viernes, 27 de febrero de 2009

En las ciudades, de Hilario J. Rodríguez


«Imagina que estás viendo una película ambientada en Nueva York a finales del siglo XX. Una de las secuencias muestra a un matrimonio hablando de forma despreocupada. Son Tom Cruise y Nicole Kidman. Él de pronto asegura conocer a las mujeres, en general; y a ella ese comentario le molesta. “¿Te acuerdas del último verano en Cape Cod? Estábamos alojados en un hotel y desde la ventana de nuestra habitación podíamos ver las olas rompiendo sobre la arena de la playa. ¿Recuerdas que una de las noches, mientras cenábamos, había tres oficiales de marina sentados cerca de nosotros? Uno recibió un telegrama y tuvo que irse. Pero quizás no le prestase. Yo lo había visto antes, subiendo las escaleras esa misma mañana. Al cruzarme con él, me detuve unos instantes. Dos días después de la cena, Helena fue al cine con una amiga y nosotros hicimos el amor. Aunque luego comenzamos a hacer planes y yo me reía, sólo pensaba en el oficial, pensaba que si aquel hombre me hubiese pedido que me fuera con él una noche os habría abandonado a ti y a Helena sin dudarlo, una noche habría sido suficiente…” Ahora imagina que eres Tom Cruise y que acabas de escuchar cómo tu esposa te contaba todo lo anterior y que estás a punto de salir a la calle. Imagina si la ciudad que encontrarás es la misma de otras veces, Nueva York a finales del siglo XX, o es otra. Y recuerda que cuando abras este libro, seguramente encontrarás en él ciudades reales e imaginarias, ciudades que creías conocer y que ahora te resultarán extrañas, ciudades donde el cine se confunde con los viajes y las derivas, ciudades que estaban y ya no están.»

Pocas presentaciones mejores que ésta para En las ciudades, libro de inminente aparición, escrita para su contraportada por Hilario J. Rodríguez, colaborador de LITERARIAS, a partir de un pasaje del filme Eyes Wide Shut. Editado por la Filmoteca de Extremadura, el Festival Solidario de Cine Español de Cáceres y Notorius Ediciones, En las ciudades viene a engrosar la nómina de la ya, por fortuna, longeva colección “Versión Original”, iniciada allá por 1997 con el volumen de Ana Alonso Literatura y Cine:la relación entre la palabra y la imagen. Y lo hace proponiéndonos un sugestivo viaje por diversas ciudades que no sólo están hechas de asfalto y hormigón, historia y ficción, realidades y deseos, tinta y papel, fotogramas y celuloide… pues tales ciudades se componen, como tantas otras, de todo eso y mucho más.

De demostrárnoslo y hacernos partícipes de ello se encarga el importante grupo de autores de En las ciudades, que por orden alfabético son: Pilar Adón, Juan Bonilla, Jordi Cantavella, José María Conget, Óscar Esquivias, Esther García Llovet, José Luis García Martín, Cristina Grande, Manuel Hidalgo, Eduardo Jordá, José Luis de Juan, José María Latorre, Francesc Miralles, Alberto Olmos, Julio José Ordovás, Pilar Pedraza, el propio Hilario J. Rodríguez, Miguel Sanfeliu, Fernando Sanmartín, Care Santos, Lorenzo Silva, Francisco Solano y Nuria Vidal.

Fuente

viernes, 13 de febrero de 2009

Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder (nota del editor)

Finalmente, aprovechando que hoy ha salido el libro, copio y pego la Nota del editor que aparece al final de Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, nota escrita por mí en calidad de antólogo y autor intelectual del proyecto.

Como puede verse, su redacción responde a un tiempo muy lejano: agosto de 2008.

El tiempo pasa y, a veces, las cosas también pasan.

Suceden.

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NOTA DEL EDITOR

Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder es una obra colectiva fruto de una impresión personal: en Internet hay mucho porno y mucha libertad, porque quizá la libertad es la pornografía del pensamiento. Esta impresión me llevó a soñar con un libro que recogiera un puñado de voces sin excesiva ambición literaria pero, quizá por eso, cargadas de honestidad. Lo literario, muchas veces, está en el papel donde se imprime.

En un principio, la idea apuntaba exclusivamente a los blogs, esos sites donde tantos y tantos aspirantes a escritor cuelgan sus creaciones para darles mayor difusión y batirse un poco con la opinión ajena. Sin embargo, analizados más en detenimiento, estos blogs netamente literarios me resultaron casi anti-internautas: no había mucha diferencia entre su contenido y el que, tradicionalmente, esperaba su oportunidad (en forma de manuscrito o mecanoscrito) en el cajón de un joven letraherido.

Primeramente, me di cuenta de que para realizar una novela a partir de Internet habría que privilegiar los textos que tuvieran más de documento que de literatura, y que la literatura que haríamos con ellos sería una literatura que no se sabe tal. Era más jugoso el testimonio del hoy (apelaciones a la tecnología y las nuevas formas de comunicación, jeremiadas y quejas sociales varias) que la calidad literaria (cuentos correctos inéditos hay muchos en la Red). Después, comprendí que antologar posts interesantes era demasiado simple, y que una obra que quisiera reflejar “lo que pasa en Internet” tenía que seguir las reglas del medio e incluir todo el paratexto con que habitualmente nos tropezamos al navegar: mails, spam, mensajería instantánea, avisos robóticos...

En esta novela, por tanto, hemos simulado navegar por Internet. Y para ello he recurrido a un gusto instintivo, caprichoso, secuencial a veces y otras arbitrario, en el que se mezclan piezas de blogs y sites que visito a menudo (este libro es, entre otras cosas, una confesión de cookies) con extractos de webs que, de no estar predispuesto a espigarlas, nunca hubiera sido capaz de localizar de nuevo.

Por ello, es interesante comentar que el trabajo de campo para poder armar este volumen había sido ya hecho, dada mi propia y habitual comparecencia en la Red, y que el mayor esfuerzo ha consistido en renunciar a la perfección estructural y lingüística en favor de una sana anarquía cuyo motor muy bien puede definirse como curiosidad emocional.

Después de esta nota incluyo los “créditos” de la novela. Quiero agradecer a los contribuidores principales (María García Abril, David Capón, Diana Nuño y Daniela Franco) su generosa y desinteresada colaboración. También reconocer las aportaciones no sólo autorales, sino sobre todo de localización de textos curiosos, realizadas por Cristina Gil y Luis Rubén León.

Finalmente, el editor de este libro, Constantino Bértolo, con su insólita despreocupación y fe ciega, me hace poder repetir lo que, en la película Ed Wood, le dice Orson Welles al chapucero cineasta sobre Ciudadano Kane: “Sólo en esa película tuve el control total”.

Alberto Olmos

Madrid, 29 de agosto de 2008

miércoles, 4 de febrero de 2009

Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder (contratapa)

Copio y pego la cuarta de cubierta, contratapa, lo de atrás de Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder .

Es un texto escrito por los responsables de Caballo de Troya, muy acertado debo decir.

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AVISO DE LECTURA

Esta, y las palabras son del que manda, no es una novela fragmentaria por mucho que lo parezca, del mismo modo que una orquesta sinfónica no es un botellón de violines ni un piano es un casting de teclas, notas y cuerdas. Tampoco es una suma de “ruidos” en busca de un brillante “sonido” narrativo. Es una novela, es decir un conflicto desarrollado a través de unos personajes, en un tiempo y un espacio, coral si se quiere, pero con un único argumento que se despliega en busca del destino perdido: cómo existir en medio del desierto, ya saben, aquello tan postmoderno de Rilke: “Quien oirá mi voz desde los órdenes angélicos” Y no se equivoquen: no se trata de autoayuda o de ayuda ajena. Aquí cada uno ha de tirar de sus propias orejas si quiere salir del pozo. Del silencio.

El narrador, que lo es aunque no haya escrito nada, caligrafía su voz propia con voces ajenas. Como un director de escena, las ubica en el momento y espacio adecuados y marca el ritmo de la réplica, de la indiferencia, del eco, del olvido y del eterno retorno del entorno. Con la red de Internet ha creado un tejido narrativo. Áspero y cálido. Incómodo si se quiere, pero hace frío y yo en su caso, mis hipócritas clientes, me lo pensaría muy mucho antes de despreciar lo que estamos ofreciendo. No diremos que es un libro necesario pero sí que estamos ante un libro “posible”.Lo que no es poco en tiempos donde lo posible parece haber sido desalojado por lo vendible. Que se venda o no ya depende de ustedes y ustedes dependen de sus posibilidades (económicas, informativas, ideológicas, gustativas o culturales). Hay sitio al fondo, pasen y lean.

viernes, 23 de enero de 2009

Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder (portada)


Ah, como veis no es la misma que aparece en las tiendas on line. Es un poco mi culpa, dado que esa portada no me gustó excesivamente y tuvieron el detalle de hacer una nueva. Esta me gusta más.

Otro detalle errado: el libro tiene 304 páginas, no 224, como figura en las tiendas on line.

Por lo demás, estoy muy contento con la edición.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Editorial Milésima


Te escribo este mail para recomendarte que visites el blog de la editorial Milésima (http://editorialmilesima.blogspot.com/). Desde ayer soy co-editor de la misma. Su carácter será literario. Este correo es, quizás, el primer cimiento de la misma. Pero para ello, nos es vital que en el departamento de lectura y corrección existan originales. El motivo de este correo es ese, que divulgues en la medida de tus posibilidades la dirección del blog entre tus conocidos escritores. Sin originales no hay edición.

martes, 9 de diciembre de 2008

Tatami al teatro, por Tantakka Teatroa

La compañía de teatro vasca Tantakka Teatroa ha adquirido los derechos de adaptación a escena de Tatami. El estreno de la obra está previsto para el año 2009.

Anteriormente, Tantakka Teatroa ha llevado a escena las siguientes obras: Todas culpables (1994) de Pere Sagristá, Chiquilladas (1995) de Raymond Cousse, El Florido Pensil (1996) de Andrés Sopeña, Todo Shakespeare (o casi) (1997) de Adam Long, Daniel Singer y Jess Winfield, Dakota (1998) de Jordi Galceran, el infantil Jugando con Papá, (1998) de Ionesco y Novecento, el pianista del océano (2000) de Alessandro Baricco.
Desde aquí le doy gracias infinitas a Tantakka Teatroa por elegir mi novela como su próximo proyecto escénico.
Es muy bonito.

jueves, 4 de diciembre de 2008

jueves, 27 de noviembre de 2008

Estoy tannn cansado... a buenas horas

Acabo de teclear en google "tatami" "alberto olmos" a pesar de los consejos de mi psiquiatra. Y veo esto.

Y lo referencio, claro. Aunque tarde.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Justicia perturbada

No me puedo creer lo de Luis García Montero.

Ahora, un juez de Granada ha estimado en una sentencia que tales palabras sólo tienen un sentido: «El insulto y la descalificación gratuita». Y esto, dice el juez, no está amparado por el derecho constitucional a la libertad de expresión. Por ello, estima las tesis de Fortes y condena al poeta granadino al pago de una multa de 1.825 euros por el citado delito. Además, fija una indemnización de 3.000 euros por los daños morales causados a la víctima.



Update: Otras opiniones (contundentes)

lunes, 10 de noviembre de 2008

Los jóvenes no son rentables

Reportaje en Público sobre la generación nacida en los primeros ochenta y sobre su poca presencia literaria.

Lo suscribo, claro. En la versión en papel se incluye un artículo de opinión mío sobre el asunto.

lunes, 20 de octubre de 2008

Click, de Javier Moreno (presentación)

El próximo jueves día 23 de octubre, a las 19.00 horas y en la librería La Central del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), se presenta la obra Click, de Javier Moreno.

La presento yo, en concreto.

Ésta es la cubierta de su novela, publicada por Candaya.

sábado, 4 de octubre de 2008

¡7 euros!

El talento de los demás acaba de salir estará disponible en noviembre en edición de bolsillo. Lo publica Punto de lectura y sólo cuesta 7 euros.

Todos los libros deberían costar 7 euros.

Esta es la cubierta.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Viaje maravilloso al interior de la soledad

El novelista y exprofesor de español para japoneses Alberto Olmos no ha tenido un aterrizaje brusco en el planeta literario, del estilo de Nocilla Dream o Llámame Brooklyn, pero con ya cinco novelas a sus espaldas es uno de los `jóvenes narradores´ –ese concepto tan laxo– más sólidos y reconocidos de nuestro país. Si con A bordo del naufragio resultó finalista del prestigioso premio Herralde, su consagración llegó hace dos años con Trenes hacia Tokio, donde plasmaba sus experiencias niponas tras tres años de permanencia en el país del sol naciente. Luego llegaría El talento de los demás, su novela más ambiciosa y conseguida –aunque sin el encanto de Trenes– y que logró gran aceptación entre la crítica.

La presente novelita, o novela corta por su extensión y características, cuenta una anécdota simple y en apariencia anodina: una recién licenciada –Olga– vuela a Japón para impartir allí clases de español y su compañero de asiento –Luis–, que casualmente hizo muchos años el mismo viaje –¿iniciático?–, decide contarle su historia, que le revela como un voyeur perturbado y grumoso, aunque en esencia inofensivo. Sin embargo, cada página ahonda más y más en la psicología de Luis, pues el voyeurismo es sólo un canal para llegar al fondo, los mecanismos basales del sexo y la radical soledad del ser humano, el caldo primigenio del que surge todo lo demás.

Y es que Tatami, de concepción sencilla, de ambición moderada, no puede evitar erigirse sobre unas profundas raíces que ya germinaron en la obra anterior de Olmos. Luis, el protagonista de esta historia es muy similar en cuanto a su soledad radical a los aturdidos antihéroes de A bordo del naufragio y de Trenes hacia Tokio, y Olga no es muy diferente; es también una solitaria, que se ampara en su responsabilidad y su enorme busto para guardar las distancias –de ahí su virginidad, que espera perder en el Japón, donde nadie la conoce y donde espera no arraigar–.

Olmos despliega su talento de narrador, su profundidad y oficio de gran escritor y Tatami, como el bolso de Mary Poppins, contiene mucho más de lo que a simple vista cabría imaginar. Se puede entender además como una reflexión metaliteraria, sin abandonar las formas y recursos del relato tradicional, por cuanto podemos experimentar el poder cautivador de la ficción bien urdida –pues Luis es un consumado narrador–. De nada sirve a Olga repetirse una vez y otra que no quiere oír más, que no le interesa lo que Luis le está contando, que su desprecio es demasiado intenso. Al final, sigue reclamando su relato y queda atrapada en él a más largo plazo de lo que es capaz de imaginar. Las experiencias de Luis la han contaminado ya irrevocablemente: es el poder de la palabra, el poder de la narración.

LO MEJOR: la capacidad sugestiva del relato.

LO PEOR: no es difícil perder el interés en las primeras páginas.

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Nuño Vallés, El confidencial

jueves, 25 de septiembre de 2008

Más noches blancas

El próximo lunes día 29 de septiembre, a la hora habitual (que desconozco) y en la cadena habitual (Telemadrid) se emite el programa de Las noches blancas dedicado a Japón. Participé, como podéis temer.

Reconozco que no estuve muy fino. :-C

lunes, 22 de septiembre de 2008

Vagón

Queda claro que algo pasa cuando el pánico, como una electricidad escalofriante, me une a ellos.

Estoy en el quinto, el sexto, quizá el cuarto vagón del convoy. El tren se ha detenido en mitad de un túnel. A ambos lados del vagón, por las ventanillas, todo está oscuro. No pasan trenes. El tiempo, ahora, es la angustia.

El vagón está lleno de gente. Si un vagón tiene todos sus asientos ocupados, y algunas personas de pie, con la mano en la barra, la espalda contra un panel, contra las puertas que en las paradas se abren, contra las puertas que en las paradas no se abren o, finalmente, no asidos ni apoyados en nada, puede decirse también que el vagón está, más o menos, lleno. La plenitud de este vagón supera eso; la plenitud de este vagón sólo admite la palabra “saturación”. Los pasajeros saturamos el espacio del vagón: no cabe un calcetín más, no caben más maletines ni más mochilas escolares; no cabe ni siquiera nuestra propia respiración.

Yo estoy contra la pared que cierra el vagón. Tengo una puerta, cerrada, a mi espalda. Delante, un pareja de orientación hippy, con mochilas montañeras en el suelo. Él, moreno, de pelo largo, con barba; ella, rubia, algo ajada por los años y la maría, con falda de flores, de mucho vuelo. Su culo, inevitablemente, se pega a mis manos, que sujetan mi cartera sobre mi vientre. A mi izquierda, igualmente apoyado contra la pared que cierra el vagón, hay un joven, quizá universitario, adormilado. Él soporta la presión de unas mujeres de edad avanzada, mujeres repetidas, siempre presentes en todos los vagones que me llevan al trabajo, mujeres que se apean en Manuel Becerra o Diego de León, mujeres que hablan de sus hijos todo el tiempo, de operaciones, de deudas impagadas y de lo que cenaron anoche. Siempre.

A mi derecha, una pareja muy elegantemente vestida. Ella no para de hablar. Es guapa, ordinaria, huesuda de rostro, un cuerpo de culebra y ropa oscura, ceñida. Tiene detrás un hueco, la promesa de una conquista de espacio que nos afloje a todos un poco; no es así: detrás de ella, una mujer ecuatoriana defiende su pequeña anatomía del aplastamiento. Está en la esquina del vagón, apenas se le ve el flequillo. Todo el aire que le sobrevuela, ese apetitoso montón de oxígeno, parece la bolsa de la que todos nos nutrimos.

Todos. Todos son las cabezas, las manos, los codos, las mangas del abrigo; todos es el nombre de lo que no me toca, de lo que no son mis vecinos de encierro, de ese cuerpo sucesivo, continuado (el hombre: animal continuado) que se proyecta hacia el otro extremo del vagón, sin nombre, sin destino (parados en mitad del túnel más oscuro de nuestra vida), implacablemente sometidos a este embotellamiento de carne, a esta tortura del viernes: no nos movemos, no sabemos por qué no nos movemos, no sabemos el minuto que nos espera.

Han sido quizá diez minutos, el paso de diez minutos, el que han conseguido que sepamos que somos masa. Somos, básicamente. Ahora, conscientes de la situación de peligro, del compromiso de supervivencia, el individuo ha conocido al otro, ha reconocido la necesidad de agrupamiento, de redefinirse en este espacio y este tiempo (un vagón parado en el túnel más oscuro) y, consecuentemente, ha buscado comunicación.

El primero en hablar comenta lo recurrente de estas averías. Otro especula, critica, pide que el tren se detenga en una estación, no en mitad de la nada. Una mujer explota, grita que dejen de apretarla, que le están haciendo daño. Otra mujer pide que la gente se quite las chaquetas, que el calor es insoportable, y el olor; que se quiten ropa. Le contestan: “¡Si ni siquiera podemos movernos!” Un hombre dice: “Supongo que abrirán las puertas antes de que nos ahoguemos!” Otro hombre replica: “Antes de que nos ahoguemos, las puertas las vamos a abrir nosotros.” Un joven habla de lo que hay que hacer luego, cuando salgamos. Reclamar. Otro indica que reclamar lleva tanto tiempo como el que perdamos aquí, o más. Apunta una chica que ella tiene que recuperar las horas que pierda, que no va a reclamar para luego estar todo el puto viernes trabajando hasta las seis. Uno contraataca afirmando que él se va a ir a las 3, pase lo que pase. Luego alguien, afásico, apoyado contra una de las puertas laterales del vagón, golpea con la nuca, dos veces, violentísimamente, el cristal.

Por megafonía se escucha una conversación que no va dirigida a nosotros. Dice: “Desaloja el tren. Di a los viajeros que abandonen el tren y sigue hasta cocheras” (corte) “Sí, haz eso.” (corte) “Si no puedes controlar el tren, vuelve a cocheras” (corte) “Tranquilo. Tranquilo.” (corte) “De acuerdo, espera, vamos a mandar a alguien en media hora. Seguridad estará allí en media hora. Espera.” (corte)

No se oye nada más. Seguimos parados, apretados, oscuros. De vez en cuando alguien dice algo gracioso. Reímos. Algunos, reímos, sonreímos al menos; otros no. De pronto, notamos que el aire acondicionado se apaga. Exabruptos, juramentos, frases obscenas contra el conductor.

Hijo de la gran puta.

Se nos ha acabado el sentido del humor. El cuerpo duele. Estar de pie nos está costando a todos mucho, como si no pudiéramos afrontar, físicamente, estar de pie sin saber por qué. Ahora, además, empiezan a sonar unas campanillas. Su sonido es el de la emergencia. Del otro vagón llegan ruidos de golpetazos en las puertas, algunos gritos ahogados, y las campanillas, histéricas, correosas, como pequeñas ratas coloradas, tica-tica-tica-tica...

Y es ahí, exactamente ahí, mirando todos esos cuerpos que tengo delante, viendo en sus ojos la duda, el dolor, la desesperación, es ahí cuando el escalofrío me recorre, el pánico me traspasa, me une a ellos, me compromete, y sé que algo malo está sucediendo.

Según pasan los minutos, lo sombrío se apodera de nuestros ojos. De los míos, además, se apodera también una extraña emoción, emoción que no son ganas de llorar, pero que se parece mucho porque noto en la retina el escozor de las primeras lágrimas. Me emociona depender de esta gente. Me emociona la lucha en mi ánimo de la fe en los demás y de la aversión a los demás: sé, sin saberlo, sin verbalizarlo, que bastará el error de uno sólo de nosotros para que algo grave suceda. Bastará con que alguien pierda el control y trate de salir por una ventana, empujando a los demás, para que todos perdamos el control y tratemos de salir por una ventana aniquilando a los demás. La tensión que siento, la emoción que me cubre, es el miedo a que haya un momento en el que tengamos que decidir que somos animales egoístas, que queremos vivir a pesar de los otros.

He dejado de mirar, por eso. He cerrado los ojos y he tratado de visualizar cosas con márgenes, grandes espacios donde rueda una pelota, la caída del agua, sus salpicaduras. Pero enseguida me golpean, me presionan otra parte del cuerpo, me obligan a girarme un poco, o a retirar unos nudillos que viven por su cuenta una anécdota pornográfica, inmiscuidos en los pliegues más íntimos de pasajeras anónimas.

Les miro de nuevo: esas cabezas, esos brazos, ese amontonamiento de ropa de enero. Sus cuerpos inmóviles parecen maniquíes. Sus rostros se les desprenden de la cara. Aquí alguien tendría que llorar.

Cruzo la vista con una chica. Ha sido un instante, pero lo estamos prolongando. Es de mediana estatura, resiste bajo la tienda de campaña que sobre su cabeza forman unos brazos. Tiene los ojos verdes. Tiene los ojos amplios. La miro sin pudor; me mira sin pudor. Tengo derecho a refugiarme en esos ojos, cada parpadeo parece una palabra. Por una vez no voy a retirar la vista. Por una vez voy a perseverar en la desvergüenza.

Te estoy mirando temer.

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Leyenda: A bordo del naufragio, Así de loco te puedes volver, Trenes hacia Tokio, El talento de los demás, Tatami, Ninguna eres un pésimo escritor.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Al otro lado del tatami

La asimétrica relación entre dos compañeros de vuelo a Tokio urde la novela corta ‘Tatami’, de Alberto Olmos. Olga es depositaria de la voz narrativa: una adusta y competente recién licenciada en Filología Hispánica, virgen, que intenta dar cobertura racional a sus desastrosas capacidades sociales y cuyos grandes pechos son un incómodo lastre para sus aspiraciones de estar por encima de las servidumbres del sexo. ‘Tatami’ es, principalmente, el recuento de su encuentro con Luis, un tarado maduro, empecinado en contar su historia de voyeurismo pederasta ocurrida varios años atrás, cuando huyó a Japón tras la muerte de su única novia después de encontrar un puesto de profesor de español. La fascinación por una vecina adolescente había absorbido su tiempo y toda su capacidad de admiración durante varios años y el recuerdo de aquel enamoramiento había llenado los años de este mirón lenguaraz. Pero el libro no es solo la historia de este compañero de viaje incómodo, que no deja de mirar con descaro los pechos de Olga y que insiste en condenar a su compañera de viaje a escuchar su insólita historia, narrada con inalterable imperturbabilidad. Es también la incapacidad de la muy cabal y muy pacata narradora para ordenar en ninguna coordenada racional el relato que está escuchando, por el cual no puede dejar de sentir un cierto interés morboso. El libro brinda la oportunidad de que se desplieguen ambos caracteres: el de la joven reprimida y el del maduro infortunado.

Tatami’ es una novela erótica sobre el erotismo que, al mismo tiempo, trata las sutilezas de la represión moral. Lo prohibido, que llega incluso a rozar la degeneración, está representado por la actitud de Luis y acaba siendo más sano y más comprensible que la censura moral que trata de ejercer en vano la narradora. Los diálogos son un compendio de tópicos sobre el sexo traídos aquí con cierta originalidad. A pesar de su tono desenfado, es una novela de ideas sobre el rol de los géneros en las relaciones sexuales, el choque de culturas y los límites de lo permisible en el placer y, sobre todo, es una novela de personajes extremos, insólitos, hacia cuyos vicios el lector acaba por suspender su juicio para caer en la placentera degustación de su particularísima personalidad. Hay un despliegue tan afortunado de ironía y humor que lo insólito queda armónicamente integrado en la historia. Incluso el lenguaje engolado e inverosímil entre estos dos pasmarotes posmodernos queda justificado y contribuye al tono un tanto fantástico del encuentro. En pocas páginas y con mucha agudeza, el autor consigue hacer despegar la psique de los dos protagonistas de esta novela y atrae el gusto y la sonrisa del lector. La inteligencia de Olga atempera su cohibición sexual, de la misma manera que la sinceridad de Luis es un lenitivo a su patología afectiva. A pesar del asco moral que él despierta en ella, la conversación entre ambos se plantea en unos términos tan claros y brutalmente sinceros que rara vez parece que ninguno haya podido encontrar mejor interlocutor. Ambos personajes son pretendidamente inverosímiles pero el autor demuestra una apreciable libertad compositiva para darles una interesantísima realidad ficcional.

Notable importancia tiene también el espacio en que se desarrolla la novela. La cabina de un avión y sus limitaciones: la estrechez de los asientos, la prisión de los cinturones de seguridad, la promiscuidad de sus aseos, la endeblez de sus aislamientos... todo condena a Olga a involucrarse en la historia e incluso a aventurar posibles desenlaces. En definitiva, novela alegre, divertida, sencilla, sin pretensiones. A ratos, es incluso fascinante. Alberto Olmos consigue el objetivo de divertirse y divertir al lector, de hacerle comprender y disfrutar de los límites de las personalidades de los personajes, así como desarrollar algunas ideas más o menos ingeniosas en torno a la sensualidad.

Fernando Larraz

martes, 16 de septiembre de 2008

Literatura en breve (RNE-5)

Te escribo para informarte de que mañana miércoles 17 de septiembre, a las 17.15, se emitirá en Radio 5 (Literatura en breve) un programa dedicado a Tatami, de Alberto Olmos. No tengo el email del autor, así que si te pilla a mano podrías avisarlo.

Muchas gracias.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Te ha tocado un pesado (divertinajes)

Estamos en manos del destino cuando iniciamos, solos, un viaje largo en avión o en tren –en autobús ya es el horror insuperable–, pues es imposible prever qué clase de vecino de asiento tendremos. Los riesgos fundamentales son tres: que sea demasiado gordo o demasiado nervioso y no pare de moverse; que sus olores corporales sean más fuertes de lo que marcan los cánones; que sea de los que les gusta hablar y no pare de rajar en un trayecto que puede superar las diez horas.

De camino a Tokio, una joven española de pechos generosos –es relevante, lo siento– se siente desagradablemente observada por su compañero de asiento. Es un mirón, confiesa él mismo. La relación no empieza con buen pie, y va a peor cuando el fulano se empeña en contarle su experiencia en Japón, unos años antes. Ella no quiere oírla, pero la insistencia del mirón es eficaz; bueno es demoledora: se trata del relato de una fijación por una colegiala japonesa cuyo dormitorio veía él desde su apartamento. No se debe contar más.

La novela, de un centenar escaso de páginas, se titula Tatami (Lengua de Trapo) y su autor es Alberto Olmos (Segovia, 1975), un todavía joven escritor del que se está hablando mucho en los últimos tiempos. Olmos debutó en 1998, con A bordo del naufragio, al que siguieron Así de loco te puedes volver, Trenes hacia Tokio –sí, estuvo tres años en Japón y eso parece que marca: que se lo digan a Amélie Nothomb– y El talento de los demás.

Aparentemente, Tatami podría no ser gran cosa, pero está bien contada y bien escrita –se maneja con soltura Olmos en los diálogos, por ejemplo– y tiene dos personajes de un interés notable; quizá más ella que él: Él habla y habla, solo de una cosa, es verdad, pero en esa cosa percibimos toda la esencia de su personalidad, de tintes nihilistas y desesperanzados, el típico personaje de novela contemporánea que aspira a ser modernita. Pero esta novela no es eso, pues el contrapunto de la chica, una chica formal podríamos decir, sensata, poco tolerante con las tonterías ajenas, este contrapunto compensa la narración y enriquece el resultado de la historia. Hay una lectura posible: que los dos representen las dos facetas que todos tenemos.

A diferencia de los aviones, si en esto de internet nos ponemos pesados, es fácil librarse. Pero ustedes no lo van a hacer... ¿verdad?

Evaristo Aguirre
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Nota net: Me irrita que algunos lectores críticos hagan de menos Tatami porque "sólo tiene 100 páginas" cuando, por otro lado, se la pasan alabando cuentos, microcuentos, haikus y demás incompetencias.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Top 10 música del siglo XXI

1. Arctic Monkeys.
2. Adam Green.
3. Fujiya & Miyagi.
4. Cansei de ser sexy.
5. The kills.
6. Scissor Sisters.
7. Los punsetes.
8. The Raconteurs.
9. Nacho Vegas.
10. (...)

jueves, 4 de septiembre de 2008

Mis 10 de música

Me encantan las listas.

1. REM
2. Radiohead
3. Rage against the machine
4. Belle and Sebastian
5. Tindersticks
6. Underworld
7. The Smiths
8. The Stone Roses
9. Talking Heads
10. Beastie Boys

martes, 2 de septiembre de 2008

Mis 10

Mi respuesta a los 10 libros que más te han marcado.
63. Alberto Olmos

1. Residencia en la tierra, Pablo Neruda.
2. Primavera negra, Henry Miller.
3. Mortal y rosa, Francisco Umbral.
4. Sombra del paraíso, Vicente Aleixandre.
5. Lazarillo de Tormes, Anónimo.
6. El ruido y la furia, William Faulkner.
7. Poemas humanos, César Vallejo.
8. Pedro Páramo, Juan Rulfo.
9. El extranjero, Albert Camus.
10. Esferas, Peter Sloterdijk.


El País

martes, 26 de agosto de 2008

Miguel Baquero opina (Tatami)

Una de las propuestas literarias más arriesgadas y, por lo tanto, más valiosas de las que circulan actualmente dentro del panorama español es este Tatami, de Alberto Olmos. El juego que propone Olmos es un juego sin concesiones: un espacio cerrado, tan cerrado como el interior de un avión en el que dos personas viajan rumbo hacia Tokio, y tan cerrado asimismo como las 123 páginas que componen esta novela; una única acción, sin salidas tangenciales ni amplias digresiones sobre tal o cual aspecto; y un lenguaje conciso, directo, tajante, hermoso en su efectividad y enemigo de las florituras, un lenguaje que ya dejó un magnífico sabor de boca en otras novelas del autor, como Trenes hacia Tokio o El talento de los demás. En este espacio reducido y despresurizado, Olmos hace coincidir a dos personajes: una mujer y un hombre. Y sin mayores preámbulos (sin ningún preámbulo, de hecho) el avión despega y comienza a volar.

Al lado de una pasajera, un tipo extraño y de modales bruscos. Un tipo, pronto nos damos cuenta, para el que no están hechos los modales ni todas esas pequeñas convenciones. Un personaje crudo, conectado con la esencia de las cosas. Antipático, hosco, grosero, es un tipo que habla de las relaciones de dominio de unas personas sobre otras, de la humillación, de la esperanza, del deseo. Un sujeto poco recomendable que, sin embargo, tiene una historia que contar, y pese a lo desagradable, e incluso asqueroso, que pueda llegar a parecerle, la pasajera acaba escuchando su historia.

Y del mismo modo en que, dicen, las presas de la serpiente quedan fascinadas e inmovilizadas por su mirada, así la protagonista (y los lectores) quedamos suspensos por la historia que nos cuenta el pasajero de al lado. Toda la novela está estructurada en torno a eso: el extraño deseo que nos hace apetecible algo que, en rigor, deberíamos rechazar, estamos educados para rechazarlo. Sin embargo, ese deseo (que va mucho más allá del simple morbo), esa pulsión degenerada, nos lleva a permanecer en el asiento, a seguir pasando páginas, a desear que el avión no aterrice y podamos conocer el final. De igual manera que al pasajero del asiento de al lado ese deseo, hace años, le llevó a dar un paso más allá, todavía un paso más allá, de lo conveniente, de lo permitido, incluso de lo legal. En todos nosotros palpita una rara atracción por el abismo, y es esa atracción lo que a lo largo de estas pocas pero intensas páginas Olmos nos trae una y otra vez a la boca.

Tatami es una magnífica novela en varios sentidos. Magnífica por su argumento pero, sobre todo, magnífica por el ritmo cómo está contada, el modo como el autor se detiene en los momentos culminantes, se acelera en los superfluos, el modo como nos da pista sobre lo que va a suceder y, cuando esto parece que va a llegar, nos mantiene todavía unas páginas en vilo. Olmos se ha sabido retirar a un segundo, seguidísimo plano, pero controla en todo momento el vuelo y el avión, como en una larga travesía transcontinental, se mantiene en todo momento en el aire sin sacudidas ni turbulencias ni caídas de nivel. Y todo ello sin el apoyo impostado de un lenguaje artificial, sino mediante una palabra limpia y unos diálogos naturales y creíbles.

Miguel Baquero, La tormenta en un vaso

domingo, 24 de agosto de 2008

Las noches blancas, mañana 25 de agosto

Parece que mañana se emite el programa de Las noches blancas en el que intervine. Su tema era Literatura e Internet. Junto a Sánchez Dragó, estuvieron Montero Glez, Alberto Torres Blandina, Maximiliano Villarroya, Jorge Eduardo Benavides y Eva Orúe.

La emisión es de madrugada, no sé si hacia la 1 a.m., en Telemadrid.

Sánchez Dragó me cayó muy bien. Retiro todas las veces en las que me metí con él.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Nueva estética de la sexualidad... (risas)

Siglo y medio más tarde, Lengua de Trapo publica Tatami, una breve novela firmada por Alberto Olmos, cuya estructura recuerda mucho a la pieza de Tolstoi. Pese a no trascurrir en un tren, sino en un avión (sin accidente de por medio) que traslada a sus dos protagonistas de Madrid a Tokio, Tatami aprovecha el contexto del viaje para justificar el encuentro prolongado de dos personajes antagónicos, obligados a la estrecha convivencia propia de un vuelo de 14 horas en clase turista.

También en este caso, la dinámica del relato se basa en una larga confesión, narrada con estilo literario, sin idiolectos, paulatinamente interrumpida por las protestas, preguntas o imprecaciones del oyente, con algunos momentos ágiles, y hasta teatrales (al comienzo), y otros donde se dinamita cualquier realismo conversacional, tomándose la licencia el autor de hacer hablar subordinadamente a su protagonista durante páginas y páginas. Durante tan largas disquisiciones, Olga, una licenciada virgen de 24 años y enormes pechos, debe soportar la tortura de escuchar las travesuras del adulto Luis, discreto mirón y puntual amante de una adolescente de Tokio, amén de licencioso voyeur de su abultado escote. Hasta aquí podría parecer el argumento de una viñeta de El Jueves, picantona y hasta cachonda por su falta de pretensiones. Por el contrario, Olmos opta por un tono muy serio que recuerda en sus momentos más álgidos a esa sexualidad delicada de Tokio Blues (algo nada casual dada la influencia nipona explícita ya desde el título), pero que en general desemboca en escandalizadas intervenciones de la pacata Olga, asqueada por todo cuanto oye, tal es el profundo rechazo moral que le producen las pajillas de Luis.

No ayuda al disfrute de la novela que Olga sea la voz narradora, de quien se nos trasladan sus ruborosos pensamientos -sin un gramo de sentido del humor- sobre cuanto confiesa Luis, siendo ella más pedante (ergo parodiable) que el hijo del panadero de Aída. Tampoco lo hace el tono general del que Olmos se vale para hablar de sexo, aparatoso como antaño y lleno de revuelos eufemísticos, envarado y sordo a la nueva estética de la sexualidad, promovida desde las alturas artísticas por creadores como Calixto Bieito (Plataforma), Kendell Geers (Irrespektiv), y por fenómenos más pachangueros como Sex in the city, las reuniones tupper-sex y las despedidas de treintañeras que recorren los centros urbanos con pollas de goma plantadas en la frente. Un escritor experimentado como Olmos debería estar más prevenido sobre los tremendos riesgos de la escritura moralizante en los tiempos que corren.

Tatami es además buen ejemplo de la vuelta a la normalidad de la experiencia aérea, definitivamente alejada del romanticismo iniciático y los conflictos límite inherentes al desastre. El avión del siglo XXI es el tren de Tolstoi, un medio de transporte que ya ha perdido todo protagonismo per se. Sus pasajeros han dejado de maravillarse del milagro del movimiento; ahora se miran entre ellos, o bien se aíslan con su gadget audiovisual, como hace Olga y los post-humanos de la Axiom, la nave nodriza de la recién estrenada Wall-e. Sin peligro, dramatismo o espectacularidad, la dinámica colectiva pasa a un primer plano; el avión se convierte en laboratorio social que permite al autor provocar la convivencia obligada entre una gazmoña con estudios y un pederasta de baja intensidad, siempre bajo el férreo control del ambiente enrarecido de cabina. Si son las prohibiciones y las normas lo que nos vuelve civilizados, ¿será el avión post 11s el lugar más civilizado del mundo? Siendo el sexo nuestro instinto por antonomasia, no deja de haber un interesante cruce de sentidos. En el entorno más controlado, dos personajes hablan del control de lo más incontrolable. Ahora imagínese en un asiento de la clase turista, inmovilizado por el cinturón de seguridad, la cabina completamente iluminada, su asiento reducido y la incómoda proximidad del individuo contiguo, el ambiente de malestar tibio, de miedo y vigilancia, y por todas partes instrucciones sobre lo que no debe hacer. Le quedan catorce horas por delante. Entonces el de al lado comienza a mirarle las tetas, y luego a hablarle, con flema de gentleman, de sus perversiones sexuales. Si usted se llama Olga y es virgen, no lo dude: vive dentro de Tatami, la última de Olmos.

MIGUEL ESPIGADO

Podéis ver el artículo completo (muy interesante) aquí.
Nota al autor: Soy una de las pocas personas del planeta que no ve series de televisión.

jueves, 14 de agosto de 2008

Las chicas se están duchando

Como ya me has visto desnudo, probablemente una cantidad considerable de veces...

Así empieza el relato que he escrito (en 45 minutos, la verdad) para Público.

Lo publican el domingo 17 de agosto.

Se titula: Las chicas se están duchando.

Puedo hacerlo mejor, pero no me da la gana.

martes, 12 de agosto de 2008

Escritor segoviano

“El avión como escenario me pareció sugerente”

Olmos trata en su libro ‘Tatami’ un tema erótico con sutileza y elegancia, lo que le aleja de ser pornográfico o explícito. / ICAL

El escritor segoviano Alberto Olmos publica ‘Tatami’, la historia de un mirón contada “con sutileza y elegancia”
ICAL - Valladolid

La nueva novela del escritor y periodista Alberto Olmos (Segovia, 1975) es, en palabras del propio autor, un relato corto donde se cuenta “un jugueteo con el morbo, la excitación y el deseo”. En sus poco más de 130 páginas, ‘Tatami’ (Editorial Lengua de Trapo) narra el diálogo entre un voyeur y una joven de 23 años, durante el viaje, en avión, entre Madrid y Tokio.

“Tenía intención de hacer una novela breve, canónica, que no fuera un cuento alargado”, aclara Olmos, que ha sido capaz de atrapar a lector a través de la conversación entre un pasajero adulto que cuenta a su compañera de viaje una historia que le ocurrió en 1992, cuando residía en Japón. Durante el año de estancia en la capital nipona, este profesor de español dedicó todas sus horas de ocio a mirar desde la ventana de su vivienda a una joven colegiala que vivía enfrente.

“El hilo conductor es el deseo y si los deseados quiere a la vez ser deseantes, o si los mirones aspiran a ser mirados, quería jugar con estos conceptos”, asegura el escritor segoviano, quién también residió en este país durante tres años. En su opinión, trece horas de avión dan para mucho: “Siempre me pareció sugerente pensar qué puede ocurrir en un espacio cerrado desde el que no se puede llamar por teléfono, ni salir; es un buen lugar donde se pueden entablar conversaciones a veces muy profundas y extensas, como la que cuento en mi uinta novela”.

En ‘Tatami’, el escritor segoviano realiza nuevas incursiones literarias al escoger a una mujer como narradora de “esta fantasía morbosa”, como ya la han definido algunos lectores, apunta Olmos. “Me interesaba plantear la historia desde el punto de vista femenino y, además, comprobar mi capacidad para hilar un relato dramático a través de los diálogos y con apenas dos personajes”, prosigue.

Sin embargo, no es una novela porno “para nada”, rechaza el escritor asegurando que trata “un tema erótico, con sutileza y elegancia”, porque el sexo explícito, tal como lo describe Michel Houellebecq en ‘Plataforma’, donde ofrece una visión desencantada y herrumbrosa del hombre, el miedo, el sexo o la decadencia vital, “no entra dentro de mis planteamientos literarios, en estos momentos”.

Alberto Olmos comenzó a publicar con apenas 23 años. Su primera novela ‘A bordo del naufragio’, consiguió ser finalista del Premio Herralde. Le siguió ‘Así de loco te puedes volver’ y ‘Trenes hacia Tokio’, por la que recibió el Premio de Arte Joven de Novela de la Comunidad de Madrid. En su cuarta novela, ‘El talento de los demás’, según algunos críticos literarios consiguió que las pasiones aparezcan matizadas, porque la intriga tiene un cuerpo más vigoroso, o porque el engranaje de la historia principal y de las subtramas es nítido y, en algunos momentos, sorprendente.

El Adelantado de Segovia

sábado, 26 de julio de 2008

Una reseña simpática (Tatami)


SUSHI, DIGO... TATAMI


Título: Tatami
Autor: Alberto Olmos
Editorial: Lengua de Trapo
Sección: Narrativa española


El autor: Nace en Segovia en 1975, queda finalista del Premio Herralde con A bordo del naufragio en 1998, premio que ganó un tal Roberto Bolaño con Los detectives Salvajes. Olmos va de listillo por la vida, digo por los blogs, hablando de libros y soltando lindezas, pero me gusta como escribe. Su libro, Trenes hacia Tokio, publicado por esta misma editorial, me gustó mucho. Casi nunca ocurre nada. Me gustan los libros bien escritos en los que casi nunca ocurre nada. Y sí, está algo flipado con Japón, pero es que estuvo allí algunos años dando clases de español. Y eso marca.


La obra: Tatami, ñam, ñam, va de un mirón, ñam, ñam, un mirón que le cuenta su historia a una chica de pechos grandes ñam, ñam, que se sienta a su lado durante un viaje en avión a Tokio. Y poco más. Ñam, ñam (Perdón pero es que estoy escribiendo esto mientras ceno algo y veo Betty en Cuatro). Durante 120 páginas el mirón cuenta su experiencia de mirón con una jovencita japonesa de unos 15 años (ó 13, ó 14, no se sabe). No puedo contar lo que ocurre, si es que ocurre algo, pero la novela, o nouvelle, se lee en un pis pas, un visto y no visto ¿ya ta? y consigue el efecto, o un efecto, entre los muchos o pocos que Olmos quisiera suscitar en el lector, consigue el efecto que es... bueno, el efecto que a mí me provoca me lo guardo para mí, pervertidos.

La novela o nouvelle es creíble, escrita con el estilo inconfundible de Olmos (esto significa que este cabrón escribe muy bien y me da envidia) con sólo cuatro personajes (cuatro, como el canal donde estoy viendo Betty) y un buen final, aunque para mi gusto le sobra una o dos frases. En resumen, es una novelita recomendable para mentes algo perversas y con ganas de leer algo ligero como unas bolitas de arroz con algo de pescado crudo.

Por cierto, no se necesitan palillos.


Mac-nuel, Al fondo a la derecha

lunes, 21 de julio de 2008

El talento de los demás, 1 año después en Babelia

La cuarta novela de Alberto Olmos (Segovia, 1975) no es menos estimulante que las tres anteriores, pero sí lo es de una manera distinta. Tal vez porque en El talento de los demás las pasiones aparecen matizadas, porque la intriga tiene un cuerpo más vigoroso, o porque el engranaje de la historia principal y de las subtramas es nítido y, en algunos momentos, sorprendente. Aunque ninguna de estas razones fueran suficientes, bastaría con decir que ésta es la historia de una lucha literaria, de una competición entre dos narradores por llevarse la palma, para comprender por qué resulta tan estimulante.

Que nadie se asuste porque esta historia, que nos devuelve a la tradición del Certamen entre Hesíodo y Homero, no se ciñe al relato de la rivalidad, aunque éste también aparezca. La novela relata, sobre todo, la fascinación que llega a ejercer Mario Sut, un personaje aparentemente anodino, insulso, muy competente en su trabajo de televendedor -y con algo del Teorema de Pasolini-, sobre un círculo de amigos bohemios.

No desvelaré cómo se articulan estos contenidos (forma parte del misterio), pero sí diré que la novela consta de tres partes, y que en la segunda las voces de los amigos se van alternando para narrarnos lo que sucede en este grupo de artistas jóvenes, obsesionados con el talento, con el fracaso y con la victoria. Olga Tere se dice poeta, Carlos es cineasta y rico; Alberto y Martín, escritores; Lucía, ninfómana orgiástica -también, a su estilo, una artistaza-. Por la misma época en que Carlos rueda un corto con la colaboración de la pandilla, algunos entran a trabajar como televendedores y conocen a Mario Sut. A partir de ahí nace la (meta)ficción, como nació un día la aurora.

Fernando Castanedo,
BABELIA, 19-07-2008

martes, 20 de mayo de 2008

Le talent des autres

Me mère habite dans un des quartiers les plus chics de la ville, dans le dixième étage d’un immeuble avec un concierge déguenillé et des ascenseurs ronronneurs. De ce dixième étage, il y a presque deux décennies, est sauté mon père. Je l’ai vu. Mon père m’a assit dans un fauteuil en cuir pour que je le voyais se tuer. Elle dit que non, qu’il est tombé par accident, mais j’ai assisté du premier rang à son suicide, complètement planifié. Il ouvrit à deux battants la fenêtre du salon et grimpa sur le rebord en s’accrochant aux rideaux (cela explique la déchirure), puis ôta ses lunettes, les lança dans le vide et se précipita derrière elles. Seulement en ce moment je m’inquiétai, je courus vers la fenêtre, je voulus l’aider. Mais mon père était déjà une croix gammée de jambes et de bras contre le trottoir, caché à mes yeux, en partie, par la présence d’un orme sur sa trajectoire descendante. Je vis les lunettes, suspendues d’une branche avec les verres noircis par la lumière du soleil et je ne pus que penser à ces yeux qui m’avaient regardé pour la dernière fois dans le salon de ma maison, avant que les lentilles deviennent obscures et que mon père entre myope dans la mort.

J’avais sept ans, je venais de m’initier au violon et tout le monde m’achetait des disques. « Papa est tombé », j’ai dit à ma mère quand elle est finalement rentrée, et les voisins qui étaient montés pour me consoler se mirent debout en se mordant les lèvres. Elle laissa tomber par terre quelques sacs et courût vers la fenêtre mais on avait déjà embarqué le corps et ses larmes descendirent en vain les dix étages.Puis le chagrin. Mais un chagrin échangé, comme si j’étais le veuf et ma mère l’orpheline. Elle ne savait pas quoi faire, ma mère. Les premiers mois elle se renseigna auprès de tous ceux qui connaissaient le monde. Elle apprit enfin qu’on doit payer l’électricité, l’eau aussi, que la bonne avait un contrat à renouveler et la voiture des besoins mécaniques, légaux et même alimentaires. Par contre elle gardait son ignorance sur l’origine de l’argent, sur le fait que le capital se génère. Pour ma mère les pièces et les billets étaient comme le sang du corps, un flux constant, irréductible, naturel.

Heureusement les différents immeubles qu’on possédait et la probité de notre administrateur nous permis de survivre aisément, jusqu’au point qu’on engagea une deuxième bonne, qui, manque de travail ne faisait que téléphoner et se boucher les oreilles pendant mes heures de répétition. Ma mère la recruta pour occuper la place du patriarche décédé ; pas pour le remplacer dans ses fonctions, pour lui donner conversation ou, qui sait, tenir les comptes, mais directement pour avoir un corps de plus parmi nous, comme un lest qu’empêcherait la maison de s’envoler.

sábado, 24 de noviembre de 2007

El aburrimiento

1.

SMS para Drdm. “Hola. Me aburro. Escríbeme.”

SMS para Iván. “Hola. Me aburro. Escríbeme”.

SMS para S. “Hola. Me aburro. Escríbeme.”

SMS para Tlñ. “Hola. Me aburro. Escríbeme.”

SMS para E.V. “Hola. Me aburro. Escríbeme.”

SMS para Drdm. “Hola. Me aburro. Escríbeme.” (bis)

SMS para I. “Hola. Me aburro. Escríbeme.”

SMS para A. “Hola. Me aburro. Escríbeme.”

SMS para C. “Hola. Me aburro. Escríbeme.”

SMS para Marta. “Interesante experimento psicopático. Acabo de enviar aleatoriamente el mensaje hola me aburro escríbeme. ¿No es patético? Besos.

2.

SMS de Iván. “Qué malo eres. Pero algún día me echarás de menos. Jaja.”

SMS de Marta. “Sí, una mica patético. Acabo de llegar de shopping. Compré un vestido en ataque de optimismo desbocado. Lo devuelvo casi seguro. Patético también, n´est-ce pas? Beso.”

SMS de Tlñ. “Si te aburres, imagina mi vida: estoy corrigiendo una bibliografía del siglo XIX. ¿Era esta orden que has enviado un mensaje para toda tu agenda a ver quién contestaba?”

SMS de I. “Hola, ¿estás bien? Yo hasta las pelotas. Necesito otra vida. ¿Por qué no puedo nacer otra vez? Prometo hacerlo mejor.”

SMS de A. “Cabrón.”

SMS de C. “Si te aburres, sal por la televisión digital terrestre, que es viernes.”

SMS de Marta. “Si hasta compré braguitas con guitarras, jajaja. El patetismo muy extendido.”

SMS de I. “Pues yo soy la persona más aburrida del mundo y la que más se aburre también.”


3.

SMS para Iván. “Ya viste lo rojo que soy? La vida me aburre. El mal me entretiene.”

SMS de Iván. “Te veo muy nihilista. No irás a hacer nada raro? Se te está pegando lo peorcito de Chueca.”

SMS para Iván. “¿Qué es lo peorcito de Chueca?”

SMS para Tlñ. “Sí. Es un experimento. Divertido. Malvado. Como decirte que si quedamos algún día. Pura maldad aleatoria.”

SMS de Iván. “Te lo puedes imaginar. Maricas malas!!”

sábado, 17 de noviembre de 2007

D.Y.C.

Esto es que espero. En la calle Fuencarral hay un recuadro de acera, un área de boulevard, un espacio con olivo y Starbucks, un sitio para darse citas y gastar el dinero y, justo ahora, dejar que te pinchen la sangre y te digan si sida sí o sida no, porque puedes tener el sida y no saberlo, folla uno tanto y tan sin condón y tan a la buena y sobre todo a la muy mala de dios que vete tú a saber si no te pegaron las siglas o lo que viene después de las siglas o la tontería, que es un virus no registrado que le saca ya muchas cabezas a todos los demás. V.I.H. No me acuerdo qué significa.

La plaza no tiene nombre o al menos no colgando. No encuentro placa que me diga qué nombre se le da a esta plaza. Veo carteles de tiendas de ropa y carteles de conciertos, de eventos sexuales pansexuales homosexuales, de nuevas aperturas y nuevos productos. El nombre de la plaza, no. Veo ventanas encendidas, llenas de lámparas de colores y siluetas que se mueven confusas tras las cortinas, y pienso si molaría vivir ahí, encima de una plaza sin nombre, y en cuánto costará el alquiler de ese apartamento y de ese apartamento, y en qué gente fuma en el bordecito de los ventanales de aluminio, y dónde compraron los muebles, tan modernos y tan iguales a los de su vecino, y por qué todos los apartamentos de la plaza se parecen por dentro y por fuera y en si en alguno de ellos vive alguien que yo conozca y pueda dejarme que suba y me asome. Y escupa.

Esperar me duele. Soy puntual como el punto y coma, que es un signo ortográfico que sólo usamos los sibaritas de la gramática, un signo perplejo, intermedio, que no pone fin ni pone pausa; pone inquietud.

Mi puntualidad es obediencia y relojes que no tengo. Mi puntualidad, para ser precisos, es ordenanza de la palabra, rigor de decir: si quedamos a las nueve quedamos a las nueve porque hemos dicho que quedamos a la nueve. Si quedamos a la nueve y no vienes a las nueve la palabra tampoco vale nada y entonces qué carajo vale algo. Dime tú, zorra que espero.

No viene. Su no venir es mi sí quedarme, mi espaciado deambular de esquina a esquina, de farola a olivo, de rostro a rostro. Miro todas las caras del mundo. Una a una, miro todas las caras del mundo. Soy incapaz de esperar para ser sorprendido. Si vienes y no te veo del susto me muero. Mándame un sms con cuándo llegas. Dime que estarás pronto en mí. No vengas violenta.

No viene y me siento chapero o puta o tonto al que dieron calabazas muy gordas. Miro y miro. Cuando me arranquen los ojos harán de mí un candelabro sin llamas. Nada veré y nada existirá. Todo lo que miro en realidad lo creo. Esto ya lo dije muchas veces pero uno no tiene todas las ideas del mundo: sólo dos, y hay que sacarlas de titular en todos los partidos.

Veo a un mendigo. Acaba de llegar y empiezo a inventármelo. Lo primero que pienso es: Los que mejor visten son los mendigos. Esto lo dije un diseñador, probablemente con casa en Miami; pero mientras acude a reclamar su autoría voy a creerme que la frase es cosecha propia. Viste: gabán de piel de camello, impecable, impoluto, imperial. Un lujo de abrigo. Viste: vaqueros, zapatillas, guantes de cuero: en la mano derecha, el de un motorista; en la izquierda, el de un caballero: negro, prieto, delincuente.

Lleva calada una gorra de béisbol y arrastra un carrito de supermercado lleno de cosas. El carrito, si lo suelta, se cae plaza abajo, y el mendigo, indolente, acude tras él como tras uno de esos niños a los que nunca acaba de pillar el autobús. Tiene más carritos, atados al olivo. Uno, también de supermercado; el otro, de esos que las amas de casa llevan a los supermercados: de tela plástica y con asa.

Sus posesiones están en el alcorque del olivo, ataditas para que no se las roben los ejecutivos de la Telefónica. Entre ellas se cuenta también (¡son tantas, joder!) un colchón blanco, doblado sobre sí como un kebab vacío. El mendigo lo coge, lo lleva a un extremo de la plaza y lo extiende. Luego, del interior de una enorme bolsa de El corte inglés, saca una manta. Se tira un buen rato haciéndose el lecho, con su abrigo y su gorra y sus guantes mixtos y, no lo dije, su barba extensa y castaño claro. Barbitaheña, dizque dice el Quijote.

Como sea.

Es entonces, cuando ya todo él me parece Nueva York en harapos, cuando ya todo él es la frase del diseñador con casa en Miami y pienso seriamente en robarle el abrigo y la elegancia, es entonces, then, cuando veo bien su gorra, calada sobre sus mechones oscuros, sucios, metastásicos. Y sobre la gorra pone DYC, whisky de Segovia. Lo de whisky de Segovia lo sepo yo, tanto no pone. DYC. Pone sólo DYC. Y me sonrío. DYC. Por una letra no pone NYC, New York City. Por una letra la realidad no me ha dado la razón.

Pero he estado tan cerca, tan competente, que esperar valió la pena, y todo lo que vi me hizo bien.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Déjate

1.

El billete de avión cuesta 1.600 euros. La ida la realizo con AirFrance; la vuelta, con KLM. Voy a Tokio.


2.

Me toca un asiento de ventanilla, en una fila de sólo dos asientos, la más cercana que hay a los aseos. Mi acompañante fortuito está ya en su sitio. Es una mujer gorda y fea, mal vestida. Se levanta para dejarme pasar.

Saco El diablo en el cuerpo de mi mochila y lo pongo en la rejilla del asiento delantero. Luego coloco la mochila a mis pies. Intento encender la pantalla de televisión, pero aún no está operativa. Por los altavoces se oyen incontables mensajes triplicados; primero los enuncian en francés, luego en japonés, luego en inglés. Mi comprensión va de cero a todo, pasando por un poquito.

El avión inicia la marcha. Cuando los aviones ruedan sobre el suelo, sólo ruedan, como un coche o una bici, me dan ternura. Luego echan a volar y su prepotencia me los vuelve antipáticos.
Este avión ya está despegando. En la pantalla veo cómo se eleva. El punto de vista es la panza del aeroplano. La pista de despegue se hunde bajo nosotros y, entre nubes, entramos en el aire, que es un territorio sin fronteras, apolítico, donde soy feliz mientras duran las películas.

Primero veo La jugla 4.0. Luego veo Harry Potter 5. Luego veo Disturbia. Sirven la comida. Veo 300. Molesto a mi vecina para ir al baño. Uso el baño. Molesto a mi vecina para ocupar mi asiento. Abro el libro. Leo a Radiguet. Cierro el libro. Bajo la persiana de la ventanilla. Todo el mundo intenta dormir. Yo sigo viendo películas.


3.

Esperar tu maleta es como asistir a un reconocimiento de cadáveres. Todos los equipajes, baqueteados y llenos de pegatinas, irrumpen en la cinta transportadora, se aventuran en un circuito cerrado de manos amigas. Algunos aguardan su maleta en la boca de la cinta: son los impacientes. Otros se posicionan en el primer hueco que encuentran, como yo. Otros, curiosamente, esperan apartados, como si su cadáver les diera un poco igual.

La propia maleta tarda siempre mucho. Estresa pensar que la perdieron. Pero también da gusto. Que te pierdan la maleta es una favor que te hacen, porque las cosas que posees dejan de preocuparte por unas horas, mientras las encuentran y te las devuelven. Sin cosas, lo he visto muchas veces (siempre le extravían la maleta a alguien), uno se siente liberado de todas las convenciones sociales: llevo la misma ropa porque me perdieron la maleta, soy invulnerable a los problemas porque mi problema ya es que me perdieron la maleta, trátame con amor que, hostia, me perdieron la puta maleta.

A mí nunca me han perdido la maleta, y mira que tengo teorías en favor de esa tragedia. Aparece. Es azul, la misma de siempre. La tomo por el asa y tiro de ella como del cadáver de un hermano.

4.

El hotel cuesta 20.000 yenes la noche, unos 130 euros. Un joven con chaleco rojo trata de arrebatarme mi maleta. No le dejo.

Me registro. Me dan la llave, una llave de verdad, es decir, metal con filo de sierra. En este hotel todo es como hace cuarenta años. No tienen tarjetas en lugar de llaves. Seguramente el chaleco del botones siempre fue rojo.

Mi habitación está en la planta 30. El ascensor es grande. Tiene una pantalla en la parte superior donde veo imágenes de Tokio. Corre muy rápido. Aún así, reparo en el detalle tan japonés de que dispone de dos botones poco habituales en los elevadores de España. Uno para cerrar la puerta más rápido de lo que su sistema automático dispone; y otro para abrir la puerta en contra de lo que su sistema automático dispone. Es curioso que, cuando sólo hay uno de estos botones, en ascensores españoles por ejemplo, es el botón de cerrar la puerta, nunca el de abrirla.

A lo mejor es al revés, pero de ambas opciones pueden sacarse interesantes conclusiones.


5.

Veo rascacielos desde la ventana de mi habitación. Es una ventana que ocupa todo el frontal. Debajo hay una rinconera también muy larga. La cama es doble, sus patas tienen forma de tallo de copa, igual que las sillas, de plástico, que parecen cócteles abandonados sobre la moqueta. Me gusta.


6.

Coloco algo de ropa en el armario. Enciendo un cigarrillo y trato de no creerme que la vida es maravillosa. Cuando alguien te regala un viaje a Tokio (vamos por los 2.000 euros) es difícil no creer que la vida es maravillosa; muy difícil recordar que hay gente que trabaja 12 horas al día por 1.100 euros al mes y que en África se están muriendo de hambre. La verdad es que, que en África se estén muriendo de hambre, me importa muy poco. De hecho: nada. El concepto de gente, o niños, muriéndose de hambre en África ocupa en mi cerebro una parcela común con los Reyes Magos, el ratoncito Pérez y Auschwitz. Es decir, cosas en las que no creo. Estoy harto de los niños que se mueren de hambre en África. Que se mueran todos de una vez. Ya vale, joder.

Decía. Pensaba. Reflexionaba, con perdón. Que qué fácil es, pienso, venderse. Uno no le dice no a un hotel de cinco estrellas ni a toneladas de dinero. Es imposible. La resistencia está en no olvidar que eso no siempre fue así, que yo he estado aquí al borde de la indigencia y que, seguramente, hay todavía gente aquí al borde de la indigencia. Recordar, siempre, que la vida no es justa o injusta cuando es justa o injusta contigo; que somos muchos y hay muchas realidades; que nadie se merece nada; que yo no me merezco esto; que estoy aquí por la curiosidad de verme agasajado, pero que no pierdo de vista que todo lujo es una coordenada, es decir, tiene su antípoda miserable. Y que cuando uno se instala en el lujo, crea miseria.

7.

A ver el programa. Tengo que comer hoy en la embajada. Luego, por la tarde, tiene lugar el evento al que estoy invitado. Luego, tiempo libre durante tres días.


8.

La embajada española es un complejo con dos edificios principales. Uno, moderno, de construcción reciente, aloja las oficinas, las exposiciones, el maltrato a los ciudadanos. El otro es la residencia del embajador.

La cita era a las dos y yo he llegado a la una y cuarenta y cinco. Le digo mi nombre a un guardia de seguridad, que me deja cruzar la verja. Camino por un enorme patio arbolado. Al fondo, como la casa de Norman Bates, se va perfilando la mansión de nuestro diplomático cimero en Japón.

Llamo al timbre. Llevo una chaqueta de Adolfo Domínguez que me regaló mi lover, unos vaqueros de G-Star y unos zapatos color chocolate de corte deportivo que me gustan mucho. Y una camisa, a rayas, de Sfera.

Me abre la puerta una mujer con un caqui podrido en la mano. Lo lleva en la mano derecha, que mantiene estirada hacia un lado. Le digo mi nombre. Me dice que pase y se pierde por la sala. Enseguida una criada con cofia y traje de criada y andares de criada y voz de criada y arrugas, muy vieja, de criada me incita a firmar en el libro de visitas. Firmo.

La criada me habla en inglés. Me invita a pasar a otra sala. Le pregunto su nombre. Carmencita.

-¿Eres española?

Me dice que es filipina.

En el salón de té (¡por ejemplo!) hay mullidos sofases, turgentes sillones, plata en candelabro y platitos, alfombras persas (¿persas?), ventanales con cortinajes espléndidos, tupidos, sobrios, adjetivables hasta el final del párrafo. Y muchos tiestos de ikebana, “arte floral japonés”.

Vuelve la mujer del caqui podrido. Me levanto porque me senté. Si no me hubiera sentado, también habría tenido que levantarme. Es la mujer del embajador.

-Encantado.

Viste de negro, de un modo muy estrafalario. Sus zapatos están llenos de pinchos, como extraídos de puños americanos; lleva chaqueta de frac, con unos guantes negros cosidos en la solapa. Los pantalones también son de algún tipo de ropa de gala.

Hablamos de mí, de quién soy (ella es la mujer del embajador) y saco mi libro para que vea las cosas que hago para estar en su compañía. Ella coge el libro y enseguida lo deja sobre un velador. Luego, cuando se levanta y se pierde un segundo por los pasillos de la mansión, retomo el libro y lo guardo en mi mochila porque, honestamente, prefiero dárselo a otra persona. A alguien que no tenga un velador donde dejarlo, por ejemplo.


9.

La comida cuenta con la presencia del embajador y su mujer, varios modistos que han venido, como yo, al evento de marras; con una directora de y su ayudante; con el responsable de y su ayudante; con la directora de en Asia y con alguna otra persona que no sé qué dirige, pero seguro que algo de mucho interés.

Los cuchillos, los tenedores, las servilletas, por supuesto las cucharas, ni qué decir tiene que los platos, y las copas también, todo, vamos, lleva el escudo de España grabado, pintado, seregrafiado o directamente marcado a fuego. El menú está ante mis ojos, en una tarjeta prendida sobre un soporte que remata una pinza. Es: Marinado de gambas crudas, compota de tomate y yuzu, helado de aceite de oliva de Arbequina; Secreto de Ibérico, guisado de garbanzos, castañas y gingko, crujiente de shiso y salsa de pimentón; Crema al jazmín, crujiente a las especias, jalea de mandarina; Albariño Alba Rosa 2005; Viña Ardanza 1989; Freixenet Cordón Negro.

Seguimos el menú al pie de la letra.

10.

El instituto Cervantes es nuevo, muy nuevo, super nuevo. Y muy chic. Blanco casi todo, destacan los afanes rojos de los respaldos de las sillas, de algunas estanterías en la biblioteca y de la bandera española, que aunque no la he visto, en algún sitio debe de andar ondeando, tan nuestra.

La charla tiene lugar en un subsótano, en un paraninfo de paredes negras, sedosas, y patio de butacas colorista, lleno de cabezas conectadas a un traductor simultáneo.

En la mesa de ponencias estamos dos españoles y dos japoneses, y el director de la institución, que nos presenta brevemente. Tenemos nuestros nombres delante, en cartelitos blancos. Cuando uno tiene su nombre delante, en cartelitos blancos o de cualquier otro tipo, y se sabe nombrado para un público, es difícil, nuevamente, no creer que el mundo es maravilloso, y que uno tiene cosas muy brillantes que decir.

Hablan, hablo, hablamos. Yo digo lo primero que se me ocurre, que siempre es lo mejor que se me puede ocurrir. En realidad una japonesa nos hace preguntas y las vamos respondiendo, así que no hay posibilidad de discurso previo. Mientras hablo, acaricio con las yemas de los dedos la base del micrófono, y de vez en cuando miro hacia la parte alta del paraninfo, donde no hay caras sino una oscuridad que creo que me entiende.

Digo, entre otras cosas, que España no es un país de vanguardia. La pregunta era: ¿Qué movimientos de vanguardia se están llevando ahora a cabo en España? Algo así. La respuesta: en España no se está llevando a cabo ningún movimiento de vanguardia porque España no es un país a la vanguardia de nada, ni ha sido nunca un país a la vanguardia de nada, porque España es un país de seguidismo intelectual y copia buena, mala o regular, donde nadie hace nada original a no ser que lo haya visto hacer en Francia o Nueva York; en España, el artista, el intelectual y hasta el panadero nacen con un techo profesional no bajo, pero sí mucho más bajo que el techo de un panadero de París o un artista o intelectual de Viena; el techo de que nunca harán nada de vanguardia que le importe nada a nadie fuera de España; en España, primero vemos y luego hacemos como que estamos a la vanguardia; incluso para insultar, para provocar, para sacar coños en las películas, primero tenemos que ver que alguien lo ha hecho fuera, y luego ya entonces sí lo hacemos en España. España es un país que, la verdad, vale poquito. Opino.

Se oyen rumores.

11.

Me pagan 400 euros por decir que España es un país que, la verdad, vale poquito. Luego hay un cóctel.


12.

Tengo una copa de vino en la mano. Aquí no se puede fumar. Deambulo entre la gente buscando tías buenas. Hay unas cuentas.

No hablo con nadie hasta que, de pronto, una chica me asalta. Es rubia, pizpireta, bebe vino.

-¡Oye! Contigo quería yo hablar.

-...

-¡Te he visto en la conferencia!

-Guay. Gracias –bebo del vino, la miro de arriba abajo.

-Oye, ¿cómo se te ocurre decir...?

-Perdona, ¿tú nombre es...?

-Esther. Esther Hernando.

-¿Qué haces en Japón?

-Te lo tengo que decir, por eso quería hablar contigo. ¿Cómo se te ocurre decir, aquí, en el Instituto Cervantes, que España es una mierda?

-Yo no he dicho que España sea una mierda, jo.

-¡¡¡Que no!!! Yo es que lo flipo contigo, tío.

Me río.

-Oye, ¿te pagan por esto? Sería la hostia...

-Sí, claro que me pagan.

-¿Cuánto?

-...

-¿No me lo quieres decir?

Apuro mi copa. La suya está vacía. Se lo digo.

-¡¡¡No me jodas!!! ¿Te pagan ese pastón por esta mierda que has dicho?

-El mundo está super loco, tía. ¿Fumas o qué? ¿Se puede fumar aquí?

-No, qué va. Vamos fuera. Píllame una copa de vino y vamos fuera, anda. Voy a coger mis cosas.

Voy a por el vino. Pienso que he ligado. Aparte de que siempre lo pienso, es que ahora lo parece.

Vuelvo con las dos copas. Esther coge una. Abandonamos el cóctel. Cogemos el ascensor.

Seguimos hablando. ¿De dónde eres? ¿Qué haces entonces en Japón? ¿Hablas japonés?
Salimos del ascensor. Caminamos hacia la puerta principal, donde varios japoneses custodian un detector de metales.

-No pasa nada, tíos, luego metemos las copas.

-De acuerdo, Esther, pero no dejéis las colillas en la puerta –dice uno de los guardias-. Al director no le gusta.

-Tranquilo, tío.

Estamos en la acera, justo detrás del letrero de Instituto Cervantes. Fumamos. No paramos de hablar. Esther es muy simpática. Hay 5 tipos de mujeres. Esther es del tipo 3.

-¿Qué haces esta noche? –ella.

-No tengo plan –yo.

-¿Te vienes de copas? Vamos a ir a un club en Shibuya.

-Vale.

jueves, 25 de octubre de 2007

Algunas fotos salen rojas

DESVIAR LA EXPECTATIVA, de BELÉN GOPEGUI
(texto de la presentación de El talento de los demás)


Buenas tardes. Voy a empezar leyendo un párrafo de Alberto Olmos en donde cuenta por qué decidió hacer informes de lectura para una editorial:

Cuando un tipo mande su libro, una gran novela, grande no porque luego le vaya a importar tres cojones a ninguno de esos gilipollas que hacen los libros de historia, sino grande porque a los que leemos libros nos lo parece, cuando ese libro llegue y tenga que encontrar un defensor, un valedor, un lector que se ponga de su parte para que alguien lo publique, un lector que se la juega por ese libro, es entonces, precisamente entonces, cuando yo quiero estar ahí, y hacer posible la literatura.



Quiero dar las gracias a Alberto Olmos por haberme invitado a estar aquí, poniéndome de parte de una gran novela que ya está publicada, que se defiende sola pero a la que me es grato acompañar en esta presentación.

El mes pasado, en una entrevista, me dijeron: “Recomiéndeme un sitio o dos imprescindibles en Madrid”. Les recomendé un post de Hikikomori titulado Vagón. Se puede ir a algunos posts, como si puede ir a algunos blogs, como se puede ir a algunos escritores y a algunos libros. Yo hace tiempo que voy al escritor Alberto Olmos, si bien no le he conocido hasta ayer por la tarde.


Fui a su primera novela, A bordo de un naufragio, busqué y encontré luego Así de loco te puedes volver y Trenes hacia Tokio, frecuenté sus blogs y textos como “Yo quiero ser pobre un ratito” o “Cuaderno de escoria”. Sabía por Rafael Reig que iba a publicarse El talento de los demás, y en cuanto apareció compré el libro y lo leí. Me interesó mucho. Me interesó tanto que decidí pensar por escrito sobre los motivos por los que esa novela había llegado, como se dice de algunas personas, para quedarse. Unas dos semanas después me dieron otro ejemplar de la novela, dedicado por su autor, con la petición de que la presentara. Les cuento esto porque son pocas las ocasiones en que un texto de presentación de una novela puede escribirse en condiciones de libertad. Por lo común la cortesía, el género presentación, el hecho de estar “entre amigos”, los compromisos previos adquiridos con el autor o la editorial, etcétera, influyen, al menos en parte, en eso que, se supone, el presentador tiene que decir. No ha sido mi caso. El talento de los demás es la cuarta novela de un escritor a quien he seguido en la distancia. Y es una novela admirable. He aquí algunas de las razones.

Dice el investigador finlandés Pentti Routio: “Toda desviación de las expectativas transmite un fuerte mensaje; uno podría casi pretender que la desviación de las expectativas es el mensaje más fuerte que puede transmitir una obra de arte”. El estilo, decía Saussure, es una expectativa defraudada. Y quizá el estilo no sea más que el talento, o viceversa. Al menos el talento que algunos respetamos. Pues bien, la novela de Olmos trata de esto, cuenta la historia de alguien, Mario Sut, que descubre la necesidad de desviar la expectativa. Sut tocaba el violín, pero esto me parece secundario. Porque aprender a desviar la expectativa no es una tarea que incumba sólo a los músicos, o a los escritores, o a los pintores, sino que forma parte de las cosas con que uno se levanta por las mañanas; vivir consiste también en saber qué espejos y qué expectativas dejaremos, o no, que nos construyan.

La novela tiene tres partes, aunque casi prefiero decir tres módulos que se articulan como en una nave lunar. Durante la primera parte Mario Sut se enfrenta con la expectativa biográfica, con el destino personal que alguien y algo parece habernos reservado. Me gusta mucho, por cierto, que a diferencia de las personas, quienes solemos pensar y decir algunas cosas y sin embargo luego, a menudo, hacemos otras, este libro, en cambio, hace lo que dice. Para contar la historia de un tipo de talento digamos esperable, acude a una novela corta casi esperable, casi complaciente, escrita en la clásica tradición de historias sobre artistas o sobre jugadores de ajedrez. Sin embargo, al final, la novela entra en una zona extraña de programas de televisión con magos y da la impresión de estar perdiéndose, aunque en realidad ocurre todo lo contrario: lo que la novela está haciendo es construir la puerta por donde salir. Donde lo esperable impondría un suicidio, o un incesto, o una súbita recuperación del talento por parte del violinista fracasado, la novela acude a una especie de vulgaridad radiante, que nos deslumbra y nos permite dejar a Mario Sut libre para emprender una nueva etapa. He hablado de programas de televisión pero debo advertir que son todo lo contrario de costumbristas. Como saben, el costumbrismo no describe, no construye, sino que nombra y encadena los nombres a la complicidad del estereotipo flotante en cada momento. Un autor costumbrista habría dado el nombre de un par de magos que salieron en su día en programas de televisión y poco más. Olmos hace que esos programas, simplemente, existan.

La segunda parte del libro me cae muy bien. Después del de dónde viene Mario Sut de la primera, la segunda cuenta con quién está. Alguien decía que el verdadero talento empezaba por dejar de ser brillante para ser inteligente, pero que algo mejor que ser inteligente es ser entre la gente; la última etapa consistiría en ser humilde. Bien, ésta es la parte de entre la gente, y otra vez la novela hace lo que dice, esto es, no cuenta mediante un narrador que Mario está entre la gente sino que coloca a Mario ahí, entre las voces de las personas que le rodean. Voces que muestran tanto lo que nos hace distintos como lo que nos hace iguales. En esta segunda parte vemos en qué se parecen y en qué no, por ejemplo, una telefonista de telemarketing, un niño pijo, un camarero de la facultad.

Alguna vez esos autores que se ponen estupendos cuando hablan de sus novelas han asegurado que escribieron cuatrocientas páginas sólo para dar cabida a una imagen o a una cita determinadas. Creo que exageran; sin embargo, llevando su método a una escala menor, les diré que si hiciera falta -y no hace falta- justificar este friso de voces, bastaría con la presencia del personaje llamado Martín. Sólo para oír algunas palabras de Martín, pero oírlas de verdad, habría valido la pena esta segunda parte. Cuando digo oírlas de verdad me refiero a que las novelas no son la mera suma de sus frases; por el contrario, sus frases emiten más luz cuando se recuerda qué personaje las dice y, siquiera borrosamente, por qué. El talento de los demás es un libro y es también, esto no pasa mucho, una novela. Si leemos una frase aislada de Martín podrá parecernos punzante, demoledora, o cualquier otra cosa. Pero sólo cuando se ha leído en su boca adquiere su fuerza y su sentido. Aunque ya les decía que no hace falta justificar esta parte ni con Martín, ni con nadie. Los personajes que hay en ella la justifican de sobra, la sostienen, nos sostienen, causan, veces al mismo tiempo, ternura e irritación.

No sé cómo se lleva Alberto Olmos con la política. “Sobre política no voy a escribir nunca”, ha dicho, aunque es posible que en realidad estuviera diciendo todo lo contrario. De cualquier modo, cuando se publica un libro se ha de estar dispuesto a oír toda suerte de calificativos; a mí, por ejemplo, su novela me parece roja. Lo sería ya sólo por tratarse de una de las pocas novelas españolas cuyos personajes no son traductores, ni tienen condiciones laborales privilegiadas, ni ingresos o bienes inmuebles carentes de toda justificación, caídos del cielo.

No quiero olvidarme de decirles que estamos hablando de una novela muy bien escrita, cervantina, contemporánea, que tiene fuerza y hasta sus gotas de ambigüedad: el discurso literario dominante debería felicitarse por ella. Lo afirmo sin ironía; si bien las gotas de ambigüedad son lo que menos me interesa, creo que esta novela va mucho más allá de lo bien visto hoy, sólo que también demuestra que, si se pone, sabe pintar un caballo, por si alguien lo dudara. En cuanto a lo de cervantina, con ello me refiero a dos cosas: una cierta confianza en el decir, no una confianza ingenua sino, cómo diríamos, una confianza a pesar de todo y, en segundo lugar, una impugnación del narrador convencional que no es gratuita sino que asume que el público está dentro de la narración: ni la miseria moral ni la heroicidad ni la tristeza narradas son sólo un espectáculo para que el público mire, sino que son también aquello con que el público mira, sus ojos, sus deseos. Hay en El talento de los demás pasión por el idioma, esa necesidad de morder las palabras hasta que aflore la sangre bajo su piel. Hay inteligencia narrativa para el conjunto y pulso para cada página; las maneras con que Olmos hace, por ejemplo, salir de la nada cierto callejón con bicicletas provocan la envidia de cualquier escritor que se precie. Todo esto es importante, sí, pero no es lo más importante. El talento no está separado del fin, de lo que busca, y como bien cuenta la novela, en el talento el fin exige conocer el contra quién, el adversario. De eso trata la tercera parte que es a su vez un alarde, una especie de competición del narrador, y acaso del autor, consigo mismo.

Imaginen el típico combate de boxeo con tongo. Un boxeador acepta dinero para perder, y pierde. Pero el boxeador que juega con ventaja, el que gana porque tiene el combate comprado, no se conforma con ganar de un modo discreto. Vamos, que encima pretende tener pegada, saber bailar en la pista, etcétera. ¿Qué asco, no? Bien, la literatura, como la política, produce a veces esa sensación. Ademanes gratuitos, aspavientos innecesarios, recitales inútiles. Cursilería, en fin. La novela de Alberto Olmos no es cursi en absoluto, pero ayuda a detectar la cursilería ahí donde menos se la ve. Dime contra quién juegas y te diré como juegas. Dime contra quién escribes y te diré si no estarías mejor pintando lazos y caracolas.

En esta parte el talento deja de ser algo exclusivamente relacionado con “lo artístico” y se convierte en talento para lo que sea, para nadar hasta quedarte ciega por el cloro o para inventar preguntas con ingenio. A lo mejor esos tipos con ese talento preferirían hacer otra cosa, pero el gran escaparate donde elegir no es suyo ni son ellos quienes ponen los precios sino la clase dominante.

Calma, la novela no dice clase dominante. Aunque, pongamos, lo insinúa. Dice que cuando hay poco aire el talento sirve para ampliar la ración que a uno le han dejado. ¿Si no hubiera presión, si hubiera aire para todo el mundo? Entonces a lo mejor tener talento era indiferente, o a lo mejor no había que hacer nada especial para tenerlo. La novela no se mete ahí. Se mete aquí y cuenta que si la humildad hace falta, si hay que reconocer el talento de los otros, no es para ser bueno, bonito y barato, sino para dejarles respirar. ¿Dice entonces la novela que los privilegiados –los ladrones- no pueden tener talento? No, no lo dice. Pero lo que sí dice que es que el talento transparenta siempre a su rival.

Las novelas que lo son, las que no sólo cuentan la peripecia de su protagonista sino también algo más amplio, algo que es mayor que la suma de sus partes, esas novelas no necesitan textos de presentación. A veces lo que ocurre es lo contrario; a veces, después de haber leído, dan unas ganas ubérrimas de decir: ¿saben? he encontrado una novela que, en lugar de inclinarse ante quienes hicieron la lista del talento, les planta cara; desafía a los que, abusando de un poder ilegítimo, primero estipularon por qué motivos valía la pena escribir o tocar la armónica o hacer pintadas o llorar de rabia en la oscuridad, y después utilizaron esa lista para expulsar y admitir. He leído una novela que ha desviado la expectativa. He leído una novela que, al fin, se atreve a pelear no contra un tipo con las manos atadas, sino contra quien ató esas manos para que el escritor tuviera que estarle agradecido. Que ustedes la disfruten.

Muchas gracias por su atención.


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