Acabo de leer una entrevista con Esther García Llovet en la que afirma que de su anterior novela, Submáquina, se habrán vendido, como mucho, 300 ejemplares.
Ahora mirad hacia aquí: el pasado jueves estuve en el programa 24 horas de RNE, junto a Jesús Ayuso (Fuentetaja) y Julia Navarro, que venía directamente de la feria del libro.
-Me duele la mano de firmar -nos dijo nada más llegar.
Había firmado 420 ejemplares esa tarde.
Podéis ver la entrevista de Llovet aquí; y escuchar la charla en RNE aquí.
Y ahora vamos a pensar sobre todo esto.
1.
Submáquina es uno de los mejores libros publicados en España el año pasado. Esther García Llovet (a la que no conozco en persona, ni por mail) afirma que tardó tres años en encontrar editor para su texto. Fue finalmente Salto de página (dios bendiga este sello) el que se atrevió con el libro.
Sus ventas no sorprenden a nadie que se dedique a la literatura: sorprende que la autora las diga. Sus ventas, de hecho, son normales. Los libros, las novelas, se venden por cientos, por mucho que la imagen social del escritor esté configurada a partir de autores multimillonarios que viajan en la parte de atrás de un Rolls Royce.
Uno de los secretos mejor guardados de la literatura es que la literatura es miserable, que escribir y publicar libros no da ni para comprar el periódico donde sale la crítica de tu libro; que de hecho la crítica de tu libro en El Cultural la lee mucha más gente que tu propio libro.
¿Por qué Submáquina no ha vendido 100.000 ejemplares? Lo diré claramente: no tengo ni puta idea.
Sobre todo cuando comparte territorio narrativo con un autor de ventas cuantiosas, Roberto Bolaño. Al igual que en 2666 o Los detectives salvajes, la acción se sitúa en un México violento y sexual, descarnadísimo. La diferencia con Bolaño debe de ser muy grande, en vista de la escasa acogida de Submáquina. La mayor que yo veo (diferencia) entre ambos es esta: Esther García Llovet escribe infinitamente mejor que Roberto Bolaño.
2.
Suena mi móvil. Que si quiero participar en un debate sobre la feria del libro en RNE. Claro, cómo no, ¿quién más va? (Quizá hay ya 40 nombres con los que no quiero compartir espacio: no se lo digáis a nadie.) Me dicen que están buscando; quieren un librero y, también, "un autor distinto a ti, uno que venda mucho".
Sic!
Ese autor fue Julia Navarro. No he leído ningún libro suyo: no se puede leer todo. Sin embargo, respeto puntillosamente su trabajo. A fin de cuentas sólo escribe libros y sus libros se venden por cientos de miles. ¿Qué va uno a objetar a eso?
Sin embargo, el encuentro (podéis escucharlo) fue algo dantesco. El locutor se refería a mí constantemente como a un autor novel, cuando, de hecho, yo he escrito y publicado más novelas que Julia Navarro. Si alguna vez la expresión "artista incomprendido" ha rondado mi ego, ha sido en ésta.
Me resultó imposible aclarar que vender millones de libros no es algo que se me pase siquiera por la cabeza. Me resultó imposible entender cómo el locutor, un periodista, alguien con cierta cultura, podía ignorar de modo tan humillante el valor de la literatura.
El momento más bajo de estas impresiones llegó cuando el locutor quiso dar noticia de los libros que yo llevaba publicados. Le dije que había publicado seis, y él puso una cara, y supongo que una voz, que daba a entender su pasmo: ¿llevas seis novelas publicadas y aún no eres nadie? Mal lo llevas, chico.
3.
El locutor le preguntó al librero sobre cuánto tenía que vender un libro para ser considerado un éxito. El librero, señor Ayuso, dijo que 3.000 ejemplares.
La mayoría de los escritores no vende 3.000 ejemplares, por supuesto.
Esta apreciación sobre qué es un éxito me hizo pensar en qué era un éxito para mí, de manera objetiva, casi estomacal. Y concluí en varias obviedades que, sin embargo, nunca había verbalizado.
Una era que para mí un éxito, una novela de éxito, es aquella que simplemente me gusta. Que me gusta mucho. Submáquina es un éxito absoluto. Yo quiero escribir Submáquina, escribir España (Manuel Vilas), escribir Ventajas de viajar en tren (Antonio Orejudo). Quiero tener esa clase de éxito. Las ventas de estos libros me son indiferentes.
Repito: no es una actitud de envolvente bondad, ni de piedad compensatoria. Es, con exactitud, lo que siento.
Esto se traduce además en otro hecho relevante. Supongo que muchas personas considerarían todo un honor, y un placer, y un vértigo, conocer en persona a Julia Navarro. Para mí, y lo digo con un respeto inmenso: de verdad, conocer a Julia Navarro no me puso nervioso, porque no siento ninguna admiración por ella.
Sin embargo, conocer a autores que admiro, que han escrito un éxito para mí, me pone efectivamente nervioso, como si estuviera ante alguien excepcional.
Si Samuel Beckett, por ejemplo, que de algunos de sus libros vendió 6 ejemplares, estuviera vivo, y me lo presentaran, y mi mano fuera hacia su mano, yo sentiría que estoy tocando a Dios.
4.
Tengo ante mis ojos Las crudas, el nuevo libro de Esther García Llovet. Publica esta vez Ediciones del Viento. Su primer libro, Coda, lo publicó Lengua de Trapo. Curiosamente, tengo sus tres libros porque sus tres editores me los han dado. ¡Así cómo va a vender, la pobre!
Entiendo que esta autora tiene un problema: no se nota suficientemente que quien escribe es una mujer.
Al parecer, la delirante pasión por la paridad que constituye el desnortado objetivo moral de políticos y periodistas a día de hoy no acaba con que haya tantos directores de cine como directoras de cine, tantos escritores como escritoras. Va más allá. Una vez que tengamos por fin ese 50/50, los promotores de esta visión infantil de la realidad esperarán que el 50% femenino dirija películas y escriba libros que traten sobre la mujer; y más: que traten sobre la mujer oprimida o heroica. Por tanto, si una mujer hace películas o escribe novelas que no traten sobre mujeres, o que traten sobre mujeres pero sobre las malas, las crudas, las crueles, los pastores de la paridad tendrán que sacar el cayado y expulsar a estas mujeres confundidas de su redil del arte inane.
Me parece tan obvio, y tan ridículo, que no soy capaz de ahorcarme de asco siquiera.
No hay más que ver la diferencia de trato social y mediático que reciben determinadas escritoras en comparación con las militantes de la feminidad, supuestamente también escritoras. Desde Belén Gopegui a Cristina Sánchez Andrade, podemos localizar a un puñado muy digno de talentosas "mujeres" (el entrecomillado es facultativo) que no necesitan de la analfabeta ayuda de un par de ministras de familia influyente para ser respetadas.
Bastaría con que se tomaran la molestia de leerlas.
En esta misma línea de delirio podemos inscribir el nuevo premio Príncipe de Asturias de las Letras. Los titulares rezaban: "Amin Maalouf logra el Príncipe de Asturias (de las Letras) por fomentar la tolerancia."
¡Menos mal que no se lo han dado por escribir bien!
Se me está resquebrajando las consistencia del post, lo sé, pero no quiero dejar de apuntar otro titular.
Shakira da un concierto, y los periódicos dicen: "Shakira arrasó moviendo sus caderas en Rock in Río."
Sin comentarios.
Así que apuntemos, por favor, en la moleskine:
éxito=vender mucho
escritor bueno=buena persona
escritora buena=defensora de la mujer
cantante de éxito=tía buena
Si eres mujer, y estás buena, canta; si no, escribe sobre machismo.
Un saludo a los seguidores de Jacques Derrida. Y muchas gracias.
viernes, 11 de junio de 2010
miércoles, 9 de junio de 2010
Castilla y León--->Guadalajara (México)
Ayer estuve en Valladolid en la presentación del programa de Castilla y León para la Feria del Libro de Guadalajara, en la que este año es Invitado de Honor.
Unos 60 escritores, y 30 o 40 artistas, hemos sido convocados para diversos actos organizados desde la junta autonómica.
En la foto, aparezco al fondo a la izquierda, junto a Ángel Vallecillo y Óscar Esquivias.
Entre los participantes en el evento, que se celebra del 27 de noviembre al 5 de diciembre, estarán también Antonio Gamoneda, Juan Manuel de Prada, Fernando Arrabal, José Antonio González Sainz, Raúl Guerra Garrido y Jesús Ferrero.
Otros nombres, con los que he ido coincidiendo en actos y reportajes varios, y con los que parece que ya formo un pequeño club de escritores relativamente jóvenes de Castilla y León, son los de Alejandro Cuevas, Eduardo Fraile o Ana Isabel Conejo, aparte de Esquivias y Vallecillo.
El acto se celebró en el impresionante Centro Cultural Miguel Delibes. Cerró el encuentro el grupo Celtas Cortos.
Como dijo Camilo José Cela (más o menos): uno no es de ningún sitio impunemente.
Gracias.
--
En prensa
La razon / Abc y 2 / El Norte de Castilla / Efe / El País
sábado, 5 de junio de 2010
One hit wonders
Me precio de haber pronunciado la siguiente frase durante una charla literaria: Soy la persona de España que más ha leído literatura que no merece la pena leerse.
Efectivamente, creo que he perdido muchísimo tiempo leyendo a autores que nadie recordará nunca, que nadie conoce, que nadie leyó conmigo, que nadie cree que existen.
Esto no quiere decir que fueran atroces: de hecho algunos me gustaron mucho. Quiere decir que si, como es mi caso, no he leído aún Las suplicantes ni Pablo y Virginia ni Clarissa no debería ponerme a leer a un chaval de 20 años.
Pero pasa que a mí me gusta leer a un chaval de 20 años antes que a Goethe. De hecho me interesa más cualquier bodrio escrito por un autor nuevo que Goethe entero. Es lo que hay.
Al hilo de todos esos libros desconocidos que he leído, comentaba en la charla del otro día la particularidad de algunos autores que nunca volvieron a publicar (según mis fuentes). Nombraré a tres.
Jordi Martín Jurado, y su obra Niños.
Juan Gracia, y su obra Todo da igual.
Bruno Francés, y su obra Carpe diem.
Curiosamente, Niños fue premió Jaén de Novela, y la publicó Debate; Toda da igual la editó Mondadori; y Carpe diem fue premio Ateneo Joven. Quiero decir que no son novelas que no hayan salido de su comarca, geográfica o literaria.
Sin embargo, no conozco a nadie que las conozca. Están bastante bien las tres.
Pensaba el otro día, sobre todo, en Niños. He llegado a la conclusión de que la crítica literaria, incluso las palabras críticas, son completamente absurdas, y que lo único importante es la primera impresión, reseñable en un agradecidamente parco: Me ha gustado, Me ha gustado mucho o Me ha gustado muchísimo, con sus reversos negativos y asimismo magros: No me ha gustado, No me ha gustado nada, Me ha horrorizado.
Con eso vale. Lo demás es palabrería; interesante, pero palabrería.
De hecho, como con las críticas que recibo yo, no soporto leer una reseña en la que, al principio o al final (lo primero que leo de una reseña es la última frase), no afirmen rotundamente si la novela les ha gustado o no. Muchas no lo dicen. ¡Me ponen enfermo!
Y, aparte de la primera impresión, el paladar directo, la primera sangre del gusto, está lo que alguien me ha comentado que se llama "retrogusto". Es decir, pasan los días, vuelves de pronto a pensar en una obra y dices: Sí, sí, sí que era buena. O: Uf, en realidad era malísima.
En eso también creo.
Algunas novelas te engañan un poco en su primera lectura, porque esta se produce al calor de la novedad, con la que uno quiere casi siempre estar de acuerdo. Pero, cuando pasa esa semana de empatía con tu entorno cultural, muchas obras se te revelan de pronto realmente malas, o sosas, o huecas, y les bajas la nota.
El caso es que Niños, de Jordi Martín Jurado (y estoy seguro de que este post va a otorgar al escritor (¿por una novela ya es uno escritor?, ¿para siempre?, ¿por una novela de 1998 también?, ¿caduca el escritor?) su entrada principal en google), en el momento del retro-retro-gusto, me ha parecido muy buena. Tengo un recuerdo estupendísimo de la novela. La leí hace 12 años y aún sé de qué va: eso no me pasa con Rojo y negro.
Niños va de un señor, no sé si el narrador, que fabrica niños. Los fabrica y los tira por la ventana o los manda a robar bancos o a hacer surfing: cosas así. La novela, en pequeños trozos, acumula este tipo de historia perversa, bastante ácida (según mi memoria), y deja claro, es uno de sus leit motiv, que (el narrador) no soporta básicamente dos cosas: las ideologías y a los periodistas.
Creo que, si se publicara ahora, esta novela sería completamente moderna, postmoderna, fragmentaria, anti-realista, anti-patriótica y todo eso que se pide a un joven autor debutante. Dato: Carlos Boyero (y Constantino Bértolo, pero sobre todo Carlos Boyero) estaba en el jurado.
Todo da igual, de Juan Gracia, era una especie de American Psycho madrileño, más inmoral que amoral, y que recuerdo que me incomodó, y que su protagonista me cayó fatal. Ya digo: más inmoral que amoral. Muy cruel.
Carpe diem era una historia del género negro de andar por casa: es decir, ese género negro que sucede en España, que para que te lo creas tiene que ser un poco cutre, sin grandes complots ni retorcimientos en la trama. Ahora que la cito, me viene a la cabeza Los asesinos lentos, de Rafael Balanzá, que leí no hace mucho, y que es también una primera novela que a lo mejor dentro de diez años no recuerda haber leído nadie.
Pues si Los asesinos lentos trata de un tipo que le dice a otro que le va a matar, pero no cuándo, Carpe diem eran unos jóvenes que se iban (al estilo de Fin, de David Monteagudo) a una casa a pegarse un tiro en la cabeza... o no.
Me pareció un libro muy entretenido.
Otros autores que siento a menudo que sólo yo he leído son, por ejemplo, David de Benedicte y José Machado. Ambos tuvieron una primera obra a la que, finalmente, ha seguido una segunda; pero a lo que voy es a que durante bastante tiempo formaron parte de ese rincón Rulfo donde se juntan a callar los escritores que sólo tiraron una vez los dados.
David de Benedicte ganó con Travolta tiene miedo a morir el premio Francisco Umbral de novela, y la verdad es Travolta tiene miedo a morir era una calcomanía lírica del estilo de Umbral, incluso meritoria en su seguidismo.
José Machado, por su parte, publicó A dos ruedas en Alfaguara (nada menos), y, aparte de sacar a Andrés Pajares en su libro, lo puso todo perdido de Ray Loriga, al que A dos ruedas (pienso en Héroes) se parece quizá desmedidamente.
Más recientes, y más cercanos (publica Lengua de trapo), están los nombres de Alberto Ávila Salazar y Pablo Sánchez. (Me acabo de dar cuenta de que no he nombrado a ninguna mujer hasta ahora.) El primero ganó como yo el premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid. Su novela se tituló Todo lo que se ve, y me pareció bastante buena. De hecho no soy capaz ahora mismo de encontrar símiles para su estilo o su historia, supongo que porque Ávila Salazar proviene de lecturas axiales distintas a las mías.
Pablo Sánchez también ganó un premio; el Lengua de Trapo, de hecho. Así a ojo es posible que sea la mejor novela premio Lengua de Trapo de toda la historia del premio. Su libro se tituló Caja negra y su componente autobiográfico y metaliterario era la fuerza motriz de su propuesta. Recuerdo que me gustó mucho su insolencia, su crítica a su ciudad natal (Barcelona) y la burla constante respecto al mundillo literario y cultural.
También leí en su momento (y me he acordado por el paréntesis de más arriba) Muertos o algo peor, de Violeta Hernando. Recuerdo el título del libro, y recuerdo el nombre de la autora: juro que no he buscado en google. Y quizá lo recuerdo porque fue bastante sonado el hecho de que la autora tuviera 17 años (¡o menos!). Lo que sí se me ha olvidado es de qué iba el libro, aunque recuerdo (¡) que la editorial se llamaba Montesinos.
La misma editorial que publicó Los minutos de la basura, de Eloy Fernández Porta, que también leí entonces, cuando nadie sabía que Eloy Fernández Porta iba a resolver posteriormente en el ensayo todos los enigmas de nuestro tiempo. Me interesó mucho este libro, con una contraportada o cuarta de cubierta en la que se sometía al lector a un test para ver si realmente tenía en las manos la novela adecuada, o el libro en las pastas las manos adecuadas.
Con motivo de una entrevista para la televisión que me hicieron con mi primera novela, recuerdo haber conocido a dos autoras primerizas que acudían también a la cita. Una era Berta Vías Mahou, con su novela Leo en la cama. La otra no recuerdo cómo se llamaba, pero sí el título de su libro: La reina de las putas.
Mi memoria no merece medalla en este caso: estamos de acuerdo.
Sólo leí Leo en la cama. Pensaba que Vías Mahou se había arrinconado con Rulfo y compañía pero hace no mucho descubrí que anda publicando cuentos y, sobre todo, traducciones, con la editorial Acantilado (nada menos).
Otra pareja que comparte editorial (y la comparte también conmigo: nada mejor para que alguien lea todo tu catálogo que publicarlo) son (o fueron) Berta Serra Manzanares y Ada Castells. Publicó Anagrama.
Serra Manzanares hizo una primera (creo que era primera) novela muy ambiciosa, ambientada en Estados Unidos: El Oeste más lejano. Me dejó un poco frío, la verdad. Ada Castells escribió El dedo del ángel, una historia de cocina y sodomía, y Menorca monacal o sectaria (había mucha misa en esa parte del libro), que me resultó muy gamberra y provocadora. Ambas autoras han publicado al menos un libro más (con Anagrama también).
Finalmente, he leído hace unos meses Los dueños del ritmo, de José Eduardo Tornay, editado por La Fábrica en esa colección de novelas breves que son más largas que muchas novelas que no van de breves. Está muy bien escrita, no en términos de corrección sino de creatividad expresiva. Su trama socioindustrial nos retrotrae a esa literatura siglo XX en la que siempre parecía que acababan de cerrar una fábrica y levantar un barrio obrero, mientras pasaba un Mercedes Benz por algún sitio.
Ahora mismo acabo de acordarme de María Folguera. También ganó el Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid, pero antes que yo. Su novela Sin juicio vio la luz cuando ella tenía 17 años. Me gustó mucho. La autora anda ahora dedicada al teatro y ha ganado un premio con su drama Hilo debajo del agua. Su alejamiento del género narrativo me parece encausable: creo que tiene un talento destacado dentro de los escritores nacidos en los años 80.
Así a bote pronto no recuerdo más libros que puedan tenerme a mí como único lector a día de hoy, libros olvidados, libros primeros, marginales, simpáticos, irrelevantes. Supongo que siempre hay alguien que se acuerda de un libro.
O no.
--
update:
Levantar ciudades, de Lilian Neuman
Tengo palabras de fuego, de Adolfo Muñoz
La matriz y la sombra, de Ana Prieto Nadal
Efectivamente, creo que he perdido muchísimo tiempo leyendo a autores que nadie recordará nunca, que nadie conoce, que nadie leyó conmigo, que nadie cree que existen.
Esto no quiere decir que fueran atroces: de hecho algunos me gustaron mucho. Quiere decir que si, como es mi caso, no he leído aún Las suplicantes ni Pablo y Virginia ni Clarissa no debería ponerme a leer a un chaval de 20 años.
Pero pasa que a mí me gusta leer a un chaval de 20 años antes que a Goethe. De hecho me interesa más cualquier bodrio escrito por un autor nuevo que Goethe entero. Es lo que hay.
Al hilo de todos esos libros desconocidos que he leído, comentaba en la charla del otro día la particularidad de algunos autores que nunca volvieron a publicar (según mis fuentes). Nombraré a tres.
Jordi Martín Jurado, y su obra Niños.
Juan Gracia, y su obra Todo da igual.
Bruno Francés, y su obra Carpe diem.
Curiosamente, Niños fue premió Jaén de Novela, y la publicó Debate; Toda da igual la editó Mondadori; y Carpe diem fue premio Ateneo Joven. Quiero decir que no son novelas que no hayan salido de su comarca, geográfica o literaria.
Sin embargo, no conozco a nadie que las conozca. Están bastante bien las tres.
Pensaba el otro día, sobre todo, en Niños. He llegado a la conclusión de que la crítica literaria, incluso las palabras críticas, son completamente absurdas, y que lo único importante es la primera impresión, reseñable en un agradecidamente parco: Me ha gustado, Me ha gustado mucho o Me ha gustado muchísimo, con sus reversos negativos y asimismo magros: No me ha gustado, No me ha gustado nada, Me ha horrorizado.
Con eso vale. Lo demás es palabrería; interesante, pero palabrería.
De hecho, como con las críticas que recibo yo, no soporto leer una reseña en la que, al principio o al final (lo primero que leo de una reseña es la última frase), no afirmen rotundamente si la novela les ha gustado o no. Muchas no lo dicen. ¡Me ponen enfermo!
Y, aparte de la primera impresión, el paladar directo, la primera sangre del gusto, está lo que alguien me ha comentado que se llama "retrogusto". Es decir, pasan los días, vuelves de pronto a pensar en una obra y dices: Sí, sí, sí que era buena. O: Uf, en realidad era malísima.
En eso también creo.
Algunas novelas te engañan un poco en su primera lectura, porque esta se produce al calor de la novedad, con la que uno quiere casi siempre estar de acuerdo. Pero, cuando pasa esa semana de empatía con tu entorno cultural, muchas obras se te revelan de pronto realmente malas, o sosas, o huecas, y les bajas la nota.
El caso es que Niños, de Jordi Martín Jurado (y estoy seguro de que este post va a otorgar al escritor (¿por una novela ya es uno escritor?, ¿para siempre?, ¿por una novela de 1998 también?, ¿caduca el escritor?) su entrada principal en google), en el momento del retro-retro-gusto, me ha parecido muy buena. Tengo un recuerdo estupendísimo de la novela. La leí hace 12 años y aún sé de qué va: eso no me pasa con Rojo y negro.
Niños va de un señor, no sé si el narrador, que fabrica niños. Los fabrica y los tira por la ventana o los manda a robar bancos o a hacer surfing: cosas así. La novela, en pequeños trozos, acumula este tipo de historia perversa, bastante ácida (según mi memoria), y deja claro, es uno de sus leit motiv, que (el narrador) no soporta básicamente dos cosas: las ideologías y a los periodistas.
Creo que, si se publicara ahora, esta novela sería completamente moderna, postmoderna, fragmentaria, anti-realista, anti-patriótica y todo eso que se pide a un joven autor debutante. Dato: Carlos Boyero (y Constantino Bértolo, pero sobre todo Carlos Boyero) estaba en el jurado.
Todo da igual, de Juan Gracia, era una especie de American Psycho madrileño, más inmoral que amoral, y que recuerdo que me incomodó, y que su protagonista me cayó fatal. Ya digo: más inmoral que amoral. Muy cruel.
Carpe diem era una historia del género negro de andar por casa: es decir, ese género negro que sucede en España, que para que te lo creas tiene que ser un poco cutre, sin grandes complots ni retorcimientos en la trama. Ahora que la cito, me viene a la cabeza Los asesinos lentos, de Rafael Balanzá, que leí no hace mucho, y que es también una primera novela que a lo mejor dentro de diez años no recuerda haber leído nadie.
Pues si Los asesinos lentos trata de un tipo que le dice a otro que le va a matar, pero no cuándo, Carpe diem eran unos jóvenes que se iban (al estilo de Fin, de David Monteagudo) a una casa a pegarse un tiro en la cabeza... o no.
Me pareció un libro muy entretenido.
Otros autores que siento a menudo que sólo yo he leído son, por ejemplo, David de Benedicte y José Machado. Ambos tuvieron una primera obra a la que, finalmente, ha seguido una segunda; pero a lo que voy es a que durante bastante tiempo formaron parte de ese rincón Rulfo donde se juntan a callar los escritores que sólo tiraron una vez los dados.
David de Benedicte ganó con Travolta tiene miedo a morir el premio Francisco Umbral de novela, y la verdad es Travolta tiene miedo a morir era una calcomanía lírica del estilo de Umbral, incluso meritoria en su seguidismo.
José Machado, por su parte, publicó A dos ruedas en Alfaguara (nada menos), y, aparte de sacar a Andrés Pajares en su libro, lo puso todo perdido de Ray Loriga, al que A dos ruedas (pienso en Héroes) se parece quizá desmedidamente.
Más recientes, y más cercanos (publica Lengua de trapo), están los nombres de Alberto Ávila Salazar y Pablo Sánchez. (Me acabo de dar cuenta de que no he nombrado a ninguna mujer hasta ahora.) El primero ganó como yo el premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid. Su novela se tituló Todo lo que se ve, y me pareció bastante buena. De hecho no soy capaz ahora mismo de encontrar símiles para su estilo o su historia, supongo que porque Ávila Salazar proviene de lecturas axiales distintas a las mías.
Pablo Sánchez también ganó un premio; el Lengua de Trapo, de hecho. Así a ojo es posible que sea la mejor novela premio Lengua de Trapo de toda la historia del premio. Su libro se tituló Caja negra y su componente autobiográfico y metaliterario era la fuerza motriz de su propuesta. Recuerdo que me gustó mucho su insolencia, su crítica a su ciudad natal (Barcelona) y la burla constante respecto al mundillo literario y cultural.
También leí en su momento (y me he acordado por el paréntesis de más arriba) Muertos o algo peor, de Violeta Hernando. Recuerdo el título del libro, y recuerdo el nombre de la autora: juro que no he buscado en google. Y quizá lo recuerdo porque fue bastante sonado el hecho de que la autora tuviera 17 años (¡o menos!). Lo que sí se me ha olvidado es de qué iba el libro, aunque recuerdo (¡) que la editorial se llamaba Montesinos.
La misma editorial que publicó Los minutos de la basura, de Eloy Fernández Porta, que también leí entonces, cuando nadie sabía que Eloy Fernández Porta iba a resolver posteriormente en el ensayo todos los enigmas de nuestro tiempo. Me interesó mucho este libro, con una contraportada o cuarta de cubierta en la que se sometía al lector a un test para ver si realmente tenía en las manos la novela adecuada, o el libro en las pastas las manos adecuadas.
Con motivo de una entrevista para la televisión que me hicieron con mi primera novela, recuerdo haber conocido a dos autoras primerizas que acudían también a la cita. Una era Berta Vías Mahou, con su novela Leo en la cama. La otra no recuerdo cómo se llamaba, pero sí el título de su libro: La reina de las putas.
Mi memoria no merece medalla en este caso: estamos de acuerdo.
Sólo leí Leo en la cama. Pensaba que Vías Mahou se había arrinconado con Rulfo y compañía pero hace no mucho descubrí que anda publicando cuentos y, sobre todo, traducciones, con la editorial Acantilado (nada menos).
Otra pareja que comparte editorial (y la comparte también conmigo: nada mejor para que alguien lea todo tu catálogo que publicarlo) son (o fueron) Berta Serra Manzanares y Ada Castells. Publicó Anagrama.
Serra Manzanares hizo una primera (creo que era primera) novela muy ambiciosa, ambientada en Estados Unidos: El Oeste más lejano. Me dejó un poco frío, la verdad. Ada Castells escribió El dedo del ángel, una historia de cocina y sodomía, y Menorca monacal o sectaria (había mucha misa en esa parte del libro), que me resultó muy gamberra y provocadora. Ambas autoras han publicado al menos un libro más (con Anagrama también).
Finalmente, he leído hace unos meses Los dueños del ritmo, de José Eduardo Tornay, editado por La Fábrica en esa colección de novelas breves que son más largas que muchas novelas que no van de breves. Está muy bien escrita, no en términos de corrección sino de creatividad expresiva. Su trama socioindustrial nos retrotrae a esa literatura siglo XX en la que siempre parecía que acababan de cerrar una fábrica y levantar un barrio obrero, mientras pasaba un Mercedes Benz por algún sitio.
Ahora mismo acabo de acordarme de María Folguera. También ganó el Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid, pero antes que yo. Su novela Sin juicio vio la luz cuando ella tenía 17 años. Me gustó mucho. La autora anda ahora dedicada al teatro y ha ganado un premio con su drama Hilo debajo del agua. Su alejamiento del género narrativo me parece encausable: creo que tiene un talento destacado dentro de los escritores nacidos en los años 80.
Así a bote pronto no recuerdo más libros que puedan tenerme a mí como único lector a día de hoy, libros olvidados, libros primeros, marginales, simpáticos, irrelevantes. Supongo que siempre hay alguien que se acuerda de un libro.
O no.
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update:
Levantar ciudades, de Lilian Neuman
Tengo palabras de fuego, de Adolfo Muñoz
La matriz y la sombra, de Ana Prieto Nadal
miércoles, 2 de junio de 2010
Sexo editorial
No, en este post no acumularé permutaciones coitales de tipo editor-autor, autor-autor o agente-editor, sino que tiraré del hilo metafórico siguiente: ver la relación autor-editor como una relación de pareja.
Me he dado cuenta de que se parecen mucho. Desde el principio.
En el principio esta el virgo, y el deseo de su destrucción. Desvirgarse es un objetivo a corto plazo: uno tiene unas ganas potentes de follar, de publicar. Ser virgen de la carne o del papel enerva y no deja dormir, desenvaina la envidia (Neruda, envainar la envidia, Canto general) y quita el sueño. Uno puede llegar a desvirgarse con lo primero que pase, o quedar virgen (inédito), o encontrar a la pareja adecuada. O pagar por follar (autoedición).
Periclitada la inocencia, algunos le cogen el gusto y quieren repetir. Pero del mismo modo que dos no discuten si uno no quiere, dos no repiten si uno no quiere. Normalmente el que no quiere en este símil es la editorial.
La editorial es la chica más guapa de la clase, el macho alfa, la estrella del rock y el universo de lo posible. Tiene muchos pretendientes, tantos, que incluso siendo polígama, poliándrica, no da abasto. Puede acostarse contigo una noche y no volver a llamarte. Puede ponerte caliente, leer tu manuscrito, y no volver a llamarte. Puede abandonar el negocio de las sábanas y dedicarse a otra cosa.
En cualquiera de esos supuestos, uno acaba por buscarse otro partener, otro sello, alguien que me quiera. Aunque yo no lo quiera.
Publicar con algunos es como acostarse con algunos: una derrota disimulada. También: un éxito secreto. La persona que no te atrae, tras el sexo, resulta que te atrae, que te trata bien, que te pone. Uno publica un libro por desesperación como echa un polvo por desesperación, y al final la desesperación no era tal, sino una gloriosa carambola.
En tal caso te equiparas a las parejas "normales", a esos escritores que publicaron con la más guapa, el más atractivo, y mantienen durante años una sana vida sexual editorial. Es una situación que también comporta dificultades.
Porque todos queremos notar cada tanto el placer de la conquista.
El binomio autor-editor es una pareja estable que se guarda fidelidad. Algunos editores te dejan que les pongas los cuernos un poquito. Otros no. Y otros, por contra, te quieren mientras eres joven, y enseñan mucho tu foto, tu solapa, a sus amigos, a los medios. Los buenos editores te quieren por lo que llevas dentro, del libro.
Editores buenos hay pocos. (Escritores buenos hay menos.)
Algunos escritores se comportan como asaltacatálogos, y no duermen dos veces con el mismo editor. ¡Se los quieren follar a todos!
Hay otros que a todos sus hijos los llaman Premio.
Y hay algunos escritores que nunca se cansan del sexo, de escribir; pero a veces sienten que publicar, follar, es un acto sucio y perfectamente vulgar. De modo que se dedican a mirar, leer.
Todo es sexo, y apenas literatura.
Me he dado cuenta de que se parecen mucho. Desde el principio.
En el principio esta el virgo, y el deseo de su destrucción. Desvirgarse es un objetivo a corto plazo: uno tiene unas ganas potentes de follar, de publicar. Ser virgen de la carne o del papel enerva y no deja dormir, desenvaina la envidia (Neruda, envainar la envidia, Canto general) y quita el sueño. Uno puede llegar a desvirgarse con lo primero que pase, o quedar virgen (inédito), o encontrar a la pareja adecuada. O pagar por follar (autoedición).
Periclitada la inocencia, algunos le cogen el gusto y quieren repetir. Pero del mismo modo que dos no discuten si uno no quiere, dos no repiten si uno no quiere. Normalmente el que no quiere en este símil es la editorial.
La editorial es la chica más guapa de la clase, el macho alfa, la estrella del rock y el universo de lo posible. Tiene muchos pretendientes, tantos, que incluso siendo polígama, poliándrica, no da abasto. Puede acostarse contigo una noche y no volver a llamarte. Puede ponerte caliente, leer tu manuscrito, y no volver a llamarte. Puede abandonar el negocio de las sábanas y dedicarse a otra cosa.
En cualquiera de esos supuestos, uno acaba por buscarse otro partener, otro sello, alguien que me quiera. Aunque yo no lo quiera.
Publicar con algunos es como acostarse con algunos: una derrota disimulada. También: un éxito secreto. La persona que no te atrae, tras el sexo, resulta que te atrae, que te trata bien, que te pone. Uno publica un libro por desesperación como echa un polvo por desesperación, y al final la desesperación no era tal, sino una gloriosa carambola.
En tal caso te equiparas a las parejas "normales", a esos escritores que publicaron con la más guapa, el más atractivo, y mantienen durante años una sana vida sexual editorial. Es una situación que también comporta dificultades.
Porque todos queremos notar cada tanto el placer de la conquista.
El binomio autor-editor es una pareja estable que se guarda fidelidad. Algunos editores te dejan que les pongas los cuernos un poquito. Otros no. Y otros, por contra, te quieren mientras eres joven, y enseñan mucho tu foto, tu solapa, a sus amigos, a los medios. Los buenos editores te quieren por lo que llevas dentro, del libro.
Editores buenos hay pocos. (Escritores buenos hay menos.)
Algunos escritores se comportan como asaltacatálogos, y no duermen dos veces con el mismo editor. ¡Se los quieren follar a todos!
Hay otros que a todos sus hijos los llaman Premio.
Y hay algunos escritores que nunca se cansan del sexo, de escribir; pero a veces sienten que publicar, follar, es un acto sucio y perfectamente vulgar. De modo que se dedican a mirar, leer.
Todo es sexo, y apenas literatura.
lunes, 17 de mayo de 2010
Del año de "El estatus"
Me la hacen, como es lógico. Sobre todo, como sucede con El estatus, cuando la novela lleva publicada un año, y ha recibido atención sostenida hasta el día de hoy.
Esta atención ha sido sumamente positiva. Dentro del arco mediático al que puedo acceder, o al que estoy acostumbrado a acceder, la novela de Clara madre y Clara hija ha aparecido en más medios, revistas y blogs que cualquiera mía anterior; también ha recibido críticas más entusiastas. Por otro lado, el entorno crítico no mediático (amigos, lectores anónimos) me ha hecho llegar su satisfacción, goce, interés o respeto por la obra en modo y número claramente superiores a los vistos por mí en libros precedentes. El premio Ojo Crítico que recibió El estatus en noviembre de 2009 constituye además una sanción muy apreciable de la calidad literaria de la novela. Finalmente, parece que la van a traducir al portugués.
Digo todo esto porque El estatus lo escribí en 2004.
Desde 1996 (A bordo del naufragio) he escrito una novela al año.En 1997 escribí Así de loco te puedes volver. En 1998, escribí otra; en 1999, otra; en el año 2000, otra; en el 2001...
Esto da cierta idea, por un lado, de la constancia de mi propósito creativo, y, por otro, de los rechazos editoriales que debo haber sufrido. Curiosamente, desde que volví a publicar, en 2006, me he visto liberado, o simplemente sin inspiración, para continuar con la rutina de escribir una novela al año. Lo último que he escrito de largo alcance fue la serie de los ceros y los unos que apareció en este blog entre el 1 de diciembre de 2008 y el 13 de febrero de 2009.
Ahora no estoy escribiendo nada, como suele decirse cuando se está escribiendo algo.
Resulta tierno echar la vista atrás y darse cuenta, en cierto sentido, de la generosidad de mi propia vocación. Debido a la inocencia, a la falta de experiencia y hasta, quizá, de seguridad en mí mismo, nunca he movido agotadoramente un manuscrito. De hecho, casi todas las novelas que me han publicado me las ha publicado el primer o segundo sello al que se las he enviado. En cuanto recibía más de dos o tres rechazos (y entre ellos cuento el rechazo bufo de no ganar un premio) decidía guardar la novela y ponerme a escribir otra. Si "bien está lo que bien acaba", y no es acabar mal haber publicado 4 novelas en Lengua de Trapo, no deja de ser jugoso reflexionar sobre qué hubiera sucedido si alguna de esas novelas mías aún inéditas se hubiera beneficiado de una mayor diligencia postal por mi parte y hubiera acabado publicada a mitad de camino, en ese "desierto de lo inédito" que figura entre mi debut con Anagrama y mi maduración con Lengua de Trapo.
Estos días, he abierto el archivo DSALP, la novela que escribí en 1999, con 24 años. Se trata de un texto de 66.000 palabras, dispuesto en un sólo párrafo. Leer lo que yo escribía hace la friolera (perdón por el cliché) de 12 años está resultando demoledor. La rabia, la ambición, la increíble falta de modestia, la brutalidad de los pasajes ahí recreados y, sobre todo, la inadmisible riqueza de vocabulario de aquel joven me acogotan un poco. Siente uno algo parecido, frente a sí mismo hace 12 años, que ante algún veinteañero actual que debuta dando la impresión de saberlo todo, o, al menos, mucho más que tú.
Hay algunas palabras en DSALP que no sé qué significan.
Esta perspectiva del tiempo es muy grata, porque si con una obra que ha concluido uno apenas hace unos meses se siente siempre la sospecha de estar leyéndola, revisándola, con cierta manga ancha, connivencia estética y simpatía, con lo escrito hace más de uno o dos años, la lectura es absolutamente objetiva, y la satisfacción muy grande, cuando uno acaba el libro y vuelve a la portada y ve que el autor es uno mismo.
La historia de El estatus es la siguiente. La escribí, como digo más arriba, en 2004, en Japón. Tardé ocho meses, un tiempo superior, aún hoy, al de la escritura de cualquiera de mis otros libros. Como todas mis novelas hasta El talento de los demás, su redacción fue llevada a cabo bajo la premisa: ¿último intento? Este nuevo empeño, sin embargo, conllevó un propósito novedoso: voy a hacer una novela impecable. Esto quería decir que no iba a hablar de mí, que no me iba a divertir en la composición, que no iba a incluir pasajes presentistas ni biográficos, que iba a ser, por una vez, profesional.
Su escritura fue la más ardua que recuerdo porque, como dice Normal Mailer, "estaba escribiendo en contra de mi propia vocación". No me interesaba la historia, no disfrutaba con el estilo y no sabía por qué estaba escribiendo eso. No me llama la atención crear personajes, ni contar historias en términos de planteamiento-nudo-desenlace; mi vocación pendula entre dos extremos: la metáfora y la idea. Me gusta hallar expresiones como "el cuerpo polémico de la adolescencia" (Tatami) e ideas como "todos tenemos talento, pero sólo unos pocos consiguen saber en qué" (El talento). Lo único que me interesa de la literatura es la música.
El estatus volvió mi pasión una profesión, y yo no quiero ser un escritor profesional, un trabajador, sino un niño que gana dinero con sus juegos. Ser escritor, pensaba, pienso, es dilatar la inmadurez por medio del arte, porque si de currar se trata, siempre es más rentable y más fácil hacerse albañil o dentista, ir a una oficina, esas cosas.
Pero por entonces mis juegos de niño que escribe no parecían tener mucho futuro.
Así que El estatus.
Cuando acabé la novela, la leí. No recuerdo si me gustó o no. Se la envié por mail a una amiga en España, y también a un reciente amigo, en Argentina. Mi amiga la leyó entera y me dio su impresión: no le había gustado mucho; era demasiado fría. Le gustaba el final, era muy original, pero el conjunto le resultaba poco apasionado, falto de vida. El otro lector me dijo que no había pasado de la página 26, que por qué estaba ambientada en Austria (o donde sea, Alberto), que le aburría enormemente.
Consideré que había sido castigado, precisamente, por traicionar mi vocación, por escribir sin divertirme. Aún así, envié la novela a dos editoriales. Podría dar los nombres pero siento que quizá resulte algo recriminatorio citarlas, cuando en realidad no tengo especial resentimiento por su proceder de entonces. Una editorial me contestó: rechazo. La otra ni siquiera dio respuesta a mi envío.
Así que ahí acabó la vida de El estatus. Empecé a escribir El talento de los demás.
Cuatro años más tarde, ya publicadas Trenes hacia Tokio y El talento de los demás, me vi cara a cara con el editor que nunca contestó a mi envío. Como parecía simpatizar conmigo, saqué a colación, a modo de anécdota, que una vez le envié algo y que no me hizo ni caso. Quería levantar ese secreto porque, pensaba, si por curiosidad o prevención el editor hurgaba en sus archivos, en sus mails, y veía mi nombre, y constataba su desatención hacia mi manuscrito años ha, podía pensar que yo le tenía guardada una, que albergaba una heridita, que no era todo transparente.
Por motivos casi genéticos, me gusta que todo sea transparente.
El editor me preguntó por el título de mi manuscrito. Se lo dije. Luego me pidió leerlo.
Rebusqué en archivos y mails y encontré Elestatus.doc. Se lo envié. Lo leyó en un tiempo considerablemente breve y me propuso publicarlo. Yo estaba encantado de publicar con este editor, seguramente el mejor editor de España; sin duda, el personaje en funciones ejecutivas más inteligente, independiente y encantador de toda la industria literaria nacional.
Como digo, no soy muy hábil, nunca lo fui, en mis relaciones con editores. Me vi entonces en una situación donde a buen seguro me hubiera venido bien una agente, es decir, una persona lista. La situación era: mi actual editorial quería también El estatus. Así que tenía que decidirme.
El resultado puede verse en la librería. El editor que no la publicó dijo: "Soy demasiado mayor para andar metiéndome en tonterías de le publicas tú le publico yo". No dijo eso exactamente, dijo algo parecido. (A este editor le molesta mucho que pongan palabras imprecisas en su boca.)
También dijo, y esto es casi literal: "Estoy seguro de que El estatus va a tener
una buena acogida." Puede considerarse que acertó.
una buena acogida." Puede considerarse que acertó.¿Cuándo releí yo El estatus? Estaba tan inseguro sobre esta obra "antigua" que esperé hasta el último momento, hasta las galeradas de Lengua de Trapo. Recuerdo que, en una fiesta, alguien me preguntó si iba a publicar algo nuevo. Le dije que iba a publicar un libro llamado El estatus, y añadí: "Es una puta mierda".
Lo pensaba realmente. Rechazo de una editorial, silencio de otra; una amiga que no le gusta, un amigo que ni siquiera es capaz de acabársela... Además, apenas recordaba de qué iba, ni cómo era su estilo ni qué quise decir con ella. El hecho de que dos editoriales hubieran pujado por el manuscrito (pujado, no tanto) no me daba ninguna seguridad.
Como todos los buenos escritores, soy una persona insegura.
Finalmente, me llegó el pdf de El estatus, editado con el primor que Fernando Varela siempre pone en mis libros. Lo leí.
Del mismo modo que he sido sincero con lo que le dije a un señor en una fiesta sobre El estatus, lo seré con lo que le dije a Fernando Valera cuando acabé de leer El estatus. Le llamé por teléfono: "Fernando, es una puta obra maestra."
"Me has hecho padre", contestó.
Hablar de la propia obra, en estos términos, es indecoroso, soy consciente. Es curioso, y lo digo sin ironía, que El estatus, escrito por cualquier otro autor, sería la típica obra que no me interesaría nada. Una historia de madre e hija en casa solitaria donde hay algo así como fantasmas. ¡Qué coñazo! ¡Qué tópico! Si no fuera mía, sólo hubiera caído en la tentación de leerla al hilo de algún post que hubiera encontrado hablando bien de ella, y del premio Ojo Crítico, al que siempre estoy atento (los he leído casi todos).
Pero, ya leído, en este caso, por obligación (no podía publicar algo sin saber siquiera de qué iba), me resultó admirable. ¡Sé que es patético que lo diga! Como con DSALP (1999), me sorprendió ver lo bien que escribía yo antes.
También uno mira fotos antiguas y se sorprende de lo guapo que era... antes.
Ahora se cumple un año de su publicación, y he querido celebrarlo dejando por escrito, para mí mismo, los avatares de su llegada a puerto editorial.
Entiendo también que a algunas personas este relato puede servirles de estímulo.
Todo llega.
martes, 4 de mayo de 2010
Mark and the market
Hace tiempo ubiqué en el margen de este blog la letra de una canción de Eels, titulada Agony. Traducida al castellano, decía algo tan sombrío como esto: ¿Voy a estar bien? No, no voy a estar bien. Nada está bien ahora. No decía mucho más la letra, sólo veo edad, rabia y angustia, no parecía necesario decir mucho más.
Mark Oliver Everett, alma y voz de Eels, ha escrito una autobiografía bajo el título Cosas que los nietos deberían saber, y en ella da cuenta de una existencia jalonada por las muertes y los discos, que son como vidas creadas para no morir y sólo dar vueltas hasta la eternidad. A mí me gustan mucho.
Recuerdo que un amigo, hace muchos años, me habló de la pose de Mark Oliver Everett: va de perdedor, se hace el acabado, es un agonías...
Supongo que este amigo no sabía, como yo tampoco lo sabía, que Mark Everett era el último miembro de su familia, tras el suicidio de su hermana, y la muerte de sus padres, él de forma prematura, ella de cáncer, modalidad quimiotenebrosa. Tampoco sabríamos ninguno que una prima de Mark Oliver Everett murió en accidente de avión (para ser más espectaculares: el avión del 11 de septiembre que se estrelló contra el Pentágono; su marido iba con ella), ni que un miembro de la banda fue encontrado muerto en el hotel, cuando estaban de gira. Además, diversas caseras, amigos, vecinos y conocidos laborales del cantante de Eels han ido muriendo casi a sus pies, con puntualidad estudiada, como si una funeraria le pidiera a Mark muertos al mismo ritmo que la discográfica le pide los discos.
La vida de E., como se hace llamar (también Milkyman), ha dado para muchas canciones, y no son buenas porque al hablar de hermanas muertas tenga efectivamente una hermana muerta, sino porque son buenas. Porque Mark es un gran artista. Que además lo parezca, y que ese parecerlo pueda confundirse con algún tipo de pose, es inevitable en un mundo donde tantos creadores entienden que sus coetáneos son todos imbéciles y que pueden colarles sus patéticos productos culturales (libros, discos, pintura, películas) si los envuelven con el celofán falso de una personalidad borderline.
Mark es así, y en su autobiografía no traza el retrato de una estrella de la música alternativa, sino el de una persona sin glamour, sin caprichos, sin altanería. Por ello, nos ofrece una visión tan realista sobre dar conciertos como esta: "sufro constantemente catarros de tanto sudar en el escenario y pelarme de frío en el autobús", "me paso medio año ronco y pierdo registro y potencia vocal".
Porque no en vano, su imagen de la auténtica estrella de la música difiere considerablemente de la que se proyecta desde los medios de comunicación: "Lo que me encanta de John Lennon (y de Elvis Prestley, ya que estamos) es que era gente muy insegura, y eso para mí es lo que los hace artistas absolutamente humanos. (...) Pon cualquier disco de Elvis, incluso uno de los peores (especialmente uno de los peores) y oirás cómo cada inflexión rezuma inseguridad. Eso es algo que los artistas de hoy ya no transmiten. Están ocupadísimos dándoselas de duros."
De duros, de modernos, de torturados, de punks, de...
Mark Oliver vivió en Virginia hasta los 18 años. Después fue a Los Ángeles, donde desempeñó numerosos oficios miserables. Su oportunidad le llegó cuando conoció a un productor y le puso en la mano una cinta de casette de esas que llevaba siempre consigo con su trabajo dentro. El productor le sacó un par de discos, firmados como Mark Oliver Everett. Después surgió el proyecto Eels y su primer disco, Beautiful Freaks, alcanzó los primeros puestos en las listas independientes y fue el niño mimado de la MTV. Mark descubrió el éxito absoluto. Hablamos de los años 90, cuando todavía alguien se creía que "alternativo" era "alternativo" y bandas como Nirvana zozobraban en la contradicción de estar contra el sistema siendo millonarios y apareciendo en portadas de Rolling Stone.
Mark tardó algo más en ver las ruedas dentadas del sistema. Su segundo disco con Eels, Electroshock blues, fue muy bien recibido por los ejecutivos de su discográfica, y sólo con el siguiente trabajo, Daisies of the galaxy, tuvo que enfrentarse al dilema moral, que es de lo que va todo este post.
Si antes, con Novocaine for the soul, había resultado vagamente excéntrico por negarse a que esa canción acompañara un spot de Volkswagen, ahora ese tipo de remilgos contra el mercado se veían como una sandez y un escollo para seguir contando con él en cualquier discográfica. Mark estaba en esto por la música; los demás, por la pasta.
Daisies of the galaxy era poco comercial, así que pensaron en vitaminarla con un single nuevo de E. que era más marchoso. Mark se esforzó en reescribir su disco, pero la canción no encajaba de ninguna manera. Aceptó finalmente ponerla como bonus track, pero con diez segundos de silencio entre el bonus track y el último corte del disco; después llamó por teléfono para pedir que fueron 20 segundos de silencio entre su disco y la caja registradora.
Al mismo tiempo, ese single marchoso resultó ideal para los productores de una película sobre univesitarios zumbados, y propusieron incorporarla a la banda sonora del filme y hacer además un videoclip en el que saldría el propio E. Mark se negó. La discográfica le amenazó con que su carrera musical acabaría ahí mismo si no aceptaba, de modo que el cantante de Eels se vio haciendo el payaso en la pista principal del capitalismo, justo al lado de los leones.
"Sé que no era lo que quería hacer como artista en aquel momento y es algo de lo que todavía me arrepiento."
Eels no renegaba de ganar dinero vendiendo sus canciones a los productos audiovisuales que normalmente emplean este tipo de absorción del talento ajeno, como el cine. Pero Mark quería que su canción fuera sonido de algo serio, como American Beauty o El final de la violencia. Sin embargo, en sus propias palabras, "había empezado a aportar canciones a cualquier película en la que apareciese un monstruo verde." Como El grinch.
Para su siguiente disco, Mark conoció el infierno más temido por un artista: que no te dejen serlo. Nadie quería editar Souljacker. "Me fui reuniendo con diferentes managers para supervisar la publicación del disco". No fue bien. "Creí que me volvería loco. (...) Después de perder a mi familia, la música era para mí más importante que nunca. Era ahora mi familia. Había puesto mi vida entera en ella."
Aquí conviene reflexionar sobre cómo un artista que con su primer disco como Eels logró el éxito absoluto y, por tanto, hacer ganar dinero a varios cientos de personas (quizá miles: conciertos, películas, discográfica), estaba ahora a punto de ver negado su derecho fundamental de crear porque lo que ahora creaba no iba a dar, no dinero, sino tanto dinero como antes. Me irrita considerablemente la falta de respeto que puede llegar a tenerse por las pesonas que han conseguido concluir (y, por tanto, legar) una obra buena alguna vez en sus vidas.
"Para entonces, las cosas estaban tan jodidas en el negocio de la música que un artista de los grandes como Johnny Cash tenía que grabar versiones de canciones de jovenzuelos de moda para tener algún tipo de relevancia y atraer a nuevos oyentes."
Finalmente, Souljacker vio la luz. Y el resultado fue irónico: "La revista Time lo escogió como el mejor disco de rock del año hasta la fecha. (...) Me sentí muy bien (...) y eso sin contar la cantidad de veces que nos han levantado la portada del disco en otras portadas, e incluso en un videojuego muy popular. Vamos, que me da igual. A tomar todos por culo."
Blinking lights and other revelations costó aún más esfuerzo verlo publicado. Después, Shootenanny! y sus siguientes LPs aparecieron (es mi impresión) con muchísima menos publicidad que los anteriores. A día de hoy, en España, Eels goza de cierta popularidad recalentada, gracias, entre otras cosas, a la publicación de este libro.
Como es lógico suponer, he proyectado constantemente mi propio panorama creativo sobre la experiencia, mucho más amplia en todos los sentidos, de Mark Oliver Everett. Un libro como un disco, un escritor como un cantante, una editorial como una discográfica. Ahora resulta cada vez más habitual ver a los escritores como estrellas de la música, con su look, su pose, su videoclip y su leyenda espuria. Sin duda, eso favorece las ventas, y, por tanto, las editoriales verán con buenos ojos a todo autor que aporte, con su manuscrito, un buen puñado de ideas promocionales.
No me inspira demasiada confianza la obra de un autor que, paralelamente, tiene que pensar también en qué hacer para que esa obra se venda. Desde luego, yo soy incapaz de alcanzar esa condición de pluriempleado, y admiraré a quien, haciéndolo todo, lo haga todo bien, sobre todo su novela. Sin embargo, no hay forma humana de que yo algún día me dedique a tareas que no atañen directamente a la escritura, lo cual no significa que mis novelas vayan a ser mejores, como creo que estoy dejando claro.
Es una cuestión identitaria. Como canta el propio Mark: "No salgo mucho de casa, no me gusta estar rodeado de gente, me pone nervioso, me hace sentir raro, no me gusta ir a espectáculos tampoco, es mejor que me quede en casa, hay quien piensa que eso significa que odio a la gente, pero no es del todo cierto."
Por eso nunca entenderé la admiración hacia J.D. Salinger por parte de algunos autores que, al contrario que Jerome David, quieren salir en todas las fotos. A no ser que lo que en verdad admiren de Salinger no sea su apuesta por vivir una vida normal, lejos de los medios (es absurdo entender esto como "reclusión" o "vida de incógnito": las cajeras de los supermercados, los conductores de autobús, los ofinistas también viven de incógnito), sino su imagen de marca, verdaderamente exitosa si lo pensamos un poco.
"Uno de mis pasatiempos favoritos consiste en imaginar cuánto tiempo pasará entre que muera y encuentren mi cuerpo."
No mucho, espero.
Mark Oliver Everett, alma y voz de Eels, ha escrito una autobiografía bajo el título Cosas que los nietos deberían saber, y en ella da cuenta de una existencia jalonada por las muertes y los discos, que son como vidas creadas para no morir y sólo dar vueltas hasta la eternidad. A mí me gustan mucho.
Recuerdo que un amigo, hace muchos años, me habló de la pose de Mark Oliver Everett: va de perdedor, se hace el acabado, es un agonías...
Supongo que este amigo no sabía, como yo tampoco lo sabía, que Mark Everett era el último miembro de su familia, tras el suicidio de su hermana, y la muerte de sus padres, él de forma prematura, ella de cáncer, modalidad quimiotenebrosa. Tampoco sabríamos ninguno que una prima de Mark Oliver Everett murió en accidente de avión (para ser más espectaculares: el avión del 11 de septiembre que se estrelló contra el Pentágono; su marido iba con ella), ni que un miembro de la banda fue encontrado muerto en el hotel, cuando estaban de gira. Además, diversas caseras, amigos, vecinos y conocidos laborales del cantante de Eels han ido muriendo casi a sus pies, con puntualidad estudiada, como si una funeraria le pidiera a Mark muertos al mismo ritmo que la discográfica le pide los discos.
La vida de E., como se hace llamar (también Milkyman), ha dado para muchas canciones, y no son buenas porque al hablar de hermanas muertas tenga efectivamente una hermana muerta, sino porque son buenas. Porque Mark es un gran artista. Que además lo parezca, y que ese parecerlo pueda confundirse con algún tipo de pose, es inevitable en un mundo donde tantos creadores entienden que sus coetáneos son todos imbéciles y que pueden colarles sus patéticos productos culturales (libros, discos, pintura, películas) si los envuelven con el celofán falso de una personalidad borderline.
Mark es así, y en su autobiografía no traza el retrato de una estrella de la música alternativa, sino el de una persona sin glamour, sin caprichos, sin altanería. Por ello, nos ofrece una visión tan realista sobre dar conciertos como esta: "sufro constantemente catarros de tanto sudar en el escenario y pelarme de frío en el autobús", "me paso medio año ronco y pierdo registro y potencia vocal".
Porque no en vano, su imagen de la auténtica estrella de la música difiere considerablemente de la que se proyecta desde los medios de comunicación: "Lo que me encanta de John Lennon (y de Elvis Prestley, ya que estamos) es que era gente muy insegura, y eso para mí es lo que los hace artistas absolutamente humanos. (...) Pon cualquier disco de Elvis, incluso uno de los peores (especialmente uno de los peores) y oirás cómo cada inflexión rezuma inseguridad. Eso es algo que los artistas de hoy ya no transmiten. Están ocupadísimos dándoselas de duros."
De duros, de modernos, de torturados, de punks, de...
Mark Oliver vivió en Virginia hasta los 18 años. Después fue a Los Ángeles, donde desempeñó numerosos oficios miserables. Su oportunidad le llegó cuando conoció a un productor y le puso en la mano una cinta de casette de esas que llevaba siempre consigo con su trabajo dentro. El productor le sacó un par de discos, firmados como Mark Oliver Everett. Después surgió el proyecto Eels y su primer disco, Beautiful Freaks, alcanzó los primeros puestos en las listas independientes y fue el niño mimado de la MTV. Mark descubrió el éxito absoluto. Hablamos de los años 90, cuando todavía alguien se creía que "alternativo" era "alternativo" y bandas como Nirvana zozobraban en la contradicción de estar contra el sistema siendo millonarios y apareciendo en portadas de Rolling Stone.
Mark tardó algo más en ver las ruedas dentadas del sistema. Su segundo disco con Eels, Electroshock blues, fue muy bien recibido por los ejecutivos de su discográfica, y sólo con el siguiente trabajo, Daisies of the galaxy, tuvo que enfrentarse al dilema moral, que es de lo que va todo este post.
Si antes, con Novocaine for the soul, había resultado vagamente excéntrico por negarse a que esa canción acompañara un spot de Volkswagen, ahora ese tipo de remilgos contra el mercado se veían como una sandez y un escollo para seguir contando con él en cualquier discográfica. Mark estaba en esto por la música; los demás, por la pasta.
Daisies of the galaxy era poco comercial, así que pensaron en vitaminarla con un single nuevo de E. que era más marchoso. Mark se esforzó en reescribir su disco, pero la canción no encajaba de ninguna manera. Aceptó finalmente ponerla como bonus track, pero con diez segundos de silencio entre el bonus track y el último corte del disco; después llamó por teléfono para pedir que fueron 20 segundos de silencio entre su disco y la caja registradora.
Al mismo tiempo, ese single marchoso resultó ideal para los productores de una película sobre univesitarios zumbados, y propusieron incorporarla a la banda sonora del filme y hacer además un videoclip en el que saldría el propio E. Mark se negó. La discográfica le amenazó con que su carrera musical acabaría ahí mismo si no aceptaba, de modo que el cantante de Eels se vio haciendo el payaso en la pista principal del capitalismo, justo al lado de los leones.
"Sé que no era lo que quería hacer como artista en aquel momento y es algo de lo que todavía me arrepiento."
Eels no renegaba de ganar dinero vendiendo sus canciones a los productos audiovisuales que normalmente emplean este tipo de absorción del talento ajeno, como el cine. Pero Mark quería que su canción fuera sonido de algo serio, como American Beauty o El final de la violencia. Sin embargo, en sus propias palabras, "había empezado a aportar canciones a cualquier película en la que apareciese un monstruo verde." Como El grinch.
Para su siguiente disco, Mark conoció el infierno más temido por un artista: que no te dejen serlo. Nadie quería editar Souljacker. "Me fui reuniendo con diferentes managers para supervisar la publicación del disco". No fue bien. "Creí que me volvería loco. (...) Después de perder a mi familia, la música era para mí más importante que nunca. Era ahora mi familia. Había puesto mi vida entera en ella."
Aquí conviene reflexionar sobre cómo un artista que con su primer disco como Eels logró el éxito absoluto y, por tanto, hacer ganar dinero a varios cientos de personas (quizá miles: conciertos, películas, discográfica), estaba ahora a punto de ver negado su derecho fundamental de crear porque lo que ahora creaba no iba a dar, no dinero, sino tanto dinero como antes. Me irrita considerablemente la falta de respeto que puede llegar a tenerse por las pesonas que han conseguido concluir (y, por tanto, legar) una obra buena alguna vez en sus vidas.
"Para entonces, las cosas estaban tan jodidas en el negocio de la música que un artista de los grandes como Johnny Cash tenía que grabar versiones de canciones de jovenzuelos de moda para tener algún tipo de relevancia y atraer a nuevos oyentes."
Finalmente, Souljacker vio la luz. Y el resultado fue irónico: "La revista Time lo escogió como el mejor disco de rock del año hasta la fecha. (...) Me sentí muy bien (...) y eso sin contar la cantidad de veces que nos han levantado la portada del disco en otras portadas, e incluso en un videojuego muy popular. Vamos, que me da igual. A tomar todos por culo."
Blinking lights and other revelations costó aún más esfuerzo verlo publicado. Después, Shootenanny! y sus siguientes LPs aparecieron (es mi impresión) con muchísima menos publicidad que los anteriores. A día de hoy, en España, Eels goza de cierta popularidad recalentada, gracias, entre otras cosas, a la publicación de este libro.
Como es lógico suponer, he proyectado constantemente mi propio panorama creativo sobre la experiencia, mucho más amplia en todos los sentidos, de Mark Oliver Everett. Un libro como un disco, un escritor como un cantante, una editorial como una discográfica. Ahora resulta cada vez más habitual ver a los escritores como estrellas de la música, con su look, su pose, su videoclip y su leyenda espuria. Sin duda, eso favorece las ventas, y, por tanto, las editoriales verán con buenos ojos a todo autor que aporte, con su manuscrito, un buen puñado de ideas promocionales.
No me inspira demasiada confianza la obra de un autor que, paralelamente, tiene que pensar también en qué hacer para que esa obra se venda. Desde luego, yo soy incapaz de alcanzar esa condición de pluriempleado, y admiraré a quien, haciéndolo todo, lo haga todo bien, sobre todo su novela. Sin embargo, no hay forma humana de que yo algún día me dedique a tareas que no atañen directamente a la escritura, lo cual no significa que mis novelas vayan a ser mejores, como creo que estoy dejando claro.
Es una cuestión identitaria. Como canta el propio Mark: "No salgo mucho de casa, no me gusta estar rodeado de gente, me pone nervioso, me hace sentir raro, no me gusta ir a espectáculos tampoco, es mejor que me quede en casa, hay quien piensa que eso significa que odio a la gente, pero no es del todo cierto."
Por eso nunca entenderé la admiración hacia J.D. Salinger por parte de algunos autores que, al contrario que Jerome David, quieren salir en todas las fotos. A no ser que lo que en verdad admiren de Salinger no sea su apuesta por vivir una vida normal, lejos de los medios (es absurdo entender esto como "reclusión" o "vida de incógnito": las cajeras de los supermercados, los conductores de autobús, los ofinistas también viven de incógnito), sino su imagen de marca, verdaderamente exitosa si lo pensamos un poco.
"Uno de mis pasatiempos favoritos consiste en imaginar cuánto tiempo pasará entre que muera y encuentren mi cuerpo."
No mucho, espero.
jueves, 15 de abril de 2010
domingo, 4 de abril de 2010
The Wire, apuntada
La conversación es la televisión por otros medios: así podemos empezar este post. Tuve un momento de darwinismo tentativo en el que pensé que mi alejamiento de la televisión podría acabar adscribiéndome a una raza nueva y afásica, particular e incomunicada, cerebralmente detenida, intelectualmente en marcha hacia un paradigma cuyos referentes no podrían compartirse y dentro de la cual los referentes mediáticos no podrían entenderse, en una involución pausada hacia mi propia caverna cultural, con bisontes que iría pintando yo mismo y fuegos que inventaría, ante el asombro ajeno por el salvaje que ignora el alfabeto de la modernidad.
Pues me equivocaba. La cultura popular no es la televisión, sino la conversación sobre la televisión. Uno puede mirar para otro lado cuando emiten Muchachada Nui, Los Soprano o el nuevo spot de Ikea, pero no puede apagar una charla, cambiar de canal una voz o poner el dvd dentro del cráneo de un congénere, cuando ese congénere está troquelando nuestra virginal ignorancia con la estampa pop.
El troquel cultural último (por seguir con la familia léxica) lo encontramos en las series de televisión. Sin haber visto ninguna, sé que existen The Soprano, The Wire, MadMen, Lost, FlashForward, una que va de cirujanos cocainómanos libidinosos, otra en la que Gabriel Byrne ejerce de psicólogo, otra con un ninja (Águila Roja) y House. También sé que ha muerto David Mills, guionista de The Wire, mientras preparaba una nueva serie de televisión, ambientada en el Nueva Orleans posterior al paso del huracán Katrina por sus calles y sus llantos.
Como persona enchufada (wired) durante toda la infancia y la adolescencia, y buena parte de la postadolescencia, he visto muchas series de televisión. Las series de humor, para todos los públicos, como Cheers, Juzgado de guardia o Roxanne; las series de entretenimiento juvenil, como El equipo A, El gran héroe americano y El coche fantástico. Las series de adultos, como Canción triste de Hill Street, Doctor en Alaska o La ley de Los Ángeles. A lo mejor no me perdía ningún episodio, pero nunca consideré que aquello tuviera más valor que el de hacerle a uno pasar el rato, pegar adhesivos en la carpeta escolar y servir de asidero a una nostalgia por venir, que efectivamente vino.
Sin embargo, las series de televisión de nuestros días han alcanzado un status espectacular, no tanto por su éxito y su presencia en cualquier conversación sostenida en la ciudad desde la mañana a la noche, sino por el certificado de calidad artística que han recibido de críticos y escritores, que al parecer también son adictos a estos productos de entretenimiento, a los que elevan a la categoría de "el mejor cine que se hace hoy en día".
El primer intento de ponerme al tanto con este asunto fue hace un año. Alguien me dijo que, de ver alguna serie, tenía que ser The Sopranos, "las demás no valen nada en comparación". Así que me saqué de Diurno (c/ Libertad, Madrid) un dvd que ponía The Sopranos, 1 y lo vi. Me pareció cutre, aburrido, tópico y torpe. No pasé del primer capítulo.
Por suerte.
Si hay algo que me repele de ponerme a ver una serie de televisión, es ese ancho mar de los Sargazos que, en olas de tiempo, tiene uno que atravesar. Creo que una vida viendo la tele durante 300 horas es una vida muy triste. Cuando miro todos los libros que he leído, no pienso que dejé entre sus páginas días que bien podría haber utilizado en cualquier otra cosa. Pero si imagino un montón de metro y medio de alto con todos los cofres de todas las series que tiene uno que ver, y pienso que en efecto las he visto, me invade una premonitoria sensación de existencia patética, de vida unidireccional y de sofás recalentados.
Las chicas solteras pasan las tardes de los domingos viendo Lost.
Las parejas en agraz ven juntos The Wire. Las parejas estables ven juntos The Soprano. Las parejas en crisis no ven ninguna serie juntos: eso también es verdad.
Así que yo he visto The Wired, con apuntadora.
La figura de la apuntadora ha sido fundamental para verme la primera, así llamada, temporada de The Wire. Sólo no hubiera podido. Hace tiempo que veo las películas a cámara rápida, por lo que, daños cerebrales aparte, he perdido capacidad para entender las tramas y prever giros argumentales. También con las novelas me cuesta enterarme de lo que pasa, como he podido comprobar no hace mucho con una manuscrito amigo:
-¿Y qué te parece que Rosa sea la que envenena los mazapanes?
-Ah, ¿era Rosa?
En el visionado de The Wire, lo admito, mi apuntadora ha tenido que contestar, con premura y exactitud, a dos preguntas reiterativas: a)Este, ¿quién es? y b)¿Dónde estamos?
De modo que pido disculpas si mis referencias al argumento de The Wire están llenas de errores y de omisiones. Ahora voy a contar el argumento (como todo el mundo ha visto la serie, me permito comentarla hasta sus más insospechados desenlaces).
Estamos en Baltimore. Un policía llamado McNulty tiene tres contactos influyentes: el Juez, el agente del FBI y la Fiscal. Todo comienza cuando McNulty pone al juez sobre la pista de un tal Avon, traficante de drogas a gran escala. El juez ordena una investigación que dura 13 capítulos.
La investigación sigue este derrotero: policías blancos y negros persiguen a traficantes negros; pinchan sus bípers (buscas) y los teléfonos públicos de "los bloques" (bastante parecidos a los del barrio donde vivo); detienen a alguien de vez en cuando; suman causas de asesinato a la causa matriz del narcotráfico; en el bando delincuente se suceden las vendettas, las estrategias comerciales y las ansias de medrar; en el bando policial se suceden las pesquisas, las disputas políticas y las ansias de medrar. Aparece a menudo la vida privada de policías y delincuentes, conectados unos con otros, en su día a día, por drogadictos informantes y por ciudadanos testigos en los juicios. No sale ningún animal doméstico, creo.
La policía protagonista es negra y lesbiana, y sale con otra mujer negra. Son plenamente felices. El gangster solitario Omar también es negro y gay, y sale con un "muchacho" blanco al que matan los sicarios de Avon. McNulty está divorciado y se lleva muy mal con su ex mujer, mientras que vive un romance tenso y conflictivo con la Fiscal. Los negros delincuentes son extraordinariamente obscenos y tratan a las mujeres como putas (aunque en algunos casos lo son profesionalmente). Las escenas de sexo de la serie se reducen a los revolcones de McNulty con la susodicha fiscal, y los besos de Omar a su muchacho y de la policía a su novia.
Violencia hay más. Muere mucha gente aunque se ven pocos tiros. Casi todos los muertos aparecen ya muertos, con la bala dentro. Hay dos cimas violentas en la serie: el "muchacho" de Omar aparece sobre el capó de un coche, semidesnudo, con un ojo derretido y negro y el cuerpo lleno de laceraciones y verdugones. La otra: unos adolescentes (15 años, o así) disparan a sangre fría, cara a cara, un tiro cada uno, a un chaval más joven (13 años, más o menos).
En general, la imagen que uno se lleva de los delincuentes es que la sociedad los ha hecho así; y de los policías, que casi todos son honrados, con breves instantes de corrupción. La serie termina en un juicio de causa masiva que decapita la organización de Avon y encarcela a muchos de sus lugartenientes y soldados rasos, aunque el segundo de a bordo, Stringer Bell, favorito de la audiencia femenina, sale libre de toda culpa y puede reorganizar el tráfico de drogas.
Mi opinión contundente sobre este producto televisivo es que resulta ridículo equipararlo a cualquier gran obra cinematográfica, no ya clásica, sino de nuestros días. Me gusta más Infiltrados, me gusta más La noche es nuestra; prefiero Caché, prefiero El secreto de sus ojos; me acuerdo más de esas películas, vistas hace tiempo, que de The Wire, visto ayer.
O acabado de ver ayer, habría que apuntar. También es reseñable el hecho de que, si hubiera tratado de ver la serie solo, la hubiera dejado en el capítulo 4, muy flojo, o en el capítulo 5, muy flojo, de haberle dado una segunda oportunidad. En los capítulos 6, 7, 8, 9 (los mejores de la serie, opino) la cosa mejoró tanto que el tramo final, 10, 11, 12, 13 lo vi bajo el influjo de eso llamado "enganche", es decir, la empatía con una emoción que debe ser acompañada.
Desde el punto de vista de los elementos técnicos, de la química de la narración, encuentro dos virtudes en la serie. Por un lado, dar cancha a un factor realista que a menudo se hurta en las historias que nos cuentan, a saber: la gestión. Me gusta ver cómo la policía no va a por los "ladrones" de manera directa, sino por el sinuoso sendero de formularios, papeles, intereses y presiones de egoísmo laboral, lo que en la serie se define a menudo como "chain of comand". El otro, también de estirpe realista, es la cantidad de detalles verosímiles que apuntalan el argumento, desde los trucos para pasar billetes falsos a los camellos al hecho de que si uno vive entre drogas que vienen en cápsulas de cristal las suelas de sus zapatillas deben alojar incrustaciones de vidrio. Está todo muy bien visto.
Sin embargo, tanto la fotografía, como la planificación, la iluminación y el montaje son acaso pedestres. La puesta en escena es claramente ocasional. Se utiliza muy bien la elipsis, aunque a veces parece que la escena X no está incluida porque no cabía, no por sabiduría elusiva. Algunas escenas de vida privada de los personajes son tediosas, y la "temporada" en su conjunto no presenta una estructura manifiestamente sopesada, simétrica o equilibrada.
El material era muy bueno, claro, lo que se hace más relevante al comparar forma y contenido, la primera bastante desmañada, el segundo muy jugoso.
No hallo, y es mi principal objeción en este asunto, una diferencia de grado entre The Wire (la sensación que tengo después de verla) y Canción triste de Hill Street o Doctor en Alaska (la sensación que me queda después de los años). Todas estas series son televisión, es decir, un producto de su tiempo, perecedero más allá del cofre de la nostalgia.
No estoy muy interesado en ver las siguientes "temporadas" de The Wire. Ni serie alguna salvo The Sopranos.
En todo caso, ver series de televisión no es algo que haría solo, sin alguien que me conteste a las preguntas quién es este y dónde estamos; porque entonces las preguntas serían: quién soy yo y dónde estoy, y en el sofá estaría mi fin, y no habría comienzo. Ni voz.
Pues me equivocaba. La cultura popular no es la televisión, sino la conversación sobre la televisión. Uno puede mirar para otro lado cuando emiten Muchachada Nui, Los Soprano o el nuevo spot de Ikea, pero no puede apagar una charla, cambiar de canal una voz o poner el dvd dentro del cráneo de un congénere, cuando ese congénere está troquelando nuestra virginal ignorancia con la estampa pop.
El troquel cultural último (por seguir con la familia léxica) lo encontramos en las series de televisión. Sin haber visto ninguna, sé que existen The Soprano, The Wire, MadMen, Lost, FlashForward, una que va de cirujanos cocainómanos libidinosos, otra en la que Gabriel Byrne ejerce de psicólogo, otra con un ninja (Águila Roja) y House. También sé que ha muerto David Mills, guionista de The Wire, mientras preparaba una nueva serie de televisión, ambientada en el Nueva Orleans posterior al paso del huracán Katrina por sus calles y sus llantos.
Como persona enchufada (wired) durante toda la infancia y la adolescencia, y buena parte de la postadolescencia, he visto muchas series de televisión. Las series de humor, para todos los públicos, como Cheers, Juzgado de guardia o Roxanne; las series de entretenimiento juvenil, como El equipo A, El gran héroe americano y El coche fantástico. Las series de adultos, como Canción triste de Hill Street, Doctor en Alaska o La ley de Los Ángeles. A lo mejor no me perdía ningún episodio, pero nunca consideré que aquello tuviera más valor que el de hacerle a uno pasar el rato, pegar adhesivos en la carpeta escolar y servir de asidero a una nostalgia por venir, que efectivamente vino.
Sin embargo, las series de televisión de nuestros días han alcanzado un status espectacular, no tanto por su éxito y su presencia en cualquier conversación sostenida en la ciudad desde la mañana a la noche, sino por el certificado de calidad artística que han recibido de críticos y escritores, que al parecer también son adictos a estos productos de entretenimiento, a los que elevan a la categoría de "el mejor cine que se hace hoy en día".
El primer intento de ponerme al tanto con este asunto fue hace un año. Alguien me dijo que, de ver alguna serie, tenía que ser The Sopranos, "las demás no valen nada en comparación". Así que me saqué de Diurno (c/ Libertad, Madrid) un dvd que ponía The Sopranos, 1 y lo vi. Me pareció cutre, aburrido, tópico y torpe. No pasé del primer capítulo.
Por suerte.
Si hay algo que me repele de ponerme a ver una serie de televisión, es ese ancho mar de los Sargazos que, en olas de tiempo, tiene uno que atravesar. Creo que una vida viendo la tele durante 300 horas es una vida muy triste. Cuando miro todos los libros que he leído, no pienso que dejé entre sus páginas días que bien podría haber utilizado en cualquier otra cosa. Pero si imagino un montón de metro y medio de alto con todos los cofres de todas las series que tiene uno que ver, y pienso que en efecto las he visto, me invade una premonitoria sensación de existencia patética, de vida unidireccional y de sofás recalentados.
Las chicas solteras pasan las tardes de los domingos viendo Lost.
Las parejas en agraz ven juntos The Wire. Las parejas estables ven juntos The Soprano. Las parejas en crisis no ven ninguna serie juntos: eso también es verdad.
Así que yo he visto The Wired, con apuntadora.
La figura de la apuntadora ha sido fundamental para verme la primera, así llamada, temporada de The Wire. Sólo no hubiera podido. Hace tiempo que veo las películas a cámara rápida, por lo que, daños cerebrales aparte, he perdido capacidad para entender las tramas y prever giros argumentales. También con las novelas me cuesta enterarme de lo que pasa, como he podido comprobar no hace mucho con una manuscrito amigo:
-¿Y qué te parece que Rosa sea la que envenena los mazapanes?
-Ah, ¿era Rosa?
En el visionado de The Wire, lo admito, mi apuntadora ha tenido que contestar, con premura y exactitud, a dos preguntas reiterativas: a)Este, ¿quién es? y b)¿Dónde estamos?
De modo que pido disculpas si mis referencias al argumento de The Wire están llenas de errores y de omisiones. Ahora voy a contar el argumento (como todo el mundo ha visto la serie, me permito comentarla hasta sus más insospechados desenlaces).
Estamos en Baltimore. Un policía llamado McNulty tiene tres contactos influyentes: el Juez, el agente del FBI y la Fiscal. Todo comienza cuando McNulty pone al juez sobre la pista de un tal Avon, traficante de drogas a gran escala. El juez ordena una investigación que dura 13 capítulos.
La investigación sigue este derrotero: policías blancos y negros persiguen a traficantes negros; pinchan sus bípers (buscas) y los teléfonos públicos de "los bloques" (bastante parecidos a los del barrio donde vivo); detienen a alguien de vez en cuando; suman causas de asesinato a la causa matriz del narcotráfico; en el bando delincuente se suceden las vendettas, las estrategias comerciales y las ansias de medrar; en el bando policial se suceden las pesquisas, las disputas políticas y las ansias de medrar. Aparece a menudo la vida privada de policías y delincuentes, conectados unos con otros, en su día a día, por drogadictos informantes y por ciudadanos testigos en los juicios. No sale ningún animal doméstico, creo.
La policía protagonista es negra y lesbiana, y sale con otra mujer negra. Son plenamente felices. El gangster solitario Omar también es negro y gay, y sale con un "muchacho" blanco al que matan los sicarios de Avon. McNulty está divorciado y se lleva muy mal con su ex mujer, mientras que vive un romance tenso y conflictivo con la Fiscal. Los negros delincuentes son extraordinariamente obscenos y tratan a las mujeres como putas (aunque en algunos casos lo son profesionalmente). Las escenas de sexo de la serie se reducen a los revolcones de McNulty con la susodicha fiscal, y los besos de Omar a su muchacho y de la policía a su novia.
Violencia hay más. Muere mucha gente aunque se ven pocos tiros. Casi todos los muertos aparecen ya muertos, con la bala dentro. Hay dos cimas violentas en la serie: el "muchacho" de Omar aparece sobre el capó de un coche, semidesnudo, con un ojo derretido y negro y el cuerpo lleno de laceraciones y verdugones. La otra: unos adolescentes (15 años, o así) disparan a sangre fría, cara a cara, un tiro cada uno, a un chaval más joven (13 años, más o menos).
En general, la imagen que uno se lleva de los delincuentes es que la sociedad los ha hecho así; y de los policías, que casi todos son honrados, con breves instantes de corrupción. La serie termina en un juicio de causa masiva que decapita la organización de Avon y encarcela a muchos de sus lugartenientes y soldados rasos, aunque el segundo de a bordo, Stringer Bell, favorito de la audiencia femenina, sale libre de toda culpa y puede reorganizar el tráfico de drogas.
Mi opinión contundente sobre este producto televisivo es que resulta ridículo equipararlo a cualquier gran obra cinematográfica, no ya clásica, sino de nuestros días. Me gusta más Infiltrados, me gusta más La noche es nuestra; prefiero Caché, prefiero El secreto de sus ojos; me acuerdo más de esas películas, vistas hace tiempo, que de The Wire, visto ayer.
O acabado de ver ayer, habría que apuntar. También es reseñable el hecho de que, si hubiera tratado de ver la serie solo, la hubiera dejado en el capítulo 4, muy flojo, o en el capítulo 5, muy flojo, de haberle dado una segunda oportunidad. En los capítulos 6, 7, 8, 9 (los mejores de la serie, opino) la cosa mejoró tanto que el tramo final, 10, 11, 12, 13 lo vi bajo el influjo de eso llamado "enganche", es decir, la empatía con una emoción que debe ser acompañada.
Desde el punto de vista de los elementos técnicos, de la química de la narración, encuentro dos virtudes en la serie. Por un lado, dar cancha a un factor realista que a menudo se hurta en las historias que nos cuentan, a saber: la gestión. Me gusta ver cómo la policía no va a por los "ladrones" de manera directa, sino por el sinuoso sendero de formularios, papeles, intereses y presiones de egoísmo laboral, lo que en la serie se define a menudo como "chain of comand". El otro, también de estirpe realista, es la cantidad de detalles verosímiles que apuntalan el argumento, desde los trucos para pasar billetes falsos a los camellos al hecho de que si uno vive entre drogas que vienen en cápsulas de cristal las suelas de sus zapatillas deben alojar incrustaciones de vidrio. Está todo muy bien visto.
Sin embargo, tanto la fotografía, como la planificación, la iluminación y el montaje son acaso pedestres. La puesta en escena es claramente ocasional. Se utiliza muy bien la elipsis, aunque a veces parece que la escena X no está incluida porque no cabía, no por sabiduría elusiva. Algunas escenas de vida privada de los personajes son tediosas, y la "temporada" en su conjunto no presenta una estructura manifiestamente sopesada, simétrica o equilibrada.
El material era muy bueno, claro, lo que se hace más relevante al comparar forma y contenido, la primera bastante desmañada, el segundo muy jugoso.
No hallo, y es mi principal objeción en este asunto, una diferencia de grado entre The Wire (la sensación que tengo después de verla) y Canción triste de Hill Street o Doctor en Alaska (la sensación que me queda después de los años). Todas estas series son televisión, es decir, un producto de su tiempo, perecedero más allá del cofre de la nostalgia.
No estoy muy interesado en ver las siguientes "temporadas" de The Wire. Ni serie alguna salvo The Sopranos.
En todo caso, ver series de televisión no es algo que haría solo, sin alguien que me conteste a las preguntas quién es este y dónde estamos; porque entonces las preguntas serían: quién soy yo y dónde estoy, y en el sofá estaría mi fin, y no habría comienzo. Ni voz.
viernes, 26 de marzo de 2010
El talento funeral
(boletín de autobombo negativo)
(extracto)
Se dice que el genio individual no se halla(rá) por ninguna parte y es que, quizá, sea cierto su reverso: esa formulación que sostiene que el talento se impregna por dóquier, en cada cuerpo y cada alma (como quien dice); a saber, que todos tienen talento, sólo que sucede que bien pocos saben para qué.
Ese parece ser, al menos, el motto sobre el que indaga Alberto Olmos en la tediosa El talento de los demás, una novela construida en base de lo que podrían ser (más o menos) tres nouvelles, sin mayor solución de continuidad que un nombre: Mario Sut.
La idea, que no deja de pecar de superficialmente provocadora, y tener mucho de ese aire à-la-lenguadetrapo, es brillante, de hecho, como todo lo que hace Olmos.
Pero el pecado es de forma y, sobre todo, de bilis.
Me explico: la novela de Olmos habla del talento, sí, del talento de los otros, sí, pero habla en términos de ese “triunfo del odio sobre el odio” [5]. Y, así, se regodea el escritor -más concretamente- no en el talento, sino en los aledaños del talento: en su sombra y representación.
De hecho, las partes primera y última -de tres- son las novelas (fallidas) escritas por dos de los infames protagonistas del grupo de wannabes del arte de la segunda parte (Alberto & Martín).
Cierto que la novela es ambiciosa y valiente, pero nunca puede ser arriesgada.
Y no tanto por la banalidad de su argumento, sino por la contradicción en la que se fundamenta, que “todos los triunfadores son farsantes, personas que simulan su discurso, ventrilocuos de la verdad “ [6].
Al proponer formalmente lo que se repudia en ella, la novela se destruye a sí misma como artefacto de peligro y se constituye en pantomima de su genuina crítica.
Lo diré en otros términos más sencillos: Olmos, que para nada es ingenuo en sus actuaciones, lo que hace es no sólo decirle al tonto lo tonto que es, sino emular los efectos de su tontuna. Y eso se llama, aquí y en Sebastopol, abusar de los chiquillos.
Porque incluso es Olmos tan listo como para evidenciar los errores clásicos que comete el bisoño narrador de historias: la magnificación de los símbolos, la construcción de un ridículo pasado trágico para el protagonista, el riego constante, desmedido y chiripitifláutico del yo vulgar que se transforma en el de un enfant terrible de pacotilla, el paralelismo del categórico signo externo como metáfora de un estado del alma, etc etc etc
Mi reparo, además, viene con la constatación de que la novela pone de relieve todo lo abyecto que tiene aquel que deambula por el talento, porque es cierto que sí, que lo que “sobra(ba) era el talento. El de los demás”. [7].
Sólo que tener talento nunca significó que se pudiera utilizar para algo provechoso, bello o sencillamente ameno o relevante o pródigo.
Y esto es lo que demuestra con inteligencia Alberto Olmos. Pero es que esto ya lo sabíamos: que el talento, chico, per se, es inútil.
Como el mismo Olmos propone en la novela: “El genio no es elegirse genial y acertar; el genio es elegirse genial y posar “[8].
El talento de los demás son 318 páginas de complaciente y estéril pose genial.
Diré por último que me llama la atención el parecido (pálido) que tiene la estructura de El talento… -y también en la musicalidad (en igual nota de la escala, pero en tono menor)-, con la de Los detectives salvajes de Bolaño (se siente el hálito caliente del chileno, caliente… como esa misma sombra del talento que huye despavorida frente a la barbarie) .
Y aún más, la similitud de la segunda parte de la novela, de ese Madrid de la primera década del siglo XXI con el Londres de los 90 de Antonio Álamo.
En fin, misterios del así llamado talento:
“Y es que, a veces una novela o una canción también tenían el que ser simbólicamente superficiales para parecer profundas” [9].
Pero es que, como todo el mundo sabe, entre el talento y la genialidad hay un matiz, muy tenue, vaporoso como todo arte mayor; una ligera gradación sublime, pero que hace que el genio alcance una categoría superior a la del resto de los talentosos mortales.
---
Gracias
Link
(extracto)
Se dice que el genio individual no se halla(rá) por ninguna parte y es que, quizá, sea cierto su reverso: esa formulación que sostiene que el talento se impregna por dóquier, en cada cuerpo y cada alma (como quien dice); a saber, que todos tienen talento, sólo que sucede que bien pocos saben para qué.
Ese parece ser, al menos, el motto sobre el que indaga Alberto Olmos en la tediosa El talento de los demás, una novela construida en base de lo que podrían ser (más o menos) tres nouvelles, sin mayor solución de continuidad que un nombre: Mario Sut.
La idea, que no deja de pecar de superficialmente provocadora, y tener mucho de ese aire à-la-lenguadetrapo, es brillante, de hecho, como todo lo que hace Olmos.
Pero el pecado es de forma y, sobre todo, de bilis.
Me explico: la novela de Olmos habla del talento, sí, del talento de los otros, sí, pero habla en términos de ese “triunfo del odio sobre el odio” [5]. Y, así, se regodea el escritor -más concretamente- no en el talento, sino en los aledaños del talento: en su sombra y representación.
De hecho, las partes primera y última -de tres- son las novelas (fallidas) escritas por dos de los infames protagonistas del grupo de wannabes del arte de la segunda parte (Alberto & Martín).
Cierto que la novela es ambiciosa y valiente, pero nunca puede ser arriesgada.
Y no tanto por la banalidad de su argumento, sino por la contradicción en la que se fundamenta, que “todos los triunfadores son farsantes, personas que simulan su discurso, ventrilocuos de la verdad “ [6].
Al proponer formalmente lo que se repudia en ella, la novela se destruye a sí misma como artefacto de peligro y se constituye en pantomima de su genuina crítica.
Lo diré en otros términos más sencillos: Olmos, que para nada es ingenuo en sus actuaciones, lo que hace es no sólo decirle al tonto lo tonto que es, sino emular los efectos de su tontuna. Y eso se llama, aquí y en Sebastopol, abusar de los chiquillos.
Porque incluso es Olmos tan listo como para evidenciar los errores clásicos que comete el bisoño narrador de historias: la magnificación de los símbolos, la construcción de un ridículo pasado trágico para el protagonista, el riego constante, desmedido y chiripitifláutico del yo vulgar que se transforma en el de un enfant terrible de pacotilla, el paralelismo del categórico signo externo como metáfora de un estado del alma, etc etc etc
Mi reparo, además, viene con la constatación de que la novela pone de relieve todo lo abyecto que tiene aquel que deambula por el talento, porque es cierto que sí, que lo que “sobra(ba) era el talento. El de los demás”. [7].
Sólo que tener talento nunca significó que se pudiera utilizar para algo provechoso, bello o sencillamente ameno o relevante o pródigo.
Y esto es lo que demuestra con inteligencia Alberto Olmos. Pero es que esto ya lo sabíamos: que el talento, chico, per se, es inútil.
Como el mismo Olmos propone en la novela: “El genio no es elegirse genial y acertar; el genio es elegirse genial y posar “[8].
El talento de los demás son 318 páginas de complaciente y estéril pose genial.
Diré por último que me llama la atención el parecido (pálido) que tiene la estructura de El talento… -y también en la musicalidad (en igual nota de la escala, pero en tono menor)-, con la de Los detectives salvajes de Bolaño (se siente el hálito caliente del chileno, caliente… como esa misma sombra del talento que huye despavorida frente a la barbarie) .
Y aún más, la similitud de la segunda parte de la novela, de ese Madrid de la primera década del siglo XXI con el Londres de los 90 de Antonio Álamo.
En fin, misterios del así llamado talento:
“Y es que, a veces una novela o una canción también tenían el que ser simbólicamente superficiales para parecer profundas” [9].
Pero es que, como todo el mundo sabe, entre el talento y la genialidad hay un matiz, muy tenue, vaporoso como todo arte mayor; una ligera gradación sublime, pero que hace que el genio alcance una categoría superior a la del resto de los talentosos mortales.
---
Gracias
Link
lunes, 8 de marzo de 2010
El estatus, en la revista Leer
(boletín de autobombo)
Los signos externos de Alberto Olmos tienen un denominador común: el prestigio; prestigio de los premios que gana y de las editoriales en que publica. Véase: finalista del Premio Herralde de Novela en 1998 con su primera novela, publica habitualmente en Lengua de Trapo y acaba de conseguir con El estatus el Premio Ojo Crítico.
El estatus corrobora absolutamente todo lo que indican esos signos externos. Estamos ante una novela verdaderamente lograda: divertida, inquietante y perturbadora a partes iguales; escrita con un estilo conciso y eficaz, alejado tanto de la frialdad como del manierismo, refractario al lugar común; con unos diálogos brillantes, que pasan de la elegancia al casticismo sin solución de continuidad. Una novela autosuficiente, puramente literaria, que se sostiene a sí misma, huérfana de referencias temporales o geográficas, desnuda y concentrada como una obra de Beckett.
Son múltiples las referencias y ecos que sugiere esta novela, por otra parte tan original. El ambiente cerrado puede remitir a El ángel exterminador, y los elementos fantasmales a Los otros. Pero el humor que la recorre le confiere un aspecto muy personal.
Los signos externos de Alberto Olmos tienen un denominador común: el prestigio; prestigio de los premios que gana y de las editoriales en que publica. Véase: finalista del Premio Herralde de Novela en 1998 con su primera novela, publica habitualmente en Lengua de Trapo y acaba de conseguir con El estatus el Premio Ojo Crítico.
El estatus corrobora absolutamente todo lo que indican esos signos externos. Estamos ante una novela verdaderamente lograda: divertida, inquietante y perturbadora a partes iguales; escrita con un estilo conciso y eficaz, alejado tanto de la frialdad como del manierismo, refractario al lugar común; con unos diálogos brillantes, que pasan de la elegancia al casticismo sin solución de continuidad. Una novela autosuficiente, puramente literaria, que se sostiene a sí misma, huérfana de referencias temporales o geográficas, desnuda y concentrada como una obra de Beckett.
Son múltiples las referencias y ecos que sugiere esta novela, por otra parte tan original. El ambiente cerrado puede remitir a El ángel exterminador, y los elementos fantasmales a Los otros. Pero el humor que la recorre le confiere un aspecto muy personal.
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Fwd: Prestigio, cágate.
jueves, 4 de marzo de 2010
Se suicida el escritor Alberto Olmos
El autor de Recapitulaciones fue encontrado muerto en la madrugada del domingo
Madrid. Agencias. 12-12-2044.- Alberto Olmos, de 69 años de edad, acabó con su vida el sábado por la mañana en su domicilio de la Calle Seseña de Madrid. El cadáver del conocido escritor fue encontrado por su esposa a la vuelta de un viaje. El autor se encontraba sólo en casa y se especula con que hizo coincidir su drástica decisión con el esperado regreso de su cónyuge.
Según han informado fuentes de la Policía Municipal, la muerte le sobrevino por inhalación de gas. Vecinos consultados por este diario así lo corroboran. "Todo el pasillo olía a gas", afirma D.F.G., "llamé a los bomberos pero vino primero la policía. Me dijeron que volviera a mi casa y cerrara la puerta. Los vi entrar en el 5º izquierda."
Allí les recibió la esposa de Alberto Olmos. Pocos minutos más tarde llegó una unidad del Servicio de Urgencias Médicas de la Comunidad de Madrid, que certificó la muerte del novelista.
El fallecido se encontraba sentado en el suelo de la cocina, en pijama y con un cuchillo de gran tamaño en la mano derecha. Su cuerpo, sin embargo, no presentaba cortes ni signos de violencia.
Se da la circunstancia de que Alberto Olmos había anunciado su suicidio hace 34 años. Lo hizo en un post publicado en su blog Hikikomori el día 4 de marzo de 2010. La bitácora se encontraba inactiva desde el año 2032 pero el citado post ha servido a sus amigos, conocidos y lectores para darle el último adiós. El post supera ya los 300 comentarios. "Te echaremos de menos, Alb., eras la mejor persona del mundo", escribe Rafael R. "Tu obra es ya inmortal", dice Fátima A. "¿Por qué?, Alberto, ¿por qué?", se pregunta la conocida supermodelo Laura Lugones (de 16 años).
Nota de suicidio
El escritor dejó escrita una larga nota de suicidio en su ordenador personal. Por expreso deseo de su mujer, la trascribimos a continuación:
YO SOY 3000 SUICIDIOS
Estimados amigos:
Cuando acabe de escribir esta declaración acabará mi vida. Quiero dejar constancia de este hecho para evitar especulaciones baratas de serie de televisión de 2 temporadas. Llevaré a cabo mi autolisis mediante la apertura de la espita del gas. Mi esposa está a punto de regresar de Estados Unidos y espero no causar daños a personas inocentes. Si lees esto, amor, cierra el gas.
El motivo de mi muerte es que tengo 69 años. Eso lo dice todo. Podría apelar al sinsentido de la vida, a mi amargura por vivir en un mundo donde cada cinco minutos nos mienten y cada cinco segundos nos manipulan. A mi frustración por no haber conseguido tampoco este año el Premio Europeo de Narrativa. Incluso puedo excusar mi acto en los ataques de nervios que llevo sufriendo desde que tuve la puta idea de hacerme escritor. No. Me suicido porque tengo 69 años, y la vejez es intolerable.
Quiero aprovechar para consignar el nombre y apellidos de todas las personas que, en un momento u otro de mi vida, he despreciado en silencio. (Ver Excell adjunto.) En la última casilla del documento, A-2640, he incluido mi propio nombre.
También he dejado una lista con los nombres de las personas que estimo. Están en el bloc de notas.
Finalmente, quiero expresar mi firme deseo de que, si mi muerte llega a los periódicos, en ellos aparezca claramente la palabra SUICIDIO. Me he suicidado como se suicidaron en lo últimos doce meses, sin que nadie les hiciera caso, 3000 personas. Yo soy 3000 suicidios. Hombres, mujeres y niños han muerto por voluntad propia. Hombres, mujeres y niños han acabado con sus vidas mientras seguían los cortes publicitarios. Hombres, mujeres y niños han saltado al vacío, han apretado el gatillo, han roto sus venas, han inhalado gas, han respirado agua, han girado bruscamente el volante mientras se inauguraban nuevos polideportivos. 3000 personas han abandonado el barco ebrio de la sociedad contemporánea. Sólo este año. 3000. Yo soy una de ellas y, si los redactores jefe (un saludo, idiotas) de Cultura de algunos periódicos consideran de interés reseñar mi muerte a dos columnas, espero que al menos sirva para recordar a los hombres, mujeres y niños que hemos dicho No a seguir con vosotros.
Somos 3000, más que muchos grupos de Facebook que llevan años ocupando portadas y portadas. Somos 3000 y no hemos hecho meramente click en el botón Unirse a este Grupo. En realidad, hemos hecho click para salirnos de todos los Grupos.
Para desloguearnos.
Para acabar sesión.
Para desconectarnos.
Tened la decencia de hacerlo saber.
Sayonara,
A.O.
Madrid. Agencias. 12-12-2044.- Alberto Olmos, de 69 años de edad, acabó con su vida el sábado por la mañana en su domicilio de la Calle Seseña de Madrid. El cadáver del conocido escritor fue encontrado por su esposa a la vuelta de un viaje. El autor se encontraba sólo en casa y se especula con que hizo coincidir su drástica decisión con el esperado regreso de su cónyuge.
Según han informado fuentes de la Policía Municipal, la muerte le sobrevino por inhalación de gas. Vecinos consultados por este diario así lo corroboran. "Todo el pasillo olía a gas", afirma D.F.G., "llamé a los bomberos pero vino primero la policía. Me dijeron que volviera a mi casa y cerrara la puerta. Los vi entrar en el 5º izquierda."
Allí les recibió la esposa de Alberto Olmos. Pocos minutos más tarde llegó una unidad del Servicio de Urgencias Médicas de la Comunidad de Madrid, que certificó la muerte del novelista.
El fallecido se encontraba sentado en el suelo de la cocina, en pijama y con un cuchillo de gran tamaño en la mano derecha. Su cuerpo, sin embargo, no presentaba cortes ni signos de violencia.
Se da la circunstancia de que Alberto Olmos había anunciado su suicidio hace 34 años. Lo hizo en un post publicado en su blog Hikikomori el día 4 de marzo de 2010. La bitácora se encontraba inactiva desde el año 2032 pero el citado post ha servido a sus amigos, conocidos y lectores para darle el último adiós. El post supera ya los 300 comentarios. "Te echaremos de menos, Alb., eras la mejor persona del mundo", escribe Rafael R. "Tu obra es ya inmortal", dice Fátima A. "¿Por qué?, Alberto, ¿por qué?", se pregunta la conocida supermodelo Laura Lugones (de 16 años).
Nota de suicidio
El escritor dejó escrita una larga nota de suicidio en su ordenador personal. Por expreso deseo de su mujer, la trascribimos a continuación:
YO SOY 3000 SUICIDIOS
Estimados amigos:
Cuando acabe de escribir esta declaración acabará mi vida. Quiero dejar constancia de este hecho para evitar especulaciones baratas de serie de televisión de 2 temporadas. Llevaré a cabo mi autolisis mediante la apertura de la espita del gas. Mi esposa está a punto de regresar de Estados Unidos y espero no causar daños a personas inocentes. Si lees esto, amor, cierra el gas.
El motivo de mi muerte es que tengo 69 años. Eso lo dice todo. Podría apelar al sinsentido de la vida, a mi amargura por vivir en un mundo donde cada cinco minutos nos mienten y cada cinco segundos nos manipulan. A mi frustración por no haber conseguido tampoco este año el Premio Europeo de Narrativa. Incluso puedo excusar mi acto en los ataques de nervios que llevo sufriendo desde que tuve la puta idea de hacerme escritor. No. Me suicido porque tengo 69 años, y la vejez es intolerable.
Quiero aprovechar para consignar el nombre y apellidos de todas las personas que, en un momento u otro de mi vida, he despreciado en silencio. (Ver Excell adjunto.) En la última casilla del documento, A-2640, he incluido mi propio nombre.
También he dejado una lista con los nombres de las personas que estimo. Están en el bloc de notas.
Finalmente, quiero expresar mi firme deseo de que, si mi muerte llega a los periódicos, en ellos aparezca claramente la palabra SUICIDIO. Me he suicidado como se suicidaron en lo últimos doce meses, sin que nadie les hiciera caso, 3000 personas. Yo soy 3000 suicidios. Hombres, mujeres y niños han muerto por voluntad propia. Hombres, mujeres y niños han acabado con sus vidas mientras seguían los cortes publicitarios. Hombres, mujeres y niños han saltado al vacío, han apretado el gatillo, han roto sus venas, han inhalado gas, han respirado agua, han girado bruscamente el volante mientras se inauguraban nuevos polideportivos. 3000 personas han abandonado el barco ebrio de la sociedad contemporánea. Sólo este año. 3000. Yo soy una de ellas y, si los redactores jefe (un saludo, idiotas) de Cultura de algunos periódicos consideran de interés reseñar mi muerte a dos columnas, espero que al menos sirva para recordar a los hombres, mujeres y niños que hemos dicho No a seguir con vosotros.
Somos 3000, más que muchos grupos de Facebook que llevan años ocupando portadas y portadas. Somos 3000 y no hemos hecho meramente click en el botón Unirse a este Grupo. En realidad, hemos hecho click para salirnos de todos los Grupos.
Para desloguearnos.
Para acabar sesión.
Para desconectarnos.
Tened la decencia de hacerlo saber.
Sayonara,
A.O.
sábado, 27 de febrero de 2010
miércoles, 17 de febrero de 2010
Si esto no es el fin, se le parece bastante
Salvador Dalí apuntaba en sus diarios que, con frecuencia, algún joven se presentaba en su casa al objeto de preguntarle cómo se hace para triunfar.
Dalí lo sabía perfectamente, pues no en vano podríamos considerarlo como el artista pionero del Marketing Yourself, desarrollo hipercúbico de esa parte del tiempo que antes dedicaban los creadores a tomar un café con alguien influyente.
Ayer mismo recibí un mail con el asunto: pregunta indiscreta. La pregunta indiscreta era esta: ¿Cómo hiciste para publicar en Anagrama?
Varias veces me han preguntado lo mismo; o me han preguntado cómo se hace para publicar. Nunca, sin embargo, me han preguntado cómo se hace para escribir un libro, y menos cómo se hace para escribir un buen libro.
Quizá yo no sepa cómo se hace un buen libro, pero desde luego entiendo que las personas que me consultan sobre cómo alcanzar la materialización de sus sueños literarios consideran que escribir ya saben, y muy bien, que hacer libros ya saben, y muy bien, o que, en todo caso, escribir un buen libro ni siquiera es lo importante.
Lo importante es saber cómo se hace para que te publique Anagrama.
¿Escribiendo un buen libro?
También ayer recibí una carta. De Anagrama. Me informaba, como está establecido en el contrato de edición de 1998 de A bordo del naufragio, de las ventas durante el periodo 1-01-09/31-12-09 de dicha novela. Me alegraron mucho las ventas (a Jorge Herralde dudo que tanto), porque han subido respecto a años anteriores y, aunque son magrísimas, me transmiten la evidencia de que esa opera prima mía aún colea, resurrecta.
¿Me publicaron A bordo del naufragio porque era un buen libro? ¿O hice algo más para que me lo publicaran? Detallo con minuciosidad extrema lo que hice para que me publicara Anagrama:
1. Escribí un libro.
2. Lo imprimí y lo encuaderné.
3. Lo metí en un sobre.
y4. Lo mandé por correo.
Aprovecho para detallar lo que hice para que Lengua de Trapo me publicara El talento de los demás:
1. Escribí un libro.
2. Lo imprimí y lo encuaderné.
3. Lo metí en un sobre.
y4. Lo mandé por correo.
Aprovecho para detallar lo que hice y sigo haciendo y seguiré haciendo después de que un libro mío sale a la venta:
1 (y1). Contesto entrevistas si me las proponen.
Como puede deducirse, Dalí y yo estamos en extremos opuestos en el eje de coordenadas de la creación artística. Por eso Dalí es Dalí, y yo no soy nadie. O soy -Dalí, un don nadie que pinta.
Noam Chomsky fue el primero en observar que un candidato a presidente del gobierno hace campaña de modo idéntico al que utiliza un detergente para promocionarse. A día de hoy, muchos escritores parecen haber asumido su condición detergente, y me hacen pensar que formo parte de una minoría casi nobiliaria, estiradísima, muy señorita, que no está dispuesta a bajar al barro del slogan ni a subir al desván de los disfraces, porque somos de sangre azul, como bien se ve en nuestro bic, al firmar fracasos.
Hace ya mucho que las películas de Hollywood dedican tanto o más dinero a la promoción que a la producción de la propia película. Los escritores contemporáneos parecen seguir esa tendencia: cada vez se dedica más tiempo a tratar de que te publique Anagrama y, luego, a tratar de que tu novela salga en muchos medios de comunicación, que a escribir una novela. Quizá por eso las novelas hoy son tan cortitas; quizá, por eso, son tan malas. Escribir una novela se ha convertido en una putada si quieres ser novelista. Lo tienes todo, nombre, pose, contactos, conocidos en televisión, blog, perfil en facebook con 900 amigos... ¿y encima tienes que escribir una novela?
¿Buena?
Ignacio Echevarría, hace unas semanas, delataba su estupor en un suplemento ante el vídeo que acababa de ver en Youtube. Se trataba de una especie de cortometraje protagonizado por Clara Sánchez. En él aparecía vestida de doctora (bata blanca) y atendía a pacientes o colegas (no lo he visto), alegoría audiovisual para hablarnos de una novela suya. La pregunta no es: ¿te imaginas a Kafka vestido de Cobrador del Frac en un vídeo alegórico sobre El proceso, o a Proust vestido de Marquesa en un spot para En busca del tiempo perdido? La pregunta es: ¿se ha perdido a Kafka o se ha perdido El proceso?
Se ha perdido El proceso, obviamente; se ha perdido la obra.
Hasta antesdeayer, la obra de uno era su publicidad, la fuente de su prestigio y de su fama y de su mito. No había nada más. De ahí que el mitificado vea post mortem cómo cualquier cosa obra suya se vuelve realmente Obra: diarios, cartas, apuntes, anotaciones, borradores. Necesitamos un anuncio distinto de Coca Cola cada año; necesitamos una antología de The Beattles cada año; y necesitamos un libro de Kafka cada año. Porque no podemos creer solos.
¿Cómo se hace para triunfar hoy día? Siendo Kafka, pero sin escribir El proceso.
Casi todos lo escritores jóvenes lo han entendido ya. Se ha terminado la literatura de escribir, ahora empieza la literatura de ser escritor. Ocúpate primero de ser escritor, que ya habrá tiempo luego de escribir. A fin de cuentas, somos escritores para los que compran libros, no para los que los leen y lo importante es entender que los libros se compran antes de haberlos leído, por lo que ese campamento base comercial es en realidad nuestra meta.
Hace unos meses, un personaje del mundillo literario me arrojó este reto a la cara: A ver dónde estás tú dentro de veinte años y a ver dónde estoy yo. Mi respuesta fue: Yo no voy a estar.
Porque si esto no es el fin, se le parece bastante.
Dalí lo sabía perfectamente, pues no en vano podríamos considerarlo como el artista pionero del Marketing Yourself, desarrollo hipercúbico de esa parte del tiempo que antes dedicaban los creadores a tomar un café con alguien influyente.
Ayer mismo recibí un mail con el asunto: pregunta indiscreta. La pregunta indiscreta era esta: ¿Cómo hiciste para publicar en Anagrama?
Varias veces me han preguntado lo mismo; o me han preguntado cómo se hace para publicar. Nunca, sin embargo, me han preguntado cómo se hace para escribir un libro, y menos cómo se hace para escribir un buen libro.
Quizá yo no sepa cómo se hace un buen libro, pero desde luego entiendo que las personas que me consultan sobre cómo alcanzar la materialización de sus sueños literarios consideran que escribir ya saben, y muy bien, que hacer libros ya saben, y muy bien, o que, en todo caso, escribir un buen libro ni siquiera es lo importante.
Lo importante es saber cómo se hace para que te publique Anagrama.
¿Escribiendo un buen libro?
También ayer recibí una carta. De Anagrama. Me informaba, como está establecido en el contrato de edición de 1998 de A bordo del naufragio, de las ventas durante el periodo 1-01-09/31-12-09 de dicha novela. Me alegraron mucho las ventas (a Jorge Herralde dudo que tanto), porque han subido respecto a años anteriores y, aunque son magrísimas, me transmiten la evidencia de que esa opera prima mía aún colea, resurrecta.
¿Me publicaron A bordo del naufragio porque era un buen libro? ¿O hice algo más para que me lo publicaran? Detallo con minuciosidad extrema lo que hice para que me publicara Anagrama:
1. Escribí un libro.
2. Lo imprimí y lo encuaderné.
3. Lo metí en un sobre.
y4. Lo mandé por correo.
Aprovecho para detallar lo que hice para que Lengua de Trapo me publicara El talento de los demás:
1. Escribí un libro.
2. Lo imprimí y lo encuaderné.
3. Lo metí en un sobre.
y4. Lo mandé por correo.
Aprovecho para detallar lo que hice y sigo haciendo y seguiré haciendo después de que un libro mío sale a la venta:
1 (y1). Contesto entrevistas si me las proponen.
Como puede deducirse, Dalí y yo estamos en extremos opuestos en el eje de coordenadas de la creación artística. Por eso Dalí es Dalí, y yo no soy nadie. O soy -Dalí, un don nadie que pinta.
Noam Chomsky fue el primero en observar que un candidato a presidente del gobierno hace campaña de modo idéntico al que utiliza un detergente para promocionarse. A día de hoy, muchos escritores parecen haber asumido su condición detergente, y me hacen pensar que formo parte de una minoría casi nobiliaria, estiradísima, muy señorita, que no está dispuesta a bajar al barro del slogan ni a subir al desván de los disfraces, porque somos de sangre azul, como bien se ve en nuestro bic, al firmar fracasos.
Hace ya mucho que las películas de Hollywood dedican tanto o más dinero a la promoción que a la producción de la propia película. Los escritores contemporáneos parecen seguir esa tendencia: cada vez se dedica más tiempo a tratar de que te publique Anagrama y, luego, a tratar de que tu novela salga en muchos medios de comunicación, que a escribir una novela. Quizá por eso las novelas hoy son tan cortitas; quizá, por eso, son tan malas. Escribir una novela se ha convertido en una putada si quieres ser novelista. Lo tienes todo, nombre, pose, contactos, conocidos en televisión, blog, perfil en facebook con 900 amigos... ¿y encima tienes que escribir una novela?
¿Buena?
Ignacio Echevarría, hace unas semanas, delataba su estupor en un suplemento ante el vídeo que acababa de ver en Youtube. Se trataba de una especie de cortometraje protagonizado por Clara Sánchez. En él aparecía vestida de doctora (bata blanca) y atendía a pacientes o colegas (no lo he visto), alegoría audiovisual para hablarnos de una novela suya. La pregunta no es: ¿te imaginas a Kafka vestido de Cobrador del Frac en un vídeo alegórico sobre El proceso, o a Proust vestido de Marquesa en un spot para En busca del tiempo perdido? La pregunta es: ¿se ha perdido a Kafka o se ha perdido El proceso?
Se ha perdido El proceso, obviamente; se ha perdido la obra.
Hasta antesdeayer, la obra de uno era su publicidad, la fuente de su prestigio y de su fama y de su mito. No había nada más. De ahí que el mitificado vea post mortem cómo cualquier cosa obra suya se vuelve realmente Obra: diarios, cartas, apuntes, anotaciones, borradores. Necesitamos un anuncio distinto de Coca Cola cada año; necesitamos una antología de The Beattles cada año; y necesitamos un libro de Kafka cada año. Porque no podemos creer solos.
¿Cómo se hace para triunfar hoy día? Siendo Kafka, pero sin escribir El proceso.
Casi todos lo escritores jóvenes lo han entendido ya. Se ha terminado la literatura de escribir, ahora empieza la literatura de ser escritor. Ocúpate primero de ser escritor, que ya habrá tiempo luego de escribir. A fin de cuentas, somos escritores para los que compran libros, no para los que los leen y lo importante es entender que los libros se compran antes de haberlos leído, por lo que ese campamento base comercial es en realidad nuestra meta.
Hace unos meses, un personaje del mundillo literario me arrojó este reto a la cara: A ver dónde estás tú dentro de veinte años y a ver dónde estoy yo. Mi respuesta fue: Yo no voy a estar.
Porque si esto no es el fin, se le parece bastante.
viernes, 12 de febrero de 2010
Teatro
Durante el último mes he asistido a cuatro representaciones teatrales. Cierta curiosidad, ligeros compromisos con alguno de los actores, regalos de cumpleaños y la portada que El Cultural dedicó a Tom Stoppard han tenido la culpa. La obras fueron: Drácula, Glengarry Glen Rose, El corazón, la boca, los hechos y la vida y Realidad. No tengo intención de ir al teatro nunca más.
Mi relación con el teatro, como la de tantos otros, se remonta a los montajes navideños que se preparaban en la escuela. Uno siempre hacía de pastorcillo, con la cazadora vaquera puesta del revés, para que el forro, oh imaginación escénica, simulara un chaleco bucólico. Luego, hubo algunas representaciones más, por motivos que mi memoria no acaba de rescatar, pero supongo que tenían que ver con concursos interprovinciales de teatro o festivales de estudiantes de EGB. Finalmente, en el origen, el teatro fue una cosa que nos llevaban a ver a veces, y que siempre era de Lorca, con mujeres que daban gritos, mientras los niños comían pipas, que era un poco más entretenido.
Todo lo que rodea al teatro, para mí, para tantos otros, remite al concepto de obligación. Tus padres estaban obligados a ir a verte al colegio, bajo la amenaza emocional de devenir pésimos progenitores, y tú mismo estabas obligado a llenar teatros con tus granos y tus pipas, bajo la amenaza de dejar en la indigencia a los profesionales de ese arte milenario.
Cuando llegué a Madrid, el teatro me estaba esperando. En la universidad gusta mucho, sobre todo a las estudiantes, y la que te gustaba a ti siempre andaba sobre unas tablas, declamando a Buero Vallejo o a Bertolt Brech. Vi algunas obras, claro, obligado de amor (oh). Lisístrita, por ejemplo, con todas esas mujeres esquivas; alguien que estaba debajo de un almendro, también. Y la de Buero Vallejo, que no recuerdo cómo se titulaba, pero que creo que iba de suecos amargados, nórdicos en todo caso.
Durante la Universidad, y después, acudí a algunas representaciones "serias". Luces de bohemia y La vida es sueño. Recuerdo Calígula, de Albert Camus, con Luis Merlo en el papel protagonista. Recuerdo que Merlo rompía un espejo con un taburete, y que eso me impresionó bastante, porque nunca había pagado por ver a la gente romper espejos. Pensé que, cada vez que hacían la obra, cada día de hecho, Merlo quebraba un espejo, y quién sabe si no acababa semanalmente con un taburete. Pensé si los que estábamos allí en el teatro dábamos para pagar tantos espejos, y no tantos taburetes.
Luego vi Arte, en su primera representación. Recuerdo que la comenté con una chica, amiga de un amigo. Le dije que me parecía una estupidez armar una obra en torno a algo tan anodino como un cuadro en blanco, que a lo mejor no estaba tan en blanco. La chica me dijo que la obra no iba de eso. Yo, incauto aún ante la retórica snob, le pregunté de qué iba. Por supuesto la chica no me lo dijo.
También vi, en su día, una obra de Josep María Flotats haciendo de judío. No recuerdo nada de la obra, salvo que, justo antes de que se iniciara, Cayetana Guillén Cuervo entró en el patio de butacas con una abrigo espectacular, blanco o rojo, o ambos, y se sentó en las primeras filas. Ahí entendí que el teatro daba mucha importancia a llegar tarde y vestir bien, o, en su defecto, a localizar entre los espectadores a las Cayetanas varias, tardías y coquetas.
Mi problema con el teatro, como el de tantos otros, tiene algo que ver con la competencia de las demás artes. Hay libros que me han marcado, películas de cuyo visionado he salido tóxico de emoción, drogado; canciones que me hacen llorar o que me ponen los pelos de punta. Poco más. No sé muy bien qué tengo que sentir en una exposición, por ejemplo. Fotografías, esculturas, pinturas: las miro y aún cuando me gustan (Juan Muñoz, por ejemplo; García Alix, por ejemplo) no dejan en mí un poso que me sirva.
El teatro tampoco. Sólo Calígula, de toda la lista anterior, me alimentó un poco, y no porque me sorprendiera pagar por ver romper espejos. Había en el texto frases bastante violentas, recuerdo. Calígula era un hijo de puta muy interesante.
(También, nobleza obliga, vi mi propia novela, Tatami, vuelta teatro, y debo decir que su recuerdo, muy digno, me resulta cada vez más grato, sobre todo después de confrontar su representación con las que he ido padeciendo.)
De las cuatro obras que he visto estos días, sólo Glengarry Glen Rose me ha gustado. Su autor, David Mamet, vio esta obra llevada al cine, y yo vi ese cine llevadero, hace años, y me gustó mucho, sobre todo la famosa escena de Alec Baldwin humillando a sus subordinados. Curiosamente, en la adaptación teatral madrileña, esa escena fue eliminada.
Antes vi Drácula. Me aburrió mucho. Según yo lo veo, la adaptación no fue otra cosa que darle a cada actor un ejemplar de la obra de Bram Stoker y encargarles la lectura de las líneas de diálogo de un personaje en concreto. Los actores leyeron esas líneas ante nosotros (sin el libro en las manos, menos mal) y nosotros asumimos que a)sabían leer, b)tenían buena memoria (sin el libro en las manos) y c)nosotros también la teníamos. Nos sabemos Drácula entero todos, aunque sólo sea por los cromos de los Phoskitos, y ver esa historia recalentada sobre un escenario no puede en ningún caso revivir su nervio narrativo, su originalidad ni sus resonancias atávicas.
Con Drácula entendí, quise entender, el teatro de "vanguardia". Realmente hubiera preferido ver a una mujer haciéndose incisiones con un vidrio roto en un muslo, o a un tipo vomitando, antes que a un grupo de personas disfrazadas y leyendo en voz alta (sin el libro).
De Drácula pasamos a El corazón, la boca, los hechos y la vida, en la Sala Triángulo, no muy lejos (Centro Dramático Nacional sito en Lavapiés). (Eso de decir dónde es la obra de teatro tiene su miga: nadie dice que leyó tal libro en el metro o vio tal película en tal cine: es irrelevante; sin embargo, en el teatro, que es un acto social de cierto snobismo, parece imprescindible anexar al título de la obra y al nombre de su autor, el nombre del teatro donde lo hemos ido a ver.) La obra era de David Fernández. Iba de Bach.
Iba de Bach un poco, así como por ensalmo. Consistió en el tal David saliendo a escena con todas los gadgets que tiene en su casa: ipod, iphone, playstation portable, wii, portátil, violonchelo eléctrico y teléfono móvil. Al final de la obra, llamó a su padre.
Antes hizo malabarismos con un LED. En él aparecían mensajes y el actor y autor los movía por el escenario, simulaba que salían de su boca, de su culo; se metía con la ministra de Cultura, González Sinde, daba instrucciones al público para que accionaran los mandos de la wii... y más cosas que no recuerdo.
David Fernández cantó ópera, danzó, gesticuló lo indecible, tocó el chelo, rapeó y se bajó los pantalones. Todo consecutivamente sin que uno llegara a entender la razón última del salpicón de habilidades, aparte de demostrar quizá la inscripción de esas habilidades en su Currículum Vitae.
Drácula no me gustó nada, pero me sería complicado calibrar si esta obra me gustó menos, un poco menos o, quizá, un poquito más.
En todo caso, encontré en ella (siempre saca uno provecho de todo) cierta similitud con algunas novelas actuales (en realidad: con algunas novelas de todos los tiempos). Se trata, a mi juicio, de disfrazar la incapacidad de elaborar un discurso artístico mediante una supuesta ruptura del propio concepto clásico de discurso artístico. Todo vale, a condición de que el material utilizado en las obra resulte clamorosamente contemporáneo. La herida de no tener nada que decir viene suturada por la costura del No hace falta tener nada que decir, sólo la desvergüenza de subirse a un escenario y encender algunos ordenadores.
Fue irritante y aleccionador. Bueno, de hecho, ni siquiera fue irritante.
Después de ver Glengarry pensé que me gustó únicamente esta obra porque en ella había algo que no tenían las demás: literatura. Algunos monólogos de los personajes eran brillantes, graciosos o iluminadores. Esto me llevó a pensar en por qué el teatro, el drama, se cuenta entre lo géneros literarios, y no, por ejemplo, el cine. Quizá, pensé, o quiero pensar ahora como si lo pensase entonces, sólo puede ser teatro aquello que es también literatura. O a mí sólo me gustará un teatro eminentemente literario. Porque entiendo que el teatro puede prescindir de la palabra, y ser otra cosa, del mismo modo que el cine (aquí disiento de Fernando Fernán Gómez, que afirmaba que el cine que le gustaba era el que tenía, precisamente, literatura) que más me atrae es el cine "de imágenes", aquel que, siguiendo a Billy Wilder, trata de seguir al dictado el mandamiento "cómo contarlo sólo con imágenes", y no abusa de la voz en off o de los diálogos. De ahí, entiendo, que a día de hoy el cine asiático sea el más estimulante del mundo.
Sin embargo, un teatro que no establece su cimiento en la palabra, ya sea dialógica, ya en forma de monólogos o imprecaciones al público, siempre será para mí no-teatro, y, por tanto, la entrada donde dice Teatro constituirá una suerte de engaño, dado que si quisiera ver mimo, danza, circo o boxeo o rap, hubiera ido a verlos, como de hecho voy, en el último caso.
La mezcla de géneros, expresiones y disciplinas es loable como exploración de nuevas formas artísticas, pero del mismo modo que cuando toma uno una copa con ginebra algo de ginebra tiene que haber en la copa, en el "teatro", bajo mi inocente punto de vista, siempre debería haber algo de literatura.
Y en estas llega el imparable (unstoppable) Stoppard.
Me hace gracia que, cuando se muere una gran figura creativa, o, como es el caso, cuando alguien simplemente lo decide, todos incorporamos, por culpa de los medios, esa figura creativa a nuestro iconostasio artístico o enciclopédico, a pesar de que nunca habíamos oído hablar de ella, y además sin tomarnos la molestia de esperar a que esa figura nos demuestre su condición canónica. Quiero decir que yo fui a ver la obra de Tom Stoppard como sí ya supiera que era "uno de los grandes dramaturgos de la segunda mitad del siglo XX", etiqueta que recibí de El Cultural, y no, como era el caso, sin saber quién era y esperando a saberlo para considerarlo "uno de los grandes..." etcétera.
Realidad, la obra que vi, resultó tan mediocre, tan insulsa, tan torpe y tan ridícula que debería uno encontrarse por la calle a varias decenas de personas con la cara roja de vergüenza, indeleblemente roja, como castigo menor por sucumbir a la tentación de, deprisa y corriendo, crear genios vivos para no otra cosa que poder darles la mano y sentirse parte de la Historia.
Hace tiempo que un par de matrimonios tomando ginfizz en sus espaciosas casas y preguntándose si no le estará siendo infiel su cónyuge dejó de tener el más mínimo interés. Y hace mucho más tiempo que Woody Allen consiguió la medalla de oro del "humor inteligente". Lo que nos da Realidad es una sucesión de tópicos dañinos para el paladar a medio camino entre Escenas de matrimonio (de José Luis Moreno) y cualquier comedia romántica de Sandra Bullock.
Nuevamente, entiende uno que, casi como salto al vacío, salten a las salas personas que gritan y se echan chocolate por sobre la cabeza, o que follan delante de los espectadores o se tuercen un tobillo dándole patadas a un yunque. Cualquier cosa para que el teatro no muera de muermo.
Pero yo ya no tendré nada más que decir sobre este tema, mañana.
Mi relación con el teatro, como la de tantos otros, se remonta a los montajes navideños que se preparaban en la escuela. Uno siempre hacía de pastorcillo, con la cazadora vaquera puesta del revés, para que el forro, oh imaginación escénica, simulara un chaleco bucólico. Luego, hubo algunas representaciones más, por motivos que mi memoria no acaba de rescatar, pero supongo que tenían que ver con concursos interprovinciales de teatro o festivales de estudiantes de EGB. Finalmente, en el origen, el teatro fue una cosa que nos llevaban a ver a veces, y que siempre era de Lorca, con mujeres que daban gritos, mientras los niños comían pipas, que era un poco más entretenido.
Todo lo que rodea al teatro, para mí, para tantos otros, remite al concepto de obligación. Tus padres estaban obligados a ir a verte al colegio, bajo la amenaza emocional de devenir pésimos progenitores, y tú mismo estabas obligado a llenar teatros con tus granos y tus pipas, bajo la amenaza de dejar en la indigencia a los profesionales de ese arte milenario.
Cuando llegué a Madrid, el teatro me estaba esperando. En la universidad gusta mucho, sobre todo a las estudiantes, y la que te gustaba a ti siempre andaba sobre unas tablas, declamando a Buero Vallejo o a Bertolt Brech. Vi algunas obras, claro, obligado de amor (oh). Lisístrita, por ejemplo, con todas esas mujeres esquivas; alguien que estaba debajo de un almendro, también. Y la de Buero Vallejo, que no recuerdo cómo se titulaba, pero que creo que iba de suecos amargados, nórdicos en todo caso.
Durante la Universidad, y después, acudí a algunas representaciones "serias". Luces de bohemia y La vida es sueño. Recuerdo Calígula, de Albert Camus, con Luis Merlo en el papel protagonista. Recuerdo que Merlo rompía un espejo con un taburete, y que eso me impresionó bastante, porque nunca había pagado por ver a la gente romper espejos. Pensé que, cada vez que hacían la obra, cada día de hecho, Merlo quebraba un espejo, y quién sabe si no acababa semanalmente con un taburete. Pensé si los que estábamos allí en el teatro dábamos para pagar tantos espejos, y no tantos taburetes.
Luego vi Arte, en su primera representación. Recuerdo que la comenté con una chica, amiga de un amigo. Le dije que me parecía una estupidez armar una obra en torno a algo tan anodino como un cuadro en blanco, que a lo mejor no estaba tan en blanco. La chica me dijo que la obra no iba de eso. Yo, incauto aún ante la retórica snob, le pregunté de qué iba. Por supuesto la chica no me lo dijo.
También vi, en su día, una obra de Josep María Flotats haciendo de judío. No recuerdo nada de la obra, salvo que, justo antes de que se iniciara, Cayetana Guillén Cuervo entró en el patio de butacas con una abrigo espectacular, blanco o rojo, o ambos, y se sentó en las primeras filas. Ahí entendí que el teatro daba mucha importancia a llegar tarde y vestir bien, o, en su defecto, a localizar entre los espectadores a las Cayetanas varias, tardías y coquetas.
Mi problema con el teatro, como el de tantos otros, tiene algo que ver con la competencia de las demás artes. Hay libros que me han marcado, películas de cuyo visionado he salido tóxico de emoción, drogado; canciones que me hacen llorar o que me ponen los pelos de punta. Poco más. No sé muy bien qué tengo que sentir en una exposición, por ejemplo. Fotografías, esculturas, pinturas: las miro y aún cuando me gustan (Juan Muñoz, por ejemplo; García Alix, por ejemplo) no dejan en mí un poso que me sirva.
El teatro tampoco. Sólo Calígula, de toda la lista anterior, me alimentó un poco, y no porque me sorprendiera pagar por ver romper espejos. Había en el texto frases bastante violentas, recuerdo. Calígula era un hijo de puta muy interesante.
(También, nobleza obliga, vi mi propia novela, Tatami, vuelta teatro, y debo decir que su recuerdo, muy digno, me resulta cada vez más grato, sobre todo después de confrontar su representación con las que he ido padeciendo.)
De las cuatro obras que he visto estos días, sólo Glengarry Glen Rose me ha gustado. Su autor, David Mamet, vio esta obra llevada al cine, y yo vi ese cine llevadero, hace años, y me gustó mucho, sobre todo la famosa escena de Alec Baldwin humillando a sus subordinados. Curiosamente, en la adaptación teatral madrileña, esa escena fue eliminada.
Antes vi Drácula. Me aburrió mucho. Según yo lo veo, la adaptación no fue otra cosa que darle a cada actor un ejemplar de la obra de Bram Stoker y encargarles la lectura de las líneas de diálogo de un personaje en concreto. Los actores leyeron esas líneas ante nosotros (sin el libro en las manos, menos mal) y nosotros asumimos que a)sabían leer, b)tenían buena memoria (sin el libro en las manos) y c)nosotros también la teníamos. Nos sabemos Drácula entero todos, aunque sólo sea por los cromos de los Phoskitos, y ver esa historia recalentada sobre un escenario no puede en ningún caso revivir su nervio narrativo, su originalidad ni sus resonancias atávicas.
Con Drácula entendí, quise entender, el teatro de "vanguardia". Realmente hubiera preferido ver a una mujer haciéndose incisiones con un vidrio roto en un muslo, o a un tipo vomitando, antes que a un grupo de personas disfrazadas y leyendo en voz alta (sin el libro).
De Drácula pasamos a El corazón, la boca, los hechos y la vida, en la Sala Triángulo, no muy lejos (Centro Dramático Nacional sito en Lavapiés). (Eso de decir dónde es la obra de teatro tiene su miga: nadie dice que leyó tal libro en el metro o vio tal película en tal cine: es irrelevante; sin embargo, en el teatro, que es un acto social de cierto snobismo, parece imprescindible anexar al título de la obra y al nombre de su autor, el nombre del teatro donde lo hemos ido a ver.) La obra era de David Fernández. Iba de Bach.
Iba de Bach un poco, así como por ensalmo. Consistió en el tal David saliendo a escena con todas los gadgets que tiene en su casa: ipod, iphone, playstation portable, wii, portátil, violonchelo eléctrico y teléfono móvil. Al final de la obra, llamó a su padre.
Antes hizo malabarismos con un LED. En él aparecían mensajes y el actor y autor los movía por el escenario, simulaba que salían de su boca, de su culo; se metía con la ministra de Cultura, González Sinde, daba instrucciones al público para que accionaran los mandos de la wii... y más cosas que no recuerdo.
David Fernández cantó ópera, danzó, gesticuló lo indecible, tocó el chelo, rapeó y se bajó los pantalones. Todo consecutivamente sin que uno llegara a entender la razón última del salpicón de habilidades, aparte de demostrar quizá la inscripción de esas habilidades en su Currículum Vitae.
Drácula no me gustó nada, pero me sería complicado calibrar si esta obra me gustó menos, un poco menos o, quizá, un poquito más.
En todo caso, encontré en ella (siempre saca uno provecho de todo) cierta similitud con algunas novelas actuales (en realidad: con algunas novelas de todos los tiempos). Se trata, a mi juicio, de disfrazar la incapacidad de elaborar un discurso artístico mediante una supuesta ruptura del propio concepto clásico de discurso artístico. Todo vale, a condición de que el material utilizado en las obra resulte clamorosamente contemporáneo. La herida de no tener nada que decir viene suturada por la costura del No hace falta tener nada que decir, sólo la desvergüenza de subirse a un escenario y encender algunos ordenadores.
Fue irritante y aleccionador. Bueno, de hecho, ni siquiera fue irritante.
Después de ver Glengarry pensé que me gustó únicamente esta obra porque en ella había algo que no tenían las demás: literatura. Algunos monólogos de los personajes eran brillantes, graciosos o iluminadores. Esto me llevó a pensar en por qué el teatro, el drama, se cuenta entre lo géneros literarios, y no, por ejemplo, el cine. Quizá, pensé, o quiero pensar ahora como si lo pensase entonces, sólo puede ser teatro aquello que es también literatura. O a mí sólo me gustará un teatro eminentemente literario. Porque entiendo que el teatro puede prescindir de la palabra, y ser otra cosa, del mismo modo que el cine (aquí disiento de Fernando Fernán Gómez, que afirmaba que el cine que le gustaba era el que tenía, precisamente, literatura) que más me atrae es el cine "de imágenes", aquel que, siguiendo a Billy Wilder, trata de seguir al dictado el mandamiento "cómo contarlo sólo con imágenes", y no abusa de la voz en off o de los diálogos. De ahí, entiendo, que a día de hoy el cine asiático sea el más estimulante del mundo.
Sin embargo, un teatro que no establece su cimiento en la palabra, ya sea dialógica, ya en forma de monólogos o imprecaciones al público, siempre será para mí no-teatro, y, por tanto, la entrada donde dice Teatro constituirá una suerte de engaño, dado que si quisiera ver mimo, danza, circo o boxeo o rap, hubiera ido a verlos, como de hecho voy, en el último caso.
La mezcla de géneros, expresiones y disciplinas es loable como exploración de nuevas formas artísticas, pero del mismo modo que cuando toma uno una copa con ginebra algo de ginebra tiene que haber en la copa, en el "teatro", bajo mi inocente punto de vista, siempre debería haber algo de literatura.
Y en estas llega el imparable (unstoppable) Stoppard.
Me hace gracia que, cuando se muere una gran figura creativa, o, como es el caso, cuando alguien simplemente lo decide, todos incorporamos, por culpa de los medios, esa figura creativa a nuestro iconostasio artístico o enciclopédico, a pesar de que nunca habíamos oído hablar de ella, y además sin tomarnos la molestia de esperar a que esa figura nos demuestre su condición canónica. Quiero decir que yo fui a ver la obra de Tom Stoppard como sí ya supiera que era "uno de los grandes dramaturgos de la segunda mitad del siglo XX", etiqueta que recibí de El Cultural, y no, como era el caso, sin saber quién era y esperando a saberlo para considerarlo "uno de los grandes..." etcétera.
Realidad, la obra que vi, resultó tan mediocre, tan insulsa, tan torpe y tan ridícula que debería uno encontrarse por la calle a varias decenas de personas con la cara roja de vergüenza, indeleblemente roja, como castigo menor por sucumbir a la tentación de, deprisa y corriendo, crear genios vivos para no otra cosa que poder darles la mano y sentirse parte de la Historia.
Hace tiempo que un par de matrimonios tomando ginfizz en sus espaciosas casas y preguntándose si no le estará siendo infiel su cónyuge dejó de tener el más mínimo interés. Y hace mucho más tiempo que Woody Allen consiguió la medalla de oro del "humor inteligente". Lo que nos da Realidad es una sucesión de tópicos dañinos para el paladar a medio camino entre Escenas de matrimonio (de José Luis Moreno) y cualquier comedia romántica de Sandra Bullock.
Nuevamente, entiende uno que, casi como salto al vacío, salten a las salas personas que gritan y se echan chocolate por sobre la cabeza, o que follan delante de los espectadores o se tuercen un tobillo dándole patadas a un yunque. Cualquier cosa para que el teatro no muera de muermo.
Pero yo ya no tendré nada más que decir sobre este tema, mañana.
lunes, 1 de febrero de 2010
Cinta
Hace dos semanas que vi La cinta blanca, una película calificada de obra maestra que estoy a punto de olvidar por completo. Antes de que pase al olvido, apuntaré lo que recuerdo, para luego apuntar lo que recuerdo que pensé en su contra. Luego lo olvidaré todo, felizmente.
La cinta blanca empieza con una voz en off sobre imágenes en blanco y negro. Un médico (nos cuentan y vemos) vuelve a casa a caballo. El animal tropieza con un cable (no lo vemos) y cae con jinete contra la tierra. La caída está filmada utilizando efectos digitales y es considerablemente burda. Recuerdo.
Después hay un pueblo, una villa, un villorrio. En él, una pandilla de niños y niñas pasea de una casa a otra y parecen esconder algo. Tienen la pinta de una cofradía de la conspiración, un club juvenil de travesuras o un pequeño batallón de maldades.
La voz en off es un repelente señorito con gafas, profesor particular de los niños del hacendado. Anhela el amor de una joven, cuyo padre está dispuesto a darle su mano si espera un año (?). Luego hay una mujer con hijo aquejado de síndrome de down. También una familia de labriegos muy numerosa y de vida miserable.
Hay un señor, no recuerdo su cargo, que tiene varios hijos. Se trata de una especie de notario severo o funcionario elevado, con despacho y un canario (no sé) en una jaula.
Hay algunos personajes más que no recuerdo con exactitud.
La acción (recuerdo) del filme nos deja estos avatares: el médico (va dicho) que cae del caballo. El incendio de un granero (creo). Una joven que muere o resulta gravemente herida en un accidente en la fábrica (o similar) del hacendado. De estos tres lances surgen, a su vez, los siguientes: una investigación de la caída del caballo (sospechas hacia los niños), una venganza del hermano de la joven materializada en la destrucción de un campo de repollos (o similar), un despido (o similar) del padre del joven, y su posterior suicidio; la tortura del hijo del hacendado, su marcha junto a su madre a una ciudad vecina, su vuelta junto a su madre, la confesión de su madre al hacendado de que le ha sido infiel o de que se ha enamorado de otro; la tortura del hijo con síndrome de down de la mujer que cuida del médico. Algunas cosas más: relación sexual entre la mujer con hijo aquejado de síndrome de down y el médico; que es muy vieja y le da "asco" acostarse con ella, dice el médico; desaparición de la mujer. El notario (o algo): lecciones a sus hijos, castigos, una cinta blanca en el brazo para recordarles su pureza; permiso para tener pájaros en casa; cuando muere su canario, el hijo le regala su pájaro; ataduras al hijo mayor (o mediano) para que no se masturbe; el pájaro aparece decapitado y con las tijeras clavadas en cruz cuerpo adentro. Una niña sueña que algo malo va a ocurrir.
La voz en off habla de la Primera Guerra Mundial. Me han dicho que empieza hablando de "lo que pasaría después" refiriéndose al Nazismo, pero no lo recuerdo. La película no sé muy bien cómo acaba. Es en alemán.
He visto de Michael Haneke las siguientes películas (por orden de visionado): Funny Games (en su estreno español), La pianista (ídem), Caché (en reposición en el Círculo de Bellas Artes), Código desconocido (en su estreno), El tiempo del lobo (en DVD) y El castillo (en vídeo).
Mi favorita es Caché. Es una película que recordaré dentro de 30 años. Me gusta mucho La pianista. Me gusta Funny Games. Me interesa El tiempo del lobo. Me aburre Código desconocido. Me aburre mucho El castillo.
La cinta blanca también me aburrió. A mi juicio es una película anodina, de prestigio inmerecido o ajeno a mi gusto estético.
Siendo Haneke, esperaba imágenes insoportables y juegos con la moralidad del espectador, así como con el lenguaje cinematográfico. La cinta blanca, sin embargo, es enteramente tradicional en su planteamiento, y las imágenes que esperamos de Haneke (básicamente dos: el pájaro decapitado (aunque ahora mismo no estoy seguro de si es decapitado o sólo empalado con las tijeras) y los ojos (no recuerdo bien) arrancados o quemados del niño con síndrome de down) llegan en este filme demasiado tarde, cuando yo (como espectador) ya estoy muy alejado del núcleo narrativo y mirando el reloj; y mirando a los demás espectadores para cotejar mi sensibilidad.
La historia de amor (profesor con criada) me resulta ridícula, y no aporta nada al resto de la trama. La historia de la familia miserable tampoco parece muy relacionada con el grupo de niños malvados que presagian (?) el nazismo.
La "lección" que parece intentar darnos la película es la siguiente: así surge el totalitarismo. O: así un país vota a un señor con bigote. Y: así nace el mal. No lo pillo.
Chiste: si no te dejan masturbarte de pequeño, luego sales nazi. ¿Esa es la idea?
No lo pillo.
La visión de un pueblo aherrojado por la moral puritana no es significante: cualquier pueblo del mundo está a su vez dominado por ese tipo de moral, tanto en Segovia como en Ohio como en Tochigi. Ese caldo de cultivo no explica en absoluto una evolución hacia el nazismo.
Además, el escenario rural no está retratado con especial fuerza. Recordaba en los días posteriores al visionado de La cinta blanca una película mucho mejor en este sentido: Escenas de caza en la baja Baviera (Peter Fleischmann, 1969).
La cinta blanca viene a sumarse al ya inmenso listado de película decepcionantes que he visto en los últimos años.
No quiero acabar este post sin decir que la decisión del director de mostrar de manera explícita las consecuencias de la tortura al niño con síndrome de down, en contraposición a su decisión de no mostrar imágenes del hijo del hacendado después de su tortura, me pareció, in situ, directamente miserable.
La cinta blanca empieza con una voz en off sobre imágenes en blanco y negro. Un médico (nos cuentan y vemos) vuelve a casa a caballo. El animal tropieza con un cable (no lo vemos) y cae con jinete contra la tierra. La caída está filmada utilizando efectos digitales y es considerablemente burda. Recuerdo.
Después hay un pueblo, una villa, un villorrio. En él, una pandilla de niños y niñas pasea de una casa a otra y parecen esconder algo. Tienen la pinta de una cofradía de la conspiración, un club juvenil de travesuras o un pequeño batallón de maldades.
La voz en off es un repelente señorito con gafas, profesor particular de los niños del hacendado. Anhela el amor de una joven, cuyo padre está dispuesto a darle su mano si espera un año (?). Luego hay una mujer con hijo aquejado de síndrome de down. También una familia de labriegos muy numerosa y de vida miserable.
Hay un señor, no recuerdo su cargo, que tiene varios hijos. Se trata de una especie de notario severo o funcionario elevado, con despacho y un canario (no sé) en una jaula.
Hay algunos personajes más que no recuerdo con exactitud.
La acción (recuerdo) del filme nos deja estos avatares: el médico (va dicho) que cae del caballo. El incendio de un granero (creo). Una joven que muere o resulta gravemente herida en un accidente en la fábrica (o similar) del hacendado. De estos tres lances surgen, a su vez, los siguientes: una investigación de la caída del caballo (sospechas hacia los niños), una venganza del hermano de la joven materializada en la destrucción de un campo de repollos (o similar), un despido (o similar) del padre del joven, y su posterior suicidio; la tortura del hijo del hacendado, su marcha junto a su madre a una ciudad vecina, su vuelta junto a su madre, la confesión de su madre al hacendado de que le ha sido infiel o de que se ha enamorado de otro; la tortura del hijo con síndrome de down de la mujer que cuida del médico. Algunas cosas más: relación sexual entre la mujer con hijo aquejado de síndrome de down y el médico; que es muy vieja y le da "asco" acostarse con ella, dice el médico; desaparición de la mujer. El notario (o algo): lecciones a sus hijos, castigos, una cinta blanca en el brazo para recordarles su pureza; permiso para tener pájaros en casa; cuando muere su canario, el hijo le regala su pájaro; ataduras al hijo mayor (o mediano) para que no se masturbe; el pájaro aparece decapitado y con las tijeras clavadas en cruz cuerpo adentro. Una niña sueña que algo malo va a ocurrir.
La voz en off habla de la Primera Guerra Mundial. Me han dicho que empieza hablando de "lo que pasaría después" refiriéndose al Nazismo, pero no lo recuerdo. La película no sé muy bien cómo acaba. Es en alemán.
He visto de Michael Haneke las siguientes películas (por orden de visionado): Funny Games (en su estreno español), La pianista (ídem), Caché (en reposición en el Círculo de Bellas Artes), Código desconocido (en su estreno), El tiempo del lobo (en DVD) y El castillo (en vídeo).
Mi favorita es Caché. Es una película que recordaré dentro de 30 años. Me gusta mucho La pianista. Me gusta Funny Games. Me interesa El tiempo del lobo. Me aburre Código desconocido. Me aburre mucho El castillo.
La cinta blanca también me aburrió. A mi juicio es una película anodina, de prestigio inmerecido o ajeno a mi gusto estético.
Siendo Haneke, esperaba imágenes insoportables y juegos con la moralidad del espectador, así como con el lenguaje cinematográfico. La cinta blanca, sin embargo, es enteramente tradicional en su planteamiento, y las imágenes que esperamos de Haneke (básicamente dos: el pájaro decapitado (aunque ahora mismo no estoy seguro de si es decapitado o sólo empalado con las tijeras) y los ojos (no recuerdo bien) arrancados o quemados del niño con síndrome de down) llegan en este filme demasiado tarde, cuando yo (como espectador) ya estoy muy alejado del núcleo narrativo y mirando el reloj; y mirando a los demás espectadores para cotejar mi sensibilidad.
La historia de amor (profesor con criada) me resulta ridícula, y no aporta nada al resto de la trama. La historia de la familia miserable tampoco parece muy relacionada con el grupo de niños malvados que presagian (?) el nazismo.
La "lección" que parece intentar darnos la película es la siguiente: así surge el totalitarismo. O: así un país vota a un señor con bigote. Y: así nace el mal. No lo pillo.
Chiste: si no te dejan masturbarte de pequeño, luego sales nazi. ¿Esa es la idea?
No lo pillo.
La visión de un pueblo aherrojado por la moral puritana no es significante: cualquier pueblo del mundo está a su vez dominado por ese tipo de moral, tanto en Segovia como en Ohio como en Tochigi. Ese caldo de cultivo no explica en absoluto una evolución hacia el nazismo.
Además, el escenario rural no está retratado con especial fuerza. Recordaba en los días posteriores al visionado de La cinta blanca una película mucho mejor en este sentido: Escenas de caza en la baja Baviera (Peter Fleischmann, 1969).
La cinta blanca viene a sumarse al ya inmenso listado de película decepcionantes que he visto en los últimos años.
No quiero acabar este post sin decir que la decisión del director de mostrar de manera explícita las consecuencias de la tortura al niño con síndrome de down, en contraposición a su decisión de no mostrar imágenes del hijo del hacendado después de su tortura, me pareció, in situ, directamente miserable.
martes, 19 de enero de 2010
Yo opino igual
¡Mueran los 'heditores'!
Sufrimos un bombardeo de mensajes que predican, con voz epifánica, que Internet libera a la cultura de la tiranía de los editores y otros empresarios. ¿Estamos seguros de que, de ser así, represente un claro progreso?
LUISGÉ MARTÍN 19/01/2010
Aristóteles distinguió hace ya muchos siglos entre la democracia, que es el gobierno del pueblo, y la oclocracia, que es el gobierno de la plebe o, si se prefiere, de la muchedumbre. En la primera, elegimos a los que creemos mejores y delegamos en ellos -bajo vigilancia crítica- para que nos dirijan. En la oclocracia, en cambio, no elegimos a nadie ni delegamos nada: todos opinamos de todo, todos hacemos todo y todos somos sabios en cualquier materia y profesión.
En estos días se repite hasta la saciedad que Internet democratiza la cultura, pero yo creo que lo que va a hacer, si nadie lo remedia, es oclocratizarla, y eso, lejos de parecerme una virtud o un beneficio social, me parece una amenaza apocalíptica.
En el artículo de Javier Calvo Por un libro universal (EL PAÍS, 24 de diciembre de 2009) se repetían algunas de esas ideas recurrentes en las que se predica, con voz epifánica, el advenimiento de una cultura liberada por fin de las cadenas de los editores. ¿Pero esas cadenas tan esclavizadoras son reales?
A las oficinas de una editorial media llegan al cabo del año casi 1.000 manuscritos. En España deben de circular durante ese tiempo más de 5.000 originales diferentes. La inmensa mayoría de ellos son impublicables, como sabe bien cualquiera que los haya ojeado, y lo primero que hace el editor (gastando dinero para ello) es separar el grano de la paja. Luego, de entre todos los granos elige aquellos que tienen más afinidad con su línea editorial: literatura de autor, best sellers, creación experimental... Mi biblioteca, como la de cualquier lector curtido, está llena de libros de las editoriales que publican el tipo de literatura que me interesa. Es decir, me he aprovechado de la labor y del saber hacer de sellos como Anagrama, Seix Barral, Alfaguara o Tusquets, y lo he hecho porque confiaba en el criterio profesional de sus editores.
Pero los editores, además, editan los libros, si se me permite decirlo de un modo tan tautológico. Es decir, les aportan valor añadido: hacen sugerencias, corrigen deslices o erratas, proponen cambios, pulen el estilo... Los autores estamos absolutamente ensimismados en lo que hemos escrito y aquellos amigos a los que pedimos opinión no son capaces siempre, aunque lo intenten, de examinarnos con distancia, de modo que los editores son los únicos que pueden enfrentarse a la obra con competencia y desapego a la vez.
Lo que se nos propone ahora es la desaparición del editor. La extensión del modelo de edición tradicional al e-book, se nos dice, es "perjudicial para el autor y el lector". ¿Es beneficioso, entonces, que en vez de 150 novedades anuales clasificadas por sellos editoriales definidos haya en la Red 5.000 textos sin depurar? ¿Es beneficioso que José Saramago y mi prima Paqui (que es casi analfabeta pero se divierte contando historias) estén en pie de igualdad? ¿Es beneficioso que los textos tengan faltas de ortografía, incoherencias narrativas y redundancias? Y aún peor: ¿es beneficioso que desaparezcan esos libros de no ficción que impulsan las propias editoriales, encargándoselos a autores? ¿Quién se ocupará de traducir una novela a otro idioma, de adelantar el dinero que supone ese trabajo?
En la mayoría de los comentarios que predican el nuevo Edén digital se huele el incienso de la España católica: ganar dinero es malo, es pecado; el editor, avaro, insaciable, no lee novelas, sino cuentas de resultados.
Yo, en cambio, he conocido a muchos editores preocupados sólo por llegar a final de año, por mantener puestos de trabajo y por poder editar libros arriesgados aunque su rentabilidad fuera dudosa. Claro que se han hecho algunas fortunas con la edición: ¿y qué? Pero lo peor es que los mismos que abominan del editor mercader nos aseguran sin empacho que una de las soluciones para que el autor tenga ingresos es introducir publicidad en el propio libro. "Cuando una mañana Gregorio Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama de Ikea convertido en un monstruoso bicho". ¿Es de eso de lo que hablamos? ¿O de que al cambiar de capítulo en Ana Karenina salte en la pantalla del e-book un banner con un anuncio de agencias matrimoniales? No sé si es que me he hecho demasiado viejo para entender los códigos morales de la post-postmodernidad -o lo que sea esto-, pero reconozco que me escandaliza ver el desparpajo con que se mezcla la ética de Fidel Castro con la de Esperanza Aguirre. Por un lado se sataniza al editor empresario y por otro se recomienda poner un anuncio de Coca-Cola en mitad de una novela para defender así la independencia autoral y la libertad del lector. Antes había "visiones del mundo"; ahora, al parecer, sólo hay ángulos ciegos.
El otro asunto que me desconcierta es el del papel que se le asigna al autor en el nuevo mundo e-editorial. Dado que el editor debe desaparecer, se propone que el autor se comporte como un empresario de sí mismo y asuma el desarrollo informático y administrativo, la gestión comercial y la promoción de sus libros.
Es decir, que además de escribir bien, a partir de ahora para ser autor habrá que tener ánimo empresarial, adquirir conocimientos de márketing, elaborar banners y páginas web, dedicar tiempo a infectar viralmente la Red con nuestros productos, preparar performances y poseer algo de dinero para la inversión informática y los viajes promocionales. Los autores, por tanto, no sólo no cobraríamos, poco o mucho, sino que pagaríamos para escribir. Todo ello con la esperanza vaga de que se produjera un retorno de la inversión que nos permitiese al menos comer. Ese retorno no vendría del pago -barato o caro- de los lectores, que se considera impertinente, sino de algún tipo de publicidad como los ya mencionados.
¿Puede alguien imaginar a Kafka, a Dostoievsky o a Scott Fitzgerald en estas lides? Los autores, sin llegar al tópico romántico, suelen ser seres inadaptados, neuróticos y con una cierta incapacidad para las cosas terrenales. Hubo incluso que inventar la figura del agente literario para que se ocupara de sus asuntos. Y ahora pretendemos que compongan la melodía, dirijan la orquesta y toquen todos los instrumentos. A lo peor alguien como Saramago decidía abandonar la literatura, abrumado por esos deberes mundanos (no olvidemos que hay autores que no soportan ni las giras promocionales), pero mi prima Paqui, en cambio, saldría literariamente reforzada, pues es formidable en las relaciones públicas y en la promoción personal.
Saramago y mi prima Paqui pueden convivir en la Red, por supuesto, pero está en juego el tipo de literatura triunfante, el estilo de libro que queremos para el futuro. Con el e-book desaparecerá aproximadamente un 75% del coste actual del libro -papel e impresión, distribución, venta minorista y gastos de financiación de los invendidos-, de modo que el precio podría abaratarse enormemente sin empeorar la calidad y sin poner a la literatura en manos de Repsol o de Nokia. La distribución, por otra parte, sería universal y perpetua: un libro estaría disponible en Lima y en Tokio, hoy y dentro de 20 años, posibilitando así la difusión ilimitada de los autores, simplificando al máximo la logística de las editoriales y permitiendo a cualquier lector tener acceso a títulos hoy inencontrables. Y técnicas de comunicación digital como la de regalar el primer capítulo de una novela, ahora todavía en pañales, podrían suponer una nueva revolución en los costes de publicidad y una indiscutible garantía para el lector indeciso. ¿Nos parece poco paraíso?
No nos engañemos: lo que peligra con un sistema en el que no haya editores ni haya venta no son los beneficios de los accionistas ni los privilegios de unos pocos, sino la dignidad del libro y de la cultura que transmite. Oclocracia o democracia, that is the question.
Luisgé Martín es escritor; su última novela es Las manos cortadas (Alfaguara)
Sufrimos un bombardeo de mensajes que predican, con voz epifánica, que Internet libera a la cultura de la tiranía de los editores y otros empresarios. ¿Estamos seguros de que, de ser así, represente un claro progreso?
LUISGÉ MARTÍN 19/01/2010
Aristóteles distinguió hace ya muchos siglos entre la democracia, que es el gobierno del pueblo, y la oclocracia, que es el gobierno de la plebe o, si se prefiere, de la muchedumbre. En la primera, elegimos a los que creemos mejores y delegamos en ellos -bajo vigilancia crítica- para que nos dirijan. En la oclocracia, en cambio, no elegimos a nadie ni delegamos nada: todos opinamos de todo, todos hacemos todo y todos somos sabios en cualquier materia y profesión.
En estos días se repite hasta la saciedad que Internet democratiza la cultura, pero yo creo que lo que va a hacer, si nadie lo remedia, es oclocratizarla, y eso, lejos de parecerme una virtud o un beneficio social, me parece una amenaza apocalíptica.
En el artículo de Javier Calvo Por un libro universal (EL PAÍS, 24 de diciembre de 2009) se repetían algunas de esas ideas recurrentes en las que se predica, con voz epifánica, el advenimiento de una cultura liberada por fin de las cadenas de los editores. ¿Pero esas cadenas tan esclavizadoras son reales?
A las oficinas de una editorial media llegan al cabo del año casi 1.000 manuscritos. En España deben de circular durante ese tiempo más de 5.000 originales diferentes. La inmensa mayoría de ellos son impublicables, como sabe bien cualquiera que los haya ojeado, y lo primero que hace el editor (gastando dinero para ello) es separar el grano de la paja. Luego, de entre todos los granos elige aquellos que tienen más afinidad con su línea editorial: literatura de autor, best sellers, creación experimental... Mi biblioteca, como la de cualquier lector curtido, está llena de libros de las editoriales que publican el tipo de literatura que me interesa. Es decir, me he aprovechado de la labor y del saber hacer de sellos como Anagrama, Seix Barral, Alfaguara o Tusquets, y lo he hecho porque confiaba en el criterio profesional de sus editores.
Pero los editores, además, editan los libros, si se me permite decirlo de un modo tan tautológico. Es decir, les aportan valor añadido: hacen sugerencias, corrigen deslices o erratas, proponen cambios, pulen el estilo... Los autores estamos absolutamente ensimismados en lo que hemos escrito y aquellos amigos a los que pedimos opinión no son capaces siempre, aunque lo intenten, de examinarnos con distancia, de modo que los editores son los únicos que pueden enfrentarse a la obra con competencia y desapego a la vez.
Lo que se nos propone ahora es la desaparición del editor. La extensión del modelo de edición tradicional al e-book, se nos dice, es "perjudicial para el autor y el lector". ¿Es beneficioso, entonces, que en vez de 150 novedades anuales clasificadas por sellos editoriales definidos haya en la Red 5.000 textos sin depurar? ¿Es beneficioso que José Saramago y mi prima Paqui (que es casi analfabeta pero se divierte contando historias) estén en pie de igualdad? ¿Es beneficioso que los textos tengan faltas de ortografía, incoherencias narrativas y redundancias? Y aún peor: ¿es beneficioso que desaparezcan esos libros de no ficción que impulsan las propias editoriales, encargándoselos a autores? ¿Quién se ocupará de traducir una novela a otro idioma, de adelantar el dinero que supone ese trabajo?
En la mayoría de los comentarios que predican el nuevo Edén digital se huele el incienso de la España católica: ganar dinero es malo, es pecado; el editor, avaro, insaciable, no lee novelas, sino cuentas de resultados.
Yo, en cambio, he conocido a muchos editores preocupados sólo por llegar a final de año, por mantener puestos de trabajo y por poder editar libros arriesgados aunque su rentabilidad fuera dudosa. Claro que se han hecho algunas fortunas con la edición: ¿y qué? Pero lo peor es que los mismos que abominan del editor mercader nos aseguran sin empacho que una de las soluciones para que el autor tenga ingresos es introducir publicidad en el propio libro. "Cuando una mañana Gregorio Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama de Ikea convertido en un monstruoso bicho". ¿Es de eso de lo que hablamos? ¿O de que al cambiar de capítulo en Ana Karenina salte en la pantalla del e-book un banner con un anuncio de agencias matrimoniales? No sé si es que me he hecho demasiado viejo para entender los códigos morales de la post-postmodernidad -o lo que sea esto-, pero reconozco que me escandaliza ver el desparpajo con que se mezcla la ética de Fidel Castro con la de Esperanza Aguirre. Por un lado se sataniza al editor empresario y por otro se recomienda poner un anuncio de Coca-Cola en mitad de una novela para defender así la independencia autoral y la libertad del lector. Antes había "visiones del mundo"; ahora, al parecer, sólo hay ángulos ciegos.
El otro asunto que me desconcierta es el del papel que se le asigna al autor en el nuevo mundo e-editorial. Dado que el editor debe desaparecer, se propone que el autor se comporte como un empresario de sí mismo y asuma el desarrollo informático y administrativo, la gestión comercial y la promoción de sus libros.
Es decir, que además de escribir bien, a partir de ahora para ser autor habrá que tener ánimo empresarial, adquirir conocimientos de márketing, elaborar banners y páginas web, dedicar tiempo a infectar viralmente la Red con nuestros productos, preparar performances y poseer algo de dinero para la inversión informática y los viajes promocionales. Los autores, por tanto, no sólo no cobraríamos, poco o mucho, sino que pagaríamos para escribir. Todo ello con la esperanza vaga de que se produjera un retorno de la inversión que nos permitiese al menos comer. Ese retorno no vendría del pago -barato o caro- de los lectores, que se considera impertinente, sino de algún tipo de publicidad como los ya mencionados.
¿Puede alguien imaginar a Kafka, a Dostoievsky o a Scott Fitzgerald en estas lides? Los autores, sin llegar al tópico romántico, suelen ser seres inadaptados, neuróticos y con una cierta incapacidad para las cosas terrenales. Hubo incluso que inventar la figura del agente literario para que se ocupara de sus asuntos. Y ahora pretendemos que compongan la melodía, dirijan la orquesta y toquen todos los instrumentos. A lo peor alguien como Saramago decidía abandonar la literatura, abrumado por esos deberes mundanos (no olvidemos que hay autores que no soportan ni las giras promocionales), pero mi prima Paqui, en cambio, saldría literariamente reforzada, pues es formidable en las relaciones públicas y en la promoción personal.
Saramago y mi prima Paqui pueden convivir en la Red, por supuesto, pero está en juego el tipo de literatura triunfante, el estilo de libro que queremos para el futuro. Con el e-book desaparecerá aproximadamente un 75% del coste actual del libro -papel e impresión, distribución, venta minorista y gastos de financiación de los invendidos-, de modo que el precio podría abaratarse enormemente sin empeorar la calidad y sin poner a la literatura en manos de Repsol o de Nokia. La distribución, por otra parte, sería universal y perpetua: un libro estaría disponible en Lima y en Tokio, hoy y dentro de 20 años, posibilitando así la difusión ilimitada de los autores, simplificando al máximo la logística de las editoriales y permitiendo a cualquier lector tener acceso a títulos hoy inencontrables. Y técnicas de comunicación digital como la de regalar el primer capítulo de una novela, ahora todavía en pañales, podrían suponer una nueva revolución en los costes de publicidad y una indiscutible garantía para el lector indeciso. ¿Nos parece poco paraíso?
No nos engañemos: lo que peligra con un sistema en el que no haya editores ni haya venta no son los beneficios de los accionistas ni los privilegios de unos pocos, sino la dignidad del libro y de la cultura que transmite. Oclocracia o democracia, that is the question.
Luisgé Martín es escritor; su última novela es Las manos cortadas (Alfaguara)
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