jueves, 6 de septiembre de 2007
¿?
Ay, me gustaría...
Poco tiempo, menos ganas...
Les pido perdón a mis cuatro lectores.
miércoles, 29 de agosto de 2007
jueves, 9 de agosto de 2007
Sí, sí, sí; no, no, no... probando
Dice: NEW HP IMPRINT FINISH.
Las manos son verde lima y las palabras son como azul cobalto, salvo las dos últimas (imprint, finish) que están recortadas sobre la pegatina y lucen de color plata, como el portátil.
Las manos están trazadas en un gesto que creo que en algunas puertas de algunas cárceles, una vez en la tele, quería decir: Aborto libre.
Luego, debajo de estas manos, hay tres pegatinas más. Una dice: QuickPlay; otra HP remote control; la tercera, 5-in-1 CARD READER.
Luego, en el lado derecho, hay una pegatina que dice: Inter centrino Duo; y otra que dice: Windows Vista, y otra más (menuda) que reza: Hightscribe direct disc labeling.
No entiendo nada.
Yo he escrito a mano, con lápices y bolígrafos Bic de color azul. Con rotuladores. Con tiza en la pizarra. Luego he escrito a máquina. Luego he escrito en máquina electrónica. Finalmente llevo muchos años tecleando en ordenadores, en teclados blancos y teclados negros, en teclados siempre excesivos, con más teclas de las necesarias y muchas efes que nunca he sabido para qué sirven. Cuando le doy a Escape nunca escapo de ningún sitio ni pasa nada. Desconfío de teclas que no sirven de altar a una letra del alfabeto o a un signo ortográfico. En realidad no desconfío: simplemente hago poco caso a su existencia, no las presiono ni pregunto a nadie qué pasaría si las presionara. Están ahí para nada, como el 90% del ordenador.
Estoy probando a escribir mi primer texto con el nuevo portátil. El talento de los demás lo escribí en un portátil, así que tampoco me miréis con esa cara de suficiencia. Era un Vaio super pequeño que me gustaba mucho. Por lo heroico. Os lo cuento un poco: resulta que el ordenador era viejo y fue comprado de segunda mano. Tardaba como quince minutos en encenderse, salvo algunos días en los que no le daba la gana de encenderse. Hablaba japonés de primeras, yo le cambiaba el idioma y empezábamos a entendernos. Lo calzaba con un libro, normalmente de bolsilo, para que el teclado se acomodara mejor a mis manos (acabaré haciendo lo mismo con éste: qué incómodo, me duelen los tendones del antebrazo...). Y nada, en el Vaio escribí las 100.000 palabras que componen El talento de los demás. Haber escrito 100.000 palabras todas seguidas, encadenadas por alguna lógica narrativa, es milagroso. Ahora, por ejemplo, llevo muy poquitas y ya estoy deseando acabar.
Lo que más me gusta de los ordenadores, de escribir en uno y eso, es lo de contar las palabras. Me gusta, cada tanto, conocer la cantidad de palabras y de caracteres que he escrito en un día o en un periodo más amplio. Hemingway, que escribía a mano y de pie y, como es lógico, no especialmente bien, apuntaba el número de palabras producidas en una hoja, al final de cada día de trabajo. Tipo: 456, y luego: 786; y un sábado: 591. Esto es una chorrada tremenda, y probablemente una gran mentira. No puedo imaginarme al señor Hemingway escribiendo sus cuentos y, cuando ya tenía bastante, tomar de nuevo el bolígrafo o la pluma para, con la puntita, ir contando como una vieja cada palabra escrita. Es subnormal. A lo mejor lo hacía, pero yo lo pongo en duda porque todos tenemos cosas mejores que hacer que contar palabras, la verdad.
Bueno, qué más. Nada. Esto es como las orquestas de los pueblos y su equipo de sonido. Probando, vamos. Es complicado cambiar de herramienta. En general, va a ser complicado cambiar: cambiar de ciudad, cambiar de pareja, cambiar de peinado. Cambiar de trabajo. Cambiar de sufrimientos o adicciones o prejuicios. Yo soy un gran enemigo de los cambios. Te obligan a reinventarte.Con lo mucho que te costó ser algo.
lunes, 6 de agosto de 2007
Portátil
-Perdone, ¿me puede dar cambio para tabaco?
Le tiendo al camarero cinco euros. El camarero me devuelve cinco euros. Así, por escrito, parecen los mismos; pero no son los mismos. Ahora ruedan.
-¿Me activas...?
Me
Estoy en la plaza del Carmen. Voy a
He sentenciado el cigarrillo debajo de mi pie derecho, a las puertas del centro comercial. En el vidrio pone: EMPUJAR.
2.
-Perdone, quiero un portátil. Me gustan estos tres. ¿Cuál me recomienda?
Un HP, un VAIO, un Siemens Fujitsu. El dependiente es con chaleto y chapita. Se llama Marcos
-Sin duda, el HP –Marcos.
-Pues ya está.
Acompaño a Marcos. Se sitúa detrás de un mostrador.
-Lleva esta factura a caja, pagas y luego recoges el equipo donde pone Recogida.
-Lo entendí todo. Muchas gracias.
3.
La chapita y el chaleco se llaman Rosa.
-Hola, Rosa.
-...
Le tiendo la factura.
Le tiendo mi tarjeta de crédito y mi documento nacional de identidad. Rosa comprueba; me devuelve el DNI; pasa la tarjeta por la ranura.
-No funciona.
Me devuelve la tarjeta.
-Puede ponerse en contacto –recita- con su banco y pedir que le aumenten el saldo disponible. También puede acudir a un cajero, sacar una cantidad considerable y luego pagar el resto con la tarjeta –separa ambas manos financieramente-: el crédito disponible en los cajeros y el crédito de pago con tarjeta no están vinculados.
-Lo entedí todo.
4.
En el cajero del Banesto de la Plaza de Callao pido se me den 1.100 euros. El cajero del Banesto de la Plaza de Callao sólo me quiere dar 600 euros. Le digo que bueno.
-Toma 600 euros, Rosa.
Le doy mi tarjeta. Dudo si darle también mi documento identificativo. No, no te lo doy: acuérdate de mí, jo.
Rosa se acuerda de mí. Pasa la tarjeta por
-Acude a Recogida y ahí te lo dan.
-Muchas gracias.
5.
Salgo de la FNAC con mi bolsa de la FNAC y mi portátil HP. Con la otra mano fumo.
6.
-Perdone, ¿me pone una jarra de limón con cerveza, por favor?
Me senté en la terraza de un bar que hay junto a los cines Ideal. Es un bar que tiene nombres de películas por todo el menú. Veo pasar a
-Cuatro euros y cincuenta céntimos, por favor.
La jarra es enorme. Tengo sed.
-Sí.
Hago ademán de sacar mi cartera: recuerdo que no tengo billetes. Hago ademán de sacarme monedas del bolsillo: recuerdo que sólo tengo 2,35 euros.
-¿Aceptáis tarjeta?
-Sólo por pagos superiores a 10 euros.
-Vale.
Agarró el menú. Paso el dedo por toda la filmografía del menú.
-Tráeme 5,5 euros, por favor.
-Ensalada Ben Hur. Okey.
Ahora estoy nervioso. Como no tengo 4,5 euros voy a pagar 10. Es rara la sociedad del consumo. Yo, la mayor parte del tiempo, no acabo de cogerle el truco.
No sé si mi tarjeta tiene crédito. Empiezo a pensar que el Banco Nacional de España no me va a dar dinero para mi ensalada Ben Hur. Empiezo a pensar qué hacer. Seguramente podré pedirle al camarero permiso para ir a un cajero; pero creo que ya saqué todo lo posible por hoy. Me acuerdo de las películas. Para pagar una cuenta se friegan platos. Luego miro mi HP portátil dentro de su caja y su bolsa.
8.
La tecnología da mucho gusto. Encendí el portátil sin mirar las instrucciones. Ahora lo estoy toqueteando. Es muy sexy el Windows Vista. Muevo el ratón con el dedo y aprieto botones y saltan pantallas y las cierro dando a la X y luego las vuelvo a abrir.
Estoy muy contento. Casi lloro al encender el portátil. Espero tener un hijo antes de morir para que Bill Gates no sea el responsable del momento más feliz de mi vida. El portátil tiene DVD y wordpad. Y pilotitos azules. Quince. Y web cam para grabarme mientras me masturbo.
Es negro.
9.
Metí la calderilla en el vaso de la calderilla. 2,35 euros. Me daba asco tener monedas junto al portáil. Era como tener mucha gentuza en tu boda. He salido de casa porque tengo que ir al aeropuerto a esperar a mi hermano.
En el metro, voy leyendo Egipto. Va de un tipo que vale un carajo, un tipo que sale con una chica que gana “cuatro o cinco veces” más que él. Me recuerda mucho a mí.
No tengo dinero. Ni un duro. Me doy cuenta en Sainz de Baranda. Mi tíckett de metro tiene aún cuatro viajes más. Seguimos en Sainz de Baranda. O sea que puedo recoger a mi hermano y volver a casa sin hacer ningún gasto. Seguimos parados y me miro la hora en el móvil. A ver si voy a llegar tarde... Una voz destornillada nos ordena abandonar el tren. “Este tren no admite viajeros”, dijo. Y añade: “Por problemas con una puerta, este tren no admite viajeros.”
Salgo del vagón pensando que “No admite viajeros” es un buen título. Voy a hacer un cuento: “No admite viajeros”. Una novela: “No admite viajeros”. A lo mejor a los lectores no les hace tanta gracia como a mí. Eso pienso un poco.
En el siguiente tren, que sí admite viajeros, no puedo leer Egipto. Me doy cuenta de que en la parada de metro del aeropuerto, para salir, y para entrar, te piden un suplemento de un euro. Me estoy poniendo muy nervioso. Cuando me pongo nervioso pienso mucho en lo nervioso que me pongo. No puedo solucionar nunca ningún problema porque estoy muy ocupado analizando por qué me pongo tan nervioso. Desde Manuel Becerra no dejo de pensar en la pequeña aventura que me aguarda.
10.
Pienso, desde Manuel Becerra, que no voy a poder salir del metro Aeropuerto. Porque no tengo un euro para el suplemento. No tengo ni cinco céntimos. Entonces mi hermano va a salir por la Sala 2 cansado de su viaje y nadie le va a dar
Me arrebato. Cómo no me van a dejar salir del Metro, por favor. ¿Esto qué es, una sociedad sin caridad? Le contaré al guardia, me entenderá. Y si no me entiende (me arrebato) pues salgo a la fuerza del Metro. Sí, salgo a lo bruto. Qué van a hacer, ¿pegarme? ¿Meterme de nuevo en el Metro? (Me echo a reír en Avenida de América.) ¿Llamar a la policía por un euro?
No sé.
11.
Hago trasbordo en Nuevos Ministerios. De pronto todo el mundo arrastra maletas con ruedas. Subo a un tren.
Pienso. Pero luego tengo que entrar en el Metro, otro euro. Mi hermano no tiene euros porque viene de un país con otra divisa. Necesito dos euros para entrar en el metro. Me doy cuenta de que pagar 1.100 euros es mucho más fácil que pagar 1 euro. Me duele un poco la cabeza.
¿Y si espero a que sean las 12 de la noche, las 12 y 1 minuto para que, siendo otro día, empiece de nuevo a contar mi crédito de 600 euros del cajero? Sí, eso haré con mi hermano. Esperar junto al cajero 4B de
Sí, a todos.
12.
Aeropuerto. Abandono el vagón. Sigo a los demás viajeros hacia las escaleras mecánicas. Divisamos un cartelón en la superficie.
SUPLEMENTO AEROPUERTO 1 EURO.
viernes, 3 de agosto de 2007
Mira cómo me hago el interesante hasta la última palabra
No tengo tabaco. Cuando no tengo tabaco pienso en dejarlo. No fumaré más, me digo. Luego vuelco el vaso de las monedas y cuento calderilla hasta 2,55 euros.
Tengo un montón de monedas en un vaso. El vaso es alto, de cerámica, me lo regalaron en Japón. No vale nada. Las monedas llegan hasta arriba del todo, y son de cinco céntimos y de dos céntimos. Una mierda de capital. A veces me encuentro 10 yenes. Una mierda. Siempre que quiero comprar chicles o tabaco, cuento monedas pequeñas. Quiero vaciar el vaso y tirarlo a tomar por culo. Fumo que no veas y masco chicles como un loco. El vaso sigue repleto de monedas. No lo entiendo. Cada vez que veo el vaso lleno de dinero me deprimo. La calderilla me da asco. Cuantas más monedas de 2 céntimos tengo más me apetece ahorcarme. Me paso el día rebajando el vaso de las monedas de 5 céntimos y de 2 céntimos a base de compras menudas, como el tabaco y los chicles y a veces un barra de pan; pero luego, en cuanto salgo a la calle lógicamente sin mi vaso, y me compro cualquier cosa con un billete, resulta que me devuelven un cambio fracionadísimo y repugnante, y que me vuelvo a mi casa con toda esa quincalla y enseguida la tiro sobre la mesa con las llaves y el mechero y algunos papelitos de los chicles y del asco que me da ver las monedas pequeñas rueda que te rueda por la superficie de la mesa, y en caída libre, y por todas partes como insectos sin patas, las acabo por poner en el vaso japonés, que no se termina nunca de vaciar, y estoy a punto de enloquecer.
2.
Últimamente estoy de mal humor. De muy mal humor. Creo que mi modo de entender la vida se basa en extremos, y que necesito enfadarme mucho para que el enfado me haga efecto. Me enfado por gilipolleces, básicamente. El metro sobre todo no lo soporto. Cuando estoy en el metro sufro hasta ulcerarme. Odio a esa gente, cuanto hablan. Si alguien empieza a hacer resonar un anillo contra una barra me entran ganas de llorar. Si alguien habla de lo que ha comido o de la siesta que va a echar, me cambio de vagón. Antes me cambiaba mucho de vagón, recorría todo el puto tren del primer vagón al último vagón, sufriendo con entusiasmo. Me di cuenta, y dejo constancia de ello para pública enseñanza, me di cuenta de que, cuando te cambias de vagón porque alguien te molesta, en el siguiente vagón te van a molestar aún más. Cambiar de vagón es subir el nivel de exigencia contra la irritación. Si uno se cambia mucho de vagón, puede acabar sobre las vías.
3.
Lo más tierno que me ha pasado últimamente tiene que ver con el ticket del metro. Estaba en la Caracola, solo, un domingo como a las siete de la tarde. Paseaba por la calle de La Palma y me embriagó el aroma a hierbabuena. Me asomé a la Caracola y vi a la camarera deshojándola. Me senté y pedí un mojito. Estaba bien rico y me puse a leer entre sorbo y sorbo El bosque de la noche, de Djuna Barnes. Era feliz como un cubito de hielo. Cuando me cansé de la lectura, marqué la página y cerré el libro. Alcé la vista. La camarera, acodada en la barra, me miraba, sonriente. Me incomodó un poco pero luego hice un gesto que podría verbalizarse como: ¿Todo bien? Ella abrió su boca para decir: Yo también uso el tickett del metro.
Me enamoré un poco. También me hice muy fiel al local.
4.
Bueno, lo que quería contar aquí es lo que me pasó con un ciego. La verdad es que últimamente me siento muy inseguro acerca de mi competencia literaria. Esto suena falsamente modesto y nadie se lo cree y todos me auguran un futuro de la hostia y, buff, estoy super harto. No me veo capaz de escribir otra novela y menos de escribir otra novela potente. Ni siquiera estos cuentos que antes me salían como churros, prácticamente tardaba lo que se tarda en mecanografiarlos, me parecen actualmente accesibles a mi intelecto. Los escritores suelen no releerse por miedo a no gustarse; yo me gusto tanto que cuando me releo me doy complejo. Estar a la altura de mí mismo me agobia un montón. Me admiro mucho, en serio. Debe de haber pocos escritores en este país que, lo hagan bien o lo hagan mal, lloren tanto y rían tanto y crean tanto en lo que hacen como yo. Mi vanidad no es profesional: creo que hay un montón de gente que escribe mil veces mejor que yo. Mi vanidad es mi sangre: yo me estoy matando por esta mierda, joder.
5.
Lo del ciego. Pues, como decía más arriba con eso del tabaco, fui al bar de la plazuela a comprar un paquete. El bar es, en términos más exactos, un restaurante gallego, y tiene un montón de cuadros y bustos de Franco por dentro. Mola bastante. Quiero decir que un bar con retratos de Franco da mucho morbo y crea grandes conflictos morales. El restaurante es un éxito porque, como debería decirse cada día, la gente no vive en los periódicos o los libros de Historia y el 11 M y la guerra civil les importan tres cojones. Se come bien, ergo viva Franco.
El caso. Que al cruzar la calle por el mero medio un tipo da una voz, desde el paso de peatones, pidiendo ayuda. Es un señor gordo, con camiseta blanca y pantalones por debajo de las rodillas. No sé cómo se llaman esos pantalones. “¿Dónde está la calle San Basilio, por favor?”, dice. Y yo: “Ni idea.” Y entro en el bar.
Los camareros del bar de Franco son sudamericanos. Les indico que deseo uno de esos souvenirs tan simpáticos que rezan “Fumar mata” y activan amablemente la máquina expendedora. Compro Fortuna, me agacho y me siento muy sexy porque no llevo calzoncillos (cómo indiqué hábilmente en el primer párrafo de este texto; o en el segundo: da igual).
Salgo del bar, entonces. Y cruzo la calle por el medio y avanzo por la plazuela hacia mi casa. Hace un calor tremendo. Al llegar al otro lado de la plazuela me fijo en que el señor que preguntó a los cuatro vientos por una calle santa está platicando con un ecuatoriano. Me acerco. “La calle San Basilio... Ni idea”, el ecuatoriano. El preguntador callejero lleva gafas de sol y un bastón blanco. El ecuatoriano se aleja y el ciego sigue su camino. Da un montón de tumbos y casi le pilla un coche. Luego mete el pie en un socavón. Luego se queda en mitad de la calle.
-Anda, sígueme, que te vas a matar –le digo.
-¡Gracias!
Me echo a andar y el ciego me sigue. Luego me doy cuenta de que el ciego no puede seguirme porque no emito señales acústicas ni hago nada por ser localizado.
-Mejor ponme la mano en el hombro, ¿no?
Así vamos calle arriba, yo delante y el ciego a mi espalda, hasta que llegamos a una esquina.
-Espera aquí que voy a preguntar.
Le pregunto a todo el mundo por la calle San Basilio. Nadie sabe dónde está. Me vuelvo y veo al ciego, a unos 100 metros, hablando por su móvil. Luego cuelga y grita mi nombre.
-Dime.
-¿Sabes dónde está el Burger King?
-Joder, a tomar por culo de aquí. Sí que te han indicado bien...
-Allí me esperan...
-Vale, vamos para allá.
Posa su mano sobre mi hombro e iniciamos el peregrinaje hacia el Burger King.
Como está muy lejos, al ciego le da tiempo de hacerme un montón de preguntas. Ya le dije cómo me llamaba. Ahora le cuento qué edad tengo y mi estado civil. También me pregunta mi altura. Y en qué trabajo.
Él se llama Óscar y vende cupones. Se quedó ciego en un accidente de moto. Como su padre era español (su madre, peruana) pudo venirse para acá.
De camino a la hamburguesería, el ciego se va dando contra los espejos retrovisores de los coches aparcados.
-Lo siento –digo-, es la primera vez que guío a un ciego.
Su mano sobre mi hombre se vuelve sensual a cada paso. Me da que es gay. Me resulta bastante obsceno ir con un tipo tocándome el hombro durante veinte minutos.
Llegamos a la calle principal del barrio. Estamos cerca.
-¿Te puedo hacer una pregunta? –el ciego.
-Dime –yo.
-Espera que pase esta gente...
Nos cruzamos con un ruidoso grupo de chavalas.
-Es para que no me oigan...
-...
-¿Cómo llamáis aquí a un muchacho...? –se interrumpe.
Chaperos, pienso. Me gusta mucho contestar preguntas antes de que acaben de ser formuladas. Así, mientras terminan de preguntarme, puedo dedicarme a pensar en mis cosas.
-A ver, un muchacho que tiene el sexo... muy desarrollado.
-...
-¿Cómo lo llamáis en España? En mí país les decimos “aventajados”.
-En España no tienen nombre concreto, me parece.
Grandes pollas. Yo qué sé.
-Ah, vale.
-Oye, ahí está el Burger King...
El Burger King es el único restaurante de franquicia que hay en todo mi distrito. Mi vida sería más placentera si al menos nos pusieran un VIPS. Me gusta mucho el VIPS, las ensaladas y eso. Además que en el VIPS los vasos de la coca cola son muy chulos.
-¿Cómo reconocemos a tu amigo?
-Bueno, es invidente, como yo.
-Genial.
Miro en busca de invidentes. Un tipo acaba de dejar su coche en marcha en mitad de la calle y se baja. Entra y sale del Burger con sus gafas de sol puestas. Sube a su coche y se va. Luego veo a otro señor con gafas de sol; y a otro y a otro. Estoy haciendo ciego a todo el mundo. No localizo a su amigo.
Finalmente viene. Lleva gafas de sol y gorra verde. Ve un poco. De hecho, el ciego al que he guiado también me ha dicho en un momento dado que veía un poco. Eso no me parece nada serio, la verdad.
-Bueno, A., muchas gracias.
Le doy la mano al ciego; y a su amigo ciego, y me voy para mi casa.
6.
Bueno, eso era. Tenía que haber hecho un cuento ajustado, seco, de prosa descriptiva para contar lo del ciego. Pero al final conté lo de las monedas en el vaso y me di cuenta de que no me iba a salir. Las monedas en el vaso no tiene nada que ver con el ciego, así que el texto perdía fuerza desde el principio. En realidad tampoco sé qué hay detrás de lo del ciego. En otros cuentos sí lo veo claro: voy al grano, a la médula de la historia. Pero ayudar a un ciego tampoco me inspira tanto. ¿Caridad? ¿Que parezco un cabronazo pero tengo mi corazoncito? ¿Que el ciego quería follar? ¿Que todos somos ciegos en esta vida pero vemos lo suficiente para contar calderilla? Bah. Paso de retórica.
7.
También quería meter sexo crudo un poco. Todo el mundo se cree que follo un montón y mi amigo o algo Miguel Beige me lo recuerda cada vez que me ve. “Estás muy demacrado, A., qué pasa, ¿no comes?”, y se ríe el gran tipo de Miguel. Me halaga. Le contesto: “Bueno, puede ser todo mentira, lo que escribo”. Y él: “Me da a mí que no...”
Así que contemos algo de sexo. A ver, qué me invento. Ah, por cierto, que he notado últimamente que las chicas mienten un montón sobre su vida sexual. Siempre se tiran el rollo de que follan y han follado mucho, y luego te das cuenta de que nanai. Curiosamente a mí me pone mucho saber que hay otros detrás de ellas, así que no les cuestiono la estrategia. Pero luego me siento un poco engañado.
Bah, no cuento nada de sexo. A ver si hago una novela porno, como anuncié en su día. Una novela de sexo. Tenía algunos títulos: La bestia íntima, por ejemplo. No me gusta. Parece poesía. ¿De qué voy? La bestia íntima: qué puta basura. Otro título (yo tengo títulos muchos así para ir tirando): Mientras sube el tiempo sus escaleras. ¿Qué os parece? También demasié de poético. Por supuesto, es un endecasílabo. Me gustaría titular algo Intimidad, pero ya se me adelantó ese subnormal hindú que no me quiero acordar ni de su nombre. Qué subnormal. Intimidad. Titulón.
Por cierto, tampoco sé cómo titular este post. Como va un poco de todo... Primero iba a ser “Ciego”. Lo de titular los post con una sola palabra expresa, en realidad, cierta frigidez; o mejor: rigidez. Como miedo. Pones sólo una palabra y, zas, quedas bien. Un título de más de tres palabras tiene muchos riesgos.
Según iba escribiendo este texto, se me ocurrió “Irritación”. No sé. Lo curioso es que tú ahora que lo estás leyendo ya sabes cómo se llama, cosa que yo ignoro: aún estoy escribiendo.
Último párrafo. Este texto se va a llamar (se llama para ti), “Mira cómo me hago el interesante hasta la última palabra.” Una mierda. Estoy cansado.
sábado, 21 de julio de 2007
domingo, 15 de julio de 2007
Aventura es el dolor
“Movistar te lleva a lo más alto. Envía SC al 7212 y vive una experiencia única. Coste SMS 0,30 CENT + IVA”.
“Acceso denegado con pulsera rota”
“SUMMERCASE”
2.
Ahora estoy leyendo El factor humano. Me puse a leer las leyendas de la pulsera porque no sabía cómo iba a entrar hoy en el festival. ¿Necesitaba la entrada? ¿Podía quitarme la pulsera? ¿Por qué coño me he tenido que duchar con la pulsera? ¿Por qué voy por el Metro de Madrid haciendo promoción de Movistar? ¿Y de Summercase? Me siento como esos halcones anillados, que vuelven al punto donde les colocaron el precinto.
El factor humano es una mica rollo. Va de espías y un poco de Londres. Se lee fácil. Como es una obra maestra me voy convenciendo de que es una obra maestra. Los personajes comen chocolatinas Kit kat y malteesers. Es una obra maestra.
Leo mientras camino por el andén. Leo mientras espero el tren. Leo mientras me subo al vagón. Una mano me toca. A., dice. Levanto la vista.
-¡Miguel!
3.
No me gusta reencontrarme. Me pregunto si será posible reencontrarse alguna vez con uno mismo. Toda esta continuidad que somos me crea adicción. Me aguanto especialmente por lo poco que me pierdo de vista. Soy insoportable. Si pasara un sólo día sin mí mismo a mi lado, estoy seguro de que me perdería el respeto. Pero continúo, siendo, por la inercia de la sangre y la inercia del cuerpo que me aloja. Si no, me escupiría en la cara.
Pero los demás son discontinuos. Aunque vivas con alguien, lo anulas a menudo: cuando trabaja, cuando queda, cuando duerme. Te reencuentras con los otros todo el tiempo, revalidando el gusto que te da tratarlos, sintiendo casi un vértigo excitante: ¿seguirán siendo los mismos? ¿Te reconocerán? ¿Se acordarán de que te quieren un poquito?
Sin embargo, hay discontinuidades de abismo, casi insalvables. Me apura reecontrarme porque no quiero que me exijan seguir siendo. Me gusta soñar que cambio y hasta que soy mejor persona; o al menos otra persona; que todos estos años sin vernos me han servido para reinventarme y cambiar de peinado, de estilo de vestir o de vocabulario.
Me apura reencontrarme porque es sencillo, como cuando dejas de ver una serie de televisón en el capítulo 45 y la retomas en el 92. No voy a entender nada, temes; pero lo entiendes todo; y la serie, que es la vida, te envenena de previsibilidad.
4.
-Tío, no has cambiado nada –yo.
-Tú tampoco, A. –Miguel me mira de arriba abajo.
-¿Vas al Summercase?
-Sí; tú también, claro –me señala la pulsera, en mi muñeca izquierda.
-Sí. ¿Vas solo?
Miguel vuelve la cabeza un instante.
-Voy con unos amigos. Por cierto, compré tu libro.
-¿Ah, sí?
-En el Corte Inglés de Castellana. Era la última edición.
-Sería el último ejemplar; de dos que habría.
-Lo que sea.
5.
Hemos subido al autobús. Miguel ha perdido de vista a sus amigos. Seguimos hablando.
-Te va de puta madre, ¿no?
-No –yo-. No sé.
-Me gustó el libro, aunque, nada más empezar me dije, ya está este tío con lo de siempre. ¡No sabes hablar más que de ti mismo!
-Bueno... En mi novela sobre el talento ya no hablo de mí mismo...
-Ah, sí; ese libro de autoayuda que has escrito...
-¿Perdón? ¿Qué cojones dices?
-Jajajajaja. Nada, tío. Sales mucho en google. He leído algunas entrevistas que te han hecho...
-Guay.
-Pensaba que me ibas a sacar en el libro, por cierto.
-No, pero no te preocupes. Sales en el siguiente. Salís todos. Me vas a odiar –sonrío.
-Lo leeré. ¿Sabes? Ahora trabajo...
-Qué novedad.
-Estoy hasta los huevos.
-Lo último que supe de ti es que estabas con un master... Otro master.
-Sí, fue el definitivo. Muy duro.
-¿Un master duro? Sorprendente.
-Casi me echan. Eran muy exigentes. Pero antes de hacerlo estuve viviendo en Oxford.
Miguel me cuenta su vida en Oxford. Tenía una novia, japonesa. Él trabajaba en una librería y su novia estudiaba. Eran felices. Volaron a Japón una vez. Me llamaron pero no tenía ganas de verle.
-¿Tan lejos estabas de Tokio?
-Bueno, no tanto. A hora y pico en tren. Pero no pude ir. ¿Te gustó Tokio?
-Sí, me gustó mucho. Pero son putos chinos, tío; los japoneses. Tanto dárselas de superiores y no son más que putos chinos.
Miguel volvió a España a hacer su master definitivo. La novia nipona se quedó en Oxford. Iban a volver a vivir juntos, finalmente.
-No me esperó –Miguel-, no quiso esperarme. Le gustaba un chico muy guapo, un sueco...
-Bueno.
-No me esperó.
Le miro.
-Tío, ya sabes que los amores internacionales son meramente lúdicos... Parece que te lo tomaste muy en serio...
-Me veía con ella, la verdad. En el futuro.
-¿Te afectó mucho?
-Sí. Me compré 3.000 DVD´s.
-Jajajajaja. Muy propio de ti. Ya verás en mi novela sobre el talento cosas tuyas en varios personajes. Seguro que no has quitado el celofán a la mayoría de los DVD´s.
-Bueno, ya he visto 300. No está mal.
6.
Bajamos del autobús. Caminamos hacia la entrada del festival. Hace mucho calor y pasan chicas tan sexies que dan ganas de llamar a la puerta de sus vientres con los nudillos.
-¿Sigues viendo a David? –yo.
-No, no. He perdido contacto con mucha gente.
-Sí, a mí también me pasó. Tres años en Japón. Se produce una selección
natural.
-Sí.
-Aunque a mí me mandaste a la mierda –recuerdo.
-No, no...
-Sí. No sé cómo lo dijiste...
-Era una frase de Lorca a Buñuel. “Tú y yo hemos terminado.”
-¿Ah, sí? No me di cuenta de la referencia; la próxima vez pon comillas por favor. Me lo tomé super en serio.
-No era para tanto –Miguel-. En general me gusta hacerlo como Frank Sinatra, irme sin dar portazos.
Enciendo un cigarrillo.
-Fumas un montón,¿eh?
-¡Todo el mundo dice lo mismo! No es verdad.
-Lo pones en el libro....
-¿Dónde?
Doy un par de caladas profundas. No fumo tanto.
-¿Te enfadaste conmigo porque te llamé “pijo de mierda”?
-No, no. No me llamaste “pijo de mierda”. Textualmente me dijiste: “clasista hijo de la gran puta”.
-¡Jo!
7.
-¿Te vienes con nosotros? –Miguel.
-Ummm. No, gracias... Me encantaría. Pero prefiero ir a mi bola. Dame tu móvil en todo caso.
Intercambiamos números de teléfono.
-Nosotros vamos a Sr. Chinarro.
-Yo, a Lilly Allen.
-Hasta luego.
-Nos vemos.
8.
Lilly Allen mola. Pj Harvey mola. La cantante de Scissors Sister mola. La cantante de Gossip mola.
Hay un montón de chicas malas subidas a los escenarios. Salto de una chica mala a otra chica mala. Salto de “una amiga mía decía que yo era una mierda, pero ahora ella es una drogota y yo una estrella del pop” (Lilly Allen) a “este mundo está bien jodido y no hay más que putas miserias por todas partes, la mayoría de ellas por culpa de nuestro país, os pedimos perdón por eso” (la cantante de Scissors Sisters). Salto de una gorda vestida de negro (Gossip) a una flacucha vestida de blanco comunión (PJ Harvey).
Oh, my lover, canta PJ Harvey.
9.
Vagabundeo. Es de noche. Camino mirándome los pies, que se me han cubierto por completo de polvo de grava. No dejo de cruzarme con desconocidos, de golpearme los hombros con los hombros de los demás, de pedir perdón absurdamente, de dejar paso, de oler a porros, de escuchar frases sueltas, “necesito una raya”, “esto es mejor que ir al gimnasio”, “ayer estaba colocado de verdad”, de escuchar música cruzada de escenarios diferentes, de pisar vasos de plástico. Vagabundeo. Platos de plástico. Vagabundeo. Pequeños pedazos de piedra.
-¡Alberto!
Vagabundeo.
-¡¡Alberto!!
Me giro.
-Ah, Miguel. ¿Qué tal?
Me siento orgulloso de haber anulado el automatismo que hace que te gires en cuanto oyes tu nombre.
-¿Te vienes con nosotros?
-No.
10.
Acabo de verla.
Creo que acabo de verla. De verde.
¿Eres tú?
¿Eres todo eso que duele?
Acabo de verla.
Creo.
Pero no me gusta reencontrarme.
11.
Estoy sentado al fondo. Suena 2manydjs. Acabo de verla. No es posible. Creo que acabo de verla. Estoy sentado al fondo. Ni siquiera estoy ya aquí.
Me mando un mensaje de texto a mí mismo.
“Aventura es el dolor.”
Pero yo ya no estoy aquí.
sábado, 14 de julio de 2007
viernes, 29 de junio de 2007
Manuscritos
He dejado el manuscrito sobre la mesa. Es muy grueso, unas 300 páginas encuadernadas en espiral. No dejo de meter los dedos por entre las curvas del muelle. Es placentero.
-Qué dices que haces –me preguntan.
-Leo manuscritos. Por decenas.
-Suena interesante –comentan.
-Lo es. También pesado. Pero me apasiona.
-Nos das un poco de envidia –dicen-, ¿cómo has conseguido eso?.. Vamos, ¿por qué te han elegido?
-Porque lo hago de puta madre.
Mi respuesta ha sonado soberbia, sin pilares.
-¿Por qué lo haces de puta madre? –canturrean.
-Porque yo no tengo piedad.
2.
La novela comienza con un señor que viaja a un pueblo perdido. La novela comienza con una señora que viaja a la casa de su infancia. La novela comienza con un grupo de amigos que viajan a París. Siempre llueve. A veces hace sol. A menudo está nublado. El cielo es muy importante cuando empiezan estas novelas. Hay que decirlo. Que llueve, que hace sol. Que está nublado hay que decirlo. Siempre. Luego hay que poner a hablar a los personajes cuanto antes. Para sacar más personajes. Luego hay que reflexionar sobre el paso del tiempo. Las nostalgia da para muchas páginas sentidísimas. Oh, ayer. Ayer es lo que todos quieren contar, al menos hasta la página 20, que es donde, casualmente, dejo de mirar las páginas para mirarme el reloj, sus tres manecillas, tic tac, tic tac, convicentes, tic tac, sencillas, tic tac, sin cielo.
3.
-Pero habrá bastantes posibilidades de que algo bueno se te pase...
-Es imposible.
-...
-La primera frase basta. Incluso el título. Sin ponen cuatro citas al comienzo, uno de ellas de un clásico griego y otra de los Beattles, ya está todo claro. Si dedican el manuscrito, con amor, con afecto, nunca vale nada. Si viene de Sudamérica, el 70% de las veces no vale nada.
-Eso es racismo.
-También es verdad.
4.
La novela comienza con un asesinato. Escalofriante. La novela comienza con un asesinato. Morboso. La novela comienza con un asesinato. Brutal. Luego el policía es muy simpático y, bueno, un poco tonto. ¡Qué bien te cae! Habla, el poli, del crimen, de las pistas, de dónde le van mandar para que busque más pistas y podamos acumular al menos 150 páginas. El policía va a por las pistas, las mima, las acaricia, nos las expone. Luego siempre hay una mujer que no se deja, con las piernas preciosas, fuma. No hay manera. Pero el asesino paga, finalmente, y el policía se despide, con mucha gracia, con buen rollito, dando de nuevo su nombre, por si hay que escribir una secuela.
5.
-¿Con la primera página basta? No me jodas –dicen.
-Sí. Seamos sensatos, incluso: profesionales. A ver: te ponen un plato en la mesa. Una sopa. Tomas una cucharada. Es mierda: ¿tienes que seguir comiendo hasta ver el fondo del plato para saber que todo lo demás es también mierda?
6.
La novela comienza que la novela comienza. El protagonista escribe que escribe y que quiere ser escritor. Se cita a Albert Camus. Luego el protagonista sigue queriendo ser escritor veinte o treinta páginas más. Lee y escribe. Escribe que lee; ya dije que escribe que escribe; pero además escribe que no le publican. Escribe que no le premian. Escribir escribe (¡lo estamos viendo!), pero no se lee. La novela se conoce a sí misma tan bien que no le hace falta leerse. Se da por hecho, la obra, se sabe verdad y no busca, en sí misma, la verdad. Es irónico, porque la novela del joven que quiere ser escritor sólo tiene alguna validez si no se publica. A estas novelas sólo cabe darles la razón.
7.
-Mirad. No es el texto, no es la historia. Es otra cosa. Y esa es la magia de la literatura. Que la cosa no puede ser nombrada. Pero sí identificada, como un aroma, como un presentimiento. Tenemos obras que están bien, que están trabajadas, que acaban en un punto profesionalmente designado por el autor en una cuartilla manuscrita. Esas novelas son correctas. Correcto es mejor que malo. Pero, para mí, correcto es peor que malo; correcto es un límite, una barrera de la inteligencia. Hasta aquí puedo llegar. El que hace algo malo se ha equivocado, pero el que ha hecho algo correcto ha acertado, y por eso nunca va a hacer algo bueno. Pero el que lo hace mal, el que no consigue ni llamar al personaje con el mismo nombre durante todo el libro, ése, puede algún día acertar, y cuando acierte va a hacer un buen libro. Todo está dentro. Es la puta sangre. Es que eres escritor, no que quieres ser escritor. Es que impones tu obra, que es tu vida, que es tu dolor. Es que le hablas al lector cara a cara y no le das cuartel. Es que crees en la literatura, y que lo que haces no lo va a hacer nadie si tú no lo haces, y por eso has hecho un libro que nadie puede rechazar, porque la literatura es una fe.
8.
La novela comienza con la danza del idioma. La novela comienza con el rigor del idioma. La novela comienza con el sexo del idioma. La palabra es lo primero. Luego la palabra significa cosas, un poco a voleo y otro poco por exigencias del diccionario. Pero lo importante es que las palabras te tejen la cabeza, te tapizan el cerebro. El libro es idioma, una criatura hecha de sílabas, y crece. El libro-bebé es feo, es guapo, es como peleón; pero crece. El libro-niño es feo, es guapo, es como peleón; pero crece. Y cuando llega a adulto, y muere contra la página en blanco que lo cierra como un lápida analfabeta, su vida, su piel de palabras, se volcó en tu vida como se vuelca la vida de otra persona: sin que puedas evitarlo.
9.
-¿Por qué insististe tanto en ser lector de manuscritos?
-Porque yo he mandado muchos, y sé lo que es. Sé, exactamente, hasta el último detalle, lo que es mandar un manuscrito y no volver a saber nada de él nunca. Conozco ese dolor, esa duda, esa congoja. Lo que yo mandé podía no ser bueno; ahora me es fácil desentenderme, claro. Ya paso. Me la suda. Que le den por el culo a los libros que escribí y mandé y nunca me publicaron; que le den por el culo a los próximos libros que escriba y mande y me tumben. Me da igual. Ya cumplí. Cumplí conmigo. Pero, aún así, quiero ver llegar los manuscritos; sí, toda esa mierda, esa mediocridad, esa falsedad; quiero verlos llegar, quiero echarles un vistazo; quiero estar seguro de que alguien les echa un puto vistazo, joder. Y, sobre todo, quiero estar ahí. Cuando un tipo mande su libro, una gran novela, grande no porque luego le vaya a importar tres cojones a ninguno de esos gilipollas que hacen los libros de historia, sino grande porque a los que leemos libros nos lo parece, cuando ese libro llegue y tenga que encontrar un defensor, un valedor, un lector que se ponga de su parte para que alguien lo publique, un lector que se la juega por ese libro, es entonces, precisamente entonces, cuando yo quiero estar ahí, y hacer posible la literatura.
sábado, 9 de junio de 2007
viernes, 25 de mayo de 2007
-97.000
No sé dónde vamos, pero no dejamos de recorrer pasillos y tomar ascensores. Subimos y bajamos. Todo está lleno de ancianos y patas de silla. Hay gente detrás de ventanillas. Son jóvenes. Hay colas de personas heridas. La cola es un largo reguero de sangre y virus y papeles en la mano. Mi tío líder lleva papeles en la mano. Los pone sobre mostradores, recibe sellos y copias; recibe formularios. Recibe respuestas confusas a preguntas confusas. El DNI de mi abuela va y viene de mano en mano, como un cuerpo de plástico donde viaja su alma.
De nuevo en la planta cuarta, doy un paso al frente, sobrepaso a Paul Newman y arrebato, sin mucho tacto, la carpeta de las manos de mi tío.
Quiero verla. Quiero leer cada papel, cada nota, cada firma. Quiero tocar eso.
Quiero ver dónde dice y cómo dice y quién dice que mi abuela se ha muerto. Quiero saber qué es la muerte aquí, por escrito y dictaminada. Quiero ver qué pasa cuando te mueres y tus familiares vagan por el hospital buscando respuestas confusas a preguntas confusas. Quiero leer la página final y clínica de una vida. Ver la resta.
La causa de la muerte ha sido: neumonía respirativa. La hora: 20.10. La edad: 97.000 años.
El DNI de mi abuela ha empezado a decir mentiras desde las 20.11.
El documento sigue sumando.
Sin embargo, todo es resta.
Ya queda menos.
jueves, 17 de mayo de 2007
Cuatro pisos con una sola pierna
Realmente ha sonado el timbre de la puerta de mi casa.
-Joder –yo, realmente.
El timbre ha vuelto a sonar. Dos veces más. Tres veces más.
-Me cagüen...
He detenido el proyecto defecatorio en un punto en el que a ciencia cierta resulta casi imposible hacerlo. Todo por el timbre.
Camino hacia la puerta subiéndome los pantalones y no me abrocho sino que solamente me ajusto el cinto. Miro por la mirilla y veo una cabellera blanca, femenina. Debe de ser la vecina que se encarga de la comunidad, que hoy no se peinó: todo esto lo pienso sin palabras. Es decir, lo pienso.
Abro.
No es
-¿Sí? –digo, atónito, y miro por la barandilla de la escalera interior del edificio, los escalones.
La mujer muestra ahora un portafolio negro y dice:
-Estoy recaudando dinero para una pierna...
-Por favor –yo, sin piedad-, mire el barrio donde vivimos, por favor... –y empiezo a cerrar la puerta.
Veo cómo la señora, sin inmutarse, se gira sobre su única pierna y se encamina hacia la puerta frontera, la de mi vecino, en el Cuarto Dcha.
Cerré la puerta y ahora vuelvo al baño. Me quito toda
Mientras el agua cae sobre mi cuerpo (me veo las dos piernas cubrirse de afluentes cálidos) me empiezo a irritar.
Estoy extraordinariamente enfadado. Con esa mujer. Porque enseguida he pensado que la pobre mutilada ha subido a pie (no hay ascensor) hasta mi casa, para pedirme dinero para una pierna. Pienso, primero, que hace falta ser gilipollas, con la cantidad de puertas bajas que hay en Madrid, con la cantidad de peticiones que podría realizar sólo en puertas bajas, en primeros, en, como mucho, segundos pisos, subir cuatro pisos en mi barrio para pedirme a mí dinero. ¿A qué subir al cuarto, sin ascensor? No pidas dinero para una pierna, jodida retardada, pide dinero para un cerebro.
Pero me irrito aún más al entender. Entender que esta tía hace eso precisamente para despertar
Entonces la mujer deja de ser gilipollas y empieza a serme detestable. Hija de la gran puta. Vete a tomar por el culo con tu pierna única: vete a pedir dinero a la gente que tiene dinero; vete a tomar por el culo con tu puta pierna única.
Vete a pedir dinero en el barrio de Salamanca. Vete a
Vete a tomar por el culo con tu puta pierna. Única.
Vete al Banco Bilbao Vizcaya. Vete a Banesto. Vete a tomar por el culo.
Vete a Rafa Nadal, vete a
Vete a tomar por el culo.
Joder.
Luego pienso que he quedado. Para comer. En un restaurante en Lavapiés. Y luego esta noche tengo una fiesta y compraré un regalo, si tengo tiempo e inspiración. No me estoy muriendo de hambre. Tengo trabajo y todo eso. Realmente estoy mejor que esta hija de la gran puta y por eso empiezo a sentirme mal. Y eso sí me jode: que me haga sentir mal.
Que me haga sentir culpable.
A mí.
Esta hija de puta.
Estoy hasta los huevos de toda esta mierda.
viernes, 4 de mayo de 2007
Filipinas
Salgo del restaurante con el billete aún en la mano. Diez euros. Mi salida coincide con la de los chavales del instituto. Las Juventudes de Chamberí, niños monos, niñas monas, con mochilas y móviles y muchas ganas de llamarse por teléfono para quedar en la esquina del fondo, un rato.
Localizo un bar. Entro y pido cambio. Me dan todo en monedas de 1 euro. El dinero, amén de ser sucio, pesa como pecados por cometer. Me acerco a la máquina expendedora de tabaco y espero que OFF cambie a ON. Cambia. Fortuna. 2,55 euros.
Salgo.
Ocupo un banco vacío, en la calle García de Paredes. Enciendo un cigarrillo, cruzo las piernas y hago como que estoy muy concentrado en los quicios del universo. Chirría Plutón, pienso; se nos descuajaringa la órbita lunar, propongo; un agujero negro no pega como regalo de Navidad, asumo. Dios tiene su morbo. Afirmo.
Mientras doy caladas a mi cigarrillo, veo pasar, por delante de mis ojos, alumnas de tres en tres. Esto me ha hecho dejar de lado mis cavilaciones intergalácticas y concentrarme en la recurrencia del tríptico adolescente.
¿Por qué van de tres en tres las muchachas? ¿Cuántos son ellos?
Un grupo de tres chicas se me aproxima. Y, cuando doy una de las caladas epigonales a mi cigarrillo, se detienen ante mí, lideradas por una muchacha que apenas alcanza, a mis ojos, los 12 años. Es morena, la nariz chata, gafas, ojos con serpentinas.
Me mira el cigarrillo. Sonríe.
-Perdone... -dice.
-... -yo.
-¿Tiene fuego?
Y saca un cigarrillo. Lo sujeta ante su cara, su cara de 12 años, y veo en los nudillos de su mano una palabra escrita, cada letra sobre un hueso. No entiendo qué pone.
-Pero... -yo, confuso-, pero ¿cuántos años tienes? ¡Por favor!
Se ríe, la niña. Sigue con el pitillo pegado a los labios.
-Darte fuego debe de ser ilegal, por lo menos...
-Porfa...
-Que no, que no...
La muchacha parpadea diecisiete veces seguidas, llenándome la cabeza de aire inocente.
-Toma, anda. Pero enciéntelo tú misma... Yo no quiero... Seguro que es ilegal...
Le paso el mechero. Enciende el cigarrillo. La miro.
-¿Tú tienes origen filipino?
-Sí -me confirma, con cierto orgullo transcontinental, y luego me devuelve el mechero-. ¡Adiós!
Se marchan. Ella, la niña filipina, y sus dos amigas, sosas y rubias y con padres en el barrio.
Enciendo otro cigarrillo. Miro la calle. Los quicios del universo me dan un poco igual; ahora sólo pienso en los nudillos de la chica, en esa palabra de cuatro letras que lleva boligrafeada en la piel, sin sentido.
jueves, 26 de abril de 2007
Una gorra que piensa
La librería tiene, amén de libros, aforos. El aforo principal es una sala donde un señor miraba mucho su reloj, la otra vez que vine. Ahora está vacía. Somos pocos y no queremos humillar a una sala tan bien puesta, con sus hileras de sillas y su estrado, sus cuadros y un montón de esquinas donde rebota la voz.
Por eso estamos en el aforo al aire libre. Un patio. Con tiestos. Hay uno muy grande que me quita de ver. El tiesto tiene plantado bambú verde, erecto, altísimo, entreverado consigo mismo o con otra planta, que yo qué sé, una planta (otra o el mismo bambú) que está deshojandose por momentos, en afiladas hebras mortecinas, que caen al suelo de gravilla blanca, de donde yo las voy recogiendo, para retorcerlas con las yemas de los dedos y aburrirme de manera saludable.
Estamos sentados en sillas de tijera. Somos diez. Y las plantas. A mi izquierda tengo a un escritor con botas negras. El escritor pone las botas sobre el borde del tiesto y por eso es el escritor de las botas negras: por lucirlas. A mi derecha tengo a una chica italiana que lleva un bolso donde, bordado, dice: Soy feliz. Es morena, napolitana, feliz. Confio en su bolso.
Luego de la napolitana, la jefe de prensa. Luego, señoras a las que las plantas molestan sus cardados. Tengo una delante que no deja de meter el bambú dentro del bambú, en un acto de inconsciencia sublime: en cualquier momento, la rama doblada contra natura puede dispararse y romperle un pendiente.
Luego (estoy hablando del aforo), editores, correctores, lectores, traductores y un autor, con gorra azul marino, gorra de béisbol, con el símbolo de nike en blanco, tan sonriente como él mismo.
La traductora lee un fragmento de la novela a cuya presentación hemos venido. El fragmento es bien largo.
Yo he dejado de retorcer hojas secas. Ahora estoy alzando una botella de champán que dejé acomodada en la gravilla. Antes del comienzo, el gerente de la librería nos dio unos vasos de plástico y nos los llenó de champán. Romper el hielo. La botella pesa mucho, es negra y dice Freixenet. Miro a la napolitana pero la napolitana no bebe champán. Miro al escritor de las botas negras: no bebe champán. Entonces estoy bebiéndome la botella de champán amparado por el bambú. Es agradable.
Ahora, el autor de la gorra de Nike lee su novela en el idioma original, que suena como declararle tu amor a Leni Riefenstal.
Miro hacia el cielo. Oscurece. Hizo mucho calor y al cielo le brillan un poco los pómulos. Me gustan los patios interiores porque te convencen de que el cielo es inalcanzable. Son seis pisos de patio interior, con todo eso tan sórdido que tienen los patios interiores y las cosas por detrás. Ventanas raídas, cañerías oxidadas, resaltes y apliques y abrazaderas inútiles. Ropa tendida, fláccida.
Sobre una cañería, justo encima de nuestras cabezas, hay una prenda colgada. Hasta tiene una pinza absurda en un extremo. Es naranja, parece un calcetín, pero de tan larga la prenda se me hace misteriosa, casi obscena. No sé qué es.
Le digo a la napolitana, con el dedo, que mire la prenda misteriosa. La mira, pero luego no me pide una cita. Es rara.
El autor ya dejó de ligar con Leni. Ahora nos habla en inglés. Habla muy bien el inglés. Habla enfáticamente, ilusionado, dichoso de estar en España, convencido de convencernos, arengador. El autor me cae muy mal. Por la gorra. Ya está. Me cae fatal y le deseo lo peor. Es un tipo feliz, como los bolsos italianos, un tipo que haría bien de ejecutivo de una empresa de internet, google, por ejemplo, apple, por ejemplo, con su entusiasmo, con su desenfadada manera de vestir, con su fe en un sistema que te pone marcas comerciales en la frente, para que seas tú mismo un anuncio, carne de publicidad, defensa falsa.
Me da tanto asco el escritor de la gorra Nike que le escribo un sms a la jefe de prensa. Dice: "Dame el número de teléfono de la napolitana, que le voy a escribir un sms.”
Mando el mensaje.
El autor de la gorra, que realmente y en justicia debería estar en una sala en Chicago, muy vasta, ante 2.000 trabajadores ufanos de, no sé, Yahoo, diciéndoles lo maravillosa que es Yahoo y la cantidad de cursos de punto de cruz que la empresa va a proporcionarles como formación gratuita y espiritual (por la cruz), se ha puesto a cantar el cumpleaños feliz a una de las chicas que, desprevenida, le ha comentado semejante efeméride.
La jefe de prensa no me pasa el teléfono de la napolitana.
Está cantando en inglés. De pie. Yo miro bambú.
El autor, este autor, este tío, se ha sentado por fin para que no haya fin. La presentación se prolonga, sinuosa, dizque intrínseca, por pasillos de ternura literaria, velada memorable y con algunos flashes fotográficos. Me aburro con consistencia.
Recibo un sms. No molesto mucho porque siempre que mando un sms me quedo con el teléfono en la mano y el dedo en el botón de Yes. Tengo siempre muchas ganas de darle al Yes pero a veces pasan días enteros sin respuestas a mis sms: entonces me obnubilo y creo que podría aspirar a alcaldías deplorables.
Dice: “No.”
Pero no es de la jefe de prensa.
viernes, 13 de abril de 2007
lunes, 2 de abril de 2007
¿Haces zen?
-Hola, ¿qué tal? –saludo.
-Hola, A. –me dice, y la comisura de sus labios se estira sutilmente.
Permanece sentada mientras yo dejo mis cosas sobre una silla junto al radiador. Luego ocupo el butacón. Cruzo las piernas a la altura de los tobillos (mis tobillos, entrechocándose a través de los calcetines, me entretienen como títeres), ubico mis manos sobre mi estómago y suspiro profundamente.
-¿Qué hacemos hoy? –pregunto.
La doctora, entonces, se levanta. He vuelto la cabeza para ver cómo coge el croquis de mi dentadura, que está sobre un mueble metálico. Lo mira apaciblemente, como una niña que aparta guisantes con el tenedor.
-Sí, sí –dice-, hoy seguimos con la grande.
-El empaste roto.
-Ajá.
Enderezo el cuello, miro por la ventana. Los edificios anaranjados, las ventanas de aluminio oscuro, con cortinas abiertas y vidas familiares destinadas a una cena, un rato de televisión, un tránsito de sueño.
Entra la asistente. La doctora está junto a mí, y el butacón me está poniendo horizontal al mandado de un botoncito verde.
-Está aquí Nuria –la asistente.
-Atiéndela –dice la doctora- la anestesia tardará bastante en dormirle. Abre la boca, A.
Abro la boca.
-De acuerdo –la asistente se marcha.
-Abre un poco más, así...
La aguja se me ha clavado en el fondo de la boca, en la raíz de la mandíbula. La doctora tira de mi labio superior y siento la anestesia hacerse un hueco en mi cuerpo. La doctora parece estar sacando poco a poco la aguja de la jeringuilla para que quepa toda esa adormidera.
-Ya está. Tardará un rato. ¿Quieres que te ponga recto?
-No. Así estoy bien.
-Puedes dormirte si quieres –bromea.
-Sí, jeje.
Por el rabillo del ojo, la veo ocupar de nuevo el taburete, cruzar las piernas y matar las manos sobre el regazo. Miro por la ventana, la luz. Me toco la mejilla con las yemas de los dedos, como si palpara en los bolsillos cosas que acabaré por extraviar.
Vuelvo la cabeza y miro a mi dentista.
-¿Haces zen?
-... –sonríe.
-Quiero decir, estás siempre tan tranquila. Eres super serena –y trazo con las manos un horizonte de serenidad –Así.
-No, no hago zen.
-¿Ni relajación ni nada?
-No. La procesión va por dentro. No te creas. Ya me lo habían dicho, que soy muy estable, pero no es así. Para nada.
-Ah.
Vuelvo de nuevo la vista al ventanal. Me toco la mejilla. Juqueteo con mis tobillos.
-Oye, esto es como el psicólogo, ¿eh? –yo.
La luz del día sigue ataviando la tarde. Veo una calle en cuesta, con coches y peatones. Nunca había visto esa calle como ahora, en mis visitas anteriores.
-Siempre que vienes tú es de noche, ¿verdad? –la doctora parece leer mis pensamientos.
-Sí.
-Con esta luz, parece que cunde más el día. Sales, y como no es de noche, te dan ganas de hacer cosas. ¡Es increíble la luz que hace!
-Cambiaron la hora –yo, metódico-, es que adelantaron la hora... O la atrasaron, no sé. Eso es.
-Cunde mucho más el día...
¿Qué haces luego?, pienso en preguntar. Me fascina cuando pienso algo y, durante un segundo, no estoy seguro de no haberlo dicho realmente.
-Mi asistente vendrá en un rato, perdona la demora...
No lo he dicho realmente. ¿Qué haces luego? No puedo decirlo.
-¿Tú lees?
Esta pregunta me sale siempre de manera muy fluida.
-Eh, sí. No mucho. Sólo en vacaciones.
-Ah.
-En el avión, sí.
-¿Y qué lees?
-Bueno, de todo.
-...
-Me gustan los libros que se pueden leer de un tirón. Me gusta terminármelos enseguida, aunque sean gordos.
-Los pilares de la tierra, por ejemplo.
-Sí. Bueno, en Navidad me leí fue La biblia de barro.
-De Julia Navarro.
-No recuerdo. Sí, estuvo bien. Luego me leí La sombra del viento. El último que leí fue Tokio Blues.
Se encienden todas las alarmas de mi cerebro, todos esos ganchitos, todas esas cadenas que arrastran conversaciones.
-De Haruki Murakami. Está bien, ¿no?
-Sí, bueno. Un paciente me dijo que era el mejor libro que había leído en su vida, pero a mí no me gustó especialmente.
-Yo escribo, ¿sabes? Acabo de publicar un libro sobre Japón. Está en la Casa del Libro. También está en El Corte Inglés.
Suficiente.
-Vaya. ¿Sí? ¿Y de qué va?
-Bueno, de Japón, un poco. Por encima. Por debajo no va de nada.
-Pero tendrá... una historia... y un final... y como... historias o así...
-No, no. Yo no hago ese tipo de literatura.
-Ah –la doctora sigue estática, sobre el taburete. Yo la estoy mirando gracias a giros intermitentes de mi cuello, torsiones puntuales que derrota el cansancio de un músculo, ahí junto al hombro, que no sé cómo se llama. – Pero, ¿a quién se parece lo que escribes?
-No sé. A Camilo José Cela, por ejemplo.
No parece que le aclare nada.
-Pero, ¿cómo se llama la literatura que tú haces? ¿No es bestseller?
-Se llama literatura de calidad.
-Literatura de calidad. ¿En serio?
-Sí. En serio se llama literatura de calidad.
-...
-La próxima vez que venga te traigo un ejemplar de mi novela, ¿vale?
-Vale. Muchas gracias.
Ha pasado un buen rato. Hemos seguido hablando. La asistente continúa despachando con Nuria, persona que de inmediato se ha hecho acreedora de todo mi afecto. La doctora responde a mis preguntas sobre su trabajo. Me interesa su trabajo. Me interesa todo de ella. Algunas preguntas la descolocan (“¿Donde vais los dentistas cuando necesitáis ir al dentista: u os lo hacéis vosotros mismos, con un espejo?”), otras son respondidas de manera muy precisa: “Trabajo aquí una tarde y dos mañanas a la semana. Mi trabajo es así, tienes que desempeñarte en varias clínicas, no sólo una, a no ser que abras la tuya propia.”
-Ah.
Llevo un buen rato que, cuando hablo, me pongo la mano sobre los labios. Me da cierto impudor no notar que los muevo, no saber qué postura adoptan, que ridículo perpetran, desmereciéndome.
Por desgracia, la asistente llega.
-¡Perdonaaaad!
-Vamos allá –la doctora.
Encienden la lámpara amarilla y me ciegan. Cierro los ojos. Toda está negro ahora, pero restallan aquí y allá, como galaxias que perecen, destellos rojos, verdes, alguno blanco.
-¿Sabes que A. es escritor? –la doctora, en la oscuridad. Y metiéndome herramientas en la boca –¿Verdad, A.?
Creo que estoy asintiendo.
-¡Qué pacientes tan literatos tenemos! –dice la asistente, que sujeta tubos y baberos del otro lado de mi cuerpo –Está Jorge, que siempre nos regala libros. Luego, ¿te acuerdas de la señora María? Dice que ha dejado de trabajar para escribir su novela. Y el señor Juan estaba escribiendo cuentos. Me los trajo el otro día, escritos a mano...
La oscuridad continúa. Compito con todos los desdentados del panorama literario de Arganzuela.
-¿Qué tal Nuria?
Las chicas me acribillan una muela, me la sustituyen y pulen sin dejar de hablar ni un momento.
-Deprimida. ¿Sabes lo de su hija?
-No.
-Pues dio a luz, ¿no?, y dice que no acaba de creerse que es madre. Que mira al bebé, tú te crees, y que no se cree que eso haya salido de su cuerpo.
-¿Eso no es el trauma postparto?
-No. Eso sólo le pasa a la hija de Nuria. Viven en un piso muy pequeño, además.
-Cómo el de José.
-No, no tan pequeño... Esa gente... Jolines... No sé cómo pueden vivir en treinta metros cuadrados... Es... como esta habitación o un poco más...
Yo, en la oscuridad, escucho. Escucho palabras y torturas bucales. Hay una extraña impresión de estar escuchando desde detrás de una puerta.
-Mujer, pues viven como viven. Se organizan. Tienen armarios hasta el techo, y las camas todas plegables. Se puede vivir.
-¿Sí? No sé. Yo no podría.
La asistente hunde más el tubo para aspirar un reducto arenoso que tengo adherido al velo del paladar.
-Con nosotras podrías escribir un montón de historias, ¿eh, A.? –me dice la doctora.
Trato de asentir, en vano.
-Mastica con fuerza. Casteñetea. Rechina los dientes. Abre.
Ha parado el ruido. El taladro. La sobrepoblación de fierros.
-Mastica con fuerza. Castañetea. Rechina los dientes. A ver.
Noto que la luz se apaga. Abro los ojos.
-Ya está. ¿Te molesta?
-No. No sé. No noto nada.
-¡Era un agujero enorme!
Suena un teléfono móvil.
-¿Ah, sí?
La doctora se marcha hacia la habitación de al lado. Por el camino, antes de volverse, estuvo moviendo la cabeza de arriba abajo.
-Bueno, ya te queda poco, A. –la asistente.
Me levanto. Me duele todo el cuerpo. Escucho a la doctora hablar por teléfono. Sigo escuchándola mientras, sin prisa alguna, doy los cinco pasos que me separan de la silla que soporta mi cartera y mi abrigo, mi bufanda. Me pongo primero la bufanda. Pero luego me la quito y me pongo primero el abrigo y luego la bufanda. Miro por la ventana. Tomo mi cartera. No dejo de escuchar la voz de la doctora. Parece que habla con un familiar, nunca un novio.
-Ven que te tomo nota –la asistente sale, dejando un rastro que he de seguir, para pagar y acordar cita nueva.
Sigo ese rastro como un caracol comatoso. Veo, seccionado, el perfil de la doctora, que sigue dale que te pego con su teléfono móvil.
Salgo de la habitación.
-Qué bien. Sólo te queda una visita –me dice la asistente, sentada a la mesa de papeles.
-... –yo.
-A ver qué días tenemos... –hojea la agenda.
¿Qué haces luego?, pienso. Luce un prendedor en lo alto de la cabellera, castaña. ¿Haces zen?
-Ya en abril, no se puede antes.
-¡Eh! A., que te vas sin despedirte –la doctora, ufana, acaba de asomar la cabeza por la puerta del quirófano.
-¡Perdona! –yo, niño-, como estabas hablando por teléfono...
-Si me traes tu libro la próxima vez, genial, ¿eh? Si quieres, ¿eh?
-Vale, el próximo día te lo traigo. Hasta luego.
-Adiós.
Y la ilusión ocupa su taburete, muy bajito.
martes, 27 de marzo de 2007
Eslovaquia
Me guardo el teléfono móvil en la chaqueta y tiro un poco de la correa de mi cartera Porter, made in Tokyo. Dentro llevo Zubizarreta Zubizarreta, la segunda novela de Juan; La chica sobre la nevera y otros relatos, de Etgar Keret, y Nueve cuentos, de JD Salinger. También llevo grajeas de Gelocatil, en un bolsito, un cedé de Ali Farka Toure, en un apartado transparente, y facturas de hotel por un importe total de 405 euros.
Voy a la FNAC. La calle Preciados está llena de gente que no tiene más remedio que comprar algo, aunque sea ilegal, porque si no la policía los detiene. Eso me dice un negro acuclillado junto a una tela. “Compra algo antes que la policía te detiene.”
En la FNAC, primero de todo y antes del fin, miro si tienen mi libro. No lo tienen. Entonces me siento muy tranquilo (hasta me apoyo en una enorme pila de libros de Eduardo Mendoza), respiro profundamente, y sonrío con satisfacción. Menos mal, joder.
Empiezo a mirar novedades. Las novedades son libros que acaban de inventarse. La gente que escribe, los escritores y eso, no paran de inventarse libros todo el tiempo, y los libros que se inventan hoy cada minuto superan con mucho a los que se inventaron, por ejemplo, en todo el siglo XVI. De ahí que en la FNAC no haya libros del siglo XVI, porque en el siglo XVI hubo poca inventiva, al menos si la comparamos con la inventiva de los Talleres Gráficos Liberduplex, en Barcelona.
Las novedades, curiosamente, van casi todas del siglo XVI. Cuentan historias del siglo XVI y recuperan personajes del siglo XVI. Algunas tienen números romanos en la cubierta. De nosotros hablarán en el siglo XXXVI, pienso, y dirán que tuvimos poca inventiva y no supimos ver nuestro potencial literario. ¡Y tendrán razón!
Me paro ante un libro con una faja roja. Las fajas rojas son a los libros lo que las fajas rojas son a las mujeres: una prenda para que saquen pecho. La faja dice: La mejor novela de 2006. Inmediatamente compro la mejor novela de 2006.
15 euros con veinte céntimos cuesta la mejor novela de 2006. La mía cuesta 16 euros con noventa y cinco céntimos. ¡Por qué poco!
La mejor novela de 2006 se llama Nocilla Dream y tiene un cartel de Belle and Sebastian en la cubierta. También tiene a una chica probándose un bikini ante un espejo. Y pantallas de televisión, sintonizadas en la palabra OPEN, pero sin la O. La mejor de 2006.
Salgo a la calle Preciados. Saco mi móvil. Escribo un mensaje: “Acabo de comprarme Nocilla Dream. No tengo personalidad. Saludos.” Busco Miguel Beige entre mis contactos-vip y doy al Yes. El mensaje sube y sube, imperturbable, hasta el cielo de Madrid, hace visera con una mano y busca su camino; no lo halla, me mira, me suplica le brujulee; le digo: ¡un bar!, y el mensaje adopta la forma de una flecha y parte, zigzagueante, hacia un bar.
Yo también parto, zigzagueante, hacia un bar. El Pepe Botella de la plaza de 2 de mayo. Está difícil encontrarlo. Tardo tanto en llegar que, cuando arribo, todas las chicas ya están allí, inconsolables.
-Perdonadme, perdonadme –a las chicas-. Un café con leche, por favor –a la camarera.
Me senté a una mesa de mármol, junto a dos estudiantes norteamericanas que tienen su tablero lleno de papeles, un enorme ejemplar de El Quijote sobre el regazo, cerrado. Están muy tristes las dos, tomando notas en sus cuadernos y cambiando de sitio los folios. Enfrente de mí, hay otras dos chicas. Una viste de verde. La otra fuma. La chica de verde me mira un momento. Contesta de hecho a su amiga sin dejar de mirarme. Luego vuelve la vista, sigue hablando con su compañera; y es entonces cuando siento de verdad su mirada. Y se me ocurre algo ingenioso que decirle. Me traen el café.
La flecha ha esperado a que le abrieran la puerta. Ha sido un chico muy guapo, con mochila al hombro, sin afeitar, que ahora busca a alguien entre la clientela. La flecha, por su parte, ya me encontró, y se clava sonora sobre el corazón de mi chaqueta. Ring, ring, ring. Un mensaje.
“Estoy en Eslovaquia. Vuelvo el miércoles. Zubizarreta Zubizarreta está bien, pero la mejor es la última! Hablamos cuando regrese. Saludos. Juan.”
Eslovaquia, pienso. Busco el sobre del azúcar pero no me han puesto sobre del azúcar. Eslovaquia, pienso, estoy en Eslovaquia. Veo un frasco con azúcar sobre la mesa. Lo empuño, lo pongo boca abajo, y el azúcar cae generosamente sobre la espuma del café. Eslovaquia.
Remuevo la taza con la cucharilla. ¿Qué querrá decir Juan con que está en Eslovaquia? ¿Desde cuando alguien está en Eslovaquia, un domingo? No entiendo nada. No me puedo creer que alguien esté en un país que no sé dónde queda. ¿Dónde queda Eslovaquia? En mi cabeza, no, desde luego.
Ah, querrá decir que está fumado. Sí, eso será. Estoy en Eslovaquia... Jajajajaja: muy bueno, Juan (bebo un poco de café); estoy en Eslovaquia, tú siempre tan genial (enciendo un cigarrillo), Eslovaquia is´t on fire brotha...
A no ser que, realmente, Juan esté en Eslovaquia...
Reanudo la lectura de Zubizarreta Zubizarreta. Es un libro que se lee muy aprisa. Cuando me quiero dar cuenta, ya es un libro leído, es decir, un libro que me estorba en las manos. Lo meto en la cartera y saco Nocilla Dream. Me quedo mirando la foto del autor, tomada en Carson City, NV. Lo pone al pie: Agustín Fernández Mallo, Carson City, NV, 2006.
¿NV?
¿Qué país es NV?
¿Quedará cerca de Eslovaquia?
Creo que no voy a entender este libro.
lunes, 19 de marzo de 2007
Del rosa al amarillo
El caso.
Que estoy a las puertas de la editorial. Con mi camisa. Acabo de apretar el botón del telefonillo y no contestan. A mi espalda aparece de pronto Miguel Beige, ya sabéis, ese escritor que no se llama Miguel ni se apellida Beige pero al que pongo este nombre para no hacer promoción de su libros, tan, tan, tan jodidamente leídos: que no sea gracias a mí.
-¿No están? –Miguel.
-No contestan –yo.
-Estarán cambiándose.
-A lo mejor.
Miguel agarra el móvil y llama a su novia. Tiene una novia. Yo a su edad también quisiera tener una novia. De momento me conformo con el amor.
-Hola, estoy aquí con A. Sí, sí, trataré de... Sí, no se alargará mucho... Aunque luego ya sabes... A lo mejor te llamo desde la habitación de un hotel a las cinco de la mañana con una rubia despampanante al lado...
Miguel, a su novia.
Cuelga.
-Saludos de mi novia.
-Gracias. Oye –esperamos a la puerta de la editorial-, me ha encantado lo que escribiste el otro día.
Nota: realmente me ha encantado.
-Gracias.
Hablamos de lo que hablan los escritores entre sí. Ahora que soy escritor y hablo con escritores me doy cuenta de lo poco que me sorprende lo que hablan los escritores entre sí. Los escritores, entre sí, hablan de lo mismo de lo que habla todo el mundo: de sí mismos.
-Yo y mi libro –yo-. Mi libro. La crítica de mi libro en El cultural. Has leído mi libro. No está en la FNAC. No está en ninguna parte, mi libro. ¡No está en la FNAC mi libro me cago en Dios!
-Está en el escaparate de El bandido doblemente armado.
-¿Ah, sí? Jo.
-Sí, cabronazo.
Llega el editor. Lleva traje y corbata. Es el editor. Miguel no lleva corbata. Yo no llevo corbata. No editamos libros, sólo se los damos al señor de la corbata. Para que haga millones con ellos.
-¿No hay nadie? –el editor.
-No.
Abre la puerta. Subimos al ascensor. Llegamos al quinto piso. Entramos. Hace un calor infernal.
-¡Qué calor! –yo.
-Sí –el editor-, nadie se acuerda de... Mira que se lo digo: apagad la calefacción. Nada. Ni caso. Algún día van a venir a decirme: el culpable del cambio climático es usted. ¡Y tendrán razón!
Abrimos una ventana.
-¿Bebemos algo? –el editor.
Los que no editamos decimos que sí.
Bebemos ron en vasitos con hielos. Nos sentamos en una sala con sillones de cuero y muchos libros por todos lados. El editor nos enseña uno que recopila las portadas de Penguin.
-¡Qué buenas son! –yo.
Suena el timbre. Voy a abrir. Me gusta eso de abrirle a alguien la puerta de una editorial.
-Pasad, pasad –yo, ufano.
Son escritores y aledaños. Los aledaños llevan falda y enseguida se quitan los abrigos.
-Seguid quitandoos ropa, por favor –Miguel Beige, novelista con novia.
-... –yo, sin novia.
La jefe de prensa, que llevaba en su día el mismo abrigo que mi hermana pequeña, se me acerca.
-A, le regalamos una camisa igual al editor por su cumpleaños.
-Ah. Qué curioso.
Me deprimo. No quiero llevar la misma camisa que la gente va por ahí regalando a los editores independientes. Me pongo otro ron. Estoy muy deprimido porque mi camisa de Desigual es igual a una camisa que tiene mi editor en su casa, quién sabe junto a qué manuscritos rechazados.
-No le valía –aclara la jefe de prensa.
Eso no me hace más feliz, pero me hace más delgado.
Llega más gente. Escritores. Uno es David Torres, que creo que se llama así y si no se llama así ya no hace falta inventarle un pseudónimo. Por supuesto, no lleva corbata. También hay un chico muy delgado que traduce escritores checoeslovacos. Sólo por eso, no pienso hablar con él. Luego hay un escritor efectivamente checoeslovaco al que habrá que ir traduciendo poco a poco todos sus gestos. Un rollo.
Luego hay más chicas de la editorial que se quitan los abrigos.
Finalmente, tres escritores jóvenes: uno con corbata de rayas negras y blancas en horizontal, otro con sudadera con capucha y otro que se ganó un premio. Salimos.
Y vamos en mancha hacia el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde pomposamente se entrega el premio Lara a la mejor novela del año pasado. El premio lo ha ganado esta mañana Eduardo Mendoza y todavía no se puede decir. La verdad es que a casi todos nos da una pereza de la hostia decir que el premio lo ha ganado Eduardo Mendoza, por lo que no hace falta que nos amordacemos los unos a los otros con las invitaciones. Eduardo Mendoza: mi más sentida enhorabuena.
Mi editor me llama a un escaparate.
-A., mira –apunta dentro de la librería del Círculo de Bellas Artes-. Ahí está tu libro, para que luego digas que tu libro no está en ningún lado.
Veo mi libro.
-Ah, sí, ya nunca más diré que mi libro no está en ningún sitio. Lo juro por Dios.
Entramos en el Círculo de Bellas Artes. Hay un mogollón de gente asquerosa y Jesús Ferrero se me transfigura durante cinco minutos en Pedro Juan Gutiérrez.
-¿Es –pregunto a un escritor premiado en noviembre- Jesús Ferrero o Pedro Juan Gutiérrez?
-Es Ferrero.
-Ah, pues por la cara parecía escribir mejor –yo.
Suena mi móvil. Es un mensaje. Hago una llamada y digo: Sí, sí, ya estoy en esto, nada, la gente viste fatal, mucho peor que tú, pero fatal, no hay nadie famoso, uno que se cree Pedro Juan Gutiérrez y poco más, sí, sí, no miraré la marca de las bragas de nadie, no te preocupes, stock de amor, besitos. Cuelgo.
Entonces subimos las escaleras hasta un piso elevadísimo donde ponen canapés. Estoy muy a gusto con el escritor premiado en noviembre, que se llama Juan, y hablo con él de lo amarillo que son nuestros libros.
-Son muy amarillos –él.
-No tanto, tío. Son amarillo flan, pero amarillo de la parte de arriba del flan. Amarillo caramelo, casi naranja.
-No, joder: son amarillo chillón, de canarios, de canarios que vuelan y no de canarios con volcanes. Amarillo demasiado amarillo.
-No sé...
Entonces un tipo como Groucho Marx pero que, por necesidades necrológicas, no es precisamente Groucho Marx nos toma una foto como de paparazzi. Cuando le descubrimos ya tomó la foto, vamos.
El paparazzi dice mi nombre. Le doy la mano.
-Me gustó mucho tu libro. En abril sacamos una reseña.
-Ah, gracias –yo, entusiasmado.
-A mí nunca me sacáis –Juan.
El paparazzi desaparece.
-Vamos hacia allá, que hay menos gente –yo.
Tomamos otra cerveza de una bandeja y ocupamos un espacio poco poblado del salón. En alguna parte debe de haber gente de tronío, pero nos trae sin cuidado.
Hablamos de entrevistas en medios de comunicación impresa.
-Lo único que importa es la foto y el titular: lo demás da igual –Juan.
-Ah. A mí me han hecho unas entrevistas superidiotas, joder.
-Da igual. Foto y titular: luego que pregunten lo que quieran. No te molestes ni en leerlas.
-¿Que qué hacía yo en Japón? ¿Tú te crees, en una entrevista?
-Sí...
-Yo hago y he hecho entrevistas. A Miguel Beige. No sé. Me las curro. Me preocupo. Hago preguntas exclusivas. Te hago una entrevista, si quieres.
-Sí, quiero.
-Vale. Dame tu móvil.
Juan saca su móvil y empezamos el proceso telefónico.
-Mira, dice, para esto sirven estas cosas: para conseguir entrevistas.
Me río.
-Ya ves.
Ya tengo su teléfono. Nos convocan a bajar escaleras y sentarnos para la cena.
-Oye –Juan, en los escalones-, pero tú haces preguntas muy inteligentes. Que te he leído.
-Bueno, no sé –me derrito de vanidad.
La cena. Mesas redondas. Juan y yo nos sentamos juntos. A mi derecha está un escritor que se llama Luisgé Martín. Luego de él, el escritor de la corbata negra y blanca en rayas horizontales, luego la jefe de prensa, luego varias personas hasta Cristina Cerrada, luego Pedro Maestre, luego el editor que quita comas, luego Juan, luego yo. Vuelta a empezar.
Leemos el menú. Juan saca su móvil y le cuenta el menú a alguien. Luego la jefe de prensa dice una frase que me encanta (como me encanta eso de “vamos todos en mancha al Círculo de Bellas Artes"):
-Mirad, ¡Juan está reporteando la carta!
La carta/menú se hace realidad sobre los platos. Sí, sobre los platos, va depositándose con precisión bíblica lo que dice el cartón del menú. Sopa. Lubina. Postres. Café. Ya está.
Entre una cosa y otra le han dado un premio a: uno que escribe sobre catedrales, a: Eduardo Lago, y a: Eduardo Mendoza.
-Eduardo Mendoza –exclaman con ironía inegablemente literaria varios escritores de mi mesa-: ¡qué sorpresa, joder!
Eduardo Mendoza hace un discurso desde una pantalla de televisión. Dice: “Aunque pueda parecer lo contrario, los escritores consagrados también necesitamos que nos premien.”
¡Qué cojones tiene Eduardo Mendoza!: esto lo pienso yo en exclusiva.
Al fondo, en una mesa cualesquiera, veo a Care Santos. Me apetece decirle hola pero no le digo nada. Luego veo a Spido Freire, a la que realmente no me apetece nada saludar. Luego veo a Pere Gimferrer. Luego veo a Alberto Ruiz Gallardón y a Esperanza Aguirre. También veo a una como Rosa Regás y a otra como Carmen Posadas y a otra como, no sé, Carmen de Burgos. Es decir: señoras. Luego veo a una jovencita preciosa vestida de rojo.
-¿Quién es?
Me dicen quién es.
-Está buenísima –yo.
-Si quieres te la presento –alguien.
-Está buenísima –yo.
-Su libro va de Colón –alguien.
-Está buenísima –yo.
-Lo publica... –alguien.
-Está tan buenísima... –yo.
Si no fuera porque voy embalado, aquí dejaría un espacio en blanco. Pero no: lo que sigue es un bar llamado Cock. Están todos los que estaban en la cena salvo los que tenían cosas mejores que hacer. La jovencita preciosa vestida de rojo no tenía nada mejor que hacer.
-Está buenísima –yo, imperdonable.
-¿Quieres que te la presente o no?
-...
-¡Pues cállate!
En el Cock hago corrillo con Juan y Pedro Maestre. El editor de comas también está con nosotros.
-Para mí tú eres un icono literario –le digo a Pedro Maestre-. Junto a Ray Loriga y José Ángel Mañas. Te lo digo en serio.
Pedro Maestre es muy tierno y nos cuenta lo de su premio Nadal. Un montón de cotilleo. En el fondo el cotilleo no sirve para nada: me doy cuenta luego.
A continuación hago una defensa cerrada de la calidad literaria de Ray Loriga. Esto lo digo por si Ray Loriga quiere en algún momento hacer una defensa cerrada de mi calidad literaria. No por otra cosa.
Vemos a Eduardo Lago hablar con la jovencita preciosa vestida de rojo.
-Yo también quiero ser director del Cervantes de Nueva York –yo.
Las horas que siguen van llenándose de opiniones literarias tajantes. Cada día me molestan más las opiniones literarias tajantes y hago propósito de nunca más decir nada tajante sobre ningún escritor. En un momento u otro, un argentino rapado al cero y con gafitas y chaqueta está hablando en nuestro corrillo. Como la cosa va del premio Nadal, sale a relucir el nombre del último ganador. El argentino con gafitas dice:
-Benítez Reyes es de los pocos autores españoles que respeto.
Me dan ganas de vomitar. Miro al argentino y no dejo de pensar que este tío “respeta” a Benítez Reyes. Me pregunto si a mí, de leerme, me “respetaría”; es fascinante lo mucho que temo que este tío no me “respete”; si no me “respeta” este tío creo que me arrancaría las manos y las dejaría en un banco de Lavapiés; necesito su “respeto” tanto como que me den por el culo: lo necesito mucho; el “respeto” que este argentino con gafitas profesa o no profesa a los autores vivos me debería ser reporteado a menudo, en un newsletter bautizable como “los autores que respeto y los autores que no respeto YO”, porque si él me “respeta” entonces vamos bien; pero sí este tío no me “respeta”, jo, me cago en mi madre, no puedo dormir por las noches y sí por los días, para no tener presenta a la luz del sol que este tío me “respeta” o no me “respeta”; ¿me “respetará” este tío?, es algo que aún hoy, a esta hora en la que escribo, en la que recuerdo que “respeta” a Benítez Reyes, me ando preguntando con lancinante curiosidad.