato de no pisar los cables que no valen para nada.
Cuando levanto la vista la veo. Me ve. Su flequillo asimétrico, rubio, se acerca a mí.
-Hola –dos besos-, ¡me ha encantado tu libro!
-¿En serio? Gracias.
-¿Es verdad que hacías eso de poner a los niñitos en fila y tirarles pelotas a la cara? –se ríe.
-...
-¡Tienes unas frases! No dejaba de subrayar todo el tiempo.
-...
-Bueno, luego hablamos –se va.
Me acerco a mi editor, que está sentado, un poco aburrido, en una silla.
-A la presentadora le ha gustado mucho mi libro –yo, niñito.
6.
La parte central del plató simula un bar. Ponen copas. Los entrevistados tenemos que ir de mesa en mesa bebiendo copas y contestando preguntas. Ambas son gratis.
Yo estoy ahora sentado con el diseñador. Mi editor está en la mesa del fondo, solo, bebiendo cerveza. El diseñador pidió whisky con agua y yo whisky con coca cola. La chica que hace comics no sé dónde está.
El camarero trae las copas. Damos un sorbo cada uno.
-Qué de agua le han echado –el diseñador.
-Jo -yo.
(Espacio reservado para la timidez)
-¿Cómo se llama tu marca de ropa?
Me lo dice.
-¿Como el grupo de música?
-Sí, y como mi apellido. ¿Ese es tu libro?
-Sí –se lo muestro-, me encanta la portada.
-Es bonita.
-¿Cómo está el tema del diseño? Perdona, pero no sé nada del asunto.
-¡Está fatal!
Me río.
-Ya, como todo: enchufes, miseria, incomprensión, gentuza...
-Pero fatal. No se puede vivir de eso.
-¿Te gusta Agatha Ruiz de la Prada?
Me dice que sí, pero puntualiza que sus trabajos de los ochenta en especial.
-¿Te gusta David Delfín?
Me dice que no sabe por qué todo el mundo pregunta por David Delfín. Luego me da su opinión sobre David Delfín.
-¿Te gusta mi camisa? –esta pregunta se la he hecho un poco a mala leche.
-Bueno, es una camisa. Una camisa normal.
-Ya.
Seguimos bebiendo.
En un momento dado veo que la copa del diseñador sigue alta, mientras que la mía apenas alberga un dedo de alcohol. Miro a mi editor. Me mira. Le señalo con el dedo los sótanos de mi copa. Sonríe.
La presentadora rubia de flequillo asimétrico se me acerca.
-¡Empezamos!
-Okey... ¿Llevo mi copa? –pregunto, pero enseguida- Bueno, mejor la dejo aquí que ya bebí bastante.
-Sí, ya he visto que ibas a toda velocidad.
7.
La presentadora rubia de flequillo asimétrico lleva puestas unas botas de goma. Son botas simples, de color verde grisáceo, de esas que pueden estar empleando mañana mismo los labradores para pisar surcos. También lleva un pantalón muy ajustado, con cinturón del color del oro; y una chaqueta de tonos claros sobre un top negro con lentejuelas en los tirantes.
Nos hemos sentado en unos sillones de cuero blanco, giratorios. Estoy nervioso. A mi derecha hay dos pantallas de televisión, bastante grandes, y de vez en cuando echo un vistazo penal: yo voy a estar ahí dentro de poco.
La presentadora no deja de atender instrucciones por el pinganillo. También mira mucho para todos lados, como buscando algo.
-¡Qué calor! –dice.
Se ha quitado la chaqueta. Le miro los pechos. Luego le miro la cara. La presentadora rubia de flequillo asimétrico está muy acelerada.
-Cuando se enciendan las luces blancas sobre nosotros, estamos.
Se encienden las luces blancas sobre nosotros.
Preguntas. Respuestas.
Preguntas. Respuestas.
Preguntas. Respuestas.
Preguntas. Respuestas.
Preguntas. ...
Preguntas. Preguntas.
Respuestas. Respuestas.
Preguntas. Respuestas.
-Ahora vamos a ver unas fotos de tu estancia en Japón.
Sale mi intimidad por la tele. Veo las fotos de los niños y de mis alumnas en las pantallas de televisión.
Preguntas. Risas.
Risas. Risas.
Se apagan las luces blancas.
-¡Ya está! –la presentadora.
-¿Puedo ir ya al baño? –yo.
-Sí.
8.
-En cuanto se ha quitado la chaqueta, me he dicho: A. se nos cae.
-Cabrón. Voy al baño. ¿Cómo se va?
-Tienes que preguntar a uno de aquellos.
-Ok.
Me dirijo a un grupo de cuatro o cinco. Pregunto por el baño.
-Ella te lleva.
Ella es una chica como la chica gorda que nos trajo, pero más delgada y rubita. La sigo por una cantidad en verdad caprichosa de pasillos hasta la puerta de los baños.
-Yo te espero aquí.
Entro en el que etiqueta el esquema de un señor.
Cuando salgo, no veo a la chica. Crucé un par de puertas en solitario de modo que trato de cruzar un par de puertas para dar con la chica. Me pierdo, completamente, detrás de una puerta. Me echo a reír solo. Decido no moverme. Cuando estoy empezando a vislumbrar algún tipo de decisión locomotriz, me tocan.
-Que te pierdes –la chica.
-Sí.
-Te he visto que te ibas para allá y vine a por ti.
-¿Es tu trabajo? –pregunto.
-Vamos –echa a andar y la sigo.
-En serio, ¿este es tu trabajo?
9.
Mi editor ya se cansó de hacer de público y está sentado en una silla apartada.
-¿No bebes más? –le digo.
-No. Oye, que no parezca que es un libro de viajes.
Me siento infinitamente culpable. Me lo estoy pasando en grande y no recuerdo nada de lo que he dicho sobre el libro.
-Ok.
Me voy hacia las mesas. Veo a la chica que dibuja cómics solita y me siento con ella.
-Hola.
-Hola. ¿Cómo te fue? Yo estaba muy nerviosa.
-Bien, no sé. ¿Qué bebes?
-Zumo de naranja.
-Yo me voy a pedir otro whisky.
-¿Ya te has bebido un whisky? ¡Qué fuerte!
-...
-El camarero está allí.
Le llamamos y pido mi whisky. Enseguida un presentador al que no me han dado a conocer acude a llamar a la chica de los comics. Entonces me quedo solo con el whisky, que es como estar a solas con un juguete sexual. O sea: penoso.
Veo al diseñador en la mesa vecina. Me siento con él. Tiene mi libro al lado de su copa.
-¿Es la segunda? –le pregunto.
-Sí.
-¿Qué tal de agua?
-Perfecto. Ahora la proporción fue la adecuada.
-Te regalo mi libro –yo.
10.
En la segunda parte de la entrevista ponen la escena de la autopista de Matrix Reloaded. La presentadora rubia me pregunta si me sé todos los diálogos de Matrix.
-Sí, aunque si me lo propongo puedo tener gustos cinematográficos más snobs.
Trato de dar algún nombre snob pero no me acuerdo de ninguno.
-Hoy no quiero proponérmelo.
Enseguida la presentadora me pregunta sobre sexo en Japón. Yo hablo sobre pornografía en Japón.
-Sexo no hay –digo.
La presentadora tiene las preguntas escritas en un papel y las mira disimuladamente.
-Hay frases en tu libro que nos han encantado –lee-. “El tipo está bastante borracho y tiene pelo de nutria jubilada”. “Llevarse a Ai de paseo era como llevarse a todo un país en el bolsillo.”
-Brillantes –apunto.
-Otra cosa. ¿Es verdad que los japoneses fuman en el extractor de humos de la cocina? ¡Me ha parecido una idea genial!
-Yo conozco gente que lo hacía. No sé si es normal en Japón.
-Lo voy a hacer en mi casa.
-Yo lo hago. Se me quedó la...
-Ya no estamos grabando –la presentadora.
-... costumbre. ¿No estamos?
-No. Oye, ¿y en el Metro la gente se mete mano? ¿Cómo son las japonesas?
-Cuando yo iba a Tokio tenía la sensación de estar en una ciudad de supermodelos.
-¿Sí?
-Los japoneses no miran a sus mujeres, por eso ellas se visten de forma espectacular.
-Pero tú sí las mirabas.
-Bueno, como las mira cualquiera. Allí podía ser raro, pero nada más.
La presentadora rubia recibe un mensaje por el pinganillo.
-Me tengo que ir. Ha sido un placer... Por cierto, que el diseñador quería que le dedicaras el libro.
-¿Ah, sí? ¡Qué ilusión!
11.
Le he dedicado el libro al diseñador. También le he dedicado otro libro a la dibujante de comics. El otro libro lo traía mi editor.
Ahora estamos de nuevo en un taxi. Vamos al centro de la ciudad. Luego yo tomaré el Metro.
Estoy radiante de felicidad y quiero seguir tomando copas. Mi editor y yo hablamos de películas, de Anthoy Burgess, de todos esos cientos de miles de millones de putas copias que voy a vender de Trenes hacia Tokio.
Detenemos el taxi en Callao.
-¿Tomamos otra? –yo.
-No, tío, mañana tengo un día... Te acompaño si quieres al Metro. ¿Dónde lo coges?
-Es igual, por favor. No te molestes.
Nos damos la mano.
-Espero haber dado una buena imagen en la tele, jo. Con mi camisa verde.
-Tómatelo con calma. Nunca se sabe. Pásate el viernes, si quieres.
-Guay.
Se aleja. Mi editor es un tipo que cuando se aleja parece que te fuera a tocar el hombro con la mano, desde atrás, de repente.
Nadie me toca el hombro, sin embargo.
Me subo el cuello del abrigo, me ahorco con la bufanda, me doy unas palmadas en los costados, y echo a andar.