Hoy sale a la venta Ejército enemigo en versión Kindle. Al menos eso dice Amazon: 19 de enero. Es la primera vez que un libro mío está disponible... sin libro. Dado que se trata de un archivo digital, parece que, por una vez, no habrá problemas de distribución; también es cierto que, por una vez, el libro no podrá agotarse. Uno andaba harto de que se agotaran sus libros.
Ejército enemigo en versión Kindle cuesta 13,29 euros; en papel cuesta 19,90. A mí me parece más caro en papel que en digital, esto es, me parece más caro 19,90 que 13,29. Cosas mías. A otros les parece que 13,29 es un precio inadmisible para una novela en formato digital, porque, aunque es la misma novela e incluye las mismas escenas de sexo, no te dan bolsita cuando la compras.
Creo que, con la adquisición de una novela en formato digital, las editoriales deberían obsequiar al comprador con un paquete de quinientos folios DIN-A4. El modo de lectura sería el siguiente: con una mano sujetan el kindle donde leen la novela y con la otra acarician el paquete de folios. Cuando la lectura tenga lugar fuera de casa, el paquete de folios puede transportarse en una mochila, o debajo del brazo, o utilizarse como soporte del soporte kindle. Creo que, entonces, todos estaríamos contentos.
Nunca he sabido por qué mis libros cuestan lo que cuestan. Intuyo que tiene que ver con la cadena de valor que va desde el autor al librero, pasando por cualquiera que entre medias cambie una coma al texto, o lo fabrique. En todo caso, poner un precio es tirarse un farol. Una cocacola no cuesta lo mismo en el chino de mi barrio que en el Hotel Ritz, siendo en rigor exactamente la misma lata de refresco de cola, con idénticas caducidad y calorías. El Hotel Ritz se tira el farol de que la cocacola allí cuesta 6 euros (me lo he inventado; seguramente cuesta 12) y si alguien entiende justa la transacción (12 euros por tomar cocacola en el Hotel Ritz) pues el farol queda legitimado. Esto ha sido así toda la vida, o al menos desde que a mediados del siglo XIX se multiplicó la oferta comercial y empezó a desplegar sus alas la gran mantícora de nuestro tiempo: la publicidad.
Ya hace tiempo que las películas más comerciales, las que vienen de Hollywood, gastan más dinero en promoción que en producción. El anuncio de la película cuesta más que la película. Nadie tiene necesidad de ver ninguna película, y seguramente no nos acordaríamos de ver películas nuevas si no nos avisaran de que las han hecho. Resulta obvio y consabido que la publicidad crea necesidades.
Decía Leon Bloy que la pobreza es la falta de lo superfluo, y la miseria la falta de lo imprescindible. Lo imprescindible es la comida, la ropa y el cobijo; lo demás es superfluo.
Prácticamente todo el consumo humano es superfluo. Pero muy entretenido. Comprar es antidepresivo y filosófico. Consumir es nuestra forma de pensar y de ser en el mundo.
Consumir obra artística no es muy diferente de comprar pulseras Power Balance. Costaban 40 euros y eran apenas un trozo de silicona. Decían que equilibraban la energía del cuerpo y hacían felices a la gente. Hicieron felices a la gente mientras la gente creyó que les hacían felices. También uno deja de leer, no se crean. De ver películas. De escuchar música. Yo me quedé en Arctic Monkeys, justamente en los discos suyos que compré. Sus discos gratuitos ya no los he escuchado. Cuando cobraban me parecían mejores.
Que te cobren es un favor que te hacen, creo yo. Te dan más ganas de hacer cosas. Yo nunca voy a exposiciones, por ejemplo. Si disfruto de obra artística de forma gratuita es siempre porque me han "invitado". Esto es, sólo puedo disfrutar de algo gratuito si sé que a alguien se lo están cobrando. El martes me invitaron a esos monólogos de Paramount Comedy en Joy Eslava, y disfruté del de Dani Alés porque estaba rodeado de gente que pagó por verle. De hecho, se reían mucho más que yo. Tengo muchos amigos ingeniosos y, a veces, les pido que se callen. No pasaría lo mismo si me cobraran por escucharlos.
Dice David Mamet en Manifiesto que para hablar de teatro hay que partir del siguiente aserto: el público ha pagado por la obra. Mamet no considera teatro un show donde la gente no haya aflojado unos dineros. Según él, si no pagan no pueden opinar.
Esto puede ser así en teoría pero no lo es en la práctica. Yo he escrito alegremente unos 1000 post gratuitos en los últimos siete años y siempre ha habido alguien que en los comentarios me ha dicho que no le ha gustado el post. También me ha pasado a menudo hilvanar una serie de post más o menos interesantes y, cuando tenía un día malo, publicar uno anodino y ver a decenas de comentaristas exigirme volver a la calidad acostubrada. ¿Con qué derecho? Lo ignoro. Yo creo que es la inercia de toda una vida pagando y exigiendo la que hace a alguien afear un contenido on line por el que no ha pagado y que nadie le ha pedido que lea y que nadie ha dicho que sea fundamental para su vida (textos legislativos, por ejemplo).
El fascinante panorama que se avecina está trayéndonos nuevas relaciones entre tu dinero y el trabajo de los demás. Una de ellas, muy publicitada, es la de una revista que cobra antes de que sea siquiera impresa. Los consumidores de esta publicación ignoran además qué van a encontrase entre sus páginas: la compran a ciegas. Esto es así porque esa revista simboliza modernidad y buen rollo, de modo que comprarla es un acto de fe idéntico al que ha caracterizado el consumo durante los últimos 150 años. La compra como símbolo en literatura es mucho más habitual de lo que puede parecer. Se compra el libro premiado, el libro polémico, el libro bonito y el libro que compran los demás. El panfleto de Hessel, Indignaos, no vende porque diga nada en absoluto, sino porque comprarlo es una muestra de indignación, y porque el número de sus ejemplares vendidos presupone un censo de disconformes. Da igual su contenido.
Otra práctica que en nuestros días se propone como novedosa es el crowdfunding. Nuevamente se le pide dinero a la gente por hacer posible un contenido. Esto lo hacían ya las inmobiliarias hace años, cobrarte por hacerte la casa, luego. El crowdfunding se utiliza sobre todo para grabar discos y filmar películas. Entre amigos y fans del grupo o del cantante, o del director o equipo audiovisual, se va consiguiendo la pasta. Esta práctica convierte al consumidor o cliente en productor y, por tanto, le da derecho a una exigencia mayor que antes, cuando compraba el producto ya acabado. Entre otras, la exigencia del crowdfoundero es que la obra sea hecha. Personalmente no me gustaría que mil cuatrocientas personas me dijeran lo que tengo que hacer. Tampoco me gustaría que mil cuatrocientas personas evaluaran si he hecho lo que su dinero suponía que yo tenía que hacer. Prefiero hacer lo que me dé la gana, incluso no hacerlo.
Tengo un libro armado a raíz de unos posts que publiqué en este blog, posts que se conocen como La serie de los ceros y los unos. Estoy pensando en subir ese libro directamente a Amazon y cobrar 200 euros por él. A mí mi libro me parece tan bueno como pueden imaginarse. He pensado que 200 euros es un precio que me mola. Es un precio absurdo, pero me mola. Me envanece tasar mi propia obra a un precio delirante. 200 euros por un archivo digital. Pienso que puede ser o eso o nada; que le doy a la Humanidad mi libro por 200 euros o que se queda en mi ordenador. A fin de cuentas no estaría privando a la Humanidad del agua potable. Es sólo un libro. Genial, pero sólo un libro. No creo que nadie vaya a irrumpir en mi casa pistola en mano y obligarme a publicarlo. Además, lo tengo muy bien escondido y soy muy tozudo. 200 euros.
Este post es un desvarío: lo sé. Si me hubieran pagado lo hubiera hecho mejor; pero si estuviera más inspirado lo hubiera hecho mucho mejor, y gratis. Personalmente creo que escribo mejor cuando no me pagan; pero también escribo mejor cuando no me comparten, me patrocinan, se apiadan de mí o me lían con gilipolleces. Escribir es un acto libre y autocomplaciente que no tiene nada que ver con el dinero; lo único que tiene que ver con el dinero es pensar que lo haces gratis. Cuando las cosas son gratis el dinero está por todos lados; es como aquello que decía Heinrich Böll de los ateos: siempre están hablando de dios.
jueves, 19 de enero de 2012
jueves, 12 de enero de 2012
Hombre campeón, mujer enferma
Un día cualquiera en la portada de un periódico digital...
LAS MUJERES...
Las mujeres lloran.
Las mujeres están enfermas.
Las mujeres sonríen.
Las mujeres están buenas.
Las mujeres son princesas.
Las mujeres están enfermas.
Las mujeres riegan las plantas.
Las mujeres son idiotas.
¿?
Las mujeres están buenas.
LOS HOMBRES...
Los hombres triunfan.
Los hombres triunfan.
Los hombres mandan.
Los hombres triunfan.
Los hombres triunfan.
Los hombres mandan.
LO MÁS LEÍDO
Las mujeres están buenas y son tontas y fingen, son muy distintas a los hombres, llevan faldas y se pelean con sus hijas; los hombres, gracias a dios, sobreviven.
¿?
[risas]
viernes, 6 de enero de 2012
Serenidad [Ley Sinde]
He puesto esta palabra, serenidad, como encabezamiento del texto para no olvidarme de escribirlo con cierto desapego, con simulada indiferencia, y no caer en la pasión defensiva o en la ira atacante, dado que el tema se deja desquiciar por ambos extremos.
El tema es, venga, la Ley Sinde, la Cultura Libre; a todo lo cual me apetece dar un repaso, estrictamente personal.
Cuando empezó a rodar la polémica, me vinieron a la cabeza algunas ideas sencillas. Sencillo me parecía comprender que cualquier ciudadano podía escribir, componer, filmar o diseñar, y, una vez completado el proceso creativo, tratar de vender la obra resultante (convertirlo en un producto comercial) o, por el contrario, difundirlo directamente y sin exigencias económicas a través de internet. (Bien es verdad que, a día de hoy, es posible hacer ambas cosas.)
También sencillo me resultaba deducir que la mayoría de nosotros preferiríamos ver gratis las películas, leer gratis los libros y escuchar música sin llevar a cabo ningún desembolso.
Asimismo, consideré que el sentido común nos advertiría a todos de que no entraba dentro de la legalidad ni de la lógica comercial que alguien que quiere vender algo condescendiera a su distribución libre sólo porque esa distribución libre había encontrado un camino. Aquí, obviamente, me equivoqué.
Numerosas personas y, entre ellas, señalados líderes del ciberespacio, adoptaron una postura y difundieron un discurso que, si no lo entendí mal, daba a entender que la coyuntura tecnológica, que permitía la libre circulación de contenidos culturales sin el control de sus dueños ni de sus tradicionales distribuidores de pago, había de ser aprovechada para la instauración de un nuevo marco para las obras de creación, que dejarían de estar sometidas a las reglas del mercado: a la oferta y la demanda, a la promoción, a la cadena de intermediarios, así como liberadas de esa inaccesibilidad con la que se presentaban ante las capas más humildes de la sociedad, que, obviamente, no pueden destinar porcentajes muy vistosos de sus salarios al consumo de productos culturales.
En ese momento del debate, otra idea sencilla me vino a la cabeza. Era la de que, puestos a proporcionar de forma gratuita algún producto o servicio a la población mundial, parecía más necesaria la gratuidad de los alimentos, o del transporte, o de las medicinas, que la de los libros o los discos. Sin embargo, la gratuidad del pan, el milagro milanés de que, cada mañana, todos nos acerquemos a la panadería o al chino y tomemos libremente una o dos barras, se antojaba de inmediato imposible, porque nadie iba a hacer pan desde las cinco de la mañana para luego entregarlo a manos llenas, salvo si el propio gobierno corría con todos los costes. Esta idea (un punto demagógica, bien es cierto) ponía de relieve un par diferencias entre el pan y, digamos, la música: una era la de que el pan, como producto, comporta una materialidad inexcusable y, por tanto, gravosa, mientras que la música, una vez que se cuenta con los instrumentos y aparatos (qué sé yo) pertinentes para su producción y grabación, viene a dar en algo que, prácticamente, no existe (en su formato digital), por lo que aquello que se toma gratuitamente en este caso no es realmente "algo", sino casi sólo un bien espiritual; la segunda diferencia que parecía proponer mi loca idea de dar antes leche gratis que libros gratis, era la de que las personas que hacen el pan u ordeñan vacas y cargan lecheras en los camiones, a diferencia de las personas que hacen música o literatura, no lo hacen por entretenimiento o desarrollo personal, sino efectivamente porque de ese esfuerzo se recibe la compensación económica pactada o acostumbrada.
Cuando la Ley Sinde asomó la patita, tuve otra idea, no sé si sencilla, pero sí bastante iluminadora. Me di cuenta de que entre los promotores del discurso sobre Cultura Libre en internet, entre aquellos que muñían manifiestos y acudían a las reuniones con la ministra y aparecían en las cadenas de radio, se hallaban representados, de todos los cibernautas que era posible representar, los empresarios muy especialmente. Algunos, en concreto, con empresas que facturaban 6 millones de euros anuales.
Esta idea conectaba ya de forma directa con la industria tecnológica. En ella, según es perceptible y uno mismo ha corroborado en algún epígrafe de su currículum, no hay apenas nada que valga menos que el "contenido". Si en una diario nacional, o regional, una colaboración podía en su día llegar a estar valorada en torno a los 150 euros -y en mucho más, claro- en internet, en blogs de empresas especializadas en la bitácora como producto, la remuneración habitual para un redactor era de 1 euro por post y, en algunos casos de delirante generosidad, de 9 euros por post.
En estas empresas de blogs "verticales", el contenido, el texto, es apenas un anzuelo para el tráfico de usuarios, por lo que ese texto se escribe para que google lo encuentre y los visitantes de las bitácoras encuentren los anuncios y pinchen en ellos, o al menos suban las visitas del blog, que son las que justifican las tarifas publicitarias. El contenido en sí, su rigor, corrección gramatical, etcétera, no han sido nunca prioritarios, aunque, en los últimos años, he notado una mejora considerable en esos aspectos.
Por otro lado, también parece obvio que si una empresa fabrica un aparato para leer libros, o abre una web donde visionar películas, nada le vendría mejor que la circunstancia de que esos libros y películas fueran completamente gratis, tanto para ellos en tanto empresarios como para sus clientes, que sólo pagarían el aparato de leer en sí o quién sabe qué cuota ingeniosa por navegar por su página (finalmente fue una cuota para poder ver las películas durante más de 72 minutos: ingenio no faltó).
Así, un empresario tecnológico (por llamarlo de alguna manera) se convertía en líder o supporter de un movimiento social (Cultura libre), hecho verdaderamente digno de pasar a la Historia de lo Nunca Visto.
Sin embargo, los demandantes de Cultura Libre nunca llegaron a proponer al empresario inventor del aparato fabricado para disfrutar de la cultura libre que lo regalara; o al empresario fundador de una web de visionado de películas, que no pusiera publicidad ni cuota alguna en su página. En ambos casos, se entendía lógico que uno pagara por disfrutar del aparato con el que disfrutaría gratis de la cultura. No entraba en cabeza humana que a uno le fueran a dar gratis un iPod o un Ipad o un Kindle, con lo bonitos que eran y el gusto que daba comprarlos.
Avanzaron los meses y, entre el retraso de la llamada Ley Sinde en ser aprobada y el hecho palmario de que una Ley difícilmente iba a acorralar el vasto territorio de internet, me di cuenta de otra cosa. Fue justo cuando se entregaron los premios Goya. Alguien en Twitter comentó que la película ganadora, Pa negre, no estaba disponible para ser visionada de forma gratuita en ninguna de las webs especializadas en este tipo de servicio. Tirando el hilo de esa evidencia, y fatigando el buscador de google, llegué a la conclusión de que Cultura Libre podía muy bien traducirse como Cultura Famosa Libre o Cultura De moda Libre o Cultura Muy Popular libre. Esto quería decir que cualquier película del año en curso que encabezara la taquilla española -o que la fuera a encabezar- estaba enseguida on line, gratis; pero cientos de películas pequeñas, independientes o producidas en países sin una gran industria de promoción de su cine seguían siendo imposibles de ver si uno no acudía a la sala en la semana escasa que aguantaban en cartel -dado que, realmente, apenas iban a tener dos o tres mil espectadores en España-.
Asimismo, las novelas que podían y pueden descargarse on line sin coste alguno son todas aquellas que o venden mucho o son profusamente citadas en los medios de comunicación; de la mayoría de las novelas, las que venden unos 800 ejemplares (repito, la mayoría) obviamente no va a encontrarse ninguna, porque nadie se va a molestar en scanear o tipear un libro que le es indiferente a la mayoría de los lectores de España.
Esto deja, pensaba no hace mucho, la Cultura Libre en un remedo casi exacto de la Cultura Oficial, o del Ocio Oficial, de modo que si el Ocio Oficial nos propone o fuerza o machaca el cerebelo con la necesidad de consumir Torrente 4, la Cultura Libre nos dará Torrente 4, y si en el Ocio oficial la película La influencia, de Pedro Aguilera (que vimos, según datos del ministerio, o ex-ministerio, de Cultura 2.799 personas en España; Torrente 4 -por si alguien necesita verlo así de claro- tuvo 2.583.238 espectadores -yo no pude ir, sintiéndolo mucho-), decía, si La influencia pasa desapercibida para el Ocio Oficial, o la Cultura Oficial, o la Cultura Publicitada, pasará asimismo desapercibida para la Cultura Libre o las webs de películas gratuitas en internet, que, simplemente, no se molestarán en ofrecer esa película dentro de la oferta de Cultura Libre de sus webs.
Yo aquí, la verdad, no veo mucho avance.
De hecho, y entramos en la parte personal del infinito post que les traigo hoy, quise ver con X esta película no hace mucho, La influencia, digo, y no fuimos capaces de encontrarla en ningún sitio de vídeo en streaming. Este dato puede hacer interesante que les cuente mi experiencia "pirata", si me permiten lo fatuo del adjetivo.
Creo que fue hace cuatro años cuando, en la oficina donde trabajaba, dejé caer a mis compañeros de departamento -perfectamente locos por la música- que me acababa de comprar un cedé de una cantante que no conocía, una vieja gloria de los años 60. El cedé me había costado 13 euros (o así) y venían unas treinta o cuarenta canciones. Esto lo dije a mis compañeros con indisimulado orgullo de consumidor.
Mi compañera C se rió de mí -por messenger- y me pasó en 45 segundos el archivo del mismo disco que yo había comprado la tarde anterior. A ese disco siguieron muchos más, que ella dejaba en una tentadora carpeta común, por si alguno de nosotros quería apropiárselos. Finalmente me enteré de las mágicas palabras de Alí Babá ("descarga directa") y llevé a cabo mis primeras incursiones "delictivas".
-Me llamo Alberto y soy alcohólico.
Digo: me bajé bastante música durante unos meses. Me impresionó, al principio, ver cómo en mi cabeza dejaba de tener sentido comprar un cedé. Quiero decir: comprar un cedé se convirtió en algo absurdo. ¿A quién se le ocurría pagar por un cedé? Sólo me llevó 24 horas considerar improcedente una adquisición que, durante unos 15 años de mi vida, no diría que fue masiva pero sí constante (tengo unos 150 o 200 cedés originales).
La segunda experiencia que me deparó "descarga directa" fue la de querer descargarme toda la música del mundo, pero no para escucharla, no; para tenerla. Una vez que la tenía, sólo la pura casualidad me hacía escuchar un disco entero, de modo que, según calculé, el 40% de las canciones que me bajé no las escuché ni una sola vez, no digo enteras, ni tan siquiera sus primeros 10 segundos.
La tercera consecuencia o fase de esta etapa criminal que aquí les revelo, fue la de que se acabó la etapa criminal. No me bajo música desde hace dos años o dos años y medio. La música, de hecho, ha dejado de interesarme.
Así que, a la hora de contemplar el tsunami digital sobre la literatura, me he buscado un bungalow bastante resguardado, por decirlo de alguna manera. Al ver en Amazon la cantidad de libros que se venden a 0 euros, todos clásicos, -entendiendo "clasico" como "autor muerto", que ya es entender de libros- me he imaginado a mí mismo bajándome 400 libros al día y acumulando -sé que no caben tantos, ok- un total de 1.000.000 de libros en mi Kindle, cosa que me dejaría a solo un paso de leerlos todos. Paso que nunca daría, como es obvio, y no porque leer 1millón de libros sea imposible, sino porque se nos revela de pronto irrelevante: sobre todo comparado con dedicar el tiempo a bajarse más libros: eso sí que cultiva, bajarse los libros.
Curiosamente -consideré ya estos mismos días- vengo de un hogar donde no había libros, quiero decir, ninguno. Eso no ha impedido que yo mismo haya hecho algunos libros. Esto ha sido posible por la compra escolar de novelas para las clases de literatura, que llegaron hasta la universidad, por la compra ya privada y caprichosa de otras novelas, bastantes más, por el regalo de libros por parte de los amigos, por el préstamo debido a esos amigos o, mayormente, a las bibliotecas. Quiero decir que a mí, que nunca tuve libros y ahora debo de tener unos 300 -poquísimos para alguien que, bueno, es escritor; en realidad, odio los libros, me deshago de todos los que puedo, la verdad-, qué decía, que, para alguien con mi perfil, todo esto de la Cultura Libre Literaria no me aporta nada, salvo un nuevo pasillo por el que perderme en el laberinto de la lectura: a lo mejor en lugar de irme a la biblioteca de Fuencarral a por un libro que sólo allí tienen me lo compro (o bajo) en Internet, pero eso no quiere decir que internet salve mi ignorancia, sólo que la achicará internet y no un viaje en metro.
La única vez que estuve en la indigencia cultural fue cuando residí en Japón, durante tres años. Me llevé varios libros y, cada vez que volvía a España, echaba otros pocos más a la maleta, algunos de ellos comprados en la Fnac. Seguramente fueron esas navidades de paso por mi país los momentos de mi vida en que más libros he comprado de una tacada, y hablo de comprar siete libros -todos de bolsillo y muy gruesos-. En Japón, exploré, en 2004, lo que se llamaba "biblioteca virtual". Ya estaban allí lo que ahora llama Amazon "clásicos", y eran todos "autores muertos" que, la verdad, podían haberse llevado consigo a la tumba sus creaciones: casi todo lo que traté de leer en la pantalla era bastante lamentable.
De hecho, ahora que lo escribo, me doy cuenta de que en Japón leí muy bien porque tenía pocos libros, y todos fundamentales -no era ocasión para llevarme un libro cualquiera, sino clásicos-clásicos, como el Quijote, que leí por tercera vez, o Rayuela o Nostromo-. De modo que la Cultura Libre se me está antojando más bárbara que aleccionadora, según se me va yendo el post de las manos.
Lo encauzo apenas con otra idea que me ha venido a la cabeza estos días, y es la contradicción de ver a los defensores de la Cultura libre ganar dinero con la Cultura... gratis. Los gurús de la cosa viven de hecho de promover que la Cultura esté disponible para todos sin coste alguno, lo cuál me lleva a preguntarme de dónde sacan ellos el dinero que sacan, que no parece poco.
También he creído o querido ver una contradicción en que, en tiempos de crisis, de salarios mínimos congelados y recortes a mansalva, se abogue, al mismo tiempo que se condenan estos estragos, porque una serie de personas, los artistas, digamos, no hagan dinero con su trabajo. Todos entendemos naturalmente indecente lo subterráneo de algunos salarios, los despidos masivos, el alzamiento de bienes por parte de algunos sujetos bien posicionados, pero, en paralelo, una parte considerable de la población no ve gravedad moral alguna en que todos rebajemos o anulemos los medios de supervivencia de que disponen los músicos, los escritores o los cineastas.
Esto, la verdad, también me resulta complicado de entender.
Afirmé arriba haberme bajado una enorme cantidad de canciones, y lo hice, amén de para posicionarme a mí mismo en el sitio que me corresponde -no tanto en el de escritor; o no sólo en el de escritor con obra en el mercado, sino en el de internauta-, para deslizar la idea de que una cosa es la comisión del delito, o de la infracción, o del comportamiento no ejemplar, y otra la defensa que uno puede hacer -razonada o delirante- de que sus acciones no deben juzgarse como lesivas para el interés ajeno o el bien común. Esto quiere decir que si yo mato a una persona por motivos que entiendo legítimos -crimen que se me pasa por la cabeza cada tanto- no haré, sin embargo, una impugnación a la ley que derive en mi puesta en libertad o en mi condecoración, sino que acataré las reglas del juego.
Hay ejemplos menos sanguinarios: consumir drogas, circular por la carretera a 180 kilómetros por hora (como le gusta a Rosa Regás), frecuentar prostitutas o sisar en el supermercado. Es probable que todos hayamos hecho alguna de estas cosas alguna vez en nuestra vida, pero es menos probable que consideremos en todos los casos que el Estado debería permitirnos hacerlas, sin regulación alguna y según nos viniera en gana: ¿puedo circular a 180 kilómetros por hora delante de las puertas de un colegio?, ¿pueden drogarse los niños?, ¿pueden prostituirse los adolescentes?, etcétera.
Sin embargo, respecto a la cultura libre no parece haberse propuesto, desde el bando que la defiende, ningún matiz o transición o respeto mínimo por los débiles implicados en la polémica, que, simplemente, deberán apañárselas como puedan.
Lo más inaudito para mi capacidad de alarma ha sido ver cómo se ponía en cuestión -precisamente en alguno de los blogs sobre libros propiedad de un empresario contrario a la Ley Sinde- el derecho a la propiedad intelectual; no sabía uno que se podía cuestionar un "derecho", esa palabra, esa santidad, con tanta soberbia y tanta alegría. "Este derecho lo quitamos, que no nos gusta". Y todo por otro derecho, el de la libertad de expresión, que no es, en definitivas cuentas, nada más que el derecho a ver Torrente 4 sin pagar -si fuera a ver La influencia, todavía-.
Esta soberbia y alegría ha tenido -y supongo que por eso me he puesto a dar un repaso al tema- su último aldabonazo en una lista negra que se ha elaborado con los nombres de todos aquellos escritores, músicos y cineastas que alguna vez han dicho algo a favor de la Ley Sinde o, más naturalmente, a favor de su propio derecho a recibir compensación por su trabajo. Si la lista negra fuera de activistas del 15M o de defensores de la Cultura Libre, y se estableciera que aparecer en ella conllevara dificultades para conseguir un trabajo o una colaboración en prensa o entrar en los cines, estaríamos hablando de fascismo.
Han pasado unos días desde que escribí lo que quizá alguien ha tenido la paciencia de leer, y una nueva noticia se incorpora a esta panorámica personal del asunto: Público. Hoy mismo Antonio Orejudo publicaba en ese diario, cuya continuidad peligra por problemas económicos, un artículo donde afirmaba lo siguiente:
He copiado más abajo otro link informativo de hoy mismo: en él, las empresas más poderosas de la industria digital mundial plantan cara a la SOPA, especie de Ley Sinde estadounidense. La noticia (link) aparece en El país y, nuevamente, el redactor del periódico da a entender que Yahoo es un aguerrido luchador por los derechos humanos. Repito: nunca un "movimiento social" había sido tan apoyado por las piezas más duras y sólidas del capitalismo.
En fin: esto pienso. No es mi intención recibir el honor de aparecer en la lista negra de malvados defensores de sus derechos, ni tratar de convencer a nadie; sólo quería anotar algunas ideas que puntualmente y durante estos últimos meses me han venido a la cabeza sobre el futuro de la industria cultural, futuro que no me atrevo a prever ni en sus perfiles más básicos -a diferencia de los gurús de internet, que parecen tenerlo sumamente claro-.
Hay bastantes aspectos de este texto bruto que me gustaría matizar o ampliar; también me hubiera gustado explorar la idea de que la Cultura fuera libre a partir de un breve periodo de tiempo (cinco años), dado que tanto libros como películas encuentran su beneficio en los efectos inmediatos que las campañas de publicidad tienen sobre los consumidores, y en el encanto de la "novedad". No en vano en las webs de películas se consideran clásicos o "películas antiguas" filmes del año 2003.
Otro tema que me gustaría comentar es el del "crowdfunding", desde la perspectiva que sugieren algunas ideas sobre el teatro que David Mamet expone en su libro Manifiesto.
Todo, otro día.
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El tema es, venga, la Ley Sinde, la Cultura Libre; a todo lo cual me apetece dar un repaso, estrictamente personal.
Cuando empezó a rodar la polémica, me vinieron a la cabeza algunas ideas sencillas. Sencillo me parecía comprender que cualquier ciudadano podía escribir, componer, filmar o diseñar, y, una vez completado el proceso creativo, tratar de vender la obra resultante (convertirlo en un producto comercial) o, por el contrario, difundirlo directamente y sin exigencias económicas a través de internet. (Bien es verdad que, a día de hoy, es posible hacer ambas cosas.)
También sencillo me resultaba deducir que la mayoría de nosotros preferiríamos ver gratis las películas, leer gratis los libros y escuchar música sin llevar a cabo ningún desembolso.
Asimismo, consideré que el sentido común nos advertiría a todos de que no entraba dentro de la legalidad ni de la lógica comercial que alguien que quiere vender algo condescendiera a su distribución libre sólo porque esa distribución libre había encontrado un camino. Aquí, obviamente, me equivoqué.
Numerosas personas y, entre ellas, señalados líderes del ciberespacio, adoptaron una postura y difundieron un discurso que, si no lo entendí mal, daba a entender que la coyuntura tecnológica, que permitía la libre circulación de contenidos culturales sin el control de sus dueños ni de sus tradicionales distribuidores de pago, había de ser aprovechada para la instauración de un nuevo marco para las obras de creación, que dejarían de estar sometidas a las reglas del mercado: a la oferta y la demanda, a la promoción, a la cadena de intermediarios, así como liberadas de esa inaccesibilidad con la que se presentaban ante las capas más humildes de la sociedad, que, obviamente, no pueden destinar porcentajes muy vistosos de sus salarios al consumo de productos culturales.
En ese momento del debate, otra idea sencilla me vino a la cabeza. Era la de que, puestos a proporcionar de forma gratuita algún producto o servicio a la población mundial, parecía más necesaria la gratuidad de los alimentos, o del transporte, o de las medicinas, que la de los libros o los discos. Sin embargo, la gratuidad del pan, el milagro milanés de que, cada mañana, todos nos acerquemos a la panadería o al chino y tomemos libremente una o dos barras, se antojaba de inmediato imposible, porque nadie iba a hacer pan desde las cinco de la mañana para luego entregarlo a manos llenas, salvo si el propio gobierno corría con todos los costes. Esta idea (un punto demagógica, bien es cierto) ponía de relieve un par diferencias entre el pan y, digamos, la música: una era la de que el pan, como producto, comporta una materialidad inexcusable y, por tanto, gravosa, mientras que la música, una vez que se cuenta con los instrumentos y aparatos (qué sé yo) pertinentes para su producción y grabación, viene a dar en algo que, prácticamente, no existe (en su formato digital), por lo que aquello que se toma gratuitamente en este caso no es realmente "algo", sino casi sólo un bien espiritual; la segunda diferencia que parecía proponer mi loca idea de dar antes leche gratis que libros gratis, era la de que las personas que hacen el pan u ordeñan vacas y cargan lecheras en los camiones, a diferencia de las personas que hacen música o literatura, no lo hacen por entretenimiento o desarrollo personal, sino efectivamente porque de ese esfuerzo se recibe la compensación económica pactada o acostumbrada.
Cuando la Ley Sinde asomó la patita, tuve otra idea, no sé si sencilla, pero sí bastante iluminadora. Me di cuenta de que entre los promotores del discurso sobre Cultura Libre en internet, entre aquellos que muñían manifiestos y acudían a las reuniones con la ministra y aparecían en las cadenas de radio, se hallaban representados, de todos los cibernautas que era posible representar, los empresarios muy especialmente. Algunos, en concreto, con empresas que facturaban 6 millones de euros anuales.
Esta idea conectaba ya de forma directa con la industria tecnológica. En ella, según es perceptible y uno mismo ha corroborado en algún epígrafe de su currículum, no hay apenas nada que valga menos que el "contenido". Si en una diario nacional, o regional, una colaboración podía en su día llegar a estar valorada en torno a los 150 euros -y en mucho más, claro- en internet, en blogs de empresas especializadas en la bitácora como producto, la remuneración habitual para un redactor era de 1 euro por post y, en algunos casos de delirante generosidad, de 9 euros por post.
En estas empresas de blogs "verticales", el contenido, el texto, es apenas un anzuelo para el tráfico de usuarios, por lo que ese texto se escribe para que google lo encuentre y los visitantes de las bitácoras encuentren los anuncios y pinchen en ellos, o al menos suban las visitas del blog, que son las que justifican las tarifas publicitarias. El contenido en sí, su rigor, corrección gramatical, etcétera, no han sido nunca prioritarios, aunque, en los últimos años, he notado una mejora considerable en esos aspectos.
Por otro lado, también parece obvio que si una empresa fabrica un aparato para leer libros, o abre una web donde visionar películas, nada le vendría mejor que la circunstancia de que esos libros y películas fueran completamente gratis, tanto para ellos en tanto empresarios como para sus clientes, que sólo pagarían el aparato de leer en sí o quién sabe qué cuota ingeniosa por navegar por su página (finalmente fue una cuota para poder ver las películas durante más de 72 minutos: ingenio no faltó).
Así, un empresario tecnológico (por llamarlo de alguna manera) se convertía en líder o supporter de un movimiento social (Cultura libre), hecho verdaderamente digno de pasar a la Historia de lo Nunca Visto.
Sin embargo, los demandantes de Cultura Libre nunca llegaron a proponer al empresario inventor del aparato fabricado para disfrutar de la cultura libre que lo regalara; o al empresario fundador de una web de visionado de películas, que no pusiera publicidad ni cuota alguna en su página. En ambos casos, se entendía lógico que uno pagara por disfrutar del aparato con el que disfrutaría gratis de la cultura. No entraba en cabeza humana que a uno le fueran a dar gratis un iPod o un Ipad o un Kindle, con lo bonitos que eran y el gusto que daba comprarlos.
Avanzaron los meses y, entre el retraso de la llamada Ley Sinde en ser aprobada y el hecho palmario de que una Ley difícilmente iba a acorralar el vasto territorio de internet, me di cuenta de otra cosa. Fue justo cuando se entregaron los premios Goya. Alguien en Twitter comentó que la película ganadora, Pa negre, no estaba disponible para ser visionada de forma gratuita en ninguna de las webs especializadas en este tipo de servicio. Tirando el hilo de esa evidencia, y fatigando el buscador de google, llegué a la conclusión de que Cultura Libre podía muy bien traducirse como Cultura Famosa Libre o Cultura De moda Libre o Cultura Muy Popular libre. Esto quería decir que cualquier película del año en curso que encabezara la taquilla española -o que la fuera a encabezar- estaba enseguida on line, gratis; pero cientos de películas pequeñas, independientes o producidas en países sin una gran industria de promoción de su cine seguían siendo imposibles de ver si uno no acudía a la sala en la semana escasa que aguantaban en cartel -dado que, realmente, apenas iban a tener dos o tres mil espectadores en España-.
Asimismo, las novelas que podían y pueden descargarse on line sin coste alguno son todas aquellas que o venden mucho o son profusamente citadas en los medios de comunicación; de la mayoría de las novelas, las que venden unos 800 ejemplares (repito, la mayoría) obviamente no va a encontrarse ninguna, porque nadie se va a molestar en scanear o tipear un libro que le es indiferente a la mayoría de los lectores de España.
Esto deja, pensaba no hace mucho, la Cultura Libre en un remedo casi exacto de la Cultura Oficial, o del Ocio Oficial, de modo que si el Ocio Oficial nos propone o fuerza o machaca el cerebelo con la necesidad de consumir Torrente 4, la Cultura Libre nos dará Torrente 4, y si en el Ocio oficial la película La influencia, de Pedro Aguilera (que vimos, según datos del ministerio, o ex-ministerio, de Cultura 2.799 personas en España; Torrente 4 -por si alguien necesita verlo así de claro- tuvo 2.583.238 espectadores -yo no pude ir, sintiéndolo mucho-), decía, si La influencia pasa desapercibida para el Ocio Oficial, o la Cultura Oficial, o la Cultura Publicitada, pasará asimismo desapercibida para la Cultura Libre o las webs de películas gratuitas en internet, que, simplemente, no se molestarán en ofrecer esa película dentro de la oferta de Cultura Libre de sus webs.
Yo aquí, la verdad, no veo mucho avance.
De hecho, y entramos en la parte personal del infinito post que les traigo hoy, quise ver con X esta película no hace mucho, La influencia, digo, y no fuimos capaces de encontrarla en ningún sitio de vídeo en streaming. Este dato puede hacer interesante que les cuente mi experiencia "pirata", si me permiten lo fatuo del adjetivo.
Creo que fue hace cuatro años cuando, en la oficina donde trabajaba, dejé caer a mis compañeros de departamento -perfectamente locos por la música- que me acababa de comprar un cedé de una cantante que no conocía, una vieja gloria de los años 60. El cedé me había costado 13 euros (o así) y venían unas treinta o cuarenta canciones. Esto lo dije a mis compañeros con indisimulado orgullo de consumidor.
Mi compañera C se rió de mí -por messenger- y me pasó en 45 segundos el archivo del mismo disco que yo había comprado la tarde anterior. A ese disco siguieron muchos más, que ella dejaba en una tentadora carpeta común, por si alguno de nosotros quería apropiárselos. Finalmente me enteré de las mágicas palabras de Alí Babá ("descarga directa") y llevé a cabo mis primeras incursiones "delictivas".
-Me llamo Alberto y soy alcohólico.
Digo: me bajé bastante música durante unos meses. Me impresionó, al principio, ver cómo en mi cabeza dejaba de tener sentido comprar un cedé. Quiero decir: comprar un cedé se convirtió en algo absurdo. ¿A quién se le ocurría pagar por un cedé? Sólo me llevó 24 horas considerar improcedente una adquisición que, durante unos 15 años de mi vida, no diría que fue masiva pero sí constante (tengo unos 150 o 200 cedés originales).
La segunda experiencia que me deparó "descarga directa" fue la de querer descargarme toda la música del mundo, pero no para escucharla, no; para tenerla. Una vez que la tenía, sólo la pura casualidad me hacía escuchar un disco entero, de modo que, según calculé, el 40% de las canciones que me bajé no las escuché ni una sola vez, no digo enteras, ni tan siquiera sus primeros 10 segundos.
La tercera consecuencia o fase de esta etapa criminal que aquí les revelo, fue la de que se acabó la etapa criminal. No me bajo música desde hace dos años o dos años y medio. La música, de hecho, ha dejado de interesarme.
Así que, a la hora de contemplar el tsunami digital sobre la literatura, me he buscado un bungalow bastante resguardado, por decirlo de alguna manera. Al ver en Amazon la cantidad de libros que se venden a 0 euros, todos clásicos, -entendiendo "clasico" como "autor muerto", que ya es entender de libros- me he imaginado a mí mismo bajándome 400 libros al día y acumulando -sé que no caben tantos, ok- un total de 1.000.000 de libros en mi Kindle, cosa que me dejaría a solo un paso de leerlos todos. Paso que nunca daría, como es obvio, y no porque leer 1millón de libros sea imposible, sino porque se nos revela de pronto irrelevante: sobre todo comparado con dedicar el tiempo a bajarse más libros: eso sí que cultiva, bajarse los libros.
Curiosamente -consideré ya estos mismos días- vengo de un hogar donde no había libros, quiero decir, ninguno. Eso no ha impedido que yo mismo haya hecho algunos libros. Esto ha sido posible por la compra escolar de novelas para las clases de literatura, que llegaron hasta la universidad, por la compra ya privada y caprichosa de otras novelas, bastantes más, por el regalo de libros por parte de los amigos, por el préstamo debido a esos amigos o, mayormente, a las bibliotecas. Quiero decir que a mí, que nunca tuve libros y ahora debo de tener unos 300 -poquísimos para alguien que, bueno, es escritor; en realidad, odio los libros, me deshago de todos los que puedo, la verdad-, qué decía, que, para alguien con mi perfil, todo esto de la Cultura Libre Literaria no me aporta nada, salvo un nuevo pasillo por el que perderme en el laberinto de la lectura: a lo mejor en lugar de irme a la biblioteca de Fuencarral a por un libro que sólo allí tienen me lo compro (o bajo) en Internet, pero eso no quiere decir que internet salve mi ignorancia, sólo que la achicará internet y no un viaje en metro.
La única vez que estuve en la indigencia cultural fue cuando residí en Japón, durante tres años. Me llevé varios libros y, cada vez que volvía a España, echaba otros pocos más a la maleta, algunos de ellos comprados en la Fnac. Seguramente fueron esas navidades de paso por mi país los momentos de mi vida en que más libros he comprado de una tacada, y hablo de comprar siete libros -todos de bolsillo y muy gruesos-. En Japón, exploré, en 2004, lo que se llamaba "biblioteca virtual". Ya estaban allí lo que ahora llama Amazon "clásicos", y eran todos "autores muertos" que, la verdad, podían haberse llevado consigo a la tumba sus creaciones: casi todo lo que traté de leer en la pantalla era bastante lamentable.
De hecho, ahora que lo escribo, me doy cuenta de que en Japón leí muy bien porque tenía pocos libros, y todos fundamentales -no era ocasión para llevarme un libro cualquiera, sino clásicos-clásicos, como el Quijote, que leí por tercera vez, o Rayuela o Nostromo-. De modo que la Cultura Libre se me está antojando más bárbara que aleccionadora, según se me va yendo el post de las manos.
Lo encauzo apenas con otra idea que me ha venido a la cabeza estos días, y es la contradicción de ver a los defensores de la Cultura libre ganar dinero con la Cultura... gratis. Los gurús de la cosa viven de hecho de promover que la Cultura esté disponible para todos sin coste alguno, lo cuál me lleva a preguntarme de dónde sacan ellos el dinero que sacan, que no parece poco.
También he creído o querido ver una contradicción en que, en tiempos de crisis, de salarios mínimos congelados y recortes a mansalva, se abogue, al mismo tiempo que se condenan estos estragos, porque una serie de personas, los artistas, digamos, no hagan dinero con su trabajo. Todos entendemos naturalmente indecente lo subterráneo de algunos salarios, los despidos masivos, el alzamiento de bienes por parte de algunos sujetos bien posicionados, pero, en paralelo, una parte considerable de la población no ve gravedad moral alguna en que todos rebajemos o anulemos los medios de supervivencia de que disponen los músicos, los escritores o los cineastas.
Esto, la verdad, también me resulta complicado de entender.
Afirmé arriba haberme bajado una enorme cantidad de canciones, y lo hice, amén de para posicionarme a mí mismo en el sitio que me corresponde -no tanto en el de escritor; o no sólo en el de escritor con obra en el mercado, sino en el de internauta-, para deslizar la idea de que una cosa es la comisión del delito, o de la infracción, o del comportamiento no ejemplar, y otra la defensa que uno puede hacer -razonada o delirante- de que sus acciones no deben juzgarse como lesivas para el interés ajeno o el bien común. Esto quiere decir que si yo mato a una persona por motivos que entiendo legítimos -crimen que se me pasa por la cabeza cada tanto- no haré, sin embargo, una impugnación a la ley que derive en mi puesta en libertad o en mi condecoración, sino que acataré las reglas del juego.
Hay ejemplos menos sanguinarios: consumir drogas, circular por la carretera a 180 kilómetros por hora (como le gusta a Rosa Regás), frecuentar prostitutas o sisar en el supermercado. Es probable que todos hayamos hecho alguna de estas cosas alguna vez en nuestra vida, pero es menos probable que consideremos en todos los casos que el Estado debería permitirnos hacerlas, sin regulación alguna y según nos viniera en gana: ¿puedo circular a 180 kilómetros por hora delante de las puertas de un colegio?, ¿pueden drogarse los niños?, ¿pueden prostituirse los adolescentes?, etcétera.
Sin embargo, respecto a la cultura libre no parece haberse propuesto, desde el bando que la defiende, ningún matiz o transición o respeto mínimo por los débiles implicados en la polémica, que, simplemente, deberán apañárselas como puedan.
Lo más inaudito para mi capacidad de alarma ha sido ver cómo se ponía en cuestión -precisamente en alguno de los blogs sobre libros propiedad de un empresario contrario a la Ley Sinde- el derecho a la propiedad intelectual; no sabía uno que se podía cuestionar un "derecho", esa palabra, esa santidad, con tanta soberbia y tanta alegría. "Este derecho lo quitamos, que no nos gusta". Y todo por otro derecho, el de la libertad de expresión, que no es, en definitivas cuentas, nada más que el derecho a ver Torrente 4 sin pagar -si fuera a ver La influencia, todavía-.
Esta soberbia y alegría ha tenido -y supongo que por eso me he puesto a dar un repaso al tema- su último aldabonazo en una lista negra que se ha elaborado con los nombres de todos aquellos escritores, músicos y cineastas que alguna vez han dicho algo a favor de la Ley Sinde o, más naturalmente, a favor de su propio derecho a recibir compensación por su trabajo. Si la lista negra fuera de activistas del 15M o de defensores de la Cultura Libre, y se estableciera que aparecer en ella conllevara dificultades para conseguir un trabajo o una colaboración en prensa o entrar en los cines, estaríamos hablando de fascismo.
Han pasado unos días desde que escribí lo que quizá alguien ha tenido la paciencia de leer, y una nueva noticia se incorpora a esta panorámica personal del asunto: Público. Hoy mismo Antonio Orejudo publicaba en ese diario, cuya continuidad peligra por problemas económicos, un artículo donde afirmaba lo siguiente:
Perdonadme la pregunta, pero… ¿no compraban ya el periódico de papel todos esos fans que lloran ahora su desaparición? Pues no, parece ser que no. La mayoría debía de entrar, pinchar aquí y allá, reafirmar sus ideas izquierdistas, y a otra cosa, convencida de que un periódico tan rojo, tan a favor de los internautas, tan guay, tan juvenil, brotaba espontáneamente del puro buen rollo. //Pues parece ser que no, queridos amigos de la cultura gratuita en internet, parece ser que hasta Público necesita dinero entre otras cosas para pagar a los 160 profesionales que ponen el periódico en la calle todos los días. (link)Entiendo que Antonio Orejudo ha pasado ya a formar parte de la lista negra de la que hablaba más arriba. Por hablar. El famoso artículo La cena del miedo debería reciclarse y redirigirse hacia los que realmente tienen miedo: los autores, no tanto miedo a ver cómo las previsiones económicas para sus creaciones se deshacen en cuestión de horas, sino miedo a hablar, a decir lo que piensan de un asunto, algo que también viene protegido y validado por el derecho a la libertad de expresión.
He copiado más abajo otro link informativo de hoy mismo: en él, las empresas más poderosas de la industria digital mundial plantan cara a la SOPA, especie de Ley Sinde estadounidense. La noticia (link) aparece en El país y, nuevamente, el redactor del periódico da a entender que Yahoo es un aguerrido luchador por los derechos humanos. Repito: nunca un "movimiento social" había sido tan apoyado por las piezas más duras y sólidas del capitalismo.
En fin: esto pienso. No es mi intención recibir el honor de aparecer en la lista negra de malvados defensores de sus derechos, ni tratar de convencer a nadie; sólo quería anotar algunas ideas que puntualmente y durante estos últimos meses me han venido a la cabeza sobre el futuro de la industria cultural, futuro que no me atrevo a prever ni en sus perfiles más básicos -a diferencia de los gurús de internet, que parecen tenerlo sumamente claro-.
Hay bastantes aspectos de este texto bruto que me gustaría matizar o ampliar; también me hubiera gustado explorar la idea de que la Cultura fuera libre a partir de un breve periodo de tiempo (cinco años), dado que tanto libros como películas encuentran su beneficio en los efectos inmediatos que las campañas de publicidad tienen sobre los consumidores, y en el encanto de la "novedad". No en vano en las webs de películas se consideran clásicos o "películas antiguas" filmes del año 2003.
Otro tema que me gustaría comentar es el del "crowdfunding", desde la perspectiva que sugieren algunas ideas sobre el teatro que David Mamet expone en su libro Manifiesto.
Todo, otro día.
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viernes, 30 de diciembre de 2011
Tiempo y literatura
Aunque escuché hablar de ella hace casi una década, sólo ahora he leído Días de llamas, de Juan Iturralde. La novela fue publicada en 1979, y precisamente porque pueden localizarse numerosas reivindicaciones del libro, que exigen su elevación a obra cumbre de la literatura española del siglo XX (exactamente lo que es), no me cabe duda de que será completamente olvidada.
Esta circunstancia me hizo pensar en determinada dirección acerca de la lectura, y me vi de pronto paladeando esta hipótesis: la lectura lo es de otra lectura.
La hipótesis encontró un interesante reactivo en otras ideas que, en este mismo momento, me rondan la cabeza, y que tienen que ver con la permanencia de los libros, con las listas de mejores novelas del año, con los ditirambos que consigue aquí o allá una obra concreta. Una de esas ideas, radical y cruel, como suelen serlo las ideas que provocan pensamiento, era esta: ningún libro importa luego si no importó en su propio tiempo. Esto quiere decir, por ejemplo -y recurro a ejemplos de mi trayectoria como lector, que hace pie con solvencia (considero) en la primera mitad de la década de los noventa-, que, a buen seguro, en 1994 hubo cuatro o cinco libros que hicieron a los críticos prender todo el castillo de fuegos artificiales, pero que, apenas veinte años después, uno de los pocos libros que sigue vivo y que muchos tenemos en mente de ese año 1994 es Historias del Kronen, de José Ángel Mañas, cuyo valor literario no fue entonces precisamente destacado, ni a día de hoy puede considerarse que sea una piedra preciosa de alta literatura, pero que cuenta en su mismo núcleo con un brillo inagotable: el de transportar consigo su propia lectura.
Recuerdo que, allá en los años noventa, algún crítico (no recuerdo ni su nombre) en algún sitio (que tampoco recuerdo) llegó a comentar su indignación ante el éxito de Historias del Kronen en detrimento de obras que "contaban lo mismo, y mucho mejor" (más o menos) como "por ejemplo" (dijo el crítico) Piel de centauro, de Francisco J. Sauté (novela, por cierto, que yo me apresuré a leer). Obviamente, nadie a día de hoy (y lo digo yo, que he leído el libro) recuerda Piel de centauro.
La lectura lo es de otra lectura, propuse.
El lector, como es sabido, o, al menos, intuido, tiene dos mazos de cartas literarias sobre la mesa: uno de los mazos está completo, el otro no existe. Es un mazo que genera el tapete de la mesa, que hace aflorar mágicamente (perdonen lo borgeano) libros, novelas, títulos: la novedad. El mazo completo, antañón, es tentador, confiable, parece proceder con la propia mesa. Sin embargo, cuando el otro mazo genera sus naipes, sus novelas nuevas, el jugador recibe una tentación más intensa: estrenar algo, y muchas veces se rinde a ella.
Porque en la lectura de un libro nuevo coincide toda iniciación: la de su escritura y la de su lectura, y esa intersección de labores vivas marca en la comunidad un punto de apoyo, que rápidamente se convierte en pasado y, en los casos más excelsos, en Historia.
Por ello, cuando leemos un libro antiguo necesitamos hacer pie en su lectura previa, leerlo a través de los ojos que lo leyeron o contra la visión con que fue leído; aunque el lector indocto ignore cómo se leyó exactamente determinado libro del pasado, adjudica intuitivamente a un volumen que le llega con el halo de "clásico" y la fama popular de su autor (un Goethe, un Kafka) un capital lector que alivia y justifica su abandono de la novedad, porque el clásico es una novedad resucitada a su vez, algo cuya lectura no será vana incluso si resulta insatisfactoria, porque siempre propiciará el diálogo con otros lectores de su tiempo que igualmente han leído o están por leer el "clásico"; diálogo, por supuesto, que no tiene que producirse realmente.
Pienso, por tanto, que hay una lectura en vivo y un lectura diferida, la primera lo es de los libros que aparecen teniéndonos a nosotros como primeros lectores posibles; la segunda, de libros que merecen ser leídos sólo porque -justamente- fueron leídos, sucesivamente leídos, en la conformación de un palimpsesto no de escritura, sino de lectura.
Días de llamas, específicamente, fue un libro para ser leído desde los años 40, pero que sólo pudo leerse a partir de los años 70, cuando su mensaje o su pulso histórico o su rabia o su dilema no le apetecían a nadie. Cada generación de lectores cumple con los libros de su tiempo, y sólo honra libros de otro tiempo si hereda una lectura inaugural. Días de llamas no pudo tener lectura inaugural, lectura viva, porque se publicó treinta años después de ser escrita, y su lectura diferida tiene algo de respiración asistida a un niño prematuro, niño que va a morir porque, en rigor, no ha acabado de nacer.
--
Antítesis:
1. Esto podría indicar que sólo los bestsellers se convierten en clásicos. Respuesta: ser leído no significa ser el más leído, sino ser considerado. Pamela fue más leído que Tom Jones pero Tom Jones, con todo, fue muy leído.
2. Algunos libros se publicaron después de la muerte de su autor y alcanzaron el estatus de clásico. Respuesta: muchos de esos libros son, exactamente, "libros de muerte" o, incluso, "libros del muerto". Además, todos los ejemplos que se me ocurren (El libro del desasosiego, sobre todo) pertenecen a autores que ya establecieron su firma y su voz en su tiempo y que, por tanto, ya han sido leídos, aunque sea en otros libros. Si apareciera ahora una novela de Cervantes que fuera excelente se abriría un hueco en los manuales de literatura; si apareciera una excelente novela inédita de un autor inédito, no.
Esta circunstancia me hizo pensar en determinada dirección acerca de la lectura, y me vi de pronto paladeando esta hipótesis: la lectura lo es de otra lectura.
La hipótesis encontró un interesante reactivo en otras ideas que, en este mismo momento, me rondan la cabeza, y que tienen que ver con la permanencia de los libros, con las listas de mejores novelas del año, con los ditirambos que consigue aquí o allá una obra concreta. Una de esas ideas, radical y cruel, como suelen serlo las ideas que provocan pensamiento, era esta: ningún libro importa luego si no importó en su propio tiempo. Esto quiere decir, por ejemplo -y recurro a ejemplos de mi trayectoria como lector, que hace pie con solvencia (considero) en la primera mitad de la década de los noventa-, que, a buen seguro, en 1994 hubo cuatro o cinco libros que hicieron a los críticos prender todo el castillo de fuegos artificiales, pero que, apenas veinte años después, uno de los pocos libros que sigue vivo y que muchos tenemos en mente de ese año 1994 es Historias del Kronen, de José Ángel Mañas, cuyo valor literario no fue entonces precisamente destacado, ni a día de hoy puede considerarse que sea una piedra preciosa de alta literatura, pero que cuenta en su mismo núcleo con un brillo inagotable: el de transportar consigo su propia lectura.
Recuerdo que, allá en los años noventa, algún crítico (no recuerdo ni su nombre) en algún sitio (que tampoco recuerdo) llegó a comentar su indignación ante el éxito de Historias del Kronen en detrimento de obras que "contaban lo mismo, y mucho mejor" (más o menos) como "por ejemplo" (dijo el crítico) Piel de centauro, de Francisco J. Sauté (novela, por cierto, que yo me apresuré a leer). Obviamente, nadie a día de hoy (y lo digo yo, que he leído el libro) recuerda Piel de centauro.
La lectura lo es de otra lectura, propuse.
El lector, como es sabido, o, al menos, intuido, tiene dos mazos de cartas literarias sobre la mesa: uno de los mazos está completo, el otro no existe. Es un mazo que genera el tapete de la mesa, que hace aflorar mágicamente (perdonen lo borgeano) libros, novelas, títulos: la novedad. El mazo completo, antañón, es tentador, confiable, parece proceder con la propia mesa. Sin embargo, cuando el otro mazo genera sus naipes, sus novelas nuevas, el jugador recibe una tentación más intensa: estrenar algo, y muchas veces se rinde a ella.
Porque en la lectura de un libro nuevo coincide toda iniciación: la de su escritura y la de su lectura, y esa intersección de labores vivas marca en la comunidad un punto de apoyo, que rápidamente se convierte en pasado y, en los casos más excelsos, en Historia.
Por ello, cuando leemos un libro antiguo necesitamos hacer pie en su lectura previa, leerlo a través de los ojos que lo leyeron o contra la visión con que fue leído; aunque el lector indocto ignore cómo se leyó exactamente determinado libro del pasado, adjudica intuitivamente a un volumen que le llega con el halo de "clásico" y la fama popular de su autor (un Goethe, un Kafka) un capital lector que alivia y justifica su abandono de la novedad, porque el clásico es una novedad resucitada a su vez, algo cuya lectura no será vana incluso si resulta insatisfactoria, porque siempre propiciará el diálogo con otros lectores de su tiempo que igualmente han leído o están por leer el "clásico"; diálogo, por supuesto, que no tiene que producirse realmente.
Pienso, por tanto, que hay una lectura en vivo y un lectura diferida, la primera lo es de los libros que aparecen teniéndonos a nosotros como primeros lectores posibles; la segunda, de libros que merecen ser leídos sólo porque -justamente- fueron leídos, sucesivamente leídos, en la conformación de un palimpsesto no de escritura, sino de lectura.
Días de llamas, específicamente, fue un libro para ser leído desde los años 40, pero que sólo pudo leerse a partir de los años 70, cuando su mensaje o su pulso histórico o su rabia o su dilema no le apetecían a nadie. Cada generación de lectores cumple con los libros de su tiempo, y sólo honra libros de otro tiempo si hereda una lectura inaugural. Días de llamas no pudo tener lectura inaugural, lectura viva, porque se publicó treinta años después de ser escrita, y su lectura diferida tiene algo de respiración asistida a un niño prematuro, niño que va a morir porque, en rigor, no ha acabado de nacer.
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Antítesis:
1. Esto podría indicar que sólo los bestsellers se convierten en clásicos. Respuesta: ser leído no significa ser el más leído, sino ser considerado. Pamela fue más leído que Tom Jones pero Tom Jones, con todo, fue muy leído.
2. Algunos libros se publicaron después de la muerte de su autor y alcanzaron el estatus de clásico. Respuesta: muchos de esos libros son, exactamente, "libros de muerte" o, incluso, "libros del muerto". Además, todos los ejemplos que se me ocurren (El libro del desasosiego, sobre todo) pertenecen a autores que ya establecieron su firma y su voz en su tiempo y que, por tanto, ya han sido leídos, aunque sea en otros libros. Si apareciera ahora una novela de Cervantes que fuera excelente se abriría un hueco en los manuales de literatura; si apareciera una excelente novela inédita de un autor inédito, no.
lunes, 26 de diciembre de 2011
viernes, 16 de diciembre de 2011
Optimismo 2012
“Le estoy hablando de una ruina de verdad: que las personas dejen de ser personas, que las casas dejen de ser casas, que la comida deje de ser comestible y no se pueda arar la tierra. Que los padres se entreguen al castillaza para no verse obligados a devorar a sus hijos y los hijos se vuelvan a la caverna. Todo, señor Huesca. Que se venga abajo todo. Que se quede usted sin vida. Vivo, pero sin vida. Sin nada que hacer ni nadie con quien hablar. Porque cuando se llega a ese estado de ruina es mejor no tener nada, seguro al menos de que se ha tocado el fondo. Es mejor no tener nada: ni casa, ni madre, ni fe, ni recuerdos, ni esperanza, ni siquiera un mal pedazo de tierra heredada donde meter el arado cada dos años, porque todas las cosas llevan dentro la posibilidad de arruinarse, y lo poco que uno tenga le hundirá más abajo todavía, en cuanto se descuide.”
Baalbec, una mancha. Juan Benet.
“En ambos se dejaba sentir con fuerza el egoísmo de los desdichados. Los desgraciados son egoístas, malvados, injustos, crueles y menos capaces de comprenderse entre sí que los tontos. La desgracia no une, sino que separa a los hombres; e incluso en aquellos casos en que, al parecer, los seres humanos deberían estar ligados por un dolor análogo, se cometen muchas más injusticias y crueldades que entre gentes relativamente satisfechas.”
Enemigos. Anton Chéjov.
lunes, 21 de noviembre de 2011
XIV ¡Cuídate, España...!
¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!…
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!…
España, aparta de mí este Cáliz, César Vallejo (1937)
lunes, 14 de noviembre de 2011
Algo sano
No he leído el artículo que Ignacio Echevarría me dedicó -valga la inmodestia- hace dos semanas en el suplemento literario El Cultural. Conozco su título, he leído su sumario, he leído un par de frases sueltas aquí y allá y varias personas me han comentado de qué trata y cómo me trata y qué dice exactamente o viene a decir en definitiva.
Por tanto, no puede decirse que esto sea una respuesta, pues poco puede contestar uno a quien no ha leído, o sólo en diagonal y así como echando hacia tras la cabeza, precavido. Tampoco era una respuesta un post anterior a este, abortado, que llegó a tener ocho folios, y que sólo buscaba explicar lo obvio, cuando uno ya debería de saber que lo obvio es mejor no tratar de explicarlo.
Uno quiere ser leído. Lo obvio.
Desesperado, o casi, por haber escrito ocho folios y no haber explicado ni la O de lo obvio, y sí haberme enredado en los jardines de mi propio pensamiento, desistí de contestar sin contestar (sin leer) a Ignacio Echevarría, y dejarlo estar, y pasar página; fue justo entonces cuando entendí todo el asunto.
Porque era un asunto de clases sociales.
Propongo la hipótesis de que hay dos puntos de partida en el quehacer literario, y que esos dos puntos de partida enderezan dos varas de medir diferentes para las cosas que pasan con los libros.
Es el primero de esos puntos de partida aquel donde la actitud y el discurso que observamos en un autor vendrán siempre encomendados a “la costumbre”. En el segundo, sin embargo, será “la ruptura” la que aliente todas las acciones y posicionamientos del autor.
La costumbre remite casi exclusivamente a clases sociales elevadas, y a su práctica pretérita del privilegio; por su parte, la ruptura nos habla de entornos familiares no necesariamente míseros, pero sí indiscutiblemente ágrafos e inexpertos.
Dados un ambiente y unas expectativas sociales donde la comisión del hecho literario se toma como una opción más, quien deviene escritor no lleva a cabo un acto de rebeldía, sino que consuma apenas un capricho, pues el futuro escritor se ha limitado a elegir una posibilidad en concreto de entre todas las que se le brindan. Así, tanto su obra escrita como sus manifestaciones y decisiones profesionales (como escritor) irán siempre a favor del sistema en que naturalmente se ha integrado (el literario), sistema que repite minuciosamente el orden social del que procede (privilegiadamente) el nuevo escritor. Sólo recreativamente este nuevo escritor propone con su obra o con su condición de artista una impugnación del sistema social, pues en realidad su función en el sistema literario no es tanto conculcar los principios propios de su clase –a pesar de que eso es lo que se esfuerza en aparentar- como trasladarlos a dicho sistema.
En el lado opuesto nos encontramos al autor que, para serlo, ha de quebrantar el orden social donde ha nacido, pues ser escritor en ese su entorno no sólo no es natural ni viene facilitado por los lazos sociales de su familia, sino que se ve como una extravagancia en el mejor de los casos, y como una insensatez siempre. Ser escritor no es una opción ni un derecho ni una posibilidad, como no lo es tampoco ser actor o director de cine, ni casi siquiera ser director de ninguna otra cosa. Aquí el nuevo escritor ha de romper con su destino, transgredir, continuamente contrariar, en esa aspiración de desclasarse que le han sugerido las biografías de determinados escritores, y que conforman para él su estirpe literaria.
Hablo, claro está, de la leyenda, de buhardillas y vagabundos, de hambre, de horas nocturnas haciendo crecer una novela, de poemas escritos en la cárcel, de cuentos escritos en servilletas, de elegir ser aún más pobre para poder ser aún más escritor, de manuscritos rechazados y de venas abiertas, de cambiar de ciudad, de volver a intentarlo.
Hablo, en definitiva, de respeto. El escritor que quiere serlo partiendo de la nada y de la incomprensión, y que se apoya en un pasado legendario para darse esperanzas, contrae con ese pasado, con ese catálogo de héroes de la escritura, una filiación inquebrantable, pues siente la herencia latente de su ejemplo, su condición vacante, su halo, del que nunca llega a creerse digno del todo.
Mientras que el autor que ha partido del sacrificio para ser escritor se impone una trayectoria literaria constantemente corregida por el respeto, el autor que entiende la labor creativa como connatural a su estatus guía sus pasos por una indisimulada exigencia de derechos, prebendas y loas, materializadas principalmente en becas y viajes y charlas, que demanda y disfruta a costa del erario público sin considerar en ningún caso qué méritos acumula para ser agasajado por la sociedad.
Así las cosas, resulta inevitable que estos dos tipos de escritores se encuentren y, obviamente, no se comprendan. El escritor acostumbrado se muestra particularmente cómodo en todo lo que la labor de escribir tiene de no escribir, mientras que el escritor rupturista se inquieta al ver que ser escritor incluye tantas cosas ajenas a escribir, y luego se horroriza al comprobar que el sistema literario no le ha salvado, como inconscientemente deseaba, sino que supone, este sistema, una traslación exacta de la estratificación social de la que pretendía alejarse.
La inquietud y el horror los nota el escritor rupturista en que todo su respeto por los escritores es absolutamente aniquilado dentro del orden literario, pues dentro de ese orden “ser escritor” carece por completo de miticidad (incluso, de mérito) y basta un gesto (una beca, un galardón) para ridiculizar el hambre de César Vallejo o las horas de miseria de Henry Miller o Francisco Umbral. Basta un cóctel para reírse a carcajadas de Fernando Pessoa. Basta un festival para deslegitimar la prisión de Dostoievski y la prisión de Jean Genet.
Mientras que el escritor hecho a sí mismo no llega nunca a sentirse completamente escritor –le pesa el respeto- asiste, lacerado, al delirio literario de decenas de jóvenes que se autodenominan “escritores” sin haber publicado nada y, tantas veces, sin haber siquiera escrito. Asiste, lacerado, al abaratamiento de la palabra que él creía bañada en oro (ESCRITOR), y que resulta en realidad una pieza de peltre saldada en cada esquina con minúsculas y a cuerpo 7: escritor.
Y es entonces, abrumado por la inmensa farsa de la literatura, que se apuntala en falsos prestigios y en una suerte de autocomplaciente mediocridad, cuando el escritor que cree en escribir como César Vallejo creyó en escribir se propone encontrar un lugar en la literatura que aún merezca su respeto y le devuelva al origen, y entiende enseguida que la única esperanza para un escritor que quiere escribir al margen de un sistema que corrompe implacablemente su propia materia prima es recordarse constantemente que tiene que haber más lectores que cócteles, más lectores que becas y más lectores que premios, que escribir y leer son todo lo que la literatura necesita para ser literatura, y que si él está escribiendo ya sólo falta alguien que esté leyendo y que vaya a leer lo que él está escribiendo cuando lo termine, por lo que decide hacer lo contrario de lo que hacen casi todos los escritores de su generación, y en lugar de afirmar constantemente lo inteligente que se cree que es y lo arriesgado que se cree que es y lo superior al resto de los mortales que se cree que es, y el desprecio que siente por todos los lectores del mundo, piensa que ha llegado la hora de que los escritores empiecen a decir algo humilde y bonito, algo sano. Quiero ser leído.
viernes, 11 de noviembre de 2011
Subrayados
Uno de los primeros artículos que publiqué en mi vida se titulaba "Metáfora y terrorismo" y apareció en el suplemento literario El Cultural, inserto en un reportaje sobre las diez mejores operas prima del año. Hablo de 1998, de A bordo del naufragio, de Javier Pastor y de ocho otros autores cuyo nombre ahora mismo no recuerdo; y de Care Santos, responsable de aquella selección. 1998.
Recuerdo, eso sí, y es tierno, que "Metáfora y terrorismo" fue el primer correo electrónico que envié en mi vida, y que escribí el texto en la oficina donde trabajaba un amigo, en su ordenador, porque por aquel entonces yo no tenía conexión a Internet, y que lo escribí en el propio cuerpo del mensaje, no en un documento de word que luego adjuntara, porque "adjuntar" era aún por aquel entonces tremendamente pro para mi magra experiencia internauta.
Bueno, ¿y qué? Es curioso, casi triste, la actitud que me noto estos días a la hora de enfrentarme con un nuevo post en este blog. Es una actitud sobreactuada, sobresocial, extremadamente atenta al hecho de que firmo estas palabras con mi nombre y apellidos y a que todo lo que escriba podrá ser utilizado en mi contra. Vengo con corbatas y mocasines, perfumadito en prosa, sintáticamente remirado.
Joder. Un taco no más, para bajar a la tierra, salir a la calle, ser natural y un poco más fresco.
Joder.
¿Y qué? Pues que me he acordado estos días, entre entrevistas y reseñas, de aquel artículo seminal que, bajo el título "Metáfora y terrorismo", venía a decir que su autor gustaba especialmente, y casi que únicamente, de los textos que contenían retórica o estilo o poesía o música, y, asimismo, de aquellos que implicaban la exposición de ideas subversivas, rompedoras, ingeniosas, desconcertantes o escandalosas.
Si bien puede entenderse que he evolucionado poco desde mis 23 años, también puede afirmarse que muestro una enorme coherencia al suscribir, 13 años después, aquella primera declaración de intenciones.
Lo único por lo que leo es porque estoy buscando la palabra y la idea; la palabra recreativa y la idea regeneradora, que el texto me haga sentir o que me haga pensar: eso es todo.
Es natural, por tanto, que uno escriba libros donde hay muchas ideas y muchas metáforas, tropos y demás componentes de la batería para-semántica del idioma. Escribo, como es lógico, para gustarme a mí mismo también.
En estas cavilaciones andaba cuando me di cuenta de que existía un rectilíneo -según el pulso de cada cual, ciertamente- instrumento de medición del interés o pasión que siento por un libro. Estoy hablando del subrayado.
En realidad yo apenas subrayo, porque le tengo quizá un respeto excesivo a los libros, y porque muchos de ellos me los saco de la biblioteca. En todo caso, el doblez de esquinitas de las páginas -arriba si la cita anda por esa altura; abajo si la frase que me pone habita el principal de la hoja-, doblez que practico con denuedo, es asimismo una forma de subrayar. Sin excepción alguna, los libros que poseo y que me gustan mucho conservan más esquinitas dobladas que los libros que poseo y que no me han gustado, o no tanto. Del mismo modo, en los documentos específicos que abro en word para cada título que leo, se ve claramente qué libro me ha entusiasmado por la cantidad de entrecomillados que he extraído. Así, mi doc sobre Tom Jones es más extenso que mi doc sobre La educación de Henry Adams, y mi doc sobre William Carlos Williams es más jugoso que mi doc sobre Dylan Thomas.
Mi forma de leer y, más exactamente, de disfrutar de los libros, tiene tanto que ver con la "cita" que, a buen seguro, no tengo otro modo de demostrarme a mí mismo lo mucho que aprecio una novela, o la obra de un poeta. La cita -que fue primero un subrayado, una esquinita doblada- acaba además formando parte casi siempre de mi memoria literaria, de mi "sistema ambulante de citas", que diría Vila-Matas, en eco mejorado de Jorge Luis Borges.
¿Es la cita la literatura misma? ¿Es la literatura el mapa del tesoro de la cita? ¿Dónde queda la trama y la información?
Me dan bastante igual las tramas y las informaciones, y tengo por anticuadas e insoportables esas páginas de novelas actuales que se demoran en descripciones periodísticas de las cosas, en hacer inventarios; en apuntar, en definitiva, que un personaje es rubio o moreno, viste jeans o minifaldas, estudió en Cambridge o en Cáceres, tuvo dos hijos o tres mujeres, comía huevos rancheros o bebía cocacolas.
Si atendemos al pasado de la Literatura, a su legado constatable, apenas podemos encontrar otra cosa que metáforas e ideas: nunca ha pasado a la historia una frase como "X era alta y delgada, de carácter amable y voz meliflua". Lo que ha pasado a la historia es "entre la pena y la nada, escojo la pena" o "la memoria sabe antes de que el conocimiento recuerde", frases expurgadas de Las palmeras salvajes y Luz de agosto, de William Faulkner, respectivamente.
¿Por qué no escribió Faulkner un ensayo sobre las diferencias ontológicas entre la pena y la apatía? ¿Por qué no escribió luego otro ensayo sobre las circunvoluciones cerebrales y los modos en que la memoria y el conocimiento se contaminan?
¿Por qué me han preguntado a mí en algún momento de mi promoción de Ejército enemigo si no hubiera sido más lógico escribir un ensayo? Ni idea. Esta pregunta no se la he visto hacer a Javier Marías o a Enrique Vila-Matas, ni a tantos otros autores modernos que en sus libros practican las formas literarias del pensamiento. Así que me he visto obligado a contestar desamparadamente, en los medios de la plaza de las letras, mientras Cervantes (discurso de las armas y las letras), Dostoievsky (reflexiones sobre la figura del padre en Los hermanos Karamazov) o Cortázar ("el genio es elegirse genial, y acertar" Rayuela) me miraban desde el tendido de sombra con todas sus ideas canonizadas.
Se me ocurrió esta respuesta de inmediato: el pensamiento literario es inútil. Es la inutilidad la que da forma poética a una "idea", "ocurrencia" u "opinión". El ensayo, en su pretensión clásica -a fin de cuentas todo género literario se aviene a la mixtura, y está bien que así sea, y uno no tendría que señalarlo siquiera-, proponía desde el texto consideraciones de implantación inmediata, por posible o deseable. Cuando Platón establece la estructura que él quisiera para una república perfecta, lo dice en serio; cuando Jovellanos escribe su Informe sobre la ley agraria, también lo está escribiendo muy en serio; y cuando Rosseau en su Emilio indica que a los niños hay que darles de comer filetes (tal cual) también está hablando ridículamente en serio.
Las ideas del ensayo son funcionales, creen en ellas mismas y, por eso, perecen. Las ideas literarias son intuitivas, sugerentes, seductoras, y por eso la inutilidad de "mi cuerpo es la parte del mundo que puedo controlar" (Lichtenberg) atraviesa los siglos y, al cabo, nos sobrevivirá.
La concepción que de la literatura tenía yo con 23 años, y que no era otra, repito, que escribir los libros que me gustaba leer, siendo estos últimos aquellos que me decían algo más que aquellos que me lo contaban, y también aquellos -a menudo los mismos- que me decían o -si quieren, incluso- me contaban algo con palabras sorprendentes ("era una chica que sabía cómo saludar a alguien desde la tercera base" Salinger; "La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra", Fernández Flórez) sigue siendo mi concepción de la literatura a día de hoy: y más perfilada y radical y segura de sí a la vista del escaso hueco que se da a las novelas en nuestra sociedad, donde ya casi toda forma de ocio cuenta una historia y las mismas noticias del periódico parecen a menudo ficcionales, y la literatura, por tanto, se está viendo urgida a demostrar su valencia estética para sobrevivir, pues no es digna de llamarse literatura aquella novelística que se propone como una película escrita, o como una nota a pie de página al periódico del día, o como un recuerdo doméstico de las cosas sin interés de sus autores (se nos llenó de abuelas e infancias sosas la librería, estos años), o como un listado de fechas y nombres, la novela-cementerio; sólo salva a la literatura en nuestro tiempo la novela que cubre su propia distancia con el poder de la palabra para emocionar y para pensar, para devenir en memoria, para ser portátil, y no aquellas novelas que se humillan en datos y hechos, correveidiles ridículas de la realidad.
Recuerdo, eso sí, y es tierno, que "Metáfora y terrorismo" fue el primer correo electrónico que envié en mi vida, y que escribí el texto en la oficina donde trabajaba un amigo, en su ordenador, porque por aquel entonces yo no tenía conexión a Internet, y que lo escribí en el propio cuerpo del mensaje, no en un documento de word que luego adjuntara, porque "adjuntar" era aún por aquel entonces tremendamente pro para mi magra experiencia internauta.
Bueno, ¿y qué? Es curioso, casi triste, la actitud que me noto estos días a la hora de enfrentarme con un nuevo post en este blog. Es una actitud sobreactuada, sobresocial, extremadamente atenta al hecho de que firmo estas palabras con mi nombre y apellidos y a que todo lo que escriba podrá ser utilizado en mi contra. Vengo con corbatas y mocasines, perfumadito en prosa, sintáticamente remirado.
Joder. Un taco no más, para bajar a la tierra, salir a la calle, ser natural y un poco más fresco.
Joder.
¿Y qué? Pues que me he acordado estos días, entre entrevistas y reseñas, de aquel artículo seminal que, bajo el título "Metáfora y terrorismo", venía a decir que su autor gustaba especialmente, y casi que únicamente, de los textos que contenían retórica o estilo o poesía o música, y, asimismo, de aquellos que implicaban la exposición de ideas subversivas, rompedoras, ingeniosas, desconcertantes o escandalosas.
Si bien puede entenderse que he evolucionado poco desde mis 23 años, también puede afirmarse que muestro una enorme coherencia al suscribir, 13 años después, aquella primera declaración de intenciones.
Lo único por lo que leo es porque estoy buscando la palabra y la idea; la palabra recreativa y la idea regeneradora, que el texto me haga sentir o que me haga pensar: eso es todo.
Es natural, por tanto, que uno escriba libros donde hay muchas ideas y muchas metáforas, tropos y demás componentes de la batería para-semántica del idioma. Escribo, como es lógico, para gustarme a mí mismo también.
En estas cavilaciones andaba cuando me di cuenta de que existía un rectilíneo -según el pulso de cada cual, ciertamente- instrumento de medición del interés o pasión que siento por un libro. Estoy hablando del subrayado.
En realidad yo apenas subrayo, porque le tengo quizá un respeto excesivo a los libros, y porque muchos de ellos me los saco de la biblioteca. En todo caso, el doblez de esquinitas de las páginas -arriba si la cita anda por esa altura; abajo si la frase que me pone habita el principal de la hoja-, doblez que practico con denuedo, es asimismo una forma de subrayar. Sin excepción alguna, los libros que poseo y que me gustan mucho conservan más esquinitas dobladas que los libros que poseo y que no me han gustado, o no tanto. Del mismo modo, en los documentos específicos que abro en word para cada título que leo, se ve claramente qué libro me ha entusiasmado por la cantidad de entrecomillados que he extraído. Así, mi doc sobre Tom Jones es más extenso que mi doc sobre La educación de Henry Adams, y mi doc sobre William Carlos Williams es más jugoso que mi doc sobre Dylan Thomas.
Mi forma de leer y, más exactamente, de disfrutar de los libros, tiene tanto que ver con la "cita" que, a buen seguro, no tengo otro modo de demostrarme a mí mismo lo mucho que aprecio una novela, o la obra de un poeta. La cita -que fue primero un subrayado, una esquinita doblada- acaba además formando parte casi siempre de mi memoria literaria, de mi "sistema ambulante de citas", que diría Vila-Matas, en eco mejorado de Jorge Luis Borges.
¿Es la cita la literatura misma? ¿Es la literatura el mapa del tesoro de la cita? ¿Dónde queda la trama y la información?
Me dan bastante igual las tramas y las informaciones, y tengo por anticuadas e insoportables esas páginas de novelas actuales que se demoran en descripciones periodísticas de las cosas, en hacer inventarios; en apuntar, en definitiva, que un personaje es rubio o moreno, viste jeans o minifaldas, estudió en Cambridge o en Cáceres, tuvo dos hijos o tres mujeres, comía huevos rancheros o bebía cocacolas.
Si atendemos al pasado de la Literatura, a su legado constatable, apenas podemos encontrar otra cosa que metáforas e ideas: nunca ha pasado a la historia una frase como "X era alta y delgada, de carácter amable y voz meliflua". Lo que ha pasado a la historia es "entre la pena y la nada, escojo la pena" o "la memoria sabe antes de que el conocimiento recuerde", frases expurgadas de Las palmeras salvajes y Luz de agosto, de William Faulkner, respectivamente.
¿Por qué no escribió Faulkner un ensayo sobre las diferencias ontológicas entre la pena y la apatía? ¿Por qué no escribió luego otro ensayo sobre las circunvoluciones cerebrales y los modos en que la memoria y el conocimiento se contaminan?
¿Por qué me han preguntado a mí en algún momento de mi promoción de Ejército enemigo si no hubiera sido más lógico escribir un ensayo? Ni idea. Esta pregunta no se la he visto hacer a Javier Marías o a Enrique Vila-Matas, ni a tantos otros autores modernos que en sus libros practican las formas literarias del pensamiento. Así que me he visto obligado a contestar desamparadamente, en los medios de la plaza de las letras, mientras Cervantes (discurso de las armas y las letras), Dostoievsky (reflexiones sobre la figura del padre en Los hermanos Karamazov) o Cortázar ("el genio es elegirse genial, y acertar" Rayuela) me miraban desde el tendido de sombra con todas sus ideas canonizadas.
Se me ocurrió esta respuesta de inmediato: el pensamiento literario es inútil. Es la inutilidad la que da forma poética a una "idea", "ocurrencia" u "opinión". El ensayo, en su pretensión clásica -a fin de cuentas todo género literario se aviene a la mixtura, y está bien que así sea, y uno no tendría que señalarlo siquiera-, proponía desde el texto consideraciones de implantación inmediata, por posible o deseable. Cuando Platón establece la estructura que él quisiera para una república perfecta, lo dice en serio; cuando Jovellanos escribe su Informe sobre la ley agraria, también lo está escribiendo muy en serio; y cuando Rosseau en su Emilio indica que a los niños hay que darles de comer filetes (tal cual) también está hablando ridículamente en serio.
Las ideas del ensayo son funcionales, creen en ellas mismas y, por eso, perecen. Las ideas literarias son intuitivas, sugerentes, seductoras, y por eso la inutilidad de "mi cuerpo es la parte del mundo que puedo controlar" (Lichtenberg) atraviesa los siglos y, al cabo, nos sobrevivirá.
La concepción que de la literatura tenía yo con 23 años, y que no era otra, repito, que escribir los libros que me gustaba leer, siendo estos últimos aquellos que me decían algo más que aquellos que me lo contaban, y también aquellos -a menudo los mismos- que me decían o -si quieren, incluso- me contaban algo con palabras sorprendentes ("era una chica que sabía cómo saludar a alguien desde la tercera base" Salinger; "La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra", Fernández Flórez) sigue siendo mi concepción de la literatura a día de hoy: y más perfilada y radical y segura de sí a la vista del escaso hueco que se da a las novelas en nuestra sociedad, donde ya casi toda forma de ocio cuenta una historia y las mismas noticias del periódico parecen a menudo ficcionales, y la literatura, por tanto, se está viendo urgida a demostrar su valencia estética para sobrevivir, pues no es digna de llamarse literatura aquella novelística que se propone como una película escrita, o como una nota a pie de página al periódico del día, o como un recuerdo doméstico de las cosas sin interés de sus autores (se nos llenó de abuelas e infancias sosas la librería, estos años), o como un listado de fechas y nombres, la novela-cementerio; sólo salva a la literatura en nuestro tiempo la novela que cubre su propia distancia con el poder de la palabra para emocionar y para pensar, para devenir en memoria, para ser portátil, y no aquellas novelas que se humillan en datos y hechos, correveidiles ridículas de la realidad.
“El noventa por ciento son unos fracasados. No han tenido éxito como escritores. No creas que prefieren el trabajo tedioso de la oficina y la esclavitud de los ejemplares vendidos y de los intereses económicos al placer de escribir. Han tratado de hacerlo y han fracasado. Y ahí está la maldita paradoja. Todas las puertas que conducen al éxito literario están vigiladas por esos perros guardianes, los fracasados de la literatura.”
Martin Eden, Jack London
lunes, 31 de octubre de 2011
sábado, 15 de octubre de 2011
Shakespeare and Co.
Allá abajo, en los sótanos del archivo, perdura un post que escribí hace tiempo titulado Por qué no leer a los clásicos. En él aducía los motivos por los cuales muchos lectores nos decantamos antes por la efímera obra de un autor de tres al cuarto que por todo Goethe. El motivo era, simplemente, entendernos a nosotros mismos, dialogarnos, vernos reflejados y vernos, precisamente, efímeros.
Las escasas novedades editoriales de interés que han protagonizado la segunda mitad de 2011 en España han sido la principal causa de que me pusiera sin más y a lo bruto a leer a Shakespeare. También el verano, con esa temperatura fundamentalmente eterna, donde todo parece conspiratorio de no ir a cambiar nunca, favorece la vuelta a los "clásicos".
Había leído algunos dramas de Shakespeare hace mucho tiempo. Anécdota: recuerdo haber sacado de la biblioteca de mis 16 años -un colegio- Hamlet en edición paredaña con la de Othelo; o Macbeth -no recuerdo. Uno, supongo, no sabía en la adolescencia y la ignorancia que, a veces, los libros, los títulos, se editaban todos juntos en un mismo volumen, así que empecé a leer Hamlet, que era lo que me había sacado, haciendo caso omiso de Othelo, que era lo que también, pero contra mi voluntad, me había sacado. En un momento de la lectura -fácil de identificar- me vi preguntándome dónde estaba Hamlet y deduciendo que, aunque no me había percatado en las 130 páginas precedentes leídas, iba a resultar que Hamlet era negro, y que, no sé, debía llamarse Othelo Hamlet, o Hamlet entre amigos y Othelo para las Desdémonas; o Hamlet sólo para la calavera.
Ha sido, en todo caso, pertinente y casi aconsejable haber esperado a los 36 años para tomarme a Shakespeare en serio. Leer a Shakespeare ahora me ha ahorrado creer que lo había leído, darlo por hecho, que es el destino lamentable de los, así llamados, clásicos.
El primero que leí fue Macbeth. No me gustó especialmente. Había visto varias veces las varias películas -creo que son varias- realizadas sobre esta trama, y en el curso de la lectura disfruté más de los parlamentos puntuales brillantes de algún personaje que de la historia en sí, a mi modo de ver tan inverosímil como desmañada. Ya ahí sufrí un cáncer o prurito o interferencia lectora que sólo puede acontecer aquí y ahora, y que en alguna obra de Shakespeare leída posteriormente fue en verdad brutalmente acusada. Me refiero a leer los dramas de Shakespeare buscando los títulos de las novelas de Javier Marías.
En Macbeth, es sabido, localiza uno "corazón tan blanco". Resulta curioso pensar que esas tres palabras que ahora suenan tan evidentemente memorables, son en realidad muy difíciles de recortar en una lectura propia del texto. De hecho, en castellano aparece o puede aparecer más convenientemente la expresión en la forma lógica de nuestro idioma "tan blanco el corazón", lo que evita casi totalmente que uno subraye con el lápiz de Ikea el pasaje correspondiente. La cita, entonces, toda cita, es un ejercicio personal donde el lector -el escritor asimismo- puede llegar a manifestar un talento y brillantez absolutamente admirables, y no es infructuoso considerar la relación que hay entre los buenos "recortadores" de textos (Marías, Vila-Matas) y los buenos escritores; considerar si citar no es en realidad hacer pie en las glorias del pasado.
Luego leí Hamlet. De los más famosos dramas de Shakespeare es el que menos me gusta. No me interesa el tema, porque supongo que no sé cuál es el tema de la obra, y si es la existencia así en general, la condición humana, la muerte, pues estamos en las mismas: se me escapa por falta de márgenes.
Citas, eso sí, referencias, ideas, saca uno muchas de la lectura de Hamlet. En cualquier caso, el personaje, Hamlet, me parece un tipo insoportable, tiquismiquis.
Luego leí El mercader de Venecia, Romeo y Julieta y Othelo. Me entusiasmaron. Por un lado, por la inclusión en dos de ellas del hijodeputa shakespeariano: ese Yago, ese Shylock, esos maquiavélicos correveidiles secundarios que, sin duda, opacan por completo la importancia del personaje que da título a la obra: el mercader de Venecia propiamente dicho (cuyo nombre, creo que Antonio, no recuerdo con nitidez) y el soporífero Othelo, llorón musculado.
Por otro, la delicia de estos textos fue simplemente leer frases geniales una detrás de otra, ingenio a raudales, humor, inteligencia y estilo. "Dejemos que dos veranos se pudran en su orgullo antes que la creamos madura para ser esposa" (Romeo y Julieta) “Casio: Eh, mi noble amigo, escuchadme. / Bufón: No soy ni noble, ni vuestro, ni amigo. Pero venga, os escucho.” (Othelo) "¿Es que no sangramos si nos espolean? ¿No nos reímos si nos hacen cosquillas? ¿No nos morimos si nos envenenan? ¿No habremos de vengarnos, por fin, si nos ofenden?” (El mercader de Venecia)
Luego, y la vez, por la manía -en realidad muy cómoda- de las ediciones compartidas, leí títulos que apenas conocía o que apenas me sonaban o que no parecen ser tan famosos como los anteriores: Como gustéis, Mucho ruido para nada, Julio César, Trabajos de amor perdidos... Recuerdo la sorpresa que me llevé con Como gustéis: extraordinario. Cita:
“Bufón: ¿Entiendes tú, pastor, de filosofía?
Corin: No más que la que consiste en saber que cuanto más enfermamos peor estamos, y que a quien dinero, medios y alegría le faltan, de tres buenos amigos carece; que a la lluvia corresponde mojar y al fuego quemar; que el buen pasto engorda al ganado, que cuando falta el sol cae la noche y que, a quien ni naturaleza ni arte han instruido, bien puede decir que viene de roca torpe o que jamás fue educado.”
Julio César me aburrió bastante, y Trabajos de amor perdidos -ays- lo dejé a la mitad.
Finalmente he leído El Rey Lear y Ricardo III y Enrique V. Creo que El rey Lear es lo más apoteósico y encomiable de todo el apoteósico y encomiable señor William Shakespeare.
Gloucester. “Es el mal de los tiempos, los locos guían a los ciegos.”
Ricardo III, algo más flojo en su estructura y su relato, contiene sin embargo muchas más "citas" evidentes o posibles. Apabullante el final:
Espectro de Clarence: ¡Mañana me posaré pesadamente sobre tu alma! ¡Yo, que fui lavado para la muerte con horrible vino, el pobre Clarence, entregado a traición a la muerte por tu culpa! Mañana en la batalla acuérdate de mí, y caiga tu espada sin filo: ¡desespera y muere!
Medio Marías está en Ricardo III ("cuando yo era mortal"), de hecho, en esa misma página.
Esto me llevó a considerar el increíble beneficio de una lectura "intensiva", lectura que tantas veces asiste a aquellos que en nuestro tiempo se erigen como hombres de letras verdaderamente "cultos". Quiero decir que, realmente, uno puede leer los mismos 38 libros toda la vida (Shakespeare y las tragedias griegas bastan) y acabar sabiendo de memoria todos sus lances y aciertos, y dar a entender, por el hecho de referirse siempre a esos lances y aciertos -que los lectores extensivos no podemos dominar a tal punto, pues las lecturas se solapan y amontonan y ciegan- que conocen TODA la historia de la literatura al dedillo, cuando en verdad apenas han pasado del lujoso recibidor de la literatura.
And Co. Han sido meses ingleses. He leído también, antes y durante y después, varios clásicos imprescindibles escritos en Inglaterra entre los siglos XVII y XVIII.
El progreso del peregrino (1678), de John Bunyan lo leí justo cuando las hormonadas huestes del JMJ hicieron de Madrid ese infierno tan soñado; y virginal. Espléndido, fabuloso en términos literales, muy interesante (cada día me da más pereza argumentar lo que, en el fondo, es un capricho: el gusto).
El enterramiento en urnas (1658), de Sir Thomas Browne. Lo leí en la traducción y en la editorial de Javier Marías. No me fascinó. Lo más llamativo fue ver al Javier Marías que, por entonces, contaba mis años -o menos- y lo bien que escribía y cómo se tuteaba con Borges por un quítame allá una traducción más o menos exacta; y cómo el señor Marías vibraba ante la posibilidad de descubrir un pedacito de Browne que no hubiera sido traducido o un pedacito de Borges over Browne que fuera, en rigor, apócrifo. La gran pirueta pequeñita de la vanidad literaria.
El paraíso perdido (1667), de John Milton. Junto con La Ilíada y Tom Jones es desde ya uno de mis diez libros favoritos de toda la historia de todo. Su trama resulta cinematográfica hasta puntos visionarios: casi parecía estar leyendo/viendo La jungla de cristal o Avatar. Y luego la prosa, extasiante:
¿quién es libre / siendo inferior? Esto bien podría ser./ Pero ¿y si Dios me ha visto y me acaece / la muerte? Entonces dejaré de ser, / y Adán se casará con otra Eva, / y vivirá y se gozará con ella, / yo extinguida; me muero de pensarlo./
Finalmente, he tratado de leer por tercera vez Tristram Shandy (1759), de Laurence Sterne. Y por tercera vez, aún apreciando lo insólito de sus demenciales recursos tipográficos (apenas de otro tenor), me ha resultado un libro insoportable.
Vale.
jueves, 6 de octubre de 2011
CARTA DE PROTESTA
(O CÓMO EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE SE CONVIRTIÓ EN UNA
NOVELA POLÍTICA)
Hoy queremos manifestar nuestro frontal rechazo ante un hecho insólito. María
Kodama, heredera de los derechos de autor de Jorge Luis Borges, ha obligado a la
editorial Alfaguara a retirar del mercado El Hacedor (de Borges), Remake, la última
novela de Agustín Fernández Mallo, bajo amenaza de denuncias. La obra, que contiene
el nombre de Borges en su título, e incluye fragmentos y títulos de los poemas del
escritor argentino en el orden original de El Hacedor, pronto se va a retirar de las
librerías y dejará de existir tal y como fue concebida.
A El Hacedor (de Borges). Remake no se le acusa de plagio. Se le acusa de insertar
unos materiales protegidos por derechos de autor dentro de una obra original, sin contar
con el debido consentimiento de su propietaria. No ha importado nada que la obra
funcione como un homenaje a Borges, quien se halla tan presente que resultaría
disparatado acusar a Fernández Mallo de actuar de forma deshonesta. Su supuesta falta
no tiene nada que ver con el engaño, sino con haber compuesto una pieza original
valiéndose de algunos fragmentos que tenían dueña; una dueña que no está dispuesta a
compartirlos.
¿Cuántas obras artísticas y webs hoy en día se valen de textos, videos, imágenes o
sonidos de procedencias diversas? El Hacedor (de Borges), Remake, más que como
singularidad, podría tomarse como ejemplo de un procedimiento que se aplica de forma
masiva en la actividad creativa de nuestros días, a través de formas que no son más que
la versión actualizada de un principio rector de la cultura y el conocimiento: lo nuevo
siempre se construye a través de lo viejo, y de lo ajeno. Seguir ese principio, que se
halla muy por encima de legislaciones e intereses particulares, no solo es legítimo; es
fundamental. La inmensa mayoría de las personas así lo comprenden, de ahí que la
decisión de María Kodama sea una excepción extraordinaria. Pero incluso como
excepción, resulta intolerable.
En un artículo publicado en El Cultural de El Mundo, la señora Kodama, quien confiesa
no haber leído El Hacedor (de Borges). Remake, dice haberse dejado guiar por su
abogado, quien considera “una falta de respeto” el tributo de Fernández Mallo, por no
haber pedido permiso. Imaginemos qué sería de los creadores, académicos o
investigadores si, cada vez que usaran materiales prestados tuvieran que solicitar el
beneplácito de sus propietarios, que se hallan amparados para denegárselo por
consideraciones tan caprichosas como las de este caso. Que, de ahora en adelante, esos
creadores tuvieran que valerse de lo ajeno, sin incurrir en el plagio, con un ojo puesto en
la legislación, ante la amenaza de una demanda. Todos comprendemos el lugar
aberrante en que se convertiría el mundo de la cultura si se generalizaran acciones como
las emprendidas por Kodama, de ahí nuestra reacción. Consideramos que no existe la
más mínima legitimidad moral para censurar así una obra; solo existe un defecto en una
ley que nunca debería dar cabida a esta clase de abusos. Una ley anacrónica, formulada
en tiempos pre-digitales y ajena a la deriva del arte contemporáneo.
Rogamos encarecidamente a María Kodama que reconsidere su decisión, y no se
oponga a la justa difusión de El Hacedor (de Borges), Remake. Una rectificación a
tiempo puede dejar en mero malentendido esta equivocación, que sería mucho más
grave en el caso de perpetrarse. En los pocos días de circulación de la noticia, la
condena de escritores, editores y amantes de la literatura ha sido unánime, y deja claro
que su acción va a tener exactamente el efecto contrario al que buscaba: en vez de
proteger el legado de Borges, deslegitimará a quienes lo gestionan. A este respecto, hay
que considerar no sólo el diseño de la portada de la novela de Fernández Mallo (un
corazón dorado: una declaración de amor al maestro), sino también el efecto que ha
causado ese libro: una relectura del original, El hacedor, que durante las últimas
décadas ha tenido menos circulación y lecturas que otros libros más conocidos de
Borges, como Ficciones o El aleph. Quienes firman aquí suscriben todo lo dicho.
FIRMAN:
(en orden de recogida)
Miguel Espigado
Jorge Carrión, escritor
Toni Segarra, publicista, Vicepresidente y Director Creativo de *S,C,P,F.
Silvia Vilar González, Spanish Lecturing Fellow, Duke University
Juan Villoro
Antonio Orejudo
Francisca Noguerol, profesora Titular de Literatura Hispanoamericana, Universidad deSalamanca
Rosa Montero, escritora
Rogelio Abraldes, realizador y productor audiovisual
Jessica Aliaga
Lavrijsen, Doctora en Filología, traductora y editora
Ricardo Menéndez Salmón, escritor
José Vidal Valicourt, escritor
Marco Kunz, Catedrático de literatura española, Université de Lausanne, Suiza
Julia Merino
Gabi Martínez, escritor
Miguel Antonio Chávez
Antonio Rómar
Ernesto Castro Córdoba, estudiante
Joan Feliu, músico
Pascale Saravelli, músico
Alberto Olmos, escritor
Antonio J. Gil González, Profesor titular, Universidad de Santiago de Compostela
Guzmán de Yarza Blache, JL Arquitectos
Miguel Serrano Larraz
Álvaro Colomer Moreno, escritor y periodista
Andrés Neuman
Germán Sierra Paredes, Profesor de Bioquímica y escritor
Belén Gopegui
Javier García Rodríguez, escritor y Profesor de Teoría de la literatura y literatura comparada en laUniversidad de Oviedo
Alberto Santamaría
Javier Avilés
Elvira Navarro, escritora
Constantino Bértolo, editor
Pere Joan, dibujante
María Angulo Egea
Iban Zaldua, escritor
Mariano Martín Rodríguez, traductor e historiador de la literatura
Max, autor de cómic e ilustrador
Ezequiel Martínez Llorente
Máximo Hernández, poeta
Sergio Gaspar
José Luis Molinuevo
Isabel Martínez Tudela, redactora
publicitaria
Marc Torrell Benítez, Director Creativo y fundador de Sr. Benítez
Jorge Díaz Martínez, poeta
Miguel Dalmau Soler
Miquela Forteza Oliver, Doctora en Historia del Arte
Raúl Quinto, profesor y escritor
Laura Borràs Castanyer, Profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona
Pablo García Casado, escritor
Salvador Gutiérrez Solís
Cristina Mourón Figueroa
Ángel cerviño
Juan Jacinto Muñoz Rengel
María Ángeles Naval, Departamento de Literaturas Españolas e Hispánicas, Universidad de Zaragoza
Jon Bilbao, escritor y traductor
Oscar Sáenz
Beatriz Pastor, Professor of Spanish and Comparative Literature, Dartmouth College, EEUU
Dr. Lillian Manzor, Associate Professor, Modern Languages and Literatures Director, Cuban Theater Digital Archive, University of Miami
George Yúdice, Director, Miami Observatory on Communication and Creative Industries, Professor and Interim Chair, Department of Modern Languages & Literatures Professor, Center for Latin American Studies
Emili Manzano, periodista
Rafael Alomar Company
Ricardo Ramón Jarne, Director del Centro Cultural de España en Buenos Aires Mauricio Salvador, editor y escritor
Jorge Salavert, traductor
Susana Medina, escritora
Américo Mendoza Mori, Director, Red Literaria Peruana, Investigador, Universidad de Miami, EE.UU.
Juan González Álvaro, editor
Marta Sanz, escritora
Manuel Vilas
Vicente Luis Mora, escritor y crítico literario
Óscar Esquivias, escritor
Leonardo Valencia, escritor
Antonio J. Rodríguez
Javier Moreno, lector amante de Borges, profesor y escritor
Juan Bonilla, escritor
Christine Henseler, Associate Professor of Spanish and Hispanic Studies
Paul Viejo, escritor y editor
Félix de la Concha, pintor
Gema Pérez-Sánchez, Director of Graduate Studies, Associate Professor of Spanish Department of Modern
Languages and Literatures, University of Miami
René López Villamar, crítico literario y editor de HermanoCerdo
Ángel Erro, escritor
David Bestué, artista
Luna Miguel
Iván Humanes, abogado y escritor
Sergi de Diego Mas, administrativo y lector
Ingrid Guardiola, Profesora universitaria, gestora cultural, articulista
Pau Palacios
César Ramiro, editor y traductor
Jorge Fernández Gonzalo, poeta y ensayista
Miguel Á. Hernández
Navarro, escritor y Profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia
Jane Connolly, Profesora de español, Universidad de Miami
Mario Crespo, bibliotecario y escritor
Eva Olivares Jara, higienista dental y estudiante del Grado en Lengua y Literatura Española
Julián Cañizares, escritor
Juan Carlos Chirinos, escritor
José Luis Amores Baena, economista
Carlos Feal
Antonio Alías, crítico literario e investigador del área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad de Granada
Edmundo Paz Soldán, escritor
Marta Álvarez
Guille Viglione, publicitario
Pablo Gil, periodista de El Mundo
Juan Jacinto Muñoz Rengel, escritor
Fernando Iwasaki,escritor
Leonardo Aguirre, escritor
Jordi Corominas i Julián, poeta
Javier García Rodríguez, escritor y profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Oviedo
Paloma González
Rubio, escritora
Marco Antonio Raya
Ruiz, Terapeuta Ocupacional y escritor
Carmen Velasco, escritora y profesora
Juan Francisco Ferré, escritor
Pablo López Carballo
José Antonio Gallego Blaso, director de una sucursal bancaria
Jorge Riechmann
Pablo García-Ramos Macho
Ignacio Vidal-Folch, escritor
Raúl Minchinela Martínez, articulista y autor de Reflexiones de Repronto
Juan Carlos Méndez
Guédez, escritor
Rafael Alomar, físico
Pablo Gallo, dibujante y pintor
Bruno Galindo
Jordi Costa Vila, escritor y periodista
Emilio Ruiz Mateo, periodista y gestor cultural
Jota Martínez Galiana, traductor autónomo
David Refoyo, escritor
Estíbaliz Espinosa Río, escritora
Alberto Torres Blandina
Oscar Sáenz
Sergio Chejfec
Óscar Gual Domínguez, escritor
Ezequiel Martínez Llorente
Eduardo Rega Calvo, arquitecto y doctorando activo de la Escuela Tecnica Superior de Arquitectura de Madrid
Mercedes Álvarez, escritora
Mario Cuenca Sandoval, escritor y profesor de filosofía
Elena Medel
Salvador Luis Raggio Miranda, Narrador y director de www.losnoveles.net
Enzo Maqueira, escritor y editor
Jordi Doce, escritor y editor
Roberto Valencia
Teresa I. Tejeda, Profesora de la Universidad de lengua y cultura de Pekín
Alberto Barrera Tyszka
Fernando Ángel Moreno Serrano, profesor de Teoría del lenguaje literario, Universidad Complutense de Madrid
Jorge Lago, editor de Lengua de Trapo
Fabián O. Iriarte Prof. Adjunto - Literatura Comparada Departamento de Lenguas Modernas Facultad de Humanidades Universidad Nacional de Mar del Plata
Oliverio Coelho
Rosa Benéitez Andrés, Investigadora de la Universidad de Salamanca
Sergio Di Nucci, profesor de Literatura Francesa, Universidad de Buenos Aires
Susana Santos
Cristian Vázquez, Periodista
Ernesto Escobar Ulloa, director de Canal-L y editor de The Barcelona Review
Willy McKey, poeta y escritor
Fernando Varela, editor de Lengua de Trapo
Javier Vázquez Losada, abogado y escritor
Alejandra Correa
Martín Rodríguez-Gaona, poeta ensayista, traductor
Juanjo Olasagarre Mendinueta, escritor en euskara
Marc García García
Robert Juan-Cantavella
Sergi Bellver
Patricio Lenard
Ernesto Pérez Zúñiga
María Angulo Egea
Carmen Moreno
Pablo Mazo Agüero, editor de Salto de Página
Beatriz Sarlo, ensayista
Juan J. Mendoza
(O CÓMO EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE SE CONVIRTIÓ EN UNA
NOVELA POLÍTICA)
Hoy queremos manifestar nuestro frontal rechazo ante un hecho insólito. María
Kodama, heredera de los derechos de autor de Jorge Luis Borges, ha obligado a la
editorial Alfaguara a retirar del mercado El Hacedor (de Borges), Remake, la última
novela de Agustín Fernández Mallo, bajo amenaza de denuncias. La obra, que contiene
el nombre de Borges en su título, e incluye fragmentos y títulos de los poemas del
escritor argentino en el orden original de El Hacedor, pronto se va a retirar de las
librerías y dejará de existir tal y como fue concebida.
A El Hacedor (de Borges). Remake no se le acusa de plagio. Se le acusa de insertar
unos materiales protegidos por derechos de autor dentro de una obra original, sin contar
con el debido consentimiento de su propietaria. No ha importado nada que la obra
funcione como un homenaje a Borges, quien se halla tan presente que resultaría
disparatado acusar a Fernández Mallo de actuar de forma deshonesta. Su supuesta falta
no tiene nada que ver con el engaño, sino con haber compuesto una pieza original
valiéndose de algunos fragmentos que tenían dueña; una dueña que no está dispuesta a
compartirlos.
¿Cuántas obras artísticas y webs hoy en día se valen de textos, videos, imágenes o
sonidos de procedencias diversas? El Hacedor (de Borges), Remake, más que como
singularidad, podría tomarse como ejemplo de un procedimiento que se aplica de forma
masiva en la actividad creativa de nuestros días, a través de formas que no son más que
la versión actualizada de un principio rector de la cultura y el conocimiento: lo nuevo
siempre se construye a través de lo viejo, y de lo ajeno. Seguir ese principio, que se
halla muy por encima de legislaciones e intereses particulares, no solo es legítimo; es
fundamental. La inmensa mayoría de las personas así lo comprenden, de ahí que la
decisión de María Kodama sea una excepción extraordinaria. Pero incluso como
excepción, resulta intolerable.
En un artículo publicado en El Cultural de El Mundo, la señora Kodama, quien confiesa
no haber leído El Hacedor (de Borges). Remake, dice haberse dejado guiar por su
abogado, quien considera “una falta de respeto” el tributo de Fernández Mallo, por no
haber pedido permiso. Imaginemos qué sería de los creadores, académicos o
investigadores si, cada vez que usaran materiales prestados tuvieran que solicitar el
beneplácito de sus propietarios, que se hallan amparados para denegárselo por
consideraciones tan caprichosas como las de este caso. Que, de ahora en adelante, esos
creadores tuvieran que valerse de lo ajeno, sin incurrir en el plagio, con un ojo puesto en
la legislación, ante la amenaza de una demanda. Todos comprendemos el lugar
aberrante en que se convertiría el mundo de la cultura si se generalizaran acciones como
las emprendidas por Kodama, de ahí nuestra reacción. Consideramos que no existe la
más mínima legitimidad moral para censurar así una obra; solo existe un defecto en una
ley que nunca debería dar cabida a esta clase de abusos. Una ley anacrónica, formulada
en tiempos pre-digitales y ajena a la deriva del arte contemporáneo.
Rogamos encarecidamente a María Kodama que reconsidere su decisión, y no se
oponga a la justa difusión de El Hacedor (de Borges), Remake. Una rectificación a
tiempo puede dejar en mero malentendido esta equivocación, que sería mucho más
grave en el caso de perpetrarse. En los pocos días de circulación de la noticia, la
condena de escritores, editores y amantes de la literatura ha sido unánime, y deja claro
que su acción va a tener exactamente el efecto contrario al que buscaba: en vez de
proteger el legado de Borges, deslegitimará a quienes lo gestionan. A este respecto, hay
que considerar no sólo el diseño de la portada de la novela de Fernández Mallo (un
corazón dorado: una declaración de amor al maestro), sino también el efecto que ha
causado ese libro: una relectura del original, El hacedor, que durante las últimas
décadas ha tenido menos circulación y lecturas que otros libros más conocidos de
Borges, como Ficciones o El aleph. Quienes firman aquí suscriben todo lo dicho.
FIRMAN:
(en orden de recogida)
Miguel Espigado
Jorge Carrión, escritor
Toni Segarra, publicista, Vicepresidente y Director Creativo de *S,C,P,F.
Silvia Vilar González, Spanish Lecturing Fellow, Duke University
Juan Villoro
Antonio Orejudo
Francisca Noguerol, profesora Titular de Literatura Hispanoamericana, Universidad deSalamanca
Rosa Montero, escritora
Rogelio Abraldes, realizador y productor audiovisual
Jessica Aliaga
Lavrijsen, Doctora en Filología, traductora y editora
Ricardo Menéndez Salmón, escritor
José Vidal Valicourt, escritor
Marco Kunz, Catedrático de literatura española, Université de Lausanne, Suiza
Julia Merino
Gabi Martínez, escritor
Miguel Antonio Chávez
Antonio Rómar
Ernesto Castro Córdoba, estudiante
Joan Feliu, músico
Pascale Saravelli, músico
Alberto Olmos, escritor
Antonio J. Gil González, Profesor titular, Universidad de Santiago de Compostela
Guzmán de Yarza Blache, JL Arquitectos
Miguel Serrano Larraz
Álvaro Colomer Moreno, escritor y periodista
Andrés Neuman
Germán Sierra Paredes, Profesor de Bioquímica y escritor
Belén Gopegui
Javier García Rodríguez, escritor y Profesor de Teoría de la literatura y literatura comparada en laUniversidad de Oviedo
Alberto Santamaría
Javier Avilés
Elvira Navarro, escritora
Constantino Bértolo, editor
Pere Joan, dibujante
María Angulo Egea
Iban Zaldua, escritor
Mariano Martín Rodríguez, traductor e historiador de la literatura
Max, autor de cómic e ilustrador
Ezequiel Martínez Llorente
Máximo Hernández, poeta
Sergio Gaspar
José Luis Molinuevo
Isabel Martínez Tudela, redactora
publicitaria
Marc Torrell Benítez, Director Creativo y fundador de Sr. Benítez
Jorge Díaz Martínez, poeta
Miguel Dalmau Soler
Miquela Forteza Oliver, Doctora en Historia del Arte
Raúl Quinto, profesor y escritor
Laura Borràs Castanyer, Profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona
Pablo García Casado, escritor
Salvador Gutiérrez Solís
Cristina Mourón Figueroa
Ángel cerviño
Juan Jacinto Muñoz Rengel
María Ángeles Naval, Departamento de Literaturas Españolas e Hispánicas, Universidad de Zaragoza
Jon Bilbao, escritor y traductor
Oscar Sáenz
Beatriz Pastor, Professor of Spanish and Comparative Literature, Dartmouth College, EEUU
Dr. Lillian Manzor, Associate Professor, Modern Languages and Literatures Director, Cuban Theater Digital Archive, University of Miami
George Yúdice, Director, Miami Observatory on Communication and Creative Industries, Professor and Interim Chair, Department of Modern Languages & Literatures Professor, Center for Latin American Studies
Emili Manzano, periodista
Rafael Alomar Company
Ricardo Ramón Jarne, Director del Centro Cultural de España en Buenos Aires Mauricio Salvador, editor y escritor
Jorge Salavert, traductor
Susana Medina, escritora
Américo Mendoza Mori, Director, Red Literaria Peruana, Investigador, Universidad de Miami, EE.UU.
Juan González Álvaro, editor
Marta Sanz, escritora
Manuel Vilas
Vicente Luis Mora, escritor y crítico literario
Óscar Esquivias, escritor
Leonardo Valencia, escritor
Antonio J. Rodríguez
Javier Moreno, lector amante de Borges, profesor y escritor
Juan Bonilla, escritor
Christine Henseler, Associate Professor of Spanish and Hispanic Studies
Paul Viejo, escritor y editor
Félix de la Concha, pintor
Gema Pérez-Sánchez, Director of Graduate Studies, Associate Professor of Spanish Department of Modern
Languages and Literatures, University of Miami
René López Villamar, crítico literario y editor de HermanoCerdo
Ángel Erro, escritor
David Bestué, artista
Luna Miguel
Iván Humanes, abogado y escritor
Sergi de Diego Mas, administrativo y lector
Ingrid Guardiola, Profesora universitaria, gestora cultural, articulista
Pau Palacios
César Ramiro, editor y traductor
Jorge Fernández Gonzalo, poeta y ensayista
Miguel Á. Hernández
Navarro, escritor y Profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia
Jane Connolly, Profesora de español, Universidad de Miami
Mario Crespo, bibliotecario y escritor
Eva Olivares Jara, higienista dental y estudiante del Grado en Lengua y Literatura Española
Julián Cañizares, escritor
Juan Carlos Chirinos, escritor
José Luis Amores Baena, economista
Carlos Feal
Antonio Alías, crítico literario e investigador del área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad de Granada
Edmundo Paz Soldán, escritor
Marta Álvarez
Guille Viglione, publicitario
Pablo Gil, periodista de El Mundo
Juan Jacinto Muñoz Rengel, escritor
Fernando Iwasaki,escritor
Leonardo Aguirre, escritor
Jordi Corominas i Julián, poeta
Javier García Rodríguez, escritor y profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Oviedo
Paloma González
Rubio, escritora
Marco Antonio Raya
Ruiz, Terapeuta Ocupacional y escritor
Carmen Velasco, escritora y profesora
Juan Francisco Ferré, escritor
Pablo López Carballo
José Antonio Gallego Blaso, director de una sucursal bancaria
Jorge Riechmann
Pablo García-Ramos Macho
Ignacio Vidal-Folch, escritor
Raúl Minchinela Martínez, articulista y autor de Reflexiones de Repronto
Juan Carlos Méndez
Guédez, escritor
Rafael Alomar, físico
Pablo Gallo, dibujante y pintor
Bruno Galindo
Jordi Costa Vila, escritor y periodista
Emilio Ruiz Mateo, periodista y gestor cultural
Jota Martínez Galiana, traductor autónomo
David Refoyo, escritor
Estíbaliz Espinosa Río, escritora
Alberto Torres Blandina
Oscar Sáenz
Sergio Chejfec
Óscar Gual Domínguez, escritor
Ezequiel Martínez Llorente
Eduardo Rega Calvo, arquitecto y doctorando activo de la Escuela Tecnica Superior de Arquitectura de Madrid
Mercedes Álvarez, escritora
Mario Cuenca Sandoval, escritor y profesor de filosofía
Elena Medel
Salvador Luis Raggio Miranda, Narrador y director de www.losnoveles.net
Enzo Maqueira, escritor y editor
Jordi Doce, escritor y editor
Roberto Valencia
Teresa I. Tejeda, Profesora de la Universidad de lengua y cultura de Pekín
Alberto Barrera Tyszka
Fernando Ángel Moreno Serrano, profesor de Teoría del lenguaje literario, Universidad Complutense de Madrid
Jorge Lago, editor de Lengua de Trapo
Fabián O. Iriarte Prof. Adjunto - Literatura Comparada Departamento de Lenguas Modernas Facultad de Humanidades Universidad Nacional de Mar del Plata
Oliverio Coelho
Rosa Benéitez Andrés, Investigadora de la Universidad de Salamanca
Sergio Di Nucci, profesor de Literatura Francesa, Universidad de Buenos Aires
Susana Santos
Cristian Vázquez, Periodista
Ernesto Escobar Ulloa, director de Canal-L y editor de The Barcelona Review
Willy McKey, poeta y escritor
Fernando Varela, editor de Lengua de Trapo
Javier Vázquez Losada, abogado y escritor
Alejandra Correa
Martín Rodríguez-Gaona, poeta ensayista, traductor
Juanjo Olasagarre Mendinueta, escritor en euskara
Marc García García
Robert Juan-Cantavella
Sergi Bellver
Patricio Lenard
Ernesto Pérez Zúñiga
María Angulo Egea
Carmen Moreno
Pablo Mazo Agüero, editor de Salto de Página
Beatriz Sarlo, ensayista
Juan J. Mendoza
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