viernes, 3 de agosto de 2007

Mira cómo me hago el interesante hasta la última palabra

1.

No tengo tabaco. Cuando no tengo tabaco pienso en dejarlo. No fumaré más, me digo. Luego vuelco el vaso de las monedas y cuento calderilla hasta 2,55 euros.

Tengo un montón de monedas en un vaso. El vaso es alto, de cerámica, me lo regalaron en Japón. No vale nada. Las monedas llegan hasta arriba del todo, y son de cinco céntimos y de dos céntimos. Una mierda de capital. A veces me encuentro 10 yenes. Una mierda. Siempre que quiero comprar chicles o tabaco, cuento monedas pequeñas. Quiero vaciar el vaso y tirarlo a tomar por culo. Fumo que no veas y masco chicles como un loco. El vaso sigue repleto de monedas. No lo entiendo. Cada vez que veo el vaso lleno de dinero me deprimo. La calderilla me da asco. Cuantas más monedas de 2 céntimos tengo más me apetece ahorcarme. Me paso el día rebajando el vaso de las monedas de 5 céntimos y de 2 céntimos a base de compras menudas, como el tabaco y los chicles y a veces un barra de pan; pero luego, en cuanto salgo a la calle lógicamente sin mi vaso, y me compro cualquier cosa con un billete, resulta que me devuelven un cambio fracionadísimo y repugnante, y que me vuelvo a mi casa con toda esa quincalla y enseguida la tiro sobre la mesa con las llaves y el mechero y algunos papelitos de los chicles y del asco que me da ver las monedas pequeñas rueda que te rueda por la superficie de la mesa, y en caída libre, y por todas partes como insectos sin patas, las acabo por poner en el vaso japonés, que no se termina nunca de vaciar, y estoy a punto de enloquecer.


2.


Últimamente estoy de mal humor. De muy mal humor. Creo que mi modo de entender la vida se basa en extremos, y que necesito enfadarme mucho para que el enfado me haga efecto. Me enfado por gilipolleces, básicamente. El metro sobre todo no lo soporto. Cuando estoy en el metro sufro hasta ulcerarme. Odio a esa gente, cuanto hablan. Si alguien empieza a hacer resonar un anillo contra una barra me entran ganas de llorar. Si alguien habla de lo que ha comido o de la siesta que va a echar, me cambio de vagón. Antes me cambiaba mucho de vagón, recorría todo el puto tren del primer vagón al último vagón, sufriendo con entusiasmo. Me di cuenta, y dejo constancia de ello para pública enseñanza, me di cuenta de que, cuando te cambias de vagón porque alguien te molesta, en el siguiente vagón te van a molestar aún más. Cambiar de vagón es subir el nivel de exigencia contra la irritación. Si uno se cambia mucho de vagón, puede acabar sobre las vías.

3.


Lo más tierno que me ha pasado últimamente tiene que ver con el ticket del metro. Estaba en la Caracola, solo, un domingo como a las siete de la tarde. Paseaba por la calle de La Palma y me embriagó el aroma a hierbabuena. Me asomé a la Caracola y vi a la camarera deshojándola. Me senté y pedí un mojito. Estaba bien rico y me puse a leer entre sorbo y sorbo El bosque de la noche, de Djuna Barnes. Era feliz como un cubito de hielo. Cuando me cansé de la lectura, marqué la página y cerré el libro. Alcé la vista. La camarera, acodada en la barra, me miraba, sonriente. Me incomodó un poco pero luego hice un gesto que podría verbalizarse como: ¿Todo bien? Ella abrió su boca para decir: Yo también uso el tickett del metro.

Me enamoré un poco. También me hice muy fiel al local.

4.


Bueno, lo que quería contar aquí es lo que me pasó con un ciego. La verdad es que últimamente me siento muy inseguro acerca de mi competencia literaria. Esto suena falsamente modesto y nadie se lo cree y todos me auguran un futuro de la hostia y, buff, estoy super harto. No me veo capaz de escribir otra novela y menos de escribir otra novela potente. Ni siquiera estos cuentos que antes me salían como churros, prácticamente tardaba lo que se tarda en mecanografiarlos, me parecen actualmente accesibles a mi intelecto. Los escritores suelen no releerse por miedo a no gustarse; yo me gusto tanto que cuando me releo me doy complejo. Estar a la altura de mí mismo me agobia un montón. Me admiro mucho, en serio. Debe de haber pocos escritores en este país que, lo hagan bien o lo hagan mal, lloren tanto y rían tanto y crean tanto en lo que hacen como yo. Mi vanidad no es profesional: creo que hay un montón de gente que escribe mil veces mejor que yo. Mi vanidad es mi sangre: yo me estoy matando por esta mierda, joder.

5.

Lo del ciego. Pues, como decía más arriba con eso del tabaco, fui al bar de la plazuela a comprar un paquete. El bar es, en términos más exactos, un restaurante gallego, y tiene un montón de cuadros y bustos de Franco por dentro. Mola bastante. Quiero decir que un bar con retratos de Franco da mucho morbo y crea grandes conflictos morales. El restaurante es un éxito porque, como debería decirse cada día, la gente no vive en los periódicos o los libros de Historia y el 11 M y la guerra civil les importan tres cojones. Se come bien, ergo viva Franco.

El caso. Que al cruzar la calle por el mero medio un tipo da una voz, desde el paso de peatones, pidiendo ayuda. Es un señor gordo, con camiseta blanca y pantalones por debajo de las rodillas. No sé cómo se llaman esos pantalones. “¿Dónde está la calle San Basilio, por favor?”, dice. Y yo: “Ni idea.” Y entro en el bar.

Los camareros del bar de Franco son sudamericanos. Les indico que deseo uno de esos souvenirs tan simpáticos que rezan “Fumar mata” y activan amablemente la máquina expendedora. Compro Fortuna, me agacho y me siento muy sexy porque no llevo calzoncillos (cómo indiqué hábilmente en el primer párrafo de este texto; o en el segundo: da igual).

Salgo del bar, entonces. Y cruzo la calle por el medio y avanzo por la plazuela hacia mi casa. Hace un calor tremendo. Al llegar al otro lado de la plazuela me fijo en que el señor que preguntó a los cuatro vientos por una calle santa está platicando con un ecuatoriano. Me acerco. “La calle San Basilio... Ni idea”, el ecuatoriano. El preguntador callejero lleva gafas de sol y un bastón blanco. El ecuatoriano se aleja y el ciego sigue su camino. Da un montón de tumbos y casi le pilla un coche. Luego mete el pie en un socavón. Luego se queda en mitad de la calle.

-Anda, sígueme, que te vas a matar –le digo.

-¡Gracias!

Me echo a andar y el ciego me sigue. Luego me doy cuenta de que el ciego no puede seguirme porque no emito señales acústicas ni hago nada por ser localizado.

-Mejor ponme la mano en el hombro, ¿no?

Así vamos calle arriba, yo delante y el ciego a mi espalda, hasta que llegamos a una esquina.

-Espera aquí que voy a preguntar.

Le pregunto a todo el mundo por la calle San Basilio. Nadie sabe dónde está. Me vuelvo y veo al ciego, a unos 100 metros, hablando por su móvil. Luego cuelga y grita mi nombre.

-Dime.

-¿Sabes dónde está el Burger King?

-Joder, a tomar por culo de aquí. Sí que te han indicado bien...

-Allí me esperan...

-Vale, vamos para allá.

Posa su mano sobre mi hombro e iniciamos el peregrinaje hacia el Burger King.

Como está muy lejos, al ciego le da tiempo de hacerme un montón de preguntas. Ya le dije cómo me llamaba. Ahora le cuento qué edad tengo y mi estado civil. También me pregunta mi altura. Y en qué trabajo.

Él se llama Óscar y vende cupones. Se quedó ciego en un accidente de moto. Como su padre era español (su madre, peruana) pudo venirse para acá.

De camino a la hamburguesería, el ciego se va dando contra los espejos retrovisores de los coches aparcados.

-Lo siento –digo-, es la primera vez que guío a un ciego.

Su mano sobre mi hombre se vuelve sensual a cada paso. Me da que es gay. Me resulta bastante obsceno ir con un tipo tocándome el hombro durante veinte minutos.

Llegamos a la calle principal del barrio. Estamos cerca.

-¿Te puedo hacer una pregunta? –el ciego.

-Dime –yo.

-Espera que pase esta gente...

Nos cruzamos con un ruidoso grupo de chavalas.

-Es para que no me oigan...

-...

-¿Cómo llamáis aquí a un muchacho...? –se interrumpe.

Chaperos, pienso. Me gusta mucho contestar preguntas antes de que acaben de ser formuladas. Así, mientras terminan de preguntarme, puedo dedicarme a pensar en mis cosas.

-A ver, un muchacho que tiene el sexo... muy desarrollado.

-...

-¿Cómo lo llamáis en España? En mí país les decimos “aventajados”.

-En España no tienen nombre concreto, me parece.

Grandes pollas. Yo qué sé.

-Ah, vale.

-Oye, ahí está el Burger King...

El Burger King es el único restaurante de franquicia que hay en todo mi distrito. Mi vida sería más placentera si al menos nos pusieran un VIPS. Me gusta mucho el VIPS, las ensaladas y eso. Además que en el VIPS los vasos de la coca cola son muy chulos.

-¿Cómo reconocemos a tu amigo?

-Bueno, es invidente, como yo.

-Genial.

Miro en busca de invidentes. Un tipo acaba de dejar su coche en marcha en mitad de la calle y se baja. Entra y sale del Burger con sus gafas de sol puestas. Sube a su coche y se va. Luego veo a otro señor con gafas de sol; y a otro y a otro. Estoy haciendo ciego a todo el mundo. No localizo a su amigo.

Finalmente viene. Lleva gafas de sol y gorra verde. Ve un poco. De hecho, el ciego al que he guiado también me ha dicho en un momento dado que veía un poco. Eso no me parece nada serio, la verdad.

-Bueno, A., muchas gracias.

Le doy la mano al ciego; y a su amigo ciego, y me voy para mi casa.

6.

Bueno, eso era. Tenía que haber hecho un cuento ajustado, seco, de prosa descriptiva para contar lo del ciego. Pero al final conté lo de las monedas en el vaso y me di cuenta de que no me iba a salir. Las monedas en el vaso no tiene nada que ver con el ciego, así que el texto perdía fuerza desde el principio. En realidad tampoco sé qué hay detrás de lo del ciego. En otros cuentos sí lo veo claro: voy al grano, a la médula de la historia. Pero ayudar a un ciego tampoco me inspira tanto. ¿Caridad? ¿Que parezco un cabronazo pero tengo mi corazoncito? ¿Que el ciego quería follar? ¿Que todos somos ciegos en esta vida pero vemos lo suficiente para contar calderilla? Bah. Paso de retórica.

7.

También quería meter sexo crudo un poco. Todo el mundo se cree que follo un montón y mi amigo o algo Miguel Beige me lo recuerda cada vez que me ve. “Estás muy demacrado, A., qué pasa, ¿no comes?”, y se ríe el gran tipo de Miguel. Me halaga. Le contesto: “Bueno, puede ser todo mentira, lo que escribo”. Y él: “Me da a mí que no...”

Así que contemos algo de sexo. A ver, qué me invento. Ah, por cierto, que he notado últimamente que las chicas mienten un montón sobre su vida sexual. Siempre se tiran el rollo de que follan y han follado mucho, y luego te das cuenta de que nanai. Curiosamente a mí me pone mucho saber que hay otros detrás de ellas, así que no les cuestiono la estrategia. Pero luego me siento un poco engañado.

Bah, no cuento nada de sexo. A ver si hago una novela porno, como anuncié en su día. Una novela de sexo. Tenía algunos títulos: La bestia íntima, por ejemplo. No me gusta. Parece poesía. ¿De qué voy? La bestia íntima: qué puta basura. Otro título (yo tengo títulos muchos así para ir tirando): Mientras sube el tiempo sus escaleras. ¿Qué os parece? También demasié de poético. Por supuesto, es un endecasílabo. Me gustaría titular algo Intimidad, pero ya se me adelantó ese subnormal hindú que no me quiero acordar ni de su nombre. Qué subnormal. Intimidad. Titulón.

Por cierto, tampoco sé cómo titular este post. Como va un poco de todo... Primero iba a ser “Ciego”. Lo de titular los post con una sola palabra expresa, en realidad, cierta frigidez; o mejor: rigidez. Como miedo. Pones sólo una palabra y, zas, quedas bien. Un título de más de tres palabras tiene muchos riesgos.

Según iba escribiendo este texto, se me ocurrió “Irritación”. No sé. Lo curioso es que tú ahora que lo estás leyendo ya sabes cómo se llama, cosa que yo ignoro: aún estoy escribiendo.

Último párrafo. Este texto se va a llamar (se llama para ti), “Mira cómo me hago el interesante hasta la última palabra.” Una mierda. Estoy cansado.


domingo, 15 de julio de 2007

Aventura es el dolor

1.

“Movistar te lleva a lo más alto. Envía SC al 7212 y vive una experiencia única. Coste SMS 0,30 CENT + IVA”.

“Acceso denegado con pulsera rota”

“SUMMERCASE”

2.

Ahora estoy leyendo El factor humano. Me puse a leer las leyendas de la pulsera porque no sabía cómo iba a entrar hoy en el festival. ¿Necesitaba la entrada? ¿Podía quitarme la pulsera? ¿Por qué coño me he tenido que duchar con la pulsera? ¿Por qué voy por el Metro de Madrid haciendo promoción de Movistar? ¿Y de Summercase? Me siento como esos halcones anillados, que vuelven al punto donde les colocaron el precinto.

El factor humano es una mica rollo. Va de espías y un poco de Londres. Se lee fácil. Como es una obra maestra me voy convenciendo de que es una obra maestra. Los personajes comen chocolatinas Kit kat y malteesers. Es una obra maestra.

Leo mientras camino por el andén. Leo mientras espero el tren. Leo mientras me subo al vagón. Una mano me toca. A., dice. Levanto la vista.

-¡Miguel!

3.

No me gusta reencontrarme. Me pregunto si será posible reencontrarse alguna vez con uno mismo. Toda esta continuidad que somos me crea adicción. Me aguanto especialmente por lo poco que me pierdo de vista. Soy insoportable. Si pasara un sólo día sin mí mismo a mi lado, estoy seguro de que me perdería el respeto. Pero continúo, siendo, por la inercia de la sangre y la inercia del cuerpo que me aloja. Si no, me escupiría en la cara.

Pero los demás son discontinuos. Aunque vivas con alguien, lo anulas a menudo: cuando trabaja, cuando queda, cuando duerme. Te reencuentras con los otros todo el tiempo, revalidando el gusto que te da tratarlos, sintiendo casi un vértigo excitante: ¿seguirán siendo los mismos? ¿Te reconocerán? ¿Se acordarán de que te quieren un poquito?

Sin embargo, hay discontinuidades de abismo, casi insalvables. Me apura reecontrarme porque no quiero que me exijan seguir siendo. Me gusta soñar que cambio y hasta que soy mejor persona; o al menos otra persona; que todos estos años sin vernos me han servido para reinventarme y cambiar de peinado, de estilo de vestir o de vocabulario.

Me apura reencontrarme porque es sencillo, como cuando dejas de ver una serie de televisón en el capítulo 45 y la retomas en el 92. No voy a entender nada, temes; pero lo entiendes todo; y la serie, que es la vida, te envenena de previsibilidad.



4.

-Tío, no has cambiado nada –yo.

-Tú tampoco, A. –Miguel me mira de arriba abajo.

-¿Vas al Summercase?

-Sí; tú también, claro –me señala la pulsera, en mi muñeca izquierda.

-Sí. ¿Vas solo?

Miguel vuelve la cabeza un instante.

-Voy con unos amigos. Por cierto, compré tu libro.

-¿Ah, sí?

-En el Corte Inglés de Castellana. Era la última edición.

-Sería el último ejemplar; de dos que habría.

-Lo que sea.

5.

Hemos subido al autobús. Miguel ha perdido de vista a sus amigos. Seguimos hablando.

-Te va de puta madre, ¿no?

-No –yo-. No sé.

-Me gustó el libro, aunque, nada más empezar me dije, ya está este tío con lo de siempre. ¡No sabes hablar más que de ti mismo!

-Bueno... En mi novela sobre el talento ya no hablo de mí mismo...

-Ah, sí; ese libro de autoayuda que has escrito...

-¿Perdón? ¿Qué cojones dices?

-Jajajajaja. Nada, tío. Sales mucho en google. He leído algunas entrevistas que te han hecho...

-Guay.

-Pensaba que me ibas a sacar en el libro, por cierto.

-No, pero no te preocupes. Sales en el siguiente. Salís todos. Me vas a odiar –sonrío.

-Lo leeré. ¿Sabes? Ahora trabajo...

-Qué novedad.

-Estoy hasta los huevos.

-Lo último que supe de ti es que estabas con un master... Otro master.

-Sí, fue el definitivo. Muy duro.

-¿Un master duro? Sorprendente.

-Casi me echan. Eran muy exigentes. Pero antes de hacerlo estuve viviendo en Oxford.

Miguel me cuenta su vida en Oxford. Tenía una novia, japonesa. Él trabajaba en una librería y su novia estudiaba. Eran felices. Volaron a Japón una vez. Me llamaron pero no tenía ganas de verle.

-¿Tan lejos estabas de Tokio?

-Bueno, no tanto. A hora y pico en tren. Pero no pude ir. ¿Te gustó Tokio?

-Sí, me gustó mucho. Pero son putos chinos, tío; los japoneses. Tanto dárselas de superiores y no son más que putos chinos.

Miguel volvió a España a hacer su master definitivo. La novia nipona se quedó en Oxford. Iban a volver a vivir juntos, finalmente.

-No me esperó –Miguel-, no quiso esperarme. Le gustaba un chico muy guapo, un sueco...

-Bueno.

-No me esperó.

Le miro.

-Tío, ya sabes que los amores internacionales son meramente lúdicos... Parece que te lo tomaste muy en serio...

-Me veía con ella, la verdad. En el futuro.

-¿Te afectó mucho?

-Sí. Me compré 3.000 DVD´s.

-Jajajajaja. Muy propio de ti. Ya verás en mi novela sobre el talento cosas tuyas en varios personajes. Seguro que no has quitado el celofán a la mayoría de los DVD´s.

-Bueno, ya he visto 300. No está mal.


6.

Bajamos del autobús. Caminamos hacia la entrada del festival. Hace mucho calor y pasan chicas tan sexies que dan ganas de llamar a la puerta de sus vientres con los nudillos.

-¿Sigues viendo a David? –yo.

-No, no. He perdido contacto con mucha gente.

-Sí, a mí también me pasó. Tres años en Japón. Se produce una selección
natural.
-Sí.

-Aunque a mí me mandaste a la mierda –recuerdo.

-No, no...

-Sí. No sé cómo lo dijiste...

-Era una frase de Lorca a Buñuel. “Tú y yo hemos terminado.”

-¿Ah, sí? No me di cuenta de la referencia; la próxima vez pon comillas por favor. Me lo tomé super en serio.

-No era para tanto –Miguel-. En general me gusta hacerlo como Frank Sinatra, irme sin dar portazos.

Enciendo un cigarrillo.

-Fumas un montón,¿eh?

-¡Todo el mundo dice lo mismo! No es verdad.

-Lo pones en el libro....

-¿Dónde?

Doy un par de caladas profundas. No fumo tanto.

-¿Te enfadaste conmigo porque te llamé “pijo de mierda”?

-No, no. No me llamaste “pijo de mierda”. Textualmente me dijiste: “clasista hijo de la gran puta”.

-¡Jo!


7.

-¿Te vienes con nosotros? –Miguel.

-Ummm. No, gracias... Me encantaría. Pero prefiero ir a mi bola. Dame tu móvil en todo caso.

Intercambiamos números de teléfono.

-Nosotros vamos a Sr. Chinarro.

-Yo, a Lilly Allen.

-Hasta luego.

-Nos vemos.


8.

Lilly Allen mola. Pj Harvey mola. La cantante de Scissors Sister mola. La cantante de Gossip mola.

Hay un montón de chicas malas subidas a los escenarios. Salto de una chica mala a otra chica mala. Salto de “una amiga mía decía que yo era una mierda, pero ahora ella es una drogota y yo una estrella del pop” (Lilly Allen) a “este mundo está bien jodido y no hay más que putas miserias por todas partes, la mayoría de ellas por culpa de nuestro país, os pedimos perdón por eso” (la cantante de Scissors Sisters). Salto de una gorda vestida de negro (Gossip) a una flacucha vestida de blanco comunión (PJ Harvey).

Oh, my lover, canta PJ Harvey.

9.

Vagabundeo. Es de noche. Camino mirándome los pies, que se me han cubierto por completo de polvo de grava. No dejo de cruzarme con desconocidos, de golpearme los hombros con los hombros de los demás, de pedir perdón absurdamente, de dejar paso, de oler a porros, de escuchar frases sueltas, “necesito una raya”, “esto es mejor que ir al gimnasio”, “ayer estaba colocado de verdad”, de escuchar música cruzada de escenarios diferentes, de pisar vasos de plástico. Vagabundeo. Platos de plástico. Vagabundeo. Pequeños pedazos de piedra.

-¡Alberto!

Vagabundeo.

-¡¡Alberto!!

Me giro.

-Ah, Miguel. ¿Qué tal?

Me siento orgulloso de haber anulado el automatismo que hace que te gires en cuanto oyes tu nombre.

-¿Te vienes con nosotros?

-No.


10.

Acabo de verla.

Creo que acabo de verla. De verde.

¿Eres tú?

¿Eres todo eso que duele?

Acabo de verla.

Creo.

Pero no me gusta reencontrarme.


11.

Estoy sentado al fondo. Suena 2manydjs. Acabo de verla. No es posible. Creo que acabo de verla. Estoy sentado al fondo. Ni siquiera estoy ya aquí.

Me mando un mensaje de texto a mí mismo.

“Aventura es el dolor.”

Pero yo ya no estoy aquí.

viernes, 29 de junio de 2007

Manuscritos

1.

He dejado el manuscrito sobre la mesa. Es muy grueso, unas 300 páginas encuadernadas en espiral. No dejo de meter los dedos por entre las curvas del muelle. Es placentero.

-Qué dices que haces –me preguntan.

-Leo manuscritos. Por decenas.

-Suena interesante –comentan.

-Lo es. También pesado. Pero me apasiona.

-Nos das un poco de envidia –dicen-, ¿cómo has conseguido eso?.. Vamos, ¿por qué te han elegido?

-Porque lo hago de puta madre.

Mi respuesta ha sonado soberbia, sin pilares.

-¿Por qué lo haces de puta madre? –canturrean.

-Porque yo no tengo piedad.


2.

La novela comienza con un señor que viaja a un pueblo perdido. La novela comienza con una señora que viaja a la casa de su infancia. La novela comienza con un grupo de amigos que viajan a París. Siempre llueve. A veces hace sol. A menudo está nublado. El cielo es muy importante cuando empiezan estas novelas. Hay que decirlo. Que llueve, que hace sol. Que está nublado hay que decirlo. Siempre. Luego hay que poner a hablar a los personajes cuanto antes. Para sacar más personajes. Luego hay que reflexionar sobre el paso del tiempo. Las nostalgia da para muchas páginas sentidísimas. Oh, ayer. Ayer es lo que todos quieren contar, al menos hasta la página 20, que es donde, casualmente, dejo de mirar las páginas para mirarme el reloj, sus tres manecillas, tic tac, tic tac, convicentes, tic tac, sencillas, tic tac, sin cielo.


3.

-Pero habrá bastantes posibilidades de que algo bueno se te pase...

-Es imposible.

-...

-La primera frase basta. Incluso el título. Sin ponen cuatro citas al comienzo, uno de ellas de un clásico griego y otra de los Beattles, ya está todo claro. Si dedican el manuscrito, con amor, con afecto, nunca vale nada. Si viene de Sudamérica, el 70% de las veces no vale nada.

-Eso es racismo.

-También es verdad.


4.

La novela comienza con un asesinato. Escalofriante. La novela comienza con un asesinato. Morboso. La novela comienza con un asesinato. Brutal. Luego el policía es muy simpático y, bueno, un poco tonto. ¡Qué bien te cae! Habla, el poli, del crimen, de las pistas, de dónde le van mandar para que busque más pistas y podamos acumular al menos 150 páginas. El policía va a por las pistas, las mima, las acaricia, nos las expone. Luego siempre hay una mujer que no se deja, con las piernas preciosas, fuma. No hay manera. Pero el asesino paga, finalmente, y el policía se despide, con mucha gracia, con buen rollito, dando de nuevo su nombre, por si hay que escribir una secuela.


5.

-¿Con la primera página basta? No me jodas –dicen.

-Sí. Seamos sensatos, incluso: profesionales. A ver: te ponen un plato en la mesa. Una sopa. Tomas una cucharada. Es mierda: ¿tienes que seguir comiendo hasta ver el fondo del plato para saber que todo lo demás es también mierda?


6.

La novela comienza que la novela comienza. El protagonista escribe que escribe y que quiere ser escritor. Se cita a Albert Camus. Luego el protagonista sigue queriendo ser escritor veinte o treinta páginas más. Lee y escribe. Escribe que lee; ya dije que escribe que escribe; pero además escribe que no le publican. Escribe que no le premian. Escribir escribe (¡lo estamos viendo!), pero no se lee. La novela se conoce a sí misma tan bien que no le hace falta leerse. Se da por hecho, la obra, se sabe verdad y no busca, en sí misma, la verdad. Es irónico, porque la novela del joven que quiere ser escritor sólo tiene alguna validez si no se publica. A estas novelas sólo cabe darles la razón.


7.

-Mirad. No es el texto, no es la historia. Es otra cosa. Y esa es la magia de la literatura. Que la cosa no puede ser nombrada. Pero sí identificada, como un aroma, como un presentimiento. Tenemos obras que están bien, que están trabajadas, que acaban en un punto profesionalmente designado por el autor en una cuartilla manuscrita. Esas novelas son correctas. Correcto es mejor que malo. Pero, para mí, correcto es peor que malo; correcto es un límite, una barrera de la inteligencia. Hasta aquí puedo llegar. El que hace algo malo se ha equivocado, pero el que ha hecho algo correcto ha acertado, y por eso nunca va a hacer algo bueno. Pero el que lo hace mal, el que no consigue ni llamar al personaje con el mismo nombre durante todo el libro, ése, puede algún día acertar, y cuando acierte va a hacer un buen libro. Todo está dentro. Es la puta sangre. Es que eres escritor, no que quieres ser escritor. Es que impones tu obra, que es tu vida, que es tu dolor. Es que le hablas al lector cara a cara y no le das cuartel. Es que crees en la literatura, y que lo que haces no lo va a hacer nadie si tú no lo haces, y por eso has hecho un libro que nadie puede rechazar, porque la literatura es una fe.


8.

La novela comienza con la danza del idioma. La novela comienza con el rigor del idioma. La novela comienza con el sexo del idioma. La palabra es lo primero. Luego la palabra significa cosas, un poco a voleo y otro poco por exigencias del diccionario. Pero lo importante es que las palabras te tejen la cabeza, te tapizan el cerebro. El libro es idioma, una criatura hecha de sílabas, y crece. El libro-bebé es feo, es guapo, es como peleón; pero crece. El libro-niño es feo, es guapo, es como peleón; pero crece. Y cuando llega a adulto, y muere contra la página en blanco que lo cierra como un lápida analfabeta, su vida, su piel de palabras, se volcó en tu vida como se vuelca la vida de otra persona: sin que puedas evitarlo.


9.

-¿Por qué insististe tanto en ser lector de manuscritos?

-Porque yo he mandado muchos, y sé lo que es. Sé, exactamente, hasta el último detalle, lo que es mandar un manuscrito y no volver a saber nada de él nunca. Conozco ese dolor, esa duda, esa congoja. Lo que yo mandé podía no ser bueno; ahora me es fácil desentenderme, claro. Ya paso. Me la suda. Que le den por el culo a los libros que escribí y mandé y nunca me publicaron; que le den por el culo a los próximos libros que escriba y mande y me tumben. Me da igual. Ya cumplí. Cumplí conmigo. Pero, aún así, quiero ver llegar los manuscritos; sí, toda esa mierda, esa mediocridad, esa falsedad; quiero verlos llegar, quiero echarles un vistazo; quiero estar seguro de que alguien les echa un puto vistazo, joder. Y, sobre todo, quiero estar ahí. Cuando un tipo mande su libro, una gran novela, grande no porque luego le vaya a importar tres cojones a ninguno de esos gilipollas que hacen los libros de historia, sino grande porque a los que leemos libros nos lo parece, cuando ese libro llegue y tenga que encontrar un defensor, un valedor, un lector que se ponga de su parte para que alguien lo publique, un lector que se la juega por ese libro, es entonces, precisamente entonces, cuando yo quiero estar ahí, y hacer posible la literatura.

viernes, 25 de mayo de 2007

-97.000

En el hospital, correteo detrás de mis tíos. Son dos. Uno lidera. Es delgado. El otro, que siempre me ha recordado a Paul Newman, le sigue. Es algo débil de carácter. Yo, en todo caso, pienso que sigo a Paul Newman.

No sé dónde vamos, pero no dejamos de recorrer pasillos y tomar ascensores. Subimos y bajamos. Todo está lleno de ancianos y patas de silla. Hay gente detrás de ventanillas. Son jóvenes. Hay colas de personas heridas. La cola es un largo reguero de sangre y virus y papeles en la mano. Mi tío líder lleva papeles en la mano. Los pone sobre mostradores, recibe sellos y copias; recibe formularios. Recibe respuestas confusas a preguntas confusas. El DNI de mi abuela va y viene de mano en mano, como un cuerpo de plástico donde viaja su alma.

De nuevo en la planta cuarta, doy un paso al frente, sobrepaso a Paul Newman y arrebato, sin mucho tacto, la carpeta de las manos de mi tío.

Quiero verla. Quiero leer cada papel, cada nota, cada firma. Quiero tocar eso.

Quiero ver dónde dice y cómo dice y quién dice que mi abuela se ha muerto. Quiero saber qué es la muerte aquí, por escrito y dictaminada. Quiero ver qué pasa cuando te mueres y tus familiares vagan por el hospital buscando respuestas confusas a preguntas confusas. Quiero leer la página final y clínica de una vida. Ver la resta.

La causa de la muerte ha sido: neumonía respirativa. La hora: 20.10. La edad: 97.000 años.

El DNI de mi abuela ha empezado a decir mentiras desde las 20.11.

El documento sigue sumando.

Sin embargo, todo es resta.

Ya queda menos.

jueves, 17 de mayo de 2007

Cuatro pisos con una sola pierna

Realmente me acabo de bajar los pantalones y los calzoncillos y me acabo de sentar sobre la taza del wáter y, realmente, estoy iniciando la servil labor natural de la excrecencia.

Realmente ha sonado el timbre de la puerta de mi casa.

-Joder –yo, realmente.

El timbre ha vuelto a sonar. Dos veces más. Tres veces más.

-Me cagüen...

He detenido el proyecto defecatorio en un punto en el que a ciencia cierta resulta casi imposible hacerlo. Todo por el timbre.

Camino hacia la puerta subiéndome los pantalones y no me abrocho sino que solamente me ajusto el cinto. Miro por la mirilla y veo una cabellera blanca, femenina. Debe de ser la vecina que se encarga de la comunidad, que hoy no se peinó: todo esto lo pienso sin palabras. Es decir, lo pienso.

Abro.

No es la vecina. Es: una señora menuda, de pelo sucio y gris, de ropa sucia y gris, con una muleta bajo la axila izquierda y sin pierna izquierda.

-¿Sí? –digo, atónito, y miro por la barandilla de la escalera interior del edificio, los escalones.

La mujer muestra ahora un portafolio negro y dice:

-Estoy recaudando dinero para una pierna...

-Por favor –yo, sin piedad-, mire el barrio donde vivimos, por favor... –y empiezo a cerrar la puerta.

Veo cómo la señora, sin inmutarse, se gira sobre su única pierna y se encamina hacia la puerta frontera, la de mi vecino, en el Cuarto Dcha.

Cerré la puerta y ahora vuelvo al baño. Me quito toda la ropa. Ya no me apetece servir a mi organismo su alivio mingitorio. Me ducho.

Mientras el agua cae sobre mi cuerpo (me veo las dos piernas cubrirse de afluentes cálidos) me empiezo a irritar.

Estoy extraordinariamente enfadado. Con esa mujer. Porque enseguida he pensado que la pobre mutilada ha subido a pie (no hay ascensor) hasta mi casa, para pedirme dinero para una pierna. Pienso, primero, que hace falta ser gilipollas, con la cantidad de puertas bajas que hay en Madrid, con la cantidad de peticiones que podría realizar sólo en puertas bajas, en primeros, en, como mucho, segundos pisos, subir cuatro pisos en mi barrio para pedirme a mí dinero. ¿A qué subir al cuarto, sin ascensor? No pidas dinero para una pierna, jodida retardada, pide dinero para un cerebro.

Pero me irrito aún más al entender. Entender que esta tía hace eso precisamente para despertar la caridad. Para hacerme pensar, jo, pobrecita de mi alma que ha subido cuatro pisos con una sola pierna, cuando ya yo, más joven y bípedo, me fatigo considerablemente cada día que tengo que subir de vuelta a casa.

Entonces la mujer deja de ser gilipollas y empieza a serme detestable. Hija de la gran puta. Vete a tomar por el culo con tu pierna única: vete a pedir dinero a la gente que tiene dinero; vete a tomar por el culo con tu puta pierna única.

Vete a pedir dinero en el barrio de Salamanca. Vete a la calle José Abascal. Vete al Palacio de la Moncloa.

Vete a tomar por el culo con tu puta pierna. Única.

Vete al Banco Bilbao Vizcaya. Vete a Banesto. Vete a tomar por el culo.

Vete a Rafa Nadal, vete a Fernando Alonso, vete al presidente del Real Madrid.

Vete a tomar por el culo.

Joder.

Luego pienso que he quedado. Para comer. En un restaurante en Lavapiés. Y luego esta noche tengo una fiesta y compraré un regalo, si tengo tiempo e inspiración. No me estoy muriendo de hambre. Tengo trabajo y todo eso. Realmente estoy mejor que esta hija de la gran puta y por eso empiezo a sentirme mal. Y eso sí me jode: que me haga sentir mal.

Que me haga sentir culpable.

A mí.

Esta hija de puta.

Estoy hasta los huevos de toda esta mierda.

viernes, 4 de mayo de 2007

Filipinas

En el restaurante donde como habitualmente no me hacen ni caso. Estoy en la barra, con un billete de diez euros en la mano, tratando de conseguir cambio para comprar cigarrillos. El camarero, que es como peruano, como ecuatoriano, como bantú, se la pasa poniendo cafés y mirando papelitos debajo de la barra. A mí, ni caso.

Salgo del restaurante con el billete aún en la mano. Diez euros. Mi salida coincide con la de los chavales del instituto. Las Juventudes de Chamberí, niños monos, niñas monas, con mochilas y móviles y muchas ganas de llamarse por teléfono para quedar en la esquina del fondo, un rato.

Localizo un bar. Entro y pido cambio. Me dan todo en monedas de 1 euro. El dinero, amén de ser sucio, pesa como pecados por cometer. Me acerco a la máquina expendedora de tabaco y espero que OFF cambie a ON. Cambia. Fortuna. 2,55 euros.

Salgo.

Ocupo un banco vacío, en la calle García de Paredes. Enciendo un cigarrillo, cruzo las piernas y hago como que estoy muy concentrado en los quicios del universo. Chirría Plutón, pienso; se nos descuajaringa la órbita lunar, propongo; un agujero negro no pega como regalo de Navidad, asumo. Dios tiene su morbo. Afirmo.

Mientras doy caladas a mi cigarrillo, veo pasar, por delante de mis ojos, alumnas de tres en tres. Esto me ha hecho dejar de lado mis cavilaciones intergalácticas y concentrarme en la recurrencia del tríptico adolescente.

¿Por qué van de tres en tres las muchachas? ¿Cuántos son ellos?

Un grupo de tres chicas se me aproxima. Y, cuando doy una de las caladas epigonales a mi cigarrillo, se detienen ante mí, lideradas por una muchacha que apenas alcanza, a mis ojos, los 12 años. Es morena, la nariz chata, gafas, ojos con serpentinas.

Me mira el cigarrillo. Sonríe.

-Perdone... -dice.

-... -yo.

-¿Tiene fuego?

Y saca un cigarrillo. Lo sujeta ante su cara, su cara de 12 años, y veo en los nudillos de su mano una palabra escrita, cada letra sobre un hueso. No entiendo qué pone.

-Pero... -yo, confuso-, pero ¿cuántos años tienes? ¡Por favor!

Se ríe, la niña. Sigue con el pitillo pegado a los labios.

-Darte fuego debe de ser ilegal, por lo menos...

-Porfa...

-Que no, que no...

La muchacha parpadea diecisiete veces seguidas, llenándome la cabeza de aire inocente.

-Toma, anda. Pero enciéntelo tú misma... Yo no quiero... Seguro que es ilegal...

Le paso el mechero. Enciende el cigarrillo. La miro.

-¿Tú tienes origen filipino?

-Sí -me confirma, con cierto orgullo transcontinental, y luego me devuelve el mechero-. ¡Adiós!

Se marchan. Ella, la niña filipina, y sus dos amigas, sosas y rubias y con padres en el barrio.

Enciendo otro cigarrillo. Miro la calle. Los quicios del universo me dan un poco igual; ahora sólo pienso en los nudillos de la chica, en esa palabra de cuatro letras que lleva boligrafeada en la piel, sin sentido.

jueves, 26 de abril de 2007

Una gorra que piensa

La librería, de nuevo, tiene muchos libros con el nombre de un país en la cubierta. A veces es sólo el nombre de un cacho del país. A veces, medio continente. Otras, países que no existen. Siempre un mapa. Siempre, restaurantes y estrellitas. Luego, por último, el precio.

La librería tiene, amén de libros, aforos. El aforo principal es una sala donde un señor miraba mucho su reloj, la otra vez que vine. Ahora está vacía. Somos pocos y no queremos humillar a una sala tan bien puesta, con sus hileras de sillas y su estrado, sus cuadros y un montón de esquinas donde rebota la voz.

Por eso estamos en el aforo al aire libre. Un patio. Con tiestos. Hay uno muy grande que me quita de ver. El tiesto tiene plantado bambú verde, erecto, altísimo, entreverado consigo mismo o con otra planta, que yo qué sé, una planta (otra o el mismo bambú) que está deshojandose por momentos, en afiladas hebras mortecinas, que caen al suelo de gravilla blanca, de donde yo las voy recogiendo, para retorcerlas con las yemas de los dedos y aburrirme de manera saludable.

Estamos sentados en sillas de tijera. Somos diez. Y las plantas. A mi izquierda tengo a un escritor con botas negras. El escritor pone las botas sobre el borde del tiesto y por eso es el escritor de las botas negras: por lucirlas. A mi derecha tengo a una chica italiana que lleva un bolso donde, bordado, dice: Soy feliz. Es morena, napolitana, feliz. Confio en su bolso.

Luego de la napolitana, la jefe de prensa. Luego, señoras a las que las plantas molestan sus cardados. Tengo una delante que no deja de meter el bambú dentro del bambú, en un acto de inconsciencia sublime: en cualquier momento, la rama doblada contra natura puede dispararse y romperle un pendiente.

Luego (estoy hablando del aforo), editores, correctores, lectores, traductores y un autor, con gorra azul marino, gorra de béisbol, con el símbolo de nike en blanco, tan sonriente como él mismo.

La traductora lee un fragmento de la novela a cuya presentación hemos venido. El fragmento es bien largo.

Yo he dejado de retorcer hojas secas. Ahora estoy alzando una botella de champán que dejé acomodada en la gravilla. Antes del comienzo, el gerente de la librería nos dio unos vasos de plástico y nos los llenó de champán. Romper el hielo. La botella pesa mucho, es negra y dice Freixenet. Miro a la napolitana pero la napolitana no bebe champán. Miro al escritor de las botas negras: no bebe champán. Entonces estoy bebiéndome la botella de champán amparado por el bambú. Es agradable.

Ahora, el autor de la gorra de Nike lee su novela en el idioma original, que suena como declararle tu amor a Leni Riefenstal.

Miro hacia el cielo. Oscurece. Hizo mucho calor y al cielo le brillan un poco los pómulos. Me gustan los patios interiores porque te convencen de que el cielo es inalcanzable. Son seis pisos de patio interior, con todo eso tan sórdido que tienen los patios interiores y las cosas por detrás. Ventanas raídas, cañerías oxidadas, resaltes y apliques y abrazaderas inútiles. Ropa tendida, fláccida.

Sobre una cañería, justo encima de nuestras cabezas, hay una prenda colgada. Hasta tiene una pinza absurda en un extremo. Es naranja, parece un calcetín, pero de tan larga la prenda se me hace misteriosa, casi obscena. No sé qué es.

Le digo a la napolitana, con el dedo, que mire la prenda misteriosa. La mira, pero luego no me pide una cita. Es rara.

El autor ya dejó de ligar con Leni. Ahora nos habla en inglés. Habla muy bien el inglés. Habla enfáticamente, ilusionado, dichoso de estar en España, convencido de convencernos, arengador. El autor me cae muy mal. Por la gorra. Ya está. Me cae fatal y le deseo lo peor. Es un tipo feliz, como los bolsos italianos, un tipo que haría bien de ejecutivo de una empresa de internet, google, por ejemplo, apple, por ejemplo, con su entusiasmo, con su desenfadada manera de vestir, con su fe en un sistema que te pone marcas comerciales en la frente, para que seas tú mismo un anuncio, carne de publicidad, defensa falsa.

Me da tanto asco el escritor de la gorra Nike que le escribo un sms a la jefe de prensa. Dice: "Dame el número de teléfono de la napolitana, que le voy a escribir un sms.”

Mando el mensaje.

El autor de la gorra, que realmente y en justicia debería estar en una sala en Chicago, muy vasta, ante 2.000 trabajadores ufanos de, no sé, Yahoo, diciéndoles lo maravillosa que es Yahoo y la cantidad de cursos de punto de cruz que la empresa va a proporcionarles como formación gratuita y espiritual (por la cruz), se ha puesto a cantar el cumpleaños feliz a una de las chicas que, desprevenida, le ha comentado semejante efeméride.

La jefe de prensa no me pasa el teléfono de la napolitana.

Está cantando en inglés. De pie. Yo miro bambú.

El autor, este autor, este tío, se ha sentado por fin para que no haya fin. La presentación se prolonga, sinuosa, dizque intrínseca, por pasillos de ternura literaria, velada memorable y con algunos flashes fotográficos. Me aburro con consistencia.

Recibo un sms. No molesto mucho porque siempre que mando un sms me quedo con el teléfono en la mano y el dedo en el botón de Yes. Tengo siempre muchas ganas de darle al Yes pero a veces pasan días enteros sin respuestas a mis sms: entonces me obnubilo y creo que podría aspirar a alcaldías deplorables.

Dice: “No.”

Pero no es de la jefe de prensa.

lunes, 2 de abril de 2007

¿Haces zen?

Me la encuentro sentada en un taburete muy bajo, con las piernas cruzadas y las manos dormidas sobre el batín.

-Hola, ¿qué tal? –saludo.

-Hola, A. –me dice, y la comisura de sus labios se estira sutilmente.

Permanece sentada mientras yo dejo mis cosas sobre una silla junto al radiador. Luego ocupo el butacón. Cruzo las piernas a la altura de los tobillos (mis tobillos, entrechocándose a través de los calcetines, me entretienen como títeres), ubico mis manos sobre mi estómago y suspiro profundamente.

-¿Qué hacemos hoy? –pregunto.

La doctora, entonces, se levanta. He vuelto la cabeza para ver cómo coge el croquis de mi dentadura, que está sobre un mueble metálico. Lo mira apaciblemente, como una niña que aparta guisantes con el tenedor.

-Sí, sí –dice-, hoy seguimos con la grande.

-El empaste roto.

-Ajá.

Enderezo el cuello, miro por la ventana. Los edificios anaranjados, las ventanas de aluminio oscuro, con cortinas abiertas y vidas familiares destinadas a una cena, un rato de televisión, un tránsito de sueño.

Entra la asistente. La doctora está junto a mí, y el butacón me está poniendo horizontal al mandado de un botoncito verde.

-Está aquí Nuria –la asistente.

-Atiéndela –dice la doctora- la anestesia tardará bastante en dormirle. Abre la boca, A.

Abro la boca.

-De acuerdo –la asistente se marcha.

-Abre un poco más, así...

La aguja se me ha clavado en el fondo de la boca, en la raíz de la mandíbula. La doctora tira de mi labio superior y siento la anestesia hacerse un hueco en mi cuerpo. La doctora parece estar sacando poco a poco la aguja de la jeringuilla para que quepa toda esa adormidera.

-Ya está. Tardará un rato. ¿Quieres que te ponga recto?

-No. Así estoy bien.

-Puedes dormirte si quieres –bromea.

-Sí, jeje.

Por el rabillo del ojo, la veo ocupar de nuevo el taburete, cruzar las piernas y matar las manos sobre el regazo. Miro por la ventana, la luz. Me toco la mejilla con las yemas de los dedos, como si palpara en los bolsillos cosas que acabaré por extraviar.

Vuelvo la cabeza y miro a mi dentista.

-¿Haces zen?

-... –sonríe.

-Quiero decir, estás siempre tan tranquila. Eres super serena –y trazo con las manos un horizonte de serenidad –Así.

-No, no hago zen.

-¿Ni relajación ni nada?

-No. La procesión va por dentro. No te creas. Ya me lo habían dicho, que soy muy estable, pero no es así. Para nada.

-Ah.

Vuelvo de nuevo la vista al ventanal. Me toco la mejilla. Juqueteo con mis tobillos.
-Oye, esto es como el psicólogo, ¿eh? –yo.

La luz del día sigue ataviando la tarde. Veo una calle en cuesta, con coches y peatones. Nunca había visto esa calle como ahora, en mis visitas anteriores.

-Siempre que vienes tú es de noche, ¿verdad? –la doctora parece leer mis pensamientos.

-Sí.

-Con esta luz, parece que cunde más el día. Sales, y como no es de noche, te dan ganas de hacer cosas. ¡Es increíble la luz que hace!

-Cambiaron la hora –yo, metódico-, es que adelantaron la hora... O la atrasaron, no sé. Eso es.

-Cunde mucho más el día...

¿Qué haces luego?, pienso en preguntar. Me fascina cuando pienso algo y, durante un segundo, no estoy seguro de no haberlo dicho realmente.

-Mi asistente vendrá en un rato, perdona la demora...

No lo he dicho realmente. ¿Qué haces luego? No puedo decirlo.

-¿Tú lees?

Esta pregunta me sale siempre de manera muy fluida.

-Eh, sí. No mucho. Sólo en vacaciones.

-Ah.

-En el avión, sí.

-¿Y qué lees?

-Bueno, de todo.

-...

-Me gustan los libros que se pueden leer de un tirón. Me gusta terminármelos enseguida, aunque sean gordos.

-Los pilares de la tierra, por ejemplo.

-Sí. Bueno, en Navidad me leí fue La biblia de barro.

-De Julia Navarro.

-No recuerdo. Sí, estuvo bien. Luego me leí La sombra del viento. El último que leí fue Tokio Blues.

Se encienden todas las alarmas de mi cerebro, todos esos ganchitos, todas esas cadenas que arrastran conversaciones.

-De Haruki Murakami. Está bien, ¿no?

-Sí, bueno. Un paciente me dijo que era el mejor libro que había leído en su vida, pero a mí no me gustó especialmente.

-Yo escribo, ¿sabes? Acabo de publicar un libro sobre Japón. Está en la Casa del Libro. También está en El Corte Inglés.

Suficiente.

-Vaya. ¿Sí? ¿Y de qué va?

-Bueno, de Japón, un poco. Por encima. Por debajo no va de nada.

-Pero tendrá... una historia... y un final... y como... historias o así...

-No, no. Yo no hago ese tipo de literatura.

-Ah –la doctora sigue estática, sobre el taburete. Yo la estoy mirando gracias a giros intermitentes de mi cuello, torsiones puntuales que derrota el cansancio de un músculo, ahí junto al hombro, que no sé cómo se llama. – Pero, ¿a quién se parece lo que escribes?

-No sé. A Camilo José Cela, por ejemplo.

No parece que le aclare nada.

-Pero, ¿cómo se llama la literatura que tú haces? ¿No es bestseller?

-Se llama literatura de calidad.

-Literatura de calidad. ¿En serio?

-Sí. En serio se llama literatura de calidad.

-...

-La próxima vez que venga te traigo un ejemplar de mi novela, ¿vale?

-Vale. Muchas gracias.

Ha pasado un buen rato. Hemos seguido hablando. La asistente continúa despachando con Nuria, persona que de inmediato se ha hecho acreedora de todo mi afecto. La doctora responde a mis preguntas sobre su trabajo. Me interesa su trabajo. Me interesa todo de ella. Algunas preguntas la descolocan (“¿Donde vais los dentistas cuando necesitáis ir al dentista: u os lo hacéis vosotros mismos, con un espejo?”), otras son respondidas de manera muy precisa: “Trabajo aquí una tarde y dos mañanas a la semana. Mi trabajo es así, tienes que desempeñarte en varias clínicas, no sólo una, a no ser que abras la tuya propia.”

-Ah.

Llevo un buen rato que, cuando hablo, me pongo la mano sobre los labios. Me da cierto impudor no notar que los muevo, no saber qué postura adoptan, que ridículo perpetran, desmereciéndome.

Por desgracia, la asistente llega.

-¡Perdonaaaad!
-Vamos allá –la doctora.

Encienden la lámpara amarilla y me ciegan. Cierro los ojos. Toda está negro ahora, pero restallan aquí y allá, como galaxias que perecen, destellos rojos, verdes, alguno blanco.

-¿Sabes que A. es escritor? –la doctora, en la oscuridad. Y metiéndome herramientas en la boca –¿Verdad, A.?

Creo que estoy asintiendo.

-¡Qué pacientes tan literatos tenemos! –dice la asistente, que sujeta tubos y baberos del otro lado de mi cuerpo –Está Jorge, que siempre nos regala libros. Luego, ¿te acuerdas de la señora María? Dice que ha dejado de trabajar para escribir su novela. Y el señor Juan estaba escribiendo cuentos. Me los trajo el otro día, escritos a mano...

La oscuridad continúa. Compito con todos los desdentados del panorama literario de Arganzuela.

-¿Qué tal Nuria?

Las chicas me acribillan una muela, me la sustituyen y pulen sin dejar de hablar ni un momento.

-Deprimida. ¿Sabes lo de su hija?

-No.

-Pues dio a luz, ¿no?, y dice que no acaba de creerse que es madre. Que mira al bebé, tú te crees, y que no se cree que eso haya salido de su cuerpo.

-¿Eso no es el trauma postparto?

-No. Eso sólo le pasa a la hija de Nuria. Viven en un piso muy pequeño, además.

-Cómo el de José.

-No, no tan pequeño... Esa gente... Jolines... No sé cómo pueden vivir en treinta metros cuadrados... Es... como esta habitación o un poco más...

Yo, en la oscuridad, escucho. Escucho palabras y torturas bucales. Hay una extraña impresión de estar escuchando desde detrás de una puerta.

-Mujer, pues viven como viven. Se organizan. Tienen armarios hasta el techo, y las camas todas plegables. Se puede vivir.

-¿Sí? No sé. Yo no podría.

La asistente hunde más el tubo para aspirar un reducto arenoso que tengo adherido al velo del paladar.

-Con nosotras podrías escribir un montón de historias, ¿eh, A.? –me dice la doctora.

Trato de asentir, en vano.

-Mastica con fuerza. Casteñetea. Rechina los dientes. Abre.

Ha parado el ruido. El taladro. La sobrepoblación de fierros.

-Mastica con fuerza. Castañetea. Rechina los dientes. A ver.

Noto que la luz se apaga. Abro los ojos.

-Ya está. ¿Te molesta?

-No. No sé. No noto nada.

-¡Era un agujero enorme!

Suena un teléfono móvil.

-¿Ah, sí?

La doctora se marcha hacia la habitación de al lado. Por el camino, antes de volverse, estuvo moviendo la cabeza de arriba abajo.

-Bueno, ya te queda poco, A. –la asistente.

Me levanto. Me duele todo el cuerpo. Escucho a la doctora hablar por teléfono. Sigo escuchándola mientras, sin prisa alguna, doy los cinco pasos que me separan de la silla que soporta mi cartera y mi abrigo, mi bufanda. Me pongo primero la bufanda. Pero luego me la quito y me pongo primero el abrigo y luego la bufanda. Miro por la ventana. Tomo mi cartera. No dejo de escuchar la voz de la doctora. Parece que habla con un familiar, nunca un novio.

-Ven que te tomo nota –la asistente sale, dejando un rastro que he de seguir, para pagar y acordar cita nueva.

Sigo ese rastro como un caracol comatoso. Veo, seccionado, el perfil de la doctora, que sigue dale que te pego con su teléfono móvil.

Salgo de la habitación.

-Qué bien. Sólo te queda una visita –me dice la asistente, sentada a la mesa de papeles.
-... –yo.

-A ver qué días tenemos... –hojea la agenda.

¿Qué haces luego?, pienso. Luce un prendedor en lo alto de la cabellera, castaña. ¿Haces zen?

-Ya en abril, no se puede antes.

-¡Eh! A., que te vas sin despedirte –la doctora, ufana, acaba de asomar la cabeza por la puerta del quirófano.

-¡Perdona! –yo, niño-, como estabas hablando por teléfono...

-Si me traes tu libro la próxima vez, genial, ¿eh? Si quieres, ¿eh?

-Vale, el próximo día te lo traigo. Hasta luego.

-Adiós.

Y la ilusión ocupa su taburete, muy bajito.

martes, 27 de marzo de 2007

Eslovaquia

Camino por la Puerta del Sol al tiempo que escribo un mensaje en mi teléfono móvil. “A ver si quedamos algún día. Soy A. Me estoy leyendo Zubizarreta Zubizarreta. Saludos.” Busco Juan entre mis contactos-vip y aprieto Yes. El mensaje asciende, disparatado, hasta el cielo, se detiene, calibra un buen puñado de opciones empíreas, mira finalmente hacia el horizonte, adopta la forma de una flecha, y parte, rectilíneo.

Me guardo el teléfono móvil en la chaqueta y tiro un poco de la correa de mi cartera Porter, made in Tokyo. Dentro llevo Zubizarreta Zubizarreta, la segunda novela de Juan; La chica sobre la nevera y otros relatos, de Etgar Keret, y Nueve cuentos, de JD Salinger. También llevo grajeas de Gelocatil, en un bolsito, un cedé de Ali Farka Toure, en un apartado transparente, y facturas de hotel por un importe total de 405 euros.

Voy a la FNAC. La calle Preciados está llena de gente que no tiene más remedio que comprar algo, aunque sea ilegal, porque si no la policía los detiene. Eso me dice un negro acuclillado junto a una tela. “Compra algo antes que la policía te detiene.”

En la FNAC, primero de todo y antes del fin, miro si tienen mi libro. No lo tienen. Entonces me siento muy tranquilo (hasta me apoyo en una enorme pila de libros de Eduardo Mendoza), respiro profundamente, y sonrío con satisfacción. Menos mal, joder.

Empiezo a mirar novedades. Las novedades son libros que acaban de inventarse. La gente que escribe, los escritores y eso, no paran de inventarse libros todo el tiempo, y los libros que se inventan hoy cada minuto superan con mucho a los que se inventaron, por ejemplo, en todo el siglo XVI. De ahí que en la FNAC no haya libros del siglo XVI, porque en el siglo XVI hubo poca inventiva, al menos si la comparamos con la inventiva de los Talleres Gráficos Liberduplex, en Barcelona.

Las novedades, curiosamente, van casi todas del siglo XVI. Cuentan historias del siglo XVI y recuperan personajes del siglo XVI. Algunas tienen números romanos en la cubierta. De nosotros hablarán en el siglo XXXVI, pienso, y dirán que tuvimos poca inventiva y no supimos ver nuestro potencial literario. ¡Y tendrán razón!

Me paro ante un libro con una faja roja. Las fajas rojas son a los libros lo que las fajas rojas son a las mujeres: una prenda para que saquen pecho. La faja dice: La mejor novela de 2006. Inmediatamente compro la mejor novela de 2006.

15 euros con veinte céntimos cuesta la mejor novela de 2006. La mía cuesta 16 euros con noventa y cinco céntimos. ¡Por qué poco!

La mejor novela de 2006 se llama Nocilla Dream y tiene un cartel de Belle and Sebastian en la cubierta. También tiene a una chica probándose un bikini ante un espejo. Y pantallas de televisión, sintonizadas en la palabra OPEN, pero sin la O. La mejor de 2006.

Salgo a la calle Preciados. Saco mi móvil. Escribo un mensaje: “Acabo de comprarme Nocilla Dream. No tengo personalidad. Saludos.” Busco Miguel Beige entre mis contactos-vip y doy al Yes. El mensaje sube y sube, imperturbable, hasta el cielo de Madrid, hace visera con una mano y busca su camino; no lo halla, me mira, me suplica le brujulee; le digo: ¡un bar!, y el mensaje adopta la forma de una flecha y parte, zigzagueante, hacia un bar.

Yo también parto, zigzagueante, hacia un bar. El Pepe Botella de la plaza de 2 de mayo. Está difícil encontrarlo. Tardo tanto en llegar que, cuando arribo, todas las chicas ya están allí, inconsolables.

-Perdonadme, perdonadme –a las chicas-. Un café con leche, por favor –a la camarera.

Me senté a una mesa de mármol, junto a dos estudiantes norteamericanas que tienen su tablero lleno de papeles, un enorme ejemplar de El Quijote sobre el regazo, cerrado. Están muy tristes las dos, tomando notas en sus cuadernos y cambiando de sitio los folios. Enfrente de mí, hay otras dos chicas. Una viste de verde. La otra fuma. La chica de verde me mira un momento. Contesta de hecho a su amiga sin dejar de mirarme. Luego vuelve la vista, sigue hablando con su compañera; y es entonces cuando siento de verdad su mirada. Y se me ocurre algo ingenioso que decirle. Me traen el café.

La flecha ha esperado a que le abrieran la puerta. Ha sido un chico muy guapo, con mochila al hombro, sin afeitar, que ahora busca a alguien entre la clientela. La flecha, por su parte, ya me encontró, y se clava sonora sobre el corazón de mi chaqueta. Ring, ring, ring. Un mensaje.

“Estoy en Eslovaquia. Vuelvo el miércoles. Zubizarreta Zubizarreta está bien, pero la mejor es la última! Hablamos cuando regrese. Saludos. Juan.”

Eslovaquia, pienso. Busco el sobre del azúcar pero no me han puesto sobre del azúcar. Eslovaquia, pienso, estoy en Eslovaquia. Veo un frasco con azúcar sobre la mesa. Lo empuño, lo pongo boca abajo, y el azúcar cae generosamente sobre la espuma del café. Eslovaquia.

Remuevo la taza con la cucharilla. ¿Qué querrá decir Juan con que está en Eslovaquia? ¿Desde cuando alguien está en Eslovaquia, un domingo? No entiendo nada. No me puedo creer que alguien esté en un país que no sé dónde queda. ¿Dónde queda Eslovaquia? En mi cabeza, no, desde luego.

Ah, querrá decir que está fumado. Sí, eso será. Estoy en Eslovaquia... Jajajajaja: muy bueno, Juan (bebo un poco de café); estoy en Eslovaquia, tú siempre tan genial (enciendo un cigarrillo), Eslovaquia is´t on fire brotha...

A no ser que, realmente, Juan esté en Eslovaquia...

Reanudo la lectura de Zubizarreta Zubizarreta. Es un libro que se lee muy aprisa. Cuando me quiero dar cuenta, ya es un libro leído, es decir, un libro que me estorba en las manos. Lo meto en la cartera y saco Nocilla Dream. Me quedo mirando la foto del autor, tomada en Carson City, NV. Lo pone al pie: Agustín Fernández Mallo, Carson City, NV, 2006.

¿NV?

¿Qué país es NV?

¿Quedará cerca de Eslovaquia?

Creo que no voy a entender este libro.

lunes, 19 de marzo de 2007

Del rosa al amarillo

Llevo la misma camisa que mi editor. Es una camisa de Desigual, de color azul turquesa, con muchas letras escritas en el costado derecho, el punto final bordado directamente sobre el corazón. La camisa me gusta mucho y las letras no se ven por la chaqueta, que también me gusta mucho. Es de Danielle Alessandrini. Los vaqueros son de G-Star y también me gustan mucho. Mi amante está muy enfadada conmigo porque siempre le miro la marca de la ropa que se va quitando. Ella deja la falda sobre la silla y yo le miro la marca. Luego deja la blusa sobre la silla y le miro la marca. Luego me da un beso y yo echo de menos la marca. El amor no es una marca, sino un stock de invierno. La piel suda logos.

El caso.

Que estoy a las puertas de la editorial. Con mi camisa. Acabo de apretar el botón del telefonillo y no contestan. A mi espalda aparece de pronto Miguel Beige, ya sabéis, ese escritor que no se llama Miguel ni se apellida Beige pero al que pongo este nombre para no hacer promoción de su libros, tan, tan, tan jodidamente leídos: que no sea gracias a mí.

-¿No están? –Miguel.

-No contestan –yo.

-Estarán cambiándose.

-A lo mejor.

Miguel agarra el móvil y llama a su novia. Tiene una novia. Yo a su edad también quisiera tener una novia. De momento me conformo con el amor.

-Hola, estoy aquí con A. Sí, sí, trataré de... Sí, no se alargará mucho... Aunque luego ya sabes... A lo mejor te llamo desde la habitación de un hotel a las cinco de la mañana con una rubia despampanante al lado...

Miguel, a su novia.

Cuelga.

-Saludos de mi novia.

-Gracias. Oye –esperamos a la puerta de la editorial-, me ha encantado lo que escribiste el otro día.

Nota: realmente me ha encantado.

-Gracias.

Hablamos de lo que hablan los escritores entre sí. Ahora que soy escritor y hablo con escritores me doy cuenta de lo poco que me sorprende lo que hablan los escritores entre sí. Los escritores, entre sí, hablan de lo mismo de lo que habla todo el mundo: de sí mismos.

-Yo y mi libro –yo-. Mi libro. La crítica de mi libro en El cultural. Has leído mi libro. No está en la FNAC. No está en ninguna parte, mi libro. ¡No está en la FNAC mi libro me cago en Dios!

-Está en el escaparate de El bandido doblemente armado.

-¿Ah, sí? Jo.

-Sí, cabronazo.

Llega el editor. Lleva traje y corbata. Es el editor. Miguel no lleva corbata. Yo no llevo corbata. No editamos libros, sólo se los damos al señor de la corbata. Para que haga millones con ellos.

-¿No hay nadie? –el editor.

-No.

Abre la puerta. Subimos al ascensor. Llegamos al quinto piso. Entramos. Hace un calor infernal.

-¡Qué calor! –yo.

-Sí –el editor-, nadie se acuerda de... Mira que se lo digo: apagad la calefacción. Nada. Ni caso. Algún día van a venir a decirme: el culpable del cambio climático es usted. ¡Y tendrán razón!

Abrimos una ventana.

-¿Bebemos algo? –el editor.

Los que no editamos decimos que sí.

Bebemos ron en vasitos con hielos. Nos sentamos en una sala con sillones de cuero y muchos libros por todos lados. El editor nos enseña uno que recopila las portadas de Penguin.

-¡Qué buenas son! –yo.

Suena el timbre. Voy a abrir. Me gusta eso de abrirle a alguien la puerta de una editorial.

-Pasad, pasad –yo, ufano.

Son escritores y aledaños. Los aledaños llevan falda y enseguida se quitan los abrigos.

-Seguid quitandoos ropa, por favor –Miguel Beige, novelista con novia.

-... –yo, sin novia.

La jefe de prensa, que llevaba en su día el mismo abrigo que mi hermana pequeña, se me acerca.
-A, le regalamos una camisa igual al editor por su cumpleaños.

-Ah. Qué curioso.

Me deprimo. No quiero llevar la misma camisa que la gente va por ahí regalando a los editores independientes. Me pongo otro ron. Estoy muy deprimido porque mi camisa de Desigual es igual a una camisa que tiene mi editor en su casa, quién sabe junto a qué manuscritos rechazados.

-No le valía –aclara la jefe de prensa.

Eso no me hace más feliz, pero me hace más delgado.

Llega más gente. Escritores. Uno es David Torres, que creo que se llama así y si no se llama así ya no hace falta inventarle un pseudónimo. Por supuesto, no lleva corbata. También hay un chico muy delgado que traduce escritores checoeslovacos. Sólo por eso, no pienso hablar con él. Luego hay un escritor efectivamente checoeslovaco al que habrá que ir traduciendo poco a poco todos sus gestos. Un rollo.

Luego hay más chicas de la editorial que se quitan los abrigos.

Finalmente, tres escritores jóvenes: uno con corbata de rayas negras y blancas en horizontal, otro con sudadera con capucha y otro que se ganó un premio. Salimos.

Y vamos en mancha hacia el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde pomposamente se entrega el premio Lara a la mejor novela del año pasado. El premio lo ha ganado esta mañana Eduardo Mendoza y todavía no se puede decir. La verdad es que a casi todos nos da una pereza de la hostia decir que el premio lo ha ganado Eduardo Mendoza, por lo que no hace falta que nos amordacemos los unos a los otros con las invitaciones. Eduardo Mendoza: mi más sentida enhorabuena.

Mi editor me llama a un escaparate.

-A., mira –apunta dentro de la librería del Círculo de Bellas Artes-. Ahí está tu libro, para que luego digas que tu libro no está en ningún lado.

Veo mi libro.

-Ah, sí, ya nunca más diré que mi libro no está en ningún sitio. Lo juro por Dios.

Entramos en el Círculo de Bellas Artes. Hay un mogollón de gente asquerosa y Jesús Ferrero se me transfigura durante cinco minutos en Pedro Juan Gutiérrez.

-¿Es –pregunto a un escritor premiado en noviembre- Jesús Ferrero o Pedro Juan Gutiérrez?

-Es Ferrero.

-Ah, pues por la cara parecía escribir mejor –yo.

Suena mi móvil. Es un mensaje. Hago una llamada y digo: Sí, sí, ya estoy en esto, nada, la gente viste fatal, mucho peor que tú, pero fatal, no hay nadie famoso, uno que se cree Pedro Juan Gutiérrez y poco más, sí, sí, no miraré la marca de las bragas de nadie, no te preocupes, stock de amor, besitos. Cuelgo.

Entonces subimos las escaleras hasta un piso elevadísimo donde ponen canapés. Estoy muy a gusto con el escritor premiado en noviembre, que se llama Juan, y hablo con él de lo amarillo que son nuestros libros.

-Son muy amarillos –él.

-No tanto, tío. Son amarillo flan, pero amarillo de la parte de arriba del flan. Amarillo caramelo, casi naranja.

-No, joder: son amarillo chillón, de canarios, de canarios que vuelan y no de canarios con volcanes. Amarillo demasiado amarillo.

-No sé...

Entonces un tipo como Groucho Marx pero que, por necesidades necrológicas, no es precisamente Groucho Marx nos toma una foto como de paparazzi. Cuando le descubrimos ya tomó la foto, vamos.

El paparazzi dice mi nombre. Le doy la mano.

-Me gustó mucho tu libro. En abril sacamos una reseña.

-Ah, gracias –yo, entusiasmado.

-A mí nunca me sacáis –Juan.

El paparazzi desaparece.

-Vamos hacia allá, que hay menos gente –yo.

Tomamos otra cerveza de una bandeja y ocupamos un espacio poco poblado del salón. En alguna parte debe de haber gente de tronío, pero nos trae sin cuidado.

Hablamos de entrevistas en medios de comunicación impresa.

-Lo único que importa es la foto y el titular: lo demás da igual –Juan.

-Ah. A mí me han hecho unas entrevistas superidiotas, joder.

-Da igual. Foto y titular: luego que pregunten lo que quieran. No te molestes ni en leerlas.

-¿Que qué hacía yo en Japón? ¿Tú te crees, en una entrevista?

-Sí...

-Yo hago y he hecho entrevistas. A Miguel Beige. No sé. Me las curro. Me preocupo. Hago preguntas exclusivas. Te hago una entrevista, si quieres.

-Sí, quiero.

-Vale. Dame tu móvil.

Juan saca su móvil y empezamos el proceso telefónico.

-Mira, dice, para esto sirven estas cosas: para conseguir entrevistas.

Me río.

-Ya ves.

Ya tengo su teléfono. Nos convocan a bajar escaleras y sentarnos para la cena.

-Oye –Juan, en los escalones-, pero tú haces preguntas muy inteligentes. Que te he leído.

-Bueno, no sé –me derrito de vanidad.

La cena. Mesas redondas. Juan y yo nos sentamos juntos. A mi derecha está un escritor que se llama Luisgé Martín. Luego de él, el escritor de la corbata negra y blanca en rayas horizontales, luego la jefe de prensa, luego varias personas hasta Cristina Cerrada, luego Pedro Maestre, luego el editor que quita comas, luego Juan, luego yo. Vuelta a empezar.

Leemos el menú. Juan saca su móvil y le cuenta el menú a alguien. Luego la jefe de prensa dice una frase que me encanta (como me encanta eso de “vamos todos en mancha al Círculo de Bellas Artes"):

-Mirad, ¡Juan está reporteando la carta!

La carta/menú se hace realidad sobre los platos. Sí, sobre los platos, va depositándose con precisión bíblica lo que dice el cartón del menú. Sopa. Lubina. Postres. Café. Ya está.
Entre una cosa y otra le han dado un premio a: uno que escribe sobre catedrales, a: Eduardo Lago, y a: Eduardo Mendoza.

-Eduardo Mendoza –exclaman con ironía inegablemente literaria varios escritores de mi mesa-: ¡qué sorpresa, joder!

Eduardo Mendoza hace un discurso desde una pantalla de televisión. Dice: “Aunque pueda parecer lo contrario, los escritores consagrados también necesitamos que nos premien.”

¡Qué cojones tiene Eduardo Mendoza!: esto lo pienso yo en exclusiva.

Al fondo, en una mesa cualesquiera, veo a Care Santos. Me apetece decirle hola pero no le digo nada. Luego veo a Spido Freire, a la que realmente no me apetece nada saludar. Luego veo a Pere Gimferrer. Luego veo a Alberto Ruiz Gallardón y a Esperanza Aguirre. También veo a una como Rosa Regás y a otra como Carmen Posadas y a otra como, no sé, Carmen de Burgos. Es decir: señoras. Luego veo a una jovencita preciosa vestida de rojo.

-¿Quién es?

Me dicen quién es.

-Está buenísima –yo.

-Si quieres te la presento –alguien.

-Está buenísima –yo.

-Su libro va de Colón –alguien.

-Está buenísima –yo.

-Lo publica... –alguien.

-Está tan buenísima... –yo.

Si no fuera porque voy embalado, aquí dejaría un espacio en blanco. Pero no: lo que sigue es un bar llamado Cock. Están todos los que estaban en la cena salvo los que tenían cosas mejores que hacer. La jovencita preciosa vestida de rojo no tenía nada mejor que hacer.

-Está buenísima –yo, imperdonable.

-¿Quieres que te la presente o no?

-...

-¡Pues cállate!

En el Cock hago corrillo con Juan y Pedro Maestre. El editor de comas también está con nosotros.

-Para mí tú eres un icono literario –le digo a Pedro Maestre-. Junto a Ray Loriga y José Ángel Mañas. Te lo digo en serio.

Pedro Maestre es muy tierno y nos cuenta lo de su premio Nadal. Un montón de cotilleo. En el fondo el cotilleo no sirve para nada: me doy cuenta luego.

A continuación hago una defensa cerrada de la calidad literaria de Ray Loriga. Esto lo digo por si Ray Loriga quiere en algún momento hacer una defensa cerrada de mi calidad literaria. No por otra cosa.

Vemos a Eduardo Lago hablar con la jovencita preciosa vestida de rojo.

-Yo también quiero ser director del Cervantes de Nueva York –yo.

Las horas que siguen van llenándose de opiniones literarias tajantes. Cada día me molestan más las opiniones literarias tajantes y hago propósito de nunca más decir nada tajante sobre ningún escritor. En un momento u otro, un argentino rapado al cero y con gafitas y chaqueta está hablando en nuestro corrillo. Como la cosa va del premio Nadal, sale a relucir el nombre del último ganador. El argentino con gafitas dice:

-Benítez Reyes es de los pocos autores españoles que respeto.

Me dan ganas de vomitar. Miro al argentino y no dejo de pensar que este tío “respeta” a Benítez Reyes. Me pregunto si a mí, de leerme, me “respetaría”; es fascinante lo mucho que temo que este tío no me “respete”; si no me “respeta” este tío creo que me arrancaría las manos y las dejaría en un banco de Lavapiés; necesito su “respeto” tanto como que me den por el culo: lo necesito mucho; el “respeto” que este argentino con gafitas profesa o no profesa a los autores vivos me debería ser reporteado a menudo, en un newsletter bautizable como “los autores que respeto y los autores que no respeto YO”, porque si él me “respeta” entonces vamos bien; pero sí este tío no me “respeta”, jo, me cago en mi madre, no puedo dormir por las noches y sí por los días, para no tener presenta a la luz del sol que este tío me “respeta” o no me “respeta”; ¿me “respetará” este tío?, es algo que aún hoy, a esta hora en la que escribo, en la que recuerdo que “respeta” a Benítez Reyes, me ando preguntando con lancinante curiosidad.

domingo, 4 de marzo de 2007

Noruega

La jefe de prensa lleva el mismo abrigo que Elena Anaya y que mi hermana. Es algo que me hace feliz un poco. Yo elegí un abrigo similar para mi hermana y la jefe de prensa ha elegido un abrigo similar para ella misma. Las personas son distintas pero los abrigos, muchas veces, son iguales. Esto me hace pensar en que si juntamos a Elena Anaya, a la jefe de prensa y a mi hermana en una habitación con sus abrigos idénticos puestos, todas serían hermanas mías. Lo malo es que todas se quitarían los abrigos enseguida, para tener personalidad cada una por su parte, y yo de inmediato me convertiría en pariente de un guardarropa.

-Hola, A. –la jefe de prensa.

-Hola, jefe de prensa –yo.

La librería está cuajadita de gente. La librería se llama Tierra de Fuego y vende guías de viaje. También vende novelas pero, sobre todo, merca con guías. Las guías están en sus anaqueles, ordenadas y evidentes. La guía titulada Japón va de Japón. La guía titulada Estados Unidos va de Estados Unidos. La guía titulada China de Portugal no va, claro. No apetece ni hojearlas.

-¿Ha venido el autor? –esta pregunta se la hace una chica a la jefe de prensa.

-No. Todavía no –la jefe de prensa saca su móvil y empieza a ignorarme. Me alejo.

Al fondo de la librería hay un pasillito y una persona con folletos. Es una mujer que sonríe. Me da uno cuando paso a su lado. Superado el pasillito encuentro una sala con sillas de tijera que miran hacia un estrado con mesa y sillas de tijera tras la mesa. En las sillas mayoritarias hay muchos noruegos. En las sillas escasas, tras la mesa, no hay nadie.

Veo a la jefe de prensa ir y venir por la sala con el móvil pegado a su impaciencia. “No sé dónde está...”, oigo que dice.

Veo una silla libre y pido a un señor muy robusto que me deje ocuparla. Me deja. Me siento con el abrigo puesto y enseguida me muero de calor. He colocado mi cartera entre mis piernas y ahora hojeo el folleto que me dio la persona sonriente. Leo el nombre del autor y leo que nació en Noruega, como si eso me fuera a impresionar a estas alturas del atlas. Luego leo el título de su libro y lo que la crítica ha dicho de sus libros anteriores. El autor noruego es un genio, como comprenderán. Luego leo el texto que da inicio a su nueva novela, en cuya presentación me hallo.

Meto el folleto en un bolsillo de mi cartera. Estoy por sacar El buen soldado, de Ford Madox Ford, pero me parece de mal gusto leer en mitad de una presentación literaria. Es como utilizar el ipod en mitad de un concierto. No tengo ipod.

El señor de mi derecha, el que dije que era robusto y sigue siéndolo, huele con intensidad. Debe de tener 50 años. Huele como paternal. Simplemente, en este instante, pienso que no quiero envejecer y que prefiero, de hecho, cabalmente, morirme mañana.

Dejo de oler al señor y empiezo a escucharle. Me habla.

-Yo me voy a ir... Llevo desde... ¡Desde las siete!

-Vaya –me veo obligado a replicar.

-Sí. Se me paró el reloj, es de esos... De esos que... Me lo quité y se retrasó una hora.

-¿De esos que funcionan con el pulso?

-Me lo puse y llegué a las siete. Una hora aquí. Como no venga... ¿Sabe si va a venir? Yo es que me voy.

-El autor parece que se retrasa. Pero supongo que vendrá.
-¿Usted conoce la editorial que lo publica?

El señor me señala en el folleto el nombre de la editorial que también me publica a mí.

-No –digo.

-No la había oído nombrar.

-...

-Pero está bien que publiquen cosas nuevas, ¿verdad? Las de mi tiempo ya no son lo que eran.

-Sí. Ahora sólo publican medianías y liliputienses mentales.

-¿Decía?

-Nada. Mire: un noruego.

El noruego es el autor y camina con decisión hacia la mesa-estrado. Es alto. La gente por aquí es muy alta y muy noruega.

La presentación se inicia con una presentación de la presentación. Esto corre a cargo de alguien de la librería Tierra de fuego. Luego continúa, la presentación, con la presentación de un editor noruego, que presenta en términos generales. Luego, la presentación da paso a un presentador del autor que presenta al autor, al libro nuevo del autor y a Noruega. Este presentador es muy exitoso y dice cosas muy chispeantes. Miro mi reloj y han pasado cincuenta minutos de presentaciones de la presentación. Entonces el escritor noruega se presenta a sí mismo y a su novela y lee un cuento sobre arte contemporáneo y barcas bamboleantes. Aplausos.

-¿Te ha gustado la presentación? –la jefe de prensa, ya en la librería propiamente dicha, donde empiezan a servir salmón y champán en vasos de plástico.

-Sí, me ha gustado mucho.

Una señora empieza a distribuir, con ayuda de una bandeja, los vasos de plástico con champán. Otra provee a los asistentes a la presentación de canapés de salmón noruego cien por cien literario. Se habla mucho y se señalan guías en los estantes.

-¿Me pasas un vaso de champán, A.? –la jefe de prensa.

-Sí –yo.

Tengo a la distribuidora de vasos de plástico con champán a mi lado. Estiro la mano, declino la tentadora cercanía de una vaso con poco champán y me decido por uno lleno hasta arriba. Lo levanto de la bandeja, muevo el brazo horizontalmente para hacerlo llegar a las manos de la jefe de prensa y el hombro de la distribuidora de champán en vasos de plástico intercepta mi servil misión y hace que el vaso caiga al suelo, donde el champán forma un charco enorme, no parecido formalmente a Noruega en lo más mínimo.

-¡Mi puta madre! –pienso.

Me acuclillo para alzar el vaso vacío del suelo. Lo pongo sobre la bandeja.

-Perdón. Lo siento mucho. Le suplico su perdón.

La distribuidora de champán en vasos de plástico no me perdona.

-Ahora habrá que limpiarlo todo... Psché... Ahora... –y mira hacia el fondo de su librería.

La jefe de prensa se ríe de mí mucho.

Me voy.

Me recluyo en el pasillito, donde el autor noruego muy alto y que hace cuentos sobre barcas bamboleantes está firmando ejemplares de su libro a fanáticas de su obra. Me miro los zapatos y los tengo constelados de gotitas de champán.

-Muchas gracias. Muy amable –el autor noruego.

Una nueva fanática le pide la firma.

Yo dejo de mirarle y dirijo mi atención hacia el gentío canapetista. El salmón circula como glóbulos rosas por toda la sala. La distribuidora de champán va y viene. Veo el abrigo de la jefe de prensa colgado del bolso de un hombre que me da la espalda. Entran más personas en la librería y la masa de asistentes se remueve un poco para integrarlos. Todo es ajeno.

Abro una guía titulada Dinamarca. Hojeo la guía durante quince minutos. Juraría que de Dinamarca no va.

lunes, 19 de febrero de 2007

Grifo

Acabo de apagar la televisión. He puesto el mando a distancia sobre la mesa y me he quedado mirando el mando a distancia sobre la mesa. Es feo, tiene la pila sujeta por un cartón y cinta adhesiva y los botones no funcionan. Vamos, hay que clavarle la uña al botón para que funcione y el canal correspondiente te aburra y te haga clavarle la uña al botón siguiente y el canal te aburra y claves la uña al botón siguiente y todo te aburra y claves la uña al botón definitivo y la tele se apague y dejes el mando a distancia sobre la mesa y te quedes mirándolo. El zapping es una especie de manicura.

Mientras miro el mando a distancia, fumo. Expulso el humo sin dejar de mirar el 5. Cuando acabo de fumar apago el cigarrillo, con cuidado de no tiznarme las yemas de los dedos de ceniza, en un cenicero y luego me levanto para lavarme los dientes.

En el cuarto de baño, mientras me cepillo los dientes y las muelas y los empastes y las coronas y las filtraciones, miro cosas. El grifo de la ducha. Es de bronce y está cubierto de cal. Los mandos son redondos, de cristal o plástico vítreo, tallados en pequeñas pirámides pungentes. Desde hace dos días, el de la derecha no funciona.

He cogido dos destornilladores y unos alicates. He vuelto al cuarto de baño y me he metido en la bañera. Me quité las zapatillas, y siento la humedad del fondo de la bañera en la planta de los pies. Me acuclillo. Los mandos del grifo tiene unas tapas de metal en el centro. En el grifo de la izquierda la tapa está marcada con una C, mientras que en el grifo de la derecha la tapita metálica muestra una F. Quiero desmontar el grifo de la derecha pero no veo tornillos. Tomo los alicates y trato de abarcar la tapita de la F por el borde. No cede. Tomo un destornillador, y con el mango, le doy unos golpes a la tapa por ver si se afloja. Luego aplico de nuevo los alicates y consigo hacer girar la F, que va quedando boca abajo, tumbada, boca arriba, hasta que la tapita se desenrosca por completo y veo el tornillo.

Meto la punta de un destornillador y giro el tornillo hacia un lado. Luego abro el grifo del agua fría y no sale agua fría. No sale nada. De modo que giro el tornillo para el otro lado durante un rato y pruebo de nuevo. No sale agua.

Ahora estoy usando los alicates para hacer girar la tuerca que une el grifo del agua fría a la toma de agua. He cerrado antes la llave general. La tuerca está bastante floja y es fácil. Enseguida el grifo queda separado de la tubería y un chorrito de agua se desmaya sobre la bañera.
Hago lo mismo con el grifo del agua caliente. Pienso que, si no puedo arreglar el grifo del agua fría, podré al menos desmontar todo el grifo y limpiarlo y hacer que su presencia en la bañera sea menos catastrófica.

En un momento dado, estoy con el grifo en las manos. Pesa cerca de dos kilos. Miro las tuberías en la pared, dos agujeros de sebo y suciedad por las que circula el agua con el que me ducho cada día. Entonces pienso que podría comprar un grifo nuevo y ponerlo y ser un poco más feliz. La idea del grifo nuevo es como un tren que hace mucho ruido porque si no te subes se irá para siempre. Estoy nervioso.

Me miro el reloj. Son las ocho y cuarto de la noche. No sé dónde venden grifos porque yo nunca he comprado grifos. Ni puertas. Ni coches. Ni casi nada. He metido el grifo de dos kilos de peso en una bolsa de plástico y me he puesto el abrigo sobre el pijama y, luego, un pantalón vaquero sobre el pijama, los zapatos, y he salido corriendo de mi casa. Busco un grifo.

Como he comprado tornillos una vez, recuerdo la ferretería. Está cerca. Camino con rapidez hasta divisarla y veo que tiene luz en su interior. La puerta, sin embargo, está cerrada. Me asomo por el escaparate y veo a unos clientes rezagados esperar junto al mostrador. No veo al dueño, pero aún así empiezo a golpear los cristales con los nudillos, para llamar la atención de alguien y que me abran.

Cuando consigo mi objetivo, el dueño de la ferretería me dice que grifos no tienen, que eso es en “Saneamientos”. Y señala hacia la parte alta de la calle, donde enseguida leo “Saneamientos” en un cartel luminoso, todavía encendido. Corro hacia allá.

Igualmente (son las ocho y media de la noche) la tienda de saneamientos tiene luz, clientes últimos y la puerta cerrada. Igualmente, golpeo con los nudillos el cristal de la puerta para que vengan a abrirme y pueda mendigarles un grifo. El hombre que me abre es gordo, lleva ropa de trabajo y fuma asquerosamente un cigarrillo exhausto.

En el mostrador, la dueña, una ama de casa que vende bidets, hace cuentas con una calculadora.

-Ahora te atiendo –dice.

Yo le doy las gracias y miro los lavabos, las cisternas, los espejos, las bañeras. Veo unos grifos que son como mi grifo y espero ahorrarle trabajo a la dueña de la tienda diciéndole sin más: deme ese.

-Bien, ¿qué querías?

-Un grifo.

Pongo la bolsa sobre la mesa y hago asomar kilo y medio de los dos kilos de mi grifo de bronce de la edad del ídem.

-Dios mío –exclama la dueña de la tienda.

-Creo que con ese me valdría –digo, y señalo el grifo a mi espalda.

-Ése es un grifo de fregadero: lo que tú quieres es un grifo de bañera.

-Ah.
La dueña saca una cinta métrica no especialmente iridiada y mide la distancia entre las dos tomas de agua de mi grifo.

-Quince centímetros. ¿Lo quieres monomando?

-... –no sé de qué me habla.

-Voy a por ellos y los ves.

La dueña se mete en la trastienda y el hombre gordo sigue fumando su cigarrillo y mirándose la barriga en un espejo con las bombillas apagadas. Todo está muy limpio en esta tienda.

-Aquí tienes.

Son dos cajas de carton sin dibujo ni letras. Abre una y veo el grifo monomando y luego abre la otra y veo el grifo que quiero.

-Quiero este. ¿Cuánto cuesta?

Me dice cuanto cuesta y, como siempre que estoy comprando cosas que nunca he comprado ni considerado, me doy cuenta de que podrían cobrarme diez veces más y yo pagaría sin pestañear.
Me llevo mi grifo de dos kilos de bronce en una bolsa y una mano y el grifo nuevo que brilla mucho y viene en bolsitas de plástico y burbujitas en otra bolsa y otra mano.
Llego a mi casa. Tiro el abrigo sobre la cama, me descalzo, me quito los pantalones.
Entro en pijama en el cuarto de baño.

Abro la caja de cartón sin marcas y voy extrayendo las piezas del grifo. La principal es el grifo en sí mismo, que encaja perfectamente en los ojos sucios con que las tuberías me miran desde la pared. Pero antes he de poner una cazoletas de metal para que quede bonito y no se vea la rosca de las tuberías cuando apriete del todo las tuercas. Estoy como loco por ver el grifo nuevo manando agua nueva sobre mi vida nueva y trabajo con histeria, furor, una fontanera felicidad. Entonces me doy un tajo con el filo de una cazoleta y mi dedo empieza a sangrar. Me lo chupo un poco y sigo sin reparar más en la herida. Es pequeña.

Voy aprentando las tuercas con los alicates. Enseguida el grifo consuma el destronamiento de su predecesor y toda la casa brilla sobre la superficie del grifo nuevo. Luego conecto el tubo de la ducha a la parte baja del grifo y a la alcachofa de la ducha. Y coloco el aplique para la alcachofa en la pared, utilizando el agujero en el que estaba el aplique de la otra ducha, la vieja, que no sirve para los nuevos tiempos.

Todo ha terminado. Me sobran algunas tuercas y tornillos y pernos pero me da igual. Los meto en la caja de cartón con los plásticos y las burbujas y cierro la caja de cartón. La bañera está llena de gotas de agua sucia y el suelo del cuarto de baño está empantanado.

Me dirijo, descalzo, a la cocina. Dejo la caja de cartón con los restos del grifo nuevo en un armario y me acuclillo para abrir de nuevo la llave general del agua, la llave de paso.

Se trata de una llave larga, de movimiento simple: si está alineada con la tubería sobre la que surge, está abierta; si está en posición perpendicular a la tubería que corona, está cerrada. Esto me lo enseñó mi padre cuando yo tenía diez años.

Pongo la mano sobre la llave, miro en dirección al cuarto de baño, y la giro deseando que todo esté por fin en su sitio.

domingo, 11 de febrero de 2007

Yo ya estaba triste antes de que empezara a llover

La Casa del Libro está cerrada por inventario. Eso pone en un folio apaisado que pegaron al cristal de la puerta. En los escaparates de la Casa del Libro hay diccionarios muy gordos en los que caben todas las palabras del mundo. Inventario debe de andar por la página trescientos catorce.

La Fnac nunca cierra. La Fnac es un centro comercial que abrieron cuando vine a vivir a Madrid y, en cierto sentido, tengo ganas de que cierre. Cuando cierre la Fnac, cuando cambie de nombre, cuando la vuelen por los aires con todos sus chalecos verdes y sus escaleras mecánicas, creo que el mundo será un lugar más joven que yo: probablemente vomitaré.

De momento, la Fnac sigue ostentado su impronunciable nombre y sigue en pie, con discos por aquí, libros por allá y muchos chalecos verdes. Soy joven. Puedo escuchar los últimos cedés en las máquinas de escuchar cedés y alcanzar los libros del estante superior sin pedir ayuda. Puedo reírme de la compra del que está delante de mí en la caja y lucir mis adquisiciones ante el cliente que viene detrás. Puedo, sobre todo, encontrar caras las cosas, que es el placer más delicioso de la juventud.

Melody AM de Royksopp: 17 euros. ¡Ni de coña!

Al final me he comprado Hot Fuss, de The Killer, por seis euros.

Cuando he salido a la calle Preciados, con mi cedé nuevo en su bolsa de plástico, y el libro que estoy leyendo (Esferas III, de Peter Sloterditj) he mirado mi teléfono móvil. La hora. Las llamadas. No había llamadas. Horas había dos. Las de comer.

Ahora estoy caminando en busca de un lugar para comer. Me vienen a la cabeza imágenes de las cosas fascinantes y totalmente narrables que he hecho en los últimos días. Pienso en que debería escribir sobre mi charla ante setenta personas. Fue muy narrable. Estuve brillante y vendí dieciséis libros. Luego firmé siete. Una chica de 16 años estaba absolutamente encantada de conocerme. La entrevista que me hizo una reportera de melena rubia también fue jugosa. Era para un programa muy dinámico de un canal regional. La reportera traía una caja con un papel dentro. En el papel el entrevistado anterior había dejado una pregunta para el entrevistado de hoy, que a su vez, tras responderla, había de dejar una pregunta para el entrevistado subsiguiente. La pregunta que me dejó Alejandra Vallejo Nájera era: ¿Qué tiene que hacer un tipo para ser feliz? La respuesta que di fue: Qué pregunta tan sencilla. Me basta (sí, esto lo estoy diciendo yo al mundo) con citar a Jonathan Swift: La felicidad es la posesión perpetua de una agradable ilusión. Ya está. Luego (debería narrar esto, jo) escribí mi pregunta: ¿Dónde están todas esas personas que no hemos vuelto a ver?

Espero que no estén aquí cerca, pensé.

Sigo paseando por la Gran Vía buscando un sitio para comer. Vips, no. Restaurantes con menú, no. Sitios con gente, no.

Pienso en más cosas narrables. Follar siempre es narrable. Al menos yo nunca lo hago sin pensar que debe pasar a la historia de la literatura. Pero hablar de sexo me da pudor. Sobre todo si no voy a decir polla, coño, se corrió, me corrí, en su boca, etcétera. Si alguna vez escribo sobre sexo voy a tener un montón de problemas el día de Navidad.

Se ha acabado la Gran Vía. Se me han acabado los argumentos narrativos. Lo único que queda es una nube gris muy grande, sin esquinas. Me pongo debajo de la nube gris mientras cruzo Plaza de España. El edifio España está completamente abandonado. No hay ni una tiendita abierta. Me acuerdo de que cuando llegué a Madrid me quedé muy impresionado al ver a Jesús Hermida entrar en un restaurante italiano que había en el edificio España. Pobre Jesús Hermida: qué viejo es que le cerraron los restaurantes.

Me apetece comida rápida: un bocadillo, y estoy a punto de llegar al Pans and Company de Princesa. Está justo después de la sala Heineken. Llego y veo que está cerrado. Tienen todo el escaparate cegado con una enorme pegatina amarilla, y en ella han puesto: Nos estamos poniendo guapos. ¡Pero qué guays son las empresas del siglo XXI, joder!

En la plaza de los cubos está el Macdonalds, el Burger King, el Vips y el Starbucks. No me apetece ninguno. Miro las películas en el cine de la plaza de los cubos. No me apetece ninguna. Luego bajo las escaleras del pasaje y miro las películas en el cine del pasaje. Me apetece Juegos secretos porque su director hizo una película maravillosa, In the bedroom, y además en esta nueva película del cineasta salen personas desnudas en el poster. Salgo del pasaje y estoy en la calle Martín de los Heros. No hay nadie en la calle Martín de los Heros. Avanzo un poco hacia plaza de España y me paro a ver las películas del cine Alphaville. Ahora el cine Alphaville se llama Golem y no tiene nada que ver con el cine Alphaville porque las puertas son distintas y hay muchas y todo el cine Golem (antes Alphaville) son puertas. En cuatro de ellas pone “Salida”. En ninguna pone "entrada". El cine está cerrado. Veo que pasan Shortbus a las 16.30 horas. Luego miro las fotos de Shortbus y las críticas de Shortbus. Me apetece. Entonces me doy la vuelta y recorro con la vista la calle Martín de los Heros. No hay absolutamente nadie. Todos los bares están cerrados. La nube gris sigue sobre mi cabeza. Hay un andamio enorme pegado a un edificio y cubierto con una malla verde. El viento ha desprendido un extremo de la malla verde y lo mueve pausadamente sobre el cielo de la calle. Me quedo mirando cómo se mueve durante treinta segundos.

Camino, con mi libro y mi cedé nuevo, en busca de un lugar donde comer. Todo está cerrado o lleno de gente. Un lugar llamado Cáscaras me tienta porque tiene libros por todas partes. Luego decido ir a Conde Duque. No encuentro un sitio que me guste. En la calle La Palma antes ponían pitas danesas en un bar llamado El Sueco. Está cerrado. El café La Palma se me presenta como único refugio. Está cerrado. Bajo hasta San Bernardo. Todo está cerrado. Por una bocacalle se me insinúa El Boña... No puedo comer en sitios cuyo nombre me recuerda la mierda. Sigo. Estoy de nuevo en la Gran Vía. Sigo. Estoy de nuevo en Plaza de España. Sigo. Nos estamos poniendo guapos. Sigo. El pasaje. Juegos secretos. Sigo. Martín de los Heros. Sigo. El viento agita la malla verde.

El café de las Estrellas parece abierto. Me asomo. No hay nadie, salvo la camarera, muy guapa, que me mira. Bajo el picaporte de la puerta y la puerta está cerrada.

Jo.

El bar de al lado sí está abierto. Entro, bajo los escalones. Es un bar húmedo, de mesas sudorosas y barra atestada de comida muerta. El dueño apenas me saluda y está la televisión muy alta. El telediario. Hablan de seis personas fallecidas en una “galería de agua”.

-Hola –yo.

-() –el dueño.

-Un café con leche, por favor.

Dejo mis cosas sobre una mesa. Miro la tele mientras me quito la cazadora. Me acerco a la barra y toco la taza con mi café con leche. Ni siquiera está templada. La llevo a la mesa y veo el telediario. Me pongo a leer.

Entra una señora. La veo bajar las escaleras. Tiene como cincuenta años.

Se acerca a la barra.

-Un café con leche, por favor.

El dueño se lo pone.

-Oiga, ¿sabe a qué hora abren los cines?

-No –dice el dueño-, yo sé a qué hora abro yo, no a qué hora abren los cines. Ni a veces a qué hora abro yo.

Reconozco que siento admiración por los hijos de puta. Siempre tienen frases cojonudas.

Dejé el café a la mitad. Pagué un euro diez.

Ahora doy vueltas a la manzana. Al enfilar por rutinarianésima vez la calle Princesa, veo a un hombre apoyado en la pared de la sala Heineken. Se está poniendo un zapato. Tiene una mano apoyada en la sala de conciertos y la otra en el empeine del zapato. Sobre el suelo, una bolsa de plástico con una caja cuadrangular dentro. A unos metros de él, hay cuatro personas de su edad. Lo miran. El señor acaba de encajarse el zapato, se agacha para recoger la bolsa, y avanza hacia sus amigos. Lleva un zapato de cada clase. Sus amigos se ríen. Yo me río. Les dejo atrás.

Cuando ya he dado cuatro vueltas a la manzana, me digo a mí mismo: ¡Ni una chica guapa en todo el día!

El cine Golem ya abrió. La taquillera me pregunta qué fila prefiero. Le digo que me da igual.

Entro en la sala dos. Ocupo mi asiento. Detrás de mí hay tres hombres que no paran de hablar. Luego sigue entrando gente y la gente no para de hablar. Sufro mucho mientras empiezan las películas en los cines.

Me entretengo constatando que el noventa por ciento de los espectadores son homosexuales. Creo que no le hago mal a nadie constatando.

Javier Cámara está en la fila cuatro, un poco a mi derecha.

La película empieza. Está bonito el arranque de la película porque sale Nueva York hecho en cartón de colores y la cámara se mete por las ventanas para ver cómo folla la gente. Luego se acaba lo del cartón y la película de carne y hueso es muy mala.

Salen muchas pollas. Son pollas grandes con dueño muy guapos. También hay una sexóloga asiática que se pasa toda la película metiéndose cosas por el coño.

Esta película gustó mucho en Cannes.

Odio al protagonista. No dejo de resoplar cada vez que sale su cara y cada vez que se filma con su cámara de vídeo porque se quiere suicidar y su novio no lo sabe. Luego sale la sexóloga que no deja de meterse cosas por el coño y me animo un poco. Pero enseguida el tipo que se quiere suicidar vuelve a las andadas. Llora que da asco. No dejo de mirar la hora en mi teléfono móvil.

La película se ha terminado con que todos son felices y encuentran el amor. Yo ya he dicho que es mala.

Salgo. Camino por Martín de los Heros. Debajo del andamio, que tiene un hueco para que pasen los peatones, hay un mendigo barbudo con un tetrabrick de Cumbres de Gredos al lado, abierto. Paso por Plaza de España. Empieza a llover. Me pongo la capucha de mi cazadora y me da mucha pena que se me moje Peter Sloterdijk. Trato de meter a Peter en la bolsa de la Fnac, pero no cabe.

Subo la Gran Vía. Paso por la plaza de Callao. En el cine de la plaza hay dos mendigos besándose. Bajo Preciados. En el Corte Inglés venden el último premio Nadal a 19 euros. Sol.

Llueve.

Hay un autobús para donar sangre. Pienso en donar un poco de sangre. No.
Plaza de Benavente. Espero mi autobús. No viene. Miro el teatro que hay enfrente. Digo en voz alta: “No me lo puedo creer”.

Lo cierto es que no sé cómo se llamaba el teatro antes. Ahora la palabra teatro aparece con diéresis sobre la A. Así: Teätro. Y es que el teatro se llama ahora: Teatro Häagen Dazs.