lunes, 4 de octubre de 2010

Granta, explico algunas cosas, me pregunto otras

Fragmentariamente, porque no me da la cabeza para hilar este huso, anoto algunas informaciones, apreciaciones y extravagancias sobre el último número de la revista Granta, osadamente dedicado a señalar a los "mejores" narradores "jóvenes" en español del mundo.

UNA PUTA MIERDA (Patricio Pron)

Mi amiga Lucía me escribió en noviembre de 2009 para contarme que estaban poniendo en marcha una selección de mejores escritores en español, y que si aún no había rebasado los 35 años debería postularme, dado que, para ella, "nadie como tú debería estar en esa lista."
Le agradecí su apoyo, su fe, su fanatismo; y a renglón seguido le dije algo como esto: "En esa lista querrán estar tantos escritores y habrá tanto mamoneo y se usarán tantos padrinos y contactos e influencias que no pienso ni plantearme participar".
Que les den.

PÁJAROS EN LA BOCA (Samanta Schweblin)

Pero no pude evitar reenviar la información a mi editorial y dejar en sus manos una posible participación en la convocatoria...

NADA ES CRUCIAL (Pablo Gutiérrez)

En abril recibí un mail de Granta en el que me informaban de la convocatoria y me pedían algunos libros. Les pregunté si no se los habían enviado ya. Nuevamente insté a mi editorial, Lengua de Trapo, a que remitiera a Granta alguna novela mía.

LA CIUDAD FELIZ (Elvira Navarro)

A finales de junio me dijo Ignacio, de Ldt, que Aurelio Major le había solicitado mi dirección de email. Al día siguiente recibí un correo de Major en el que me preguntaba si ese mail al que me estaba escribiendo era mi mail. Le dije que sí. Después me envió un correo en el que me invitaba a hacer clic en un documento adjunto. Hice clic. Era un largo documento de word, de casi dos páginas, de prosa enrevesadamente elegante, en el que me comunicaban oficialmente dos cosas: que estaba en Granta, y que si lo decía no estaría en Granta.

9 MINUTOS (Lucía Puenzo)

A partir de entonces, recibí semanalmente varios mails desde Granta. Motivos: en una semana debería enviar un texto inédito; enviar una foto; enviar un currículum; enviar unas respuestas a unas preguntas; recibir el contrato y firmarlo y enviarlo, tres copias.

MEMORIAS DE UNA DAMA (Santiago Roncagliolo)

La responsable de Prensa, Laia Salvat, y yo mantuvimos una sutil contienda informativa del siguiente estilo:

yo: ¿Me puedes decir quién más está en la lista?
Laia: No.
yo: Iré a la presentacion en Madrid. ¿Quién más irá?
Laia: No te lo puedo decir.
yo: También iré a la de Guadalajara...
Laia: Dos mejor que uno.
yo: ¿Quién es el otro?
Laia: Dos eventos: Madrid+Guadalajara. Dos besos.
yo: ¿Me lo puedes decir aunque sea 24 horas antes? ¡No quiero ir y encontrarme con Andrés Barba sin estar preparado psicológicamente!
Laia: No.

PARTE DOMÉSTICO (Oliverio Coelho)

Sólo tuve una semana para enviar un texto inédito. No sabía cuál. Me estresé. Tengo bastantes cosas escritas pero no encontraba 15 páginas recortables; todo me parecía malísimo, casi analfabeto. Envié el primer capítulo de una novela inacabada; de hecho, abandonada. Pensé que a lo mejor eso me hacía retomarla en algún momento, después quizá de que un editor de Nueva York leyera en inglés ese capítulo y dejara todo lo que estaba haciendo en ese momento para adelantarme 1 millón de dólares si le entregaba la novela terminada. Aún espero a ese editor. Eso sí, cambié el título de la novela por otro, puramente nominal, insípido, dado que, siguiendo a Hemingway, mostrar algo de lo que estás escribiendo, pero que aún no has finiquitado, es caer muy bajo; y caído en lo más bajo pensé que al menos debía guardarme el título, muy llamativo, para mí, como una deuda.

LAS TEORÍAS SALVAJES (Pola Oloixarac)

Secreto. El contrato incluía una cláusula de confidencialidad. El hecho de que tu nombre saliera asociado a Granta de modo fiable supondría la expulsión inmediata. Tardé 1 minuto en contarlo. A una persona. Dos días en contárselo a otras dos. Un mes en contárselo a otras 4. Y dos meses en contárselo a mi editor, que tardó 1 minuto en contárselo al responsable de prensa de Lengua de Trapo, dos días en contárselo a otros dos miembros de la editorial: etcétera.
La paranoia principal de estos tres meses silentes ha sido: por qué lo he contado, ahora me van a echar, por qué no me quedé calladito, me van a echar, para una vez que me van a sacar en el puñetero País, me van a echar, y así.
Leí en Umbral: Quien tiene una moneda la cambia. Eso significa muchas cosas, pero aquí significa, teorizo yo, que conocer un secreto es obtener una divisa, una divisa que nada vale si no se cambia. Las conversaciones tienen demasiados silencios perturbadores, demasiadas cuestas abajo, demasiados tapetes vacíos como para que uno se resista a poner sobre ellos, salvador y protagónico, la brillante moneda del secreto.
Saber algo, y especular con ello, y soltarlo en un momento dado, y dar a la conversación su nutriente. Inevitable.

PENTAGONAL: INCLUIDOS TÚ Y YO (Carlos Labbé)

Ella me dijo: ¿es en español o de España?
Yo: De España.
Ella: ¿Seguro? ¿Dice "en español" o "de España"?
Yo: No lo sé. No he leído las bases. ¿Cómo va a ser en español? Eso incluiría a Colombia, México, Argentina... ¿Cómo voy a ser uno de los 22 mejores de TODO el ámbito hispánico?
Ella: ...
Yo:...

LOS PENÚLTINOS (Javier Montes)

Ella: Como mucho 5, españoles 5.
Yo: Sí, más es demasiado. Ok, 5 entonces.
Ella: Venga, tu apuesta.
Yo: Diré los 5 nombres que creo que van a estar, y alguno que quiero que esté.
Ella: Ok.
Yo: Alberto Olmos, claro, soy yo; y: Andrés Barba, Elvira Navarro, Jordi Carrión y Aixa de la Cruz.
Ella: Muy verosímil. Por otro lado, Neuman va a estar seguro; Patricio Pron yo creo que no va a estar; Roncagliolo sí; Claudia Apablaza; Alejandro Zambra, espero; y Aixa de la Cruz sobre todo. Ojalá la pongan.

AGOSTO, OCTUBRE (Andrés Barba)

Quise terminar mi novela en marcha el día 30 de septiembre, antes de verme perturbado por lo bueno y lo malo y lo no predecible de la salida de Granta. No pude. Me quedaban unas 20 páginas. Me quedan. Mientras lees esto estoy con ellas.

EL ÚLTIMO MINUTO (Andrés Neuman)

Qué me pongo. Uno se pregunta qué me pongo y se da cuenta de la fatídica frivolidad de una vida. Qué me pongo.
La única indicación por parte de Granta sobre la presentación fue que acudiéramos a partir de las 12, no antes, y que nos sentáramos entre el público. Había que guardar el secreto hasta el último minuto. Llegué, en compañía de Ignacio y Fernando (otro Fernando) de Lengua de Trapo. También vino Juan "el argentino". Nada más llegar vi a Andrés Barba. Uf, pensé. Nada más entrar vi a Elvira Navarro. Uf, pensé. Nada más sentarme oí a alguien decir, Neuman. Uf, pensé.
No sé quién me va a partir la cara primero.

PARIR (Andrés Ressia Colino)

Leyeron la lista. ¡Qué sorpresa! ¡Qué fuerte! ¿Quién?
Nos pusimos en pie y atendimos a algunos periodistas. Alguien quiso juntarnos para hacer una foto conjunta: éramos siete. A Patricio Pron lo conocí hace poco, qué tal Patricio, enhorabuena; a Federico Falco lo conocí hace poco, qué tal Federico, enhorabuena. A Andrés Neuman lo voy a conocer ahora: Hola, Andrés, soy Alberto Olmos, enhorabuena. Enhorabuena, Alberto. A Andrés Barba lo voy a conocer ahora: ¿tú estudiaste conmigo?, pregunta.

LOS DÍAS MÁS FELICES (Rodrigo Hasbún)

Barba: ¿No estudiaste filología hispánica?
Yo: No, románica. Pero iba un curso por detrás; hacía periodismo a la vez.
Barba: Ibas a mi clase.
Yo: No. No creo. ¿Seguro? ¿Cómo puedes acordarte?
Barba: Bueno, ¿tuviste a Huerta Calvo de profesor?
Yo: No me acuerdo.
Barba: Daba Generacion del 98...
Yo: Me hablas de hace 15 años, tío.
Barba: Bueno, pues un día en clase, tú montaste un pollo de la hostia. (eximimos a Andrés Barba del uso de esta expresión, puramente ficcional)
Yo: ...
Barba: ¿No fuiste tú el que se levantó un día y dijo que Unamuno era una puta mierda? ¿Que La tía Tula era la peor novela de la historia, y que por qué estudiábamos esa basura? ¿Que Mañas había publicado Soy un escritor frustrado y que cómo podían publicar eso?
Yo: No me lo puedo creer. ¿Estabas?
Barba: Sí, tío. Te convertiste en nuestro Rasputín.
Yo: No me lo puedo creer; no me lo puedo creer.
Barba: ... (risas)
Yo: Se me veía venir desde pequeño, ¿eh?

BONSÁI (Alejandro Zambra)

Yo: Elvira, no nos hemos presentado.
Elvira Navarro: Hola. Felicidades.
Yo: Siempre he pensado que me detestas. ¿Me detestas?
Elvira: No. No tengo ningún problema contigo.
Yo: Genial. Me alegro mucho. ¿Sabes que yo pensaba que me habían seleccionado como uno de los mejores escritores de España, pero no de TODO el ámbito de nuestra amada lengua?
Elvira: ¿Sabes que yo pensé lo mismo?

EQUIS (Carlos Yushimito)

Fotos en la azotea del Círculo de Bellas Artes. Nunca había subido. Entre los fotógrafos hay una chica vestida de blanco; lleva medias negras, rombo y red. Sólo Elvira Navarro mira al objetivo de la cámara.
Me dicen que la fotógrafa se llama Laura Rosal, que es la compañera de piso de la diablesa Luna Miguel.
Ésta es una de las fotos que hizo, Reservoir dogs de escritores.

(De izquierda a derecha: Señora Blanco, Señor Azul, Señor Rojo, Señor Verde, Señor Negro, Señor Amarillo y Señor Rosa.)

SIETE MANERAS DE MATAR A UN GATO (Matías Néspolo)

http://www.elpais.com/fotografia/cultura/Canon/literario/escribe/n/elpdiacul/20101002elpepicul_1/Ies/

CONTRA LAS BUENAS INTENCIONES (Antonio Ortuño)

http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?id=7199

¿Estos no salen siempre en El País? ¿Qué tal un poquito de variedad? ¿Qué tal el número 22? No suena igual a 4, ¿verdad? Ni siquiera suena a: los cuatro de siempre, ¿a que no?
Por favor, Winston, pronuncia después de mí: vein-ti-dós.

LOS ENFERMOS ERRÓNEOS (Sònia Hernández)

Barba: No hay gran conspiración, Alberto; no hay mafia. Estás obsesionado, tío.

SÁLVAME, JOE LOUIS (Andrés Felipe Solano)

La lista.
La lista me parece bien, porque estoy. Lo mejor de estar en la lista es que no te has quedado fuera, a la intemperie de la envidia y el resquemor y la frustración. Eso es lo mejor. Estar me da igual; no estar me importaba más.
Entiendo que no se ha negado ningún nombre mediático, por lo que se da a entender que todo lo que alcanza relevancia comercial es de calidad. Aurelio Major explicó, y luego constaté en charla con él, que se había leído todo lo posible, y luego todo lo imposible, y luego un poquito más todavía. Que Cuba se peinó en busca de un autor, y que realmente no se encontró a ese autor; que los autores de la "generación Nocilla" no estaban, en efecto, aunque sus nombre sonaron y algunos jurados los propusieron y sus candidaturas se tomaron en cuenta; pero que Labbé es el autor que hace "eso" mejor, y por eso está Labbé.
Entiendo que se ha señalado autores minoritarios, como Yushimito, y que se han descubierto muchos nombres; que algunos como yo, de nombre casi sólo conocido en el "mundillo", hemos visto respaldadas nuestras poéticas, nuestro trabajo de varios años y nuestra constancia desquiciada en los márgenes del sistema.
Pero también entiendo que, quizá, esta lista sólo sirva para consolidar, reforzar, sumar vitaminas, a 4/5 autores, ya muy conocidos, y que los demás podemos acabar siendo simple relleno de inventario. Ver el chat de El país, para empezar.
De los 21 autores, conozco de nombre a 12; he leído a 11. No he leído a Pola porque me irrita el modo en el que sus editores en España pretenden convertirme en ese adolescente que ve Los vigilantes de la playa por las tetas de Pamela. Creo que Alejandro Zambra es un genio. Creo que Andrés Neuman es un buen escritor, y que se merece su puesto y el martirio de su puesto: estar siempre cuestionado.
No es ninguna sorpresa encontrar a Pablo Gutiérrez en la lista, aunque sólo haya publicado 100 páginas: Rosas, restos de alas.
Todos creemos que Mario Cuenca podía haber estado. Lo que nadie dice es quién se va para que entre Mario Cuenca. ¿Tú?
Que haya sólo cinco mujeres es normal. Ver que sólo hay cinco mujeres no es normal. Yo no veo hombres y mujeres, veo autores; los seleccionadores no han visto hombres y mujeres, sino autores. Hay muy pocas escritoras que me gusten. Me doy cuenta después, cuando lo pienso. Elvira Navarro y Andrés Barba son Elvira Navarro y Andrés Barba, marcas, Made in; puedo pensar después si me gustan más los autores cuyo nombre empieza por H o los autores cuyo nombre empieza por P; pero no puedo, mecánicamente, buscar el mismo número de autores que me gusten cuyos nombres empiecen por H y que me gusten cuyo nombre empiece por P.
¡Yo creo que hay demasiados autores que se llaman Andrés! ¡Hay 4! ¡Qué escándalo, qué discriminación! ¡Ni un solo Pedro!
Estamos los 3 finalistas del Herralde de mi generación: Barba, Neuman y yo. Quedamos finalistas casi consecutivamente, con apenas 23 años todos. En la lista, sin embargo, no hay ningún autor nacido en los 80: eso confirma mi teoría, mi miedo, de que en España al menos los autores nacidos en los 80 están poco representados, casi no existen. Creo que es necesario que cada generación tenga su galgo narrativo, su pionero. Eso hace que muchos se animen a leer, dado que se suele hablar de ellos en esos libros, y que otros se animen a escribir. La primera pista que tuve yo de qué era eso de publicar libros fue la aparición de Historias del Kronen, novela que aprecio, y que me hizo pensar que yo también podía hacer eso: escribir, publicar, ahora.
Reconozco mi buena fortuna: nací el 14 de enero de 1975. Por pocos meses, por un par de años, o por tres, autores como Óscar Esquivias, Juan Aparicio Belmonte, Isaac Rosa, Jon Bilbao, Álvaro Colomer y Javier Calvo no han entrado en el debate. Si la lista fuera de menores de 40 años, yo no hubiera estado.
Esto pienso de la lista.

EL TALENTO DE LOS DEMÁS (Alberto Olmos)

Me han caído muy bien los seis escritores que acudieron a la presentación en el Círculo de Bellas Artes. Hablé sobre todo con Andrés Neuman, Elvira Navarro y Andrés Barba. Ninguno era como esperaba; es decir, ninguno era insoportable.
Barba: Alberto, ¿por qué tienes tantísima mala leche?
Yo: No lo sé, tío; he pensado un momento tu pregunta, y no lo sé.
Elvira me pareció adorable, Barba increíblemente cercano y Neuman apoteósico y pizpireto.
Todo bien.

EL FUTURO NO ES NUESTRO (Federico Falco)

No creo que la gran novela, si surge, de los próximos diez años la escriba alguien de esta lista. Yo, desde luego, no la pienso escribir. Todas las listas a futuro son absurdas. Había una en los noventa, que apuntaba en esta dirección, y casi todos los nombres de esa lista ya ni siquiera escriben. Dudo mucho de que los autores mejoren con los años; estoy seguro de que empeoran. Los que ya hemos publicado cinco novelas o más nos damos cuenta de que no teníamos tantas cosas que decir, y de que cada día hay menos ilusión por decirlas. De principiante, uno no piensa más que en partir la historia de la literatura en dos; no tiene que atender a minucias como qué editorial publica o quién escribe o qué críticos critican. Se escribe a lo grande, de pequeño. Pero después va dando la impresión de que no merece la pena, al menos no merece la pena el derrame cerebral, el despellejamiento del alma, el darlo todo a un papel en blanco.
Vivir es bello a veces, como dice Francisco Brines.
Escribir bien no es bello nunca; es dolor.
Y uno a veces quiere dejar de hacerse daño.

viernes, 1 de octubre de 2010

Granta

La revista Granta en español ha hecho pública hoy la nómina de autores que componen su proyecto Los mejores narradores en español de Granta. Son los siguientes:

1. Andrés Barba, España

2. Oliveiro Coelho, Argentina

3. Federico Falco, Argentina

4. Pablo Gutiérrez, España

5. Rodrigo Hasbún, Bolivia

6. Sonia Hernández, España

7. Carlos Labbé, Chile

8. Javier Montes, España

9. Elvira Navarro, España

10. Matías Néspolo, Argentina

11. Andrés Neuman, Argentina

12. Alberto Olmos, España

13. Pola Oloixarac, Argentina

14. Antonio Ortuño, México

15. Patricio Pron, Argentina

16. Lucía Puenzo, Argentina

17. Andrés Ressia Colino, Uruguay

18. Santiago Roncagliolo, Perú

19. Samanta Schweblin, Argentina

20. Andrés Felipe Solano, Colombia

21. Carlos Yushimito, Perú

22. Alejandro Zambra, Chile

El jurado ha estado compuesto por: Valerie Miles, Aurelio Major, Francisco Goldman, Edgado Cozarinsky, Mercedes Monmany e Isabel Hilton.

La revista, cuya portada ilustra este post, estará a la venta el 4 de octubre en España; y en noviembre, su versión traducida aparecerá en Gran Bretaña y Estados Unidos.

Doy las gracias al jurado por incluir mi nombre entre los seleccionados, a los que felicito sinceramente.

Más adelante escribiré un post sobre esta noticia, dado que hay bastantes cosas que comentar.
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En prensa:
The New York Times (este rotativo tuvo la exclusiva: link)
Lugares de debate:
Imagen

martes, 21 de septiembre de 2010

Esos hijos de puta que hacen huelgas

Viví con auténtico estupor las reacciones de los periódicos y de los ciudadanos ante la huelga de los trabajadores del Metro de Madrid, transporte público que utilizo a diario. Entre unos y otros, en los papeles y los bares, dejaron clara su disconformidad con la protesta, la antipatía que las personas que la llevaban a cabo les estaban provocando y la obviedad de que no se puede paralizar una ciudad por el capricho de unos pocos.

Hacer huelga, por lo que parece, ha dejado de ser un derecho visible, dado que ahora podemos hablar ya de "derechos visibles" y "derechos invisibles", incluso subterráneos en el caso de los trabajadores de Metro.

Los derechos visibles son aquellos que se ejercen sin molestar a nadie, y que permiten a los ciudadanos apreciar el buen funcionamiento de la sociedad: son derechos que se nos han concedido porque varios siglos de tiras y aflojas los han probado inanes. El más importante de nuestros días es: hablar, opinar, decir cosas.

Decir cosas no sirve para nada, salvo para que otras personas digan también cosas, otras cosas. Se pueden seguir diciendo cosas hasta que se pudran las estrellas, o parar en un momento dado, que lo mismo da.

Es un derecho visibilísimo, el verbal, que muestra cómo la sociedad ha progresado, pues todos podemos expresar opiniones inútiles durante el tiempo que nos parezca oportuno.

Sin embargo, el derecho a hacer huelga se ha situado ya en el polo opuesto: molesta, y además no se entiende. Las palabras de la huelga no fomentan otras palabras, sino otras nomenclaturas, que no es lo mismo, dado que la nomenclatura es un corralito del lenguaje, inaccesible para el ciudadano medio, que normalmente no conduce trenes ni pesca el atún ni sabe qué problemas aquejan a los cocineros, los carpinteros o los periodistas.

Lo único que sabe el ciudadano (aparte de que hay que Cambiar el mundo, así en general) es que si los cocineros hacen huelga se nota, y eso ya es un argumento en su contra.

Hace dos o tres años, hicieron huelga los transportistas, los camioneros. Se notó en que en el supermercado había menos tomates el primer día de la huelga; el segundo no había ninguno, dado que el ciudadano medio (término cada vez más cercano en significado al de "niño") arrambló acojonado con todos los tomates que tenía a mano, no fueran a acabar en las manos de otro ciudadano y no pudriéndose en su casa por exceso de tomates, como es lo lógico en una sociedad conformada con ciudadanos solidarios, sobre todo con los negritos del África tropical.

En la huelga de Metro, más reciente, sucedió que los ciudadanos no podían tomar ellos solos los trenes e ir a su trabajo, dado que los trenes no son tomates y no se dejan coger con disimulado egoísmo. Así las cosas, el ciudadano no pudo ir a trabajar, o tuvo que hacerlo después de desembolsar el precio de una carrera en taxi, o buscarse la vida con la ayuda de otros compañeros de curro, motorizados estos, en una aventura de un día de duración que a buen seguro competía en sordidez y espanto con las mayores desgracias de la Historia de la Humanidad.

Ante la cercanía de una nueva huelga, esta vez "general", han empezado ya las consideraciones previas sobre su incómoda visibilidad. Hay que estar prevenidos ante una huelga que se note, porque sería un problema, el problema de que algo no funciona. La huelga puede notarse, sobre todo, si la llevan a cabo las personas que cobran mil euros o menos al mes, o sea, el 60% de los trabajadores.

Se opina estos días que, en tiempos de crisis, las huelgas generales no son precisamente lo más adecuado, pues el país tiene ya suficientes problemas. Esto quiere decir que no hay que hacer huelga cuando el país va muy mal, ni cuando va mal, ni cuando va regular; ni nunca. A no ser que haya que hacer huelga cuando el país va bien, y sólo para darle una alegría al cuerpo y demostrar al gobierno de turno que los ciudadanos no le quitamos ojo de encima por muy estupendamente que nos esté gobernando.

Sin embargo, resulta que una huelga no es un "paro" para molestar, sino un paro para denotar una necesidad que está siendo cubierta. La huelga da a entender que diariamente se lleva a cabo una función imprescindible para la sociedad, y que no se recibe la retribución económica ni moral consecuente con dicha tarea. El "paro", en definitiva, es el derecho de ser echado en falta.

Sucede, esperpénticamente, que los trabajadores que más se echan en falta cuando no acuden a su lugar de trabajo son precisamente aquellos que, diariamente también, menos relieve social tienen. Toda la ridícula masa social "solidaria" que dedica horas y horas a pensar y compadecer a cualquier persona nominal al otro lado del planeta, y a lamentar condiciones de vida deplorables en paralelos alejadísimos y a pedir al gobierno acciones de altura para que en meridianos distantes cambie algo, no dedica ni un solo segundo de su vida a pensar en el conductor del tren que le lleva a casa en su propia ciudad.

Ni un solo segundo.

Ni al camarero que le sirve el café, ni al barrendero, ni a la cajera del supermercado, ni a nadie que gane menos de mil euros al mes. Todos los trabajadores menestrales y humildes son invisibles socialmente, disfrutan de la transparencia del fracaso, que evita que sean mirados a los ojos por miedo a un contagio decadente. Si tienen problemas, no importan; si sus condiciones laborales son penosas, no importa; si les bajan el sueldo o les llevan de contrato temporal en contrato temporal, no importa. Lo único que importa es que sigan trabajando para que no nos sustraigan a los demás de tareas mucho más importantes, como reclamar el carril bici, imponer las bolsas ecológicas en los supermercados o luchar porque la música y las películas sean gratis.

Vamos, por cosas realmente esenciales.

Se ha calificado por tanto de "huelga salvaje" a aquella huelga que se hace como dios manda. Parece ser que las huelgas deben cumplir "servicios mínimos" para que los ciudadanos no crean que esos servicios son siquiera relevantes. Cuando se hace una huelga en el servicio de recogida de basuras los ciudadanos miran las bolsas de detritus como si los huelguistas las hubieran amontonado a las puertas de sus casas. Los huelguistas no son gente que trabaja para putearte; son gente que no trabaja.

La huelga general es una llamada a todos los trabajadores para que piensen en todos los trabajadores, no para que piensen en los 50/100 euros que uno mismo va a perder ese día. La huelga general es una prueba de cuánto estás dispuesto a perder tú para que otros puedan quizá ganar algo. La huelga general es una cosa que simplemente se hace.

No hay nada que pensar.

lunes, 23 de agosto de 2010

Por qué no leer a los clásicos

A finales del siglo XX una colección de libros clásicos, de venta en quioscos, anunciaba sus primeros volúmenes echando mano de una cita de Diderot o Rousseau, no recuerdo bien, en la que se afirmaba que no merecía la pena leer libros nuevos si no se había disfrutado aún del ingente legado literario de la Antigüedad. La primera entrega de este coleccionable fueron Odisea, de Homero, y el Arte de amar, de Ovidio. Me los compré, y aunque conseguí acabar Odisea, pero no El arte de amar, recuerdo que disfruté muy escasamente de mi adquisición.

Italo Calvino reunió en su día bajo el título Por qué leer a los clásicos un puñado de artículos entre los cuales había uno, de título idéntico, en el que defendía la lectura de piezas maestras de siglos pretéritos. El libro en su conjunto me pareció poco interesante, y el artículo en cuestión, realmente vago y de argumentación feble. A fin de cuentas, no hace falta defender la lectura de los clásicos, y menos preguntándose por qué hay que leerlos; más útil sería un artículo que reflexionara sobre por qué los clásicos son clásicos, pues la condición de clásico ya lleva en su núcleo su publicidad y su defensa, y su atractivo.

Durante los últimos meses me he dedicado a la lectura de clásicos. He leído, por este orden, los siguientes:

-Esquilo: La Orestía, Los siete contra Tebas, Prometeo encadenado.
-Sófocles: Edipo Rey, Antígona, Electra.
-Eurípides: Medea, Electra, Orestes.
-Homero: Odisea, Iliada.
-Hesíodo: Los trabajos y los días. Teogonía. El escudo.
-Aristófanes: Comedias.
-Virgilio: Eneida.
-Horacio. Odas. Epodos. Canto Secular. Sátiras. Epístolas. Arte poética.
-Apuleyo. El asno de oro.
-Ovidio. Amores. El arte de amar. Sobre la cosmética del rostro femenino. Remedios contra el amor.

Ahora estoy leyendo Metamorfosis, de Ovidio.

En las primeras semanas, mi determinación de no leer más que clásicos resultó insobornable. Acudía a la biblioteca a por algún libro antiguo y conseguía muy fácilmente pasar por delante del estante de novedades sin volver la cabeza. Después salía para mi casa con un Horacio o un Ovidio. Sin embargo, poco a poco, la atracción de lo nuevo fue haciendo valer su encanto y acabé cortando mi alta lectura con volúmenes contemporáneos, como Las crudas, de Esther García Llovet, Misisipi y sombrero, de Ray Loriga o Bajo el influjo del cometa, de Jon Bilbao.

Pensaba llegar hasta Borges, y ahora tengo en casa Decamerón, de Bocaccio. O dicho de otra manera: 1.400 páginas que no me apetece nada leer.

Las lecturas acometidas no han sido en modo alguno decepcionantes. Especialmente Ilíada, Ovidio y Apuleyo me han fascinado, he tomado muchas notas, he aprendido bastante y he matizado mi propia visión de la literatura. Sobre todo he acumulado muchos precedentes de temas y recursos que a día de hoy se venden aún como novedosos, cuando llevan 2000 años en tinta.

Sin embargo, a la hora de atacar los clásicos medievales, y a pesar de tener a Shakespeare esperándome a la vuelta de la esquina, me noto harto de estas lecturas, obligado por mí mismo a comer un plato que viene en todos los menús, procesionario insulso de un rito sucesivo y evidente.

Como es lógico, nada a día de hoy puede equiparar la calidad de Ilíada, la fuerza de Shakespeare, el goce de descubrir (no lo he leído) el Paraíso Perdido, de John Milton. Y, sin embargo, tengo más ganas de leer libros nuevos que clásicos.

Me vienen a la cabeza algunos de estos libros nuevos. El mes más cruel, de Pilar Adón; Cómo viajar sin ver, de Andrés Neuman, Corona de flores, de Javier Calvo. Me apetece leerlos. Pienso si no tendrá demasiado que ver con esta apetencia el hecho de que esos libros hayan sido mencionados en varios de los medios o foros o blogs que frecuento, porque evidentemente no anhelo leer libros que no conozco, o que sólo he visto citados una vez, o a cuyo título y autor y portada he atendido al paso en alguna librería. ¿Soy tan estúpidamente permeable a la publicidad? Desde luego, pues no otra cosa es, asimismo, lo que fundamenta el interés que uno tuvo en su día por El proceso, de Kafka, o El extranjero, de Camus.

También me apetece leer a Álvaro Colomer, porque no conocía su existencia y forma parte de los escritores españoles seleccionados por Lettrétage. Además, tengo una pequeña pila de libros regalados por sus autores, a los que deseo echar un ojo. Finalmente, me gusta ir a la biblioteca y llevarme un libro al tuntún, de esos que giran en los expositores de metal, y que de pronto me da buena espina.

Nuevamente: ¿hay alguna posibilidad de que algo de todo esto sea mejor que Guerra y paz, de Tolstoi (no lo he leído)? La respuesta: no.

Se dice a menudo que un escritor es hijo de su tiempo y que, por ello, debe escribir sobre o desde o alrededor de su tiempo. Es una afirmación que comparto a veces. Pero se me ocurre que quizá un lector también es hijo de su tiempo y, por tanto, también ha de ser un lector de su tiempo, y que de hecho lo es incluso a su pesar.

La lectura de los clásicos, por entrar al ataque, nos sustrae de la vida cotidiana. Por mucho que nos sorprenda la modernidad de Ovidio hablando de amantes y abortos, o la sabiduría de Horacio, tan actual, o la bestialidad tarantiniana de Homero, la lectura de estos libros no deja de ser preceptiva y monologal: leemos para estar de acuerdo. Salvo Hesíodo y, en menor medida, la Eneida, todo lo que he leído me ha parecido maravilloso. Simplemente estoy de acuerdo con el incombatible canon.

Leer libros nuevos, sin embargo, nos deja opinar, nos fuerza a opinar, nos da poder. Hay un diálogo, que no es sólo con la obra, sino con nuestro tiempo, con las reseñas de ese libro y con los lectores de ese libro; con sus ventas, con su fracaso, con sus premios; con el amigo que nos lo ha recomendado, con el amigo al que se lo recomendaremos, ufanos, pioneros, descubridores, sintiendo que leemos desde la independencia y nos sumamos a causas nuevas, en lugar de perpetrar lo obvio.

El libro nuevo nos permite estar ahí, donde están pasando las cosas; su tinta fresca es sangre frente al formol de los clásicos; sus autores son tipos que cruzan a veces una calle que nosotros hemos cruzado, que han visto las mismas películas y han comprado en el mismo supermercado. Eso no los hace mejores, pero los hace nuestros. Shakespeare ya es de todos, pero Pilar Adón o Javier Calvo son nuestra responsabilidad, y por eso leerlos, leer novedades, preferir a cualquiera que ahora teclea a uno que movió la pluma genialmente, es un acto de hermanamiento, una señal de vida, un proceso necesario para la literatura y, sobre todo, la impugnación de una jerarquía: lo mejor no es siempre lo que me hace feliz.

lunes, 9 de agosto de 2010

Luces in the sky(pe)

Por contaros algo:



El "Veranstaltungsort für literarische Lesungen und Inszenierungen" de Berlín o Lettrétage ha seleccionado a ocho escritores españoles para unas jornadas literarias que se iniciarán en septiembre. Se trata de autores menores de 40 años cuya obra última ha sido elegida por los responsables de este centro cultural para ofrecer una muestra de la literatura española a agentes y editores de Berlín, amén de a interesados de toda laya.

El evento ha sido bautizado como Luces in the sky(pe). ¿Por qué? Ahora os lo cuento.

Resulta que, para nuestra desgracia, no nos pagan un viaje a Berlín ni nada por el estilo. Simplemente hemos de grabar cada uno un vídeo casero donde leemos las primeras páginas de nuestra novela (en mi caso, de El estatus). Ese vídeo abrirá la jornada dedicada a cada autor (la mía: 8 de septiembre). Después un "actor" alemán leerá, en alemán, unas veinte páginas de la novela. Finalmente, la coordinadora del evento charlará con el autor vía skype, lo que da respuesta a la pregunta del párrafo anterior.

Los ocho autores seleccionados son Óscar Esquivias, Pablo Gutiérrez, Vicente Luis Mora, Álvaro Colomer, Blanca Riestra, Pilar Adón y Óscar Sipán, aparte del que esto escribe.

Selección nacional. Podríamos jugar a encontrar símiles entre escritores y futbolistas, pero queda un poco a trasmano.

La web del evento es ésta: LINK.

En septiembre volveré por aquí con más noticias intrascendentes.

Feliz verano.

martes, 22 de junio de 2010

Muerte y armaduras

He visto unas cien veces el vídeo de Albert Serra donde se opone frontalmente a la descarga gratuita de música en internet, con un bote de Mistol como principal argumento. También he leído varias entrevistas, en catalán y castellano, y varias reseñas a sus películas. He localizado además sus comentarios a un post de Oti R. Marchante en el que el crítico de ABC calificaba su película El cant dels ocells como "un montón de estiércol cinematográfico". Y he atendido, en fotos y vídeos, a la inusual pericia de Albert Serra para abrocharse los botones más desaconsejables de las prendas que se pone.

Lo adoro.

Durante el último mes y medio, he recolectado canastos enteros de su incorrección política, de sus inconveniencias y disparates. Apunto algunos, de memoria.

Dice Serra que antes los aspirantes a director de cine querían ser como Almodóvar, y que ahora quieren ser como Amenábar. "Está claro que vamos a menos".

También afirma Serra que el cine español, por su pobreza y atraso, es sólo comparable con el de Corea del Norte.

Según el director de Banyoles, que nunca ha trabajado con mujeres en sus películas, y que sólo emplea a actores no profesionales (él no ha estudiado cine y nunca ha estado en un rodaje, salvo en los suyos), las mujeres, incluso las que no son actrices, son todas actrices profesionales.

Para Albert el cine es un arte menor, en modo alguno comparable con la literatura. De ahí que no haya que tomárselo muy en serio. Emparentado por sus elogiadores con José Luis Guerín o Marc Recha, el director afirma no tener ningún interés en el cine de estos contemporáneos suyos. También afirma que no le gustan los documentales, dado que son un género demasiado fácil. Asimismo, para Serra la profesión de actor es "la más fácil del mundo".

Albert Serra admira a Salvador Dalí, y considera a los editores de Destino unos "inútiles" dado que no han cumplido la promesa bibliográfica que aparece en el tomo siete de las obras completas del pintor surrealista, donde se anuncia un tomo 6 de Correspondencia, que no parece que vaya a ver la luz nunca. "Incompetents!"

Dentro de 50 años, concluye Albert Serra, la historia del cine sólo se acordará de dos directores españoles: Pedro Almodóvar y él.

Lo adoro.

Me hace mucha gracia Albert Serra. Como todos los provocadores, lo que consigue su postura extrema y arbitraria, a la ofensiva, es hacerte pensar de nuevo en determinados estatutos inamovibles de la sociedad, lo que te obliga, finalmente, a considerar sinceramente qué tanto de tus pensamientos los has pensado tú, y qué tanto los han pensado por ti. Evidentemtente la postura mayoritaria (entre mis amigos, por ejemplo) a favor de la gratuidad de la música no procede de un análisis personal, de calibrar las opciones y entender el asunto en sus mínimos detalles, sino de la asunción pasiva del discurso dominante en los medios de información que frecuentan.

Cuando oigo a Albert Serra decir que sólo un imbécil piensa que la música ha de ser gratis, me relajo muchísimo. Es lo que yo pienso, pero no he sido capaz de decirlo con tanta contundencia, sino que me he visto forzado a argumentar casi en el vacío sobre algo que, a la luz de las afirmaciones de Serra, me parece ahora una obviedad. ¿Cómo va a ser gratis la música? ¿Por qué? Es indefendible.

Varios elementos concurren en mi simpatía por este tipo. Uno de ellos es su procedencia, Banyolas, municipio de Girona de no más de 7.000 habitantes. Me agrada ver que, a diferencia de tantos escritores, cineastas y músicos, Albert Serra no trata de ocultar su origen rural, sino que lo exhibe graciosamente, sin el menor complejo; de hecho, ese origen, ese pueblo, forma parte medular de su cine, pues sus películas están protagonizadas por algunos habitantes de Banyolas, que es un casting sucesivo para Serra.

Además, me admira su condición kamikaze. Nadie en su sano juicio se metería con Alejandro Amenábar, un director de cine llamado a mover los hilos de la industria nacional de los próximos 30 años, y con el que, claro está, más les valdría a todos llevarse bien, ocultando siempre su desafección por sus películas.

Serra produjo él mismo su película Honor de cavalleria, con un presupuesto de 360.000 euros. Según datos del Ministerio de Cultura, la vieron unas 25mil personas (frente a los 9 millones de Avatar o a los 600.000 espectadores de algunas películas últimas de Almodóvar o Medem.)

Su siguiente filme, El cant dels ocells ("estiércol cinematográfico", ya apuntamos) la vieron apenas 2.000 personas. Si no fuera por el éxito en Cannes y en la revista Cahiers de cinemà, Albert Serra no estaría, como es lógico, protagonizando este post.

Pero en Francia lo quieren.

Después de empaparme con sus cosas, sus citas, sus salidas de tono, he conseguido finalmente ver una película suya, Honor de cavalleria. La saqué del videoclub: 3 euros.

Es aburridísima: se me dormía la gente sobre el regazo, lo cual no es mala consecuencia. Yo aguanté disciplinadamente su metraje.

Trata de don Quijote y Sancho Panza, perdidos por el campo. Apenas hay palabras, seguramente tiene más palabras este post que toda la película, todos sus diálogos juntos. Cuando hay palabras, son tan anodinas como Sancho, Ven, Mira, Vamos, Roncas o Laurel. A veces alguna frase destaca, como cuando don Quijote le dice a Sancho: Dile a Dios, Dios, eres el mejor. Y Sancho repite: Dios, eres el mejor.

Planos largos sobre paisajes inmóviles, sobre cuerpos inmóviles, sobre cielos detenidos conforman toda la película. No pasa absolutamente nada. Es como si Serra hubiera filmado el espacio en blanco que hay entre un capítulo y otro del Quijote, como si hubiera hecho cine con lo que Cervantes hizo elipsis; como si hubiera querido fijarse en las sobras de una aventura.

En una escena determinada, vemos a don Quijote de pie, tambaleándose al compás del viento. No se sabe muy bien qué le pasa; no se sabe en absoluto qué. Se mueve hacia delante, hacia atrás, hacia un lado; levanta un poco el brazo derecho. Suena el viento.

Me perturbó bastante esta escena. Me puedo inventar todo tipo de teorías o interpretaciones líricas sobre ella, lo cual es decir bastante.

Ray Loriga tiene una frase muy brillante (tiene muchas) sobre el cine que le gusta: Me gustan las películas donde te aburres un poco.

Con Honor de cavalleria te aburres un montón. ¿Puede ser eso gran cine? Quizá yo no estaría exhibiendo indulgencia con esta película si no fuera fan de Albert Serra, del hombre. Quizá considerara su película una puta mierda insoportable. No lo puedo saber, sólo estimar.

En cualquier caso, como Jean Luc Godard, Serra tiene en sus manos, en su actitud, mucho cine posible, del que sus películas quizá sólo sean bocetos para los que vendrán.

Muerte y armaduras, como dicen en la Ilíada.

martes, 15 de junio de 2010

Now you´re under control

Lo inminente nos anula, nos devora en el vacío, nos une también en el ansia colectiva, nos excita. Los prolegómenos de un concierto son la inminencia que prefiero. Apiñados, nerviosos, entre silbidos y gritos, entre empujones, los espectadores de un concierto queremos ver venir la música, su mensajero humano, el rey del ruido. Hay una tensión deliciosa, entonces. Hay miedo y felicidad, pavor a la dicha, impaciencia por abrir los regalos. Algo va a suceder y cuenta contigo. Algo único. El momento de la tribu.

Rage against the machine tocaba a las doce y media, y han pasado ya diez minutos. Diez minutos de placer, de sadomaso psicológico. No nos importa un latigazo más, un minuto, otro más, un minuto, incluso otro más, cinco minutos, pero la espera empieza a doler cuando uno ya conoce todos los recovecos de su dolor.

Se ilumina la pantalla central: hay gritos y escándalo, el tren ha alcanzado la cima de la montaña rusa y pronto todo será vértigo y gloria. En la pantalla aparece una cuenta atrás. Leemos 10, 9, 8, leemos 7, 6, 5, leemos finalmente 4, 3, 2 y 1.

Y leemos Movistar.

Entran los cuatro componentes de Rage againts the machine y empieza el concierto. Ahora, y durante todo el show, una estrella roja de cinco puntas ocupa entera la pantalla principal del escenario.

Rock in Río.

Fui a Rock in Río el 11 de junio porque, como suele decirse con dramatismo desmedido, no quería morirme sin ver tocar a Rage against the machine. Su música es el odio que prefiero. Conocía vagamente las estomagantes características de este festival, pero uno no es de los que les sabe mal el gintonic por tomarlo en vaso largo, y no en vaso ancho o en copa de balón, y se creía inmune al envoltorio de la vida. Se equivocaba, uno.

El festival nos recibe con un lema bajo su nombre: Por un mundo mejor. Así, sin más. Por un mundo mejor. No se especifica si mejor para unos o para otros, mejor en esto o en aquello, cuánto mejor o cuándo mejor. Simplemente, Rock in Río, por un mundo mejor.

Las instalaciones son fastuosas y apropiadas; los escenarios imponentes; la organización impecable. Llegamos cuando empezaba a tocar Cypres Hill, con puntualidad sospechosa. Tenían fuerza y ganas, sin embargo; se fumaron un porro colosal a medio concierto, fueron simpáticos y endiablados, perro loco, how i just could kill a man, latin lingo. Parecía un concierto normal, finalmente.

Cuando acabó dimos una vuelta por la, así llamada, "ciudad del rock". Empezaron las suspicacias. Hay jabón en los baños, hay familias enteras en el césped; hay césped, pero es de plástico. Hay un stand de pinturas Bruguer, otro de Seat, otro de Movistar, otro de El corte inglés. Hay lavadoras LG. Hay un Burger y Telepizza. Zapatillas Victoria.

Hay papeleras por todas partes.

Volvemos al escenario principal. Protección civil en las pantallas gigantes. Primero habla una mujer y luego un hombre, ambos uniformados. Nos informan, sonrientes, afables, vocalizando a la perfección, de que nada malo puede sucedernos. Todo está previsto (sic).

Todo está previsto.

Tomamos 3 litros de cerveza para darnos cuenta de que sólo puede beberse cerveza o cocacola. O agua. Nos miramos aterrados.

Esto parece Un mundo feliz, digo.

Esto parece El show de Truman, dice mi amigo.

Esto parece el Nausicaa con música en directo, nos dice un amigo de mi amigo, al que nos hemos encontrado entre estupor y temblores.

Acudimos finalmente a ver a Rage against the machine. De camino, vemos a una mujer con un bebé en brazos. Me dan escalofríos.

Cuando termina, acudo a los baños por primera vez. Efectivamente hay jabón líquido, azul, en dispensadores de plástico. Me lavo las manos y le digo a mi amigo: Sólo falta un negro que nos ofrezca toallas blancas.

En un rincón, vemos a dos tipos metiéndose rayas de cocaína. Con todas las letras: rayas de cocaína. Es lo más auténtico que he visto en todo el festival.

Damos otra larga vuelta. En el escenario de música electrónica hay cinco gogós. Los hombres las miran con indefensión y las mujeres las ignoran con beligerancia; es lo segundo más auténtico que he visto en todo el festival.

Mi amigo y yo no dejamos de sopesar este evento, este sistema, este mundo por venir. Un mundo perfecto, sin borrachos, sin drogadictos, sin peleas, sin gentuza, sin maldad, sin delirio. Sin pasión. Es el aburrimiento como forma de vida. Todo está previsto.

No he ido a muchos festivales, pero en este me doy cuenta de por qué me gustan. Echo de menos la catarsis, lo dionisíaco, el confín de la carne. Echo de menos el exceso, esa vía reputada de conocimiento. El sano arte de violentarse.

Me gusta ver a la gente borracha y drogada, haciendo el ridículo, devastando un espacio y dejando la caligrafía del detritus, la firma de sus vómitos. Me gusta la música cuando tiene que ver con la caverna, si no me iría a escuchar a Mozart al Auditorio. Me gusta partirme por la mitad con todos los venenos bonitos.

Nada de eso es posible en Rock in Río, un festival familiar, familiar como poner la mesa los domingos. Familiar como fingir familias los domingos. ¿Me pasas el pan?, y así.

Esta verdad no tiene fisuras, esta programación no es hackeable. Sabemos que es todo una inmensa gilipollez, una máquina de hacer dinero, pero es imposible encontrar su punto débil, porque la simpleza no lleva nada detrás, salvo más simpleza, una impostura que propende al infinito y niega siempre lo complejo, el doblez donde anida el mal.

No creo que haya una imagen más espeluznante del infierno que un lugar donde todo el mundo sea buena persona. Cuando una persona se enfada, odia, envidia, mete la pata o comete una maldad, es cuando a mí me dan ganas de abrazarla. Es cuando esa persona es de mi raza.

La raza de Rock in Río, la raza en cadena que está construyendo este nuevo mundo mejor, me da miedo. Y asco. Y miedo, otra vez, muy grande.

Uno lucha porque no le silencien la sangre. Uno va en la dirección contraria para no volverse loco.

Hay que romper algunas cosas. Hay que matar a estos muertos. Hay que vivir y violar. Pronto.

viernes, 11 de junio de 2010

Éxito

Acabo de leer una entrevista con Esther García Llovet en la que afirma que de su anterior novela, Submáquina, se habrán vendido, como mucho, 300 ejemplares.

Ahora mirad hacia aquí: el pasado jueves estuve en el programa 24 horas de RNE, junto a Jesús Ayuso (Fuentetaja) y Julia Navarro, que venía directamente de la feria del libro.

-Me duele la mano de firmar -nos dijo nada más llegar.

Había firmado 420 ejemplares esa tarde.

Podéis ver la entrevista de Llovet aquí; y escuchar la charla en RNE aquí.

Y ahora vamos a pensar sobre todo esto.

1.

Submáquina es uno de los mejores libros publicados en España el año pasado. Esther García Llovet (a la que no conozco en persona, ni por mail) afirma que tardó tres años en encontrar editor para su texto. Fue finalmente Salto de página (dios bendiga este sello) el que se atrevió con el libro.

Sus ventas no sorprenden a nadie que se dedique a la literatura: sorprende que la autora las diga. Sus ventas, de hecho, son normales. Los libros, las novelas, se venden por cientos, por mucho que la imagen social del escritor esté configurada a partir de autores multimillonarios que viajan en la parte de atrás de un Rolls Royce.

Uno de los secretos mejor guardados de la literatura es que la literatura es miserable, que escribir y publicar libros no da ni para comprar el periódico donde sale la crítica de tu libro; que de hecho la crítica de tu libro en El Cultural la lee mucha más gente que tu propio libro.

¿Por qué Submáquina no ha vendido 100.000 ejemplares? Lo diré claramente: no tengo ni puta idea.

Sobre todo cuando comparte territorio narrativo con un autor de ventas cuantiosas, Roberto Bolaño. Al igual que en 2666 o Los detectives salvajes, la acción se sitúa en un México violento y sexual, descarnadísimo. La diferencia con Bolaño debe de ser muy grande, en vista de la escasa acogida de Submáquina. La mayor que yo veo (diferencia) entre ambos es esta: Esther García Llovet escribe infinitamente mejor que Roberto Bolaño.


2.

Suena mi móvil. Que si quiero participar en un debate sobre la feria del libro en RNE. Claro, cómo no, ¿quién más va? (Quizá hay ya 40 nombres con los que no quiero compartir espacio: no se lo digáis a nadie.) Me dicen que están buscando; quieren un librero y, también, "un autor distinto a ti, uno que venda mucho".

Sic!

Ese autor fue Julia Navarro. No he leído ningún libro suyo: no se puede leer todo. Sin embargo, respeto puntillosamente su trabajo. A fin de cuentas sólo escribe libros y sus libros se venden por cientos de miles. ¿Qué va uno a objetar a eso?

Sin embargo, el encuentro (podéis escucharlo) fue algo dantesco. El locutor se refería a mí constantemente como a un autor novel, cuando, de hecho, yo he escrito y publicado más novelas que Julia Navarro. Si alguna vez la expresión "artista incomprendido" ha rondado mi ego, ha sido en ésta.

Me resultó imposible aclarar que vender millones de libros no es algo que se me pase siquiera por la cabeza. Me resultó imposible entender cómo el locutor, un periodista, alguien con cierta cultura, podía ignorar de modo tan humillante el valor de la literatura.

El momento más bajo de estas impresiones llegó cuando el locutor quiso dar noticia de los libros que yo llevaba publicados. Le dije que había publicado seis, y él puso una cara, y supongo que una voz, que daba a entender su pasmo: ¿llevas seis novelas publicadas y aún no eres nadie? Mal lo llevas, chico.


3.

El locutor le preguntó al librero sobre cuánto tenía que vender un libro para ser considerado un éxito. El librero, señor Ayuso, dijo que 3.000 ejemplares.

La mayoría de los escritores no vende 3.000 ejemplares, por supuesto.

Esta apreciación sobre qué es un éxito me hizo pensar en qué era un éxito para mí, de manera objetiva, casi estomacal. Y concluí en varias obviedades que, sin embargo, nunca había verbalizado.

Una era que para mí un éxito, una novela de éxito, es aquella que simplemente me gusta. Que me gusta mucho. Submáquina es un éxito absoluto. Yo quiero escribir Submáquina, escribir España (Manuel Vilas), escribir Ventajas de viajar en tren (Antonio Orejudo). Quiero tener esa clase de éxito. Las ventas de estos libros me son indiferentes.

Repito: no es una actitud de envolvente bondad, ni de piedad compensatoria. Es, con exactitud, lo que siento.

Esto se traduce además en otro hecho relevante. Supongo que muchas personas considerarían todo un honor, y un placer, y un vértigo, conocer en persona a Julia Navarro. Para mí, y lo digo con un respeto inmenso: de verdad, conocer a Julia Navarro no me puso nervioso, porque no siento ninguna admiración por ella.

Sin embargo, conocer a autores que admiro, que han escrito un éxito para mí, me pone efectivamente nervioso, como si estuviera ante alguien excepcional.

Si Samuel Beckett, por ejemplo, que de algunos de sus libros vendió 6 ejemplares, estuviera vivo, y me lo presentaran, y mi mano fuera hacia su mano, yo sentiría que estoy tocando a Dios.

4.

Tengo ante mis ojos Las crudas, el nuevo libro de Esther García Llovet. Publica esta vez Ediciones del Viento. Su primer libro, Coda, lo publicó Lengua de Trapo. Curiosamente, tengo sus tres libros porque sus tres editores me los han dado. ¡Así cómo va a vender, la pobre!

Entiendo que esta autora tiene un problema: no se nota suficientemente que quien escribe es una mujer.

Al parecer, la delirante pasión por la paridad que constituye el desnortado objetivo moral de políticos y periodistas a día de hoy no acaba con que haya tantos directores de cine como directoras de cine, tantos escritores como escritoras. Va más allá. Una vez que tengamos por fin ese 50/50, los promotores de esta visión infantil de la realidad esperarán que el 50% femenino dirija películas y escriba libros que traten sobre la mujer; y más: que traten sobre la mujer oprimida o heroica. Por tanto, si una mujer hace películas o escribe novelas que no traten sobre mujeres, o que traten sobre mujeres pero sobre las malas, las crudas, las crueles, los pastores de la paridad tendrán que sacar el cayado y expulsar a estas mujeres confundidas de su redil del arte inane.

Me parece tan obvio, y tan ridículo, que no soy capaz de ahorcarme de asco siquiera.

No hay más que ver la diferencia de trato social y mediático que reciben determinadas escritoras en comparación con las militantes de la feminidad, supuestamente también escritoras. Desde Belén Gopegui a Cristina Sánchez Andrade, podemos localizar a un puñado muy digno de talentosas "mujeres" (el entrecomillado es facultativo) que no necesitan de la analfabeta ayuda de un par de ministras de familia influyente para ser respetadas.

Bastaría con que se tomaran la molestia de leerlas.

En esta misma línea de delirio podemos inscribir el nuevo premio Príncipe de Asturias de las Letras. Los titulares rezaban: "Amin Maalouf logra el Príncipe de Asturias (de las Letras) por fomentar la tolerancia."

¡Menos mal que no se lo han dado por escribir bien!

Se me está resquebrajando las consistencia del post, lo sé, pero no quiero dejar de apuntar otro titular.

Shakira da un concierto, y los periódicos dicen: "Shakira arrasó moviendo sus caderas en Rock in Río."

Sin comentarios.

Así que apuntemos, por favor, en la moleskine:

éxito=vender mucho
escritor bueno=buena persona
escritora buena=defensora de la mujer
cantante de éxito=tía buena

Si eres mujer, y estás buena, canta; si no, escribe sobre machismo.

Un saludo a los seguidores de Jacques Derrida. Y muchas gracias.

miércoles, 9 de junio de 2010

Castilla y León--->Guadalajara (México)


Ayer estuve en Valladolid en la presentación del programa de Castilla y León para la Feria del Libro de Guadalajara, en la que este año es Invitado de Honor.

Unos 60 escritores, y 30 o 40 artistas, hemos sido convocados para diversos actos organizados desde la junta autonómica.

En la foto, aparezco al fondo a la izquierda, junto a Ángel Vallecillo y Óscar Esquivias.

Entre los participantes en el evento, que se celebra del 27 de noviembre al 5 de diciembre, estarán también Antonio Gamoneda, Juan Manuel de Prada, Fernando Arrabal, José Antonio González Sainz, Raúl Guerra Garrido y Jesús Ferrero.

Otros nombres, con los que he ido coincidiendo en actos y reportajes varios, y con los que parece que ya formo un pequeño club de escritores relativamente jóvenes de Castilla y León, son los de Alejandro Cuevas, Eduardo Fraile o Ana Isabel Conejo, aparte de Esquivias y Vallecillo.

El acto se celebró en el impresionante Centro Cultural Miguel Delibes. Cerró el encuentro el grupo Celtas Cortos.

Como dijo Camilo José Cela (más o menos): uno no es de ningún sitio impunemente.

Gracias.

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En prensa
La razon / Abc y 2 / El Norte de Castilla / Efe / El País

sábado, 5 de junio de 2010

One hit wonders

Me precio de haber pronunciado la siguiente frase durante una charla literaria: Soy la persona de España que más ha leído literatura que no merece la pena leerse.

Efectivamente, creo que he perdido muchísimo tiempo leyendo a autores que nadie recordará nunca, que nadie conoce, que nadie leyó conmigo, que nadie cree que existen.

Esto no quiere decir que fueran atroces: de hecho algunos me gustaron mucho. Quiere decir que si, como es mi caso, no he leído aún Las suplicantes ni Pablo y Virginia ni Clarissa no debería ponerme a leer a un chaval de 20 años.

Pero pasa que a mí me gusta leer a un chaval de 20 años antes que a Goethe. De hecho me interesa más cualquier bodrio escrito por un autor nuevo que Goethe entero. Es lo que hay.

Al hilo de todos esos libros desconocidos que he leído, comentaba en la charla del otro día la particularidad de algunos autores que nunca volvieron a publicar (según mis fuentes). Nombraré a tres.

Jordi Martín Jurado, y su obra Niños.

Juan Gracia, y su obra Todo da igual.

Bruno Francés, y su obra Carpe diem.

Curiosamente, Niños fue premió Jaén de Novela, y la publicó Debate; Toda da igual la editó Mondadori; y Carpe diem fue premio Ateneo Joven. Quiero decir que no son novelas que no hayan salido de su comarca, geográfica o literaria.

Sin embargo, no conozco a nadie que las conozca. Están bastante bien las tres.

Pensaba el otro día, sobre todo, en Niños. He llegado a la conclusión de que la crítica literaria, incluso las palabras críticas, son completamente absurdas, y que lo único importante es la primera impresión, reseñable en un agradecidamente parco: Me ha gustado, Me ha gustado mucho o Me ha gustado muchísimo, con sus reversos negativos y asimismo magros: No me ha gustado, No me ha gustado nada, Me ha horrorizado.

Con eso vale. Lo demás es palabrería; interesante, pero palabrería.

De hecho, como con las críticas que recibo yo, no soporto leer una reseña en la que, al principio o al final (lo primero que leo de una reseña es la última frase), no afirmen rotundamente si la novela les ha gustado o no. Muchas no lo dicen. ¡Me ponen enfermo!

Y, aparte de la primera impresión, el paladar directo, la primera sangre del gusto, está lo que alguien me ha comentado que se llama "retrogusto". Es decir, pasan los días, vuelves de pronto a pensar en una obra y dices: Sí, sí, sí que era buena. O: Uf, en realidad era malísima.

En eso también creo.

Algunas novelas te engañan un poco en su primera lectura, porque esta se produce al calor de la novedad, con la que uno quiere casi siempre estar de acuerdo. Pero, cuando pasa esa semana de empatía con tu entorno cultural, muchas obras se te revelan de pronto realmente malas, o sosas, o huecas, y les bajas la nota.

El caso es que Niños, de Jordi Martín Jurado (y estoy seguro de que este post va a otorgar al escritor (¿por una novela ya es uno escritor?, ¿para siempre?, ¿por una novela de 1998 también?, ¿caduca el escritor?) su entrada principal en google), en el momento del retro-retro-gusto, me ha parecido muy buena. Tengo un recuerdo estupendísimo de la novela. La leí hace 12 años y aún sé de qué va: eso no me pasa con Rojo y negro.

Niños va de un señor, no sé si el narrador, que fabrica niños. Los fabrica y los tira por la ventana o los manda a robar bancos o a hacer surfing: cosas así. La novela, en pequeños trozos, acumula este tipo de historia perversa, bastante ácida (según mi memoria), y deja claro, es uno de sus leit motiv, que (el narrador) no soporta básicamente dos cosas: las ideologías y a los periodistas.

Creo que, si se publicara ahora, esta novela sería completamente moderna, postmoderna, fragmentaria, anti-realista, anti-patriótica y todo eso que se pide a un joven autor debutante. Dato: Carlos Boyero (y Constantino Bértolo, pero sobre todo Carlos Boyero) estaba en el jurado.

Todo da igual, de Juan Gracia, era una especie de American Psycho madrileño, más inmoral que amoral, y que recuerdo que me incomodó, y que su protagonista me cayó fatal. Ya digo: más inmoral que amoral. Muy cruel.

Carpe diem era una historia del género negro de andar por casa: es decir, ese género negro que sucede en España, que para que te lo creas tiene que ser un poco cutre, sin grandes complots ni retorcimientos en la trama. Ahora que la cito, me viene a la cabeza Los asesinos lentos, de Rafael Balanzá, que leí no hace mucho, y que es también una primera novela que a lo mejor dentro de diez años no recuerda haber leído nadie.

Pues si Los asesinos lentos trata de un tipo que le dice a otro que le va a matar, pero no cuándo, Carpe diem eran unos jóvenes que se iban (al estilo de Fin, de David Monteagudo) a una casa a pegarse un tiro en la cabeza... o no.

Me pareció un libro muy entretenido.

Otros autores que siento a menudo que sólo yo he leído son, por ejemplo, David de Benedicte y José Machado. Ambos tuvieron una primera obra a la que, finalmente, ha seguido una segunda; pero a lo que voy es a que durante bastante tiempo formaron parte de ese rincón Rulfo donde se juntan a callar los escritores que sólo tiraron una vez los dados.

David de Benedicte ganó con Travolta tiene miedo a morir el premio Francisco Umbral de novela, y la verdad es Travolta tiene miedo a morir era una calcomanía lírica del estilo de Umbral, incluso meritoria en su seguidismo.

José Machado, por su parte, publicó A dos ruedas en Alfaguara (nada menos), y, aparte de sacar a Andrés Pajares en su libro, lo puso todo perdido de Ray Loriga, al que A dos ruedas (pienso en Héroes) se parece quizá desmedidamente.

Más recientes, y más cercanos (publica Lengua de trapo), están los nombres de Alberto Ávila Salazar y Pablo Sánchez. (Me acabo de dar cuenta de que no he nombrado a ninguna mujer hasta ahora.) El primero ganó como yo el premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid. Su novela se tituló Todo lo que se ve, y me pareció bastante buena. De hecho no soy capaz ahora mismo de encontrar símiles para su estilo o su historia, supongo que porque Ávila Salazar proviene de lecturas axiales distintas a las mías.

Pablo Sánchez también ganó un premio; el Lengua de Trapo, de hecho. Así a ojo es posible que sea la mejor novela premio Lengua de Trapo de toda la historia del premio. Su libro se tituló Caja negra y su componente autobiográfico y metaliterario era la fuerza motriz de su propuesta. Recuerdo que me gustó mucho su insolencia, su crítica a su ciudad natal (Barcelona) y la burla constante respecto al mundillo literario y cultural.

También leí en su momento (y me he acordado por el paréntesis de más arriba) Muertos o algo peor, de Violeta Hernando. Recuerdo el título del libro, y recuerdo el nombre de la autora: juro que no he buscado en google. Y quizá lo recuerdo porque fue bastante sonado el hecho de que la autora tuviera 17 años (¡o menos!). Lo que sí se me ha olvidado es de qué iba el libro, aunque recuerdo (¡) que la editorial se llamaba Montesinos.

La misma editorial que publicó Los minutos de la basura, de Eloy Fernández Porta, que también leí entonces, cuando nadie sabía que Eloy Fernández Porta iba a resolver posteriormente en el ensayo todos los enigmas de nuestro tiempo. Me interesó mucho este libro, con una contraportada o cuarta de cubierta en la que se sometía al lector a un test para ver si realmente tenía en las manos la novela adecuada, o el libro en las pastas las manos adecuadas.

Con motivo de una entrevista para la televisión que me hicieron con mi primera novela, recuerdo haber conocido a dos autoras primerizas que acudían también a la cita. Una era Berta Vías Mahou, con su novela Leo en la cama. La otra no recuerdo cómo se llamaba, pero sí el título de su libro: La reina de las putas.

Mi memoria no merece medalla en este caso: estamos de acuerdo.

Sólo leí Leo en la cama. Pensaba que Vías Mahou se había arrinconado con Rulfo y compañía pero hace no mucho descubrí que anda publicando cuentos y, sobre todo, traducciones, con la editorial Acantilado (nada menos).

Otra pareja que comparte editorial (y la comparte también conmigo: nada mejor para que alguien lea todo tu catálogo que publicarlo) son (o fueron) Berta Serra Manzanares y Ada Castells. Publicó Anagrama.

Serra Manzanares hizo una primera (creo que era primera) novela muy ambiciosa, ambientada en Estados Unidos: El Oeste más lejano. Me dejó un poco frío, la verdad. Ada Castells escribió El dedo del ángel, una historia de cocina y sodomía, y Menorca monacal o sectaria (había mucha misa en esa parte del libro), que me resultó muy gamberra y provocadora. Ambas autoras han publicado al menos un libro más (con Anagrama también).

Finalmente, he leído hace unos meses Los dueños del ritmo, de José Eduardo Tornay, editado por La Fábrica en esa colección de novelas breves que son más largas que muchas novelas que no van de breves. Está muy bien escrita, no en términos de corrección sino de creatividad expresiva. Su trama socioindustrial nos retrotrae a esa literatura siglo XX en la que siempre parecía que acababan de cerrar una fábrica y levantar un barrio obrero, mientras pasaba un Mercedes Benz por algún sitio.

Ahora mismo acabo de acordarme de María Folguera. También ganó el Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid, pero antes que yo. Su novela Sin juicio vio la luz cuando ella tenía 17 años. Me gustó mucho. La autora anda ahora dedicada al teatro y ha ganado un premio con su drama Hilo debajo del agua. Su alejamiento del género narrativo me parece encausable: creo que tiene un talento destacado dentro de los escritores nacidos en los años 80.

Así a bote pronto no recuerdo más libros que puedan tenerme a mí como único lector a día de hoy, libros olvidados, libros primeros, marginales, simpáticos, irrelevantes. Supongo que siempre hay alguien que se acuerda de un libro.

O no.
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update:

Levantar ciudades, de Lilian Neuman
Tengo palabras de fuego, de Adolfo Muñoz
La matriz y la sombra, de Ana Prieto Nadal

miércoles, 2 de junio de 2010

Sexo editorial

No, en este post no acumularé permutaciones coitales de tipo editor-autor, autor-autor o agente-editor, sino que tiraré del hilo metafórico siguiente: ver la relación autor-editor como una relación de pareja.

Me he dado cuenta de que se parecen mucho. Desde el principio.

En el principio esta el virgo, y el deseo de su destrucción. Desvirgarse es un objetivo a corto plazo: uno tiene unas ganas potentes de follar, de publicar. Ser virgen de la carne o del papel enerva y no deja dormir, desenvaina la envidia (Neruda, envainar la envidia, Canto general) y quita el sueño. Uno puede llegar a desvirgarse con lo primero que pase, o quedar virgen (inédito), o encontrar a la pareja adecuada. O pagar por follar (autoedición).

Periclitada la inocencia, algunos le cogen el gusto y quieren repetir. Pero del mismo modo que dos no discuten si uno no quiere, dos no repiten si uno no quiere. Normalmente el que no quiere en este símil es la editorial.

La editorial es la chica más guapa de la clase, el macho alfa, la estrella del rock y el universo de lo posible. Tiene muchos pretendientes, tantos, que incluso siendo polígama, poliándrica, no da abasto. Puede acostarse contigo una noche y no volver a llamarte. Puede ponerte caliente, leer tu manuscrito, y no volver a llamarte. Puede abandonar el negocio de las sábanas y dedicarse a otra cosa.

En cualquiera de esos supuestos, uno acaba por buscarse otro partener, otro sello, alguien que me quiera. Aunque yo no lo quiera.

Publicar con algunos es como acostarse con algunos: una derrota disimulada. También: un éxito secreto. La persona que no te atrae, tras el sexo, resulta que te atrae, que te trata bien, que te pone. Uno publica un libro por desesperación como echa un polvo por desesperación, y al final la desesperación no era tal, sino una gloriosa carambola.

En tal caso te equiparas a las parejas "normales", a esos escritores que publicaron con la más guapa, el más atractivo, y mantienen durante años una sana vida sexual editorial. Es una situación que también comporta dificultades.

Porque todos queremos notar cada tanto el placer de la conquista.

El binomio autor-editor es una pareja estable que se guarda fidelidad. Algunos editores te dejan que les pongas los cuernos un poquito. Otros no. Y otros, por contra, te quieren mientras eres joven, y enseñan mucho tu foto, tu solapa, a sus amigos, a los medios. Los buenos editores te quieren por lo que llevas dentro, del libro.

Editores buenos hay pocos. (Escritores buenos hay menos.)

Algunos escritores se comportan como asaltacatálogos, y no duermen dos veces con el mismo editor. ¡Se los quieren follar a todos!

Hay otros que a todos sus hijos los llaman Premio.

Y hay algunos escritores que nunca se cansan del sexo, de escribir; pero a veces sienten que publicar, follar, es un acto sucio y perfectamente vulgar. De modo que se dedican a mirar, leer.

Todo es sexo, y apenas literatura.

lunes, 17 de mayo de 2010

Del año de "El estatus"

Un amable escritor al que no conozco en persona me escribió no hace mucho un mail. En él me informaba de que, durante un viaje en AVE, había escuchado en Radio Renfe una pieza dedicada a El estatus. "Aunque seas a veces un poco cascarrabias", concluía, "tengo la impresión de que, en el fondo, estas cosas te hacen cierta ilusión."

Me la hacen, como es lógico. Sobre todo, como sucede con El estatus, cuando la novela lleva publicada un año, y ha recibido atención sostenida hasta el día de hoy.

Esta atención ha sido sumamente positiva. Dentro del arco mediático al que puedo acceder, o al que estoy acostumbrado a acceder, la novela de Clara madre y Clara hija ha aparecido en más medios, revistas y blogs que cualquiera mía anterior; también ha recibido críticas más entusiastas. Por otro lado, el entorno crítico no mediático (amigos, lectores anónimos) me ha hecho llegar su satisfacción, goce, interés o respeto por la obra en modo y número claramente superiores a los vistos por mí en libros precedentes. El premio Ojo Crítico que recibió El estatus en noviembre de 2009 constituye además una sanción muy apreciable de la calidad literaria de la novela. Finalmente, parece que la van a traducir al portugués.

Digo todo esto porque El estatus lo escribí en 2004.

Desde 1996 (A bordo del naufragio) he escrito una novela al año.En 1997 escribí Así de loco te puedes volver. En 1998, escribí otra; en 1999, otra; en el año 2000, otra; en el 2001...

Esto da cierta idea, por un lado, de la constancia de mi propósito creativo, y, por otro, de los rechazos editoriales que debo haber sufrido. Curiosamente, desde que volví a publicar, en 2006, me he visto liberado, o simplemente sin inspiración, para continuar con la rutina de escribir una novela al año. Lo último que he escrito de largo alcance fue la serie de los ceros y los unos que apareció en este blog entre el 1 de diciembre de 2008 y el 13 de febrero de 2009.

Ahora no estoy escribiendo nada, como suele decirse cuando se está escribiendo algo.

Resulta tierno echar la vista atrás y darse cuenta, en cierto sentido, de la generosidad de mi propia vocación. Debido a la inocencia, a la falta de experiencia y hasta, quizá, de seguridad en mí mismo, nunca he movido agotadoramente un manuscrito. De hecho, casi todas las novelas que me han publicado me las ha publicado el primer o segundo sello al que se las he enviado. En cuanto recibía más de dos o tres rechazos (y entre ellos cuento el rechazo bufo de no ganar un premio) decidía guardar la novela y ponerme a escribir otra. Si "bien está lo que bien acaba", y no es acabar mal haber publicado 4 novelas en Lengua de Trapo, no deja de ser jugoso reflexionar sobre qué hubiera sucedido si alguna de esas novelas mías aún inéditas se hubiera beneficiado de una mayor diligencia postal por mi parte y hubiera acabado publicada a mitad de camino, en ese "desierto de lo inédito" que figura entre mi debut con Anagrama y mi maduración con Lengua de Trapo.

Estos días, he abierto el archivo DSALP, la novela que escribí en 1999, con 24 años. Se trata de un texto de 66.000 palabras, dispuesto en un sólo párrafo. Leer lo que yo escribía hace la friolera (perdón por el cliché) de 12 años está resultando demoledor. La rabia, la ambición, la increíble falta de modestia, la brutalidad de los pasajes ahí recreados y, sobre todo, la inadmisible riqueza de vocabulario de aquel joven me acogotan un poco. Siente uno algo parecido, frente a sí mismo hace 12 años, que ante algún veinteañero actual que debuta dando la impresión de saberlo todo, o, al menos, mucho más que tú.

Hay algunas palabras en DSALP que no sé qué significan.

Esta perspectiva del tiempo es muy grata, porque si con una obra que ha concluido uno apenas hace unos meses se siente siempre la sospecha de estar leyéndola, revisándola, con cierta manga ancha, connivencia estética y simpatía, con lo escrito hace más de uno o dos años, la lectura es absolutamente objetiva, y la satisfacción muy grande, cuando uno acaba el libro y vuelve a la portada y ve que el autor es uno mismo.

La historia de El estatus es la siguiente. La escribí, como digo más arriba, en 2004, en Japón. Tardé ocho meses, un tiempo superior, aún hoy, al de la escritura de cualquiera de mis otros libros. Como todas mis novelas hasta El talento de los demás, su redacción fue llevada a cabo bajo la premisa: ¿último intento? Este nuevo empeño, sin embargo, conllevó un propósito novedoso: voy a hacer una novela impecable. Esto quería decir que no iba a hablar de mí, que no me iba a divertir en la composición, que no iba a incluir pasajes presentistas ni biográficos, que iba a ser, por una vez, profesional.

Su escritura fue la más ardua que recuerdo porque, como dice Normal Mailer, "estaba escribiendo en contra de mi propia vocación". No me interesaba la historia, no disfrutaba con el estilo y no sabía por qué estaba escribiendo eso. No me llama la atención crear personajes, ni contar historias en términos de planteamiento-nudo-desenlace; mi vocación pendula entre dos extremos: la metáfora y la idea. Me gusta hallar expresiones como "el cuerpo polémico de la adolescencia" (Tatami) e ideas como "todos tenemos talento, pero sólo unos pocos consiguen saber en qué" (El talento). Lo único que me interesa de la literatura es la música.

El estatus volvió mi pasión una profesión, y yo no quiero ser un escritor profesional, un trabajador, sino un niño que gana dinero con sus juegos. Ser escritor, pensaba, pienso, es dilatar la inmadurez por medio del arte, porque si de currar se trata, siempre es más rentable y más fácil hacerse albañil o dentista, ir a una oficina, esas cosas.

Pero por entonces mis juegos de niño que escribe no parecían tener mucho futuro. Así que El estatus.

Cuando acabé la novela, la leí. No recuerdo si me gustó o no. Se la envié por mail a una amiga en España, y también a un reciente amigo, en Argentina. Mi amiga la leyó entera y me dio su impresión: no le había gustado mucho; era demasiado fría. Le gustaba el final, era muy original, pero el conjunto le resultaba poco apasionado, falto de vida. El otro lector me dijo que no había pasado de la página 26, que por qué estaba ambientada en Austria (o donde sea, Alberto), que le aburría enormemente.

Consideré que había sido castigado, precisamente, por traicionar mi vocación, por escribir sin divertirme. Aún así, envié la novela a dos editoriales. Podría dar los nombres pero siento que quizá resulte algo recriminatorio citarlas, cuando en realidad no tengo especial resentimiento por su proceder de entonces. Una editorial me contestó: rechazo. La otra ni siquiera dio respuesta a mi envío.

Así que ahí acabó la vida de El estatus. Empecé a escribir El talento de los demás.

Cuatro años más tarde, ya publicadas Trenes hacia Tokio y El talento de los demás, me vi cara a cara con el editor que nunca contestó a mi envío. Como parecía simpatizar conmigo, saqué a colación, a modo de anécdota, que una vez le envié algo y que no me hizo ni caso. Quería levantar ese secreto porque, pensaba, si por curiosidad o prevención el editor hurgaba en sus archivos, en sus mails, y veía mi nombre, y constataba su desatención hacia mi manuscrito años ha, podía pensar que yo le tenía guardada una, que albergaba una heridita, que no era todo transparente.

Por motivos casi genéticos, me gusta que todo sea transparente.

El editor me preguntó por el título de mi manuscrito. Se lo dije. Luego me pidió leerlo.

Rebusqué en archivos y mails y encontré Elestatus.doc. Se lo envié. Lo leyó en un tiempo considerablemente breve y me propuso publicarlo. Yo estaba encantado de publicar con este editor, seguramente el mejor editor de España; sin duda, el personaje en funciones ejecutivas más inteligente, independiente y encantador de toda la industria literaria nacional.

Como digo, no soy muy hábil, nunca lo fui, en mis relaciones con editores. Me vi entonces en una situación donde a buen seguro me hubiera venido bien una agente, es decir, una persona lista. La situación era: mi actual editorial quería también El estatus. Así que tenía que decidirme.

El resultado puede verse en la librería. El editor que no la publicó dijo: "Soy demasiado mayor para andar metiéndome en tonterías de le publicas tú le publico yo". No dijo eso exactamente, dijo algo parecido. (A este editor le molesta mucho que pongan palabras imprecisas en su boca.)

También dijo, y esto es casi literal: "Estoy seguro de que El estatus va a tener una buena acogida." Puede considerarse que acertó.

¿Cuándo releí yo El estatus? Estaba tan inseguro sobre esta obra "antigua" que esperé hasta el último momento, hasta las galeradas de Lengua de Trapo. Recuerdo que, en una fiesta, alguien me preguntó si iba a publicar algo nuevo. Le dije que iba a publicar un libro llamado El estatus, y añadí: "Es una puta mierda".

Lo pensaba realmente. Rechazo de una editorial, silencio de otra; una amiga que no le gusta, un amigo que ni siquiera es capaz de acabársela... Además, apenas recordaba de qué iba, ni cómo era su estilo ni qué quise decir con ella. El hecho de que dos editoriales hubieran pujado por el manuscrito (pujado, no tanto) no me daba ninguna seguridad.

Como todos los buenos escritores, soy una persona insegura.

Finalmente, me llegó el pdf de El estatus, editado con el primor que Fernando Varela siempre pone en mis libros. Lo leí.

Del mismo modo que he sido sincero con lo que le dije a un señor en una fiesta sobre El estatus, lo seré con lo que le dije a Fernando Valera cuando acabé de leer El estatus. Le llamé por teléfono: "Fernando, es una puta obra maestra."

"Me has hecho padre", contestó.

Hablar de la propia obra, en estos términos, es indecoroso, soy consciente. Es curioso, y lo digo sin ironía, que El estatus, escrito por cualquier otro autor, sería la típica obra que no me interesaría nada. Una historia de madre e hija en casa solitaria donde hay algo así como fantasmas. ¡Qué coñazo! ¡Qué tópico! Si no fuera mía, sólo hubiera caído en la tentación de leerla al hilo de algún post que hubiera encontrado hablando bien de ella, y del premio Ojo Crítico, al que siempre estoy atento (los he leído casi todos).

Pero, ya leído, en este caso, por obligación (no podía publicar algo sin saber siquiera de qué iba), me resultó admirable. ¡Sé que es patético que lo diga! Como con DSALP (1999), me sorprendió ver lo bien que escribía yo antes.

También uno mira fotos antiguas y se sorprende de lo guapo que era... antes.

Ahora se cumple un año de su publicación, y he querido celebrarlo dejando por escrito, para mí mismo, los avatares de su llegada a puerto editorial.

Entiendo también que a algunas personas este relato puede servirles de estímulo.

Todo llega.

martes, 4 de mayo de 2010

Mark and the market

Hace tiempo ubiqué en el margen de este blog la letra de una canción de Eels, titulada Agony. Traducida al castellano, decía algo tan sombrío como esto: ¿Voy a estar bien? No, no voy a estar bien. Nada está bien ahora. No decía mucho más la letra, sólo veo edad, rabia y angustia, no parecía necesario decir mucho más.

Mark Oliver Everett, alma y voz de Eels, ha escrito una autobiografía bajo el título Cosas que los nietos deberían saber, y en ella da cuenta de una existencia jalonada por las muertes y los discos, que son como vidas creadas para no morir y sólo dar vueltas hasta la eternidad. A mí me gustan mucho.

Recuerdo que un amigo, hace muchos años, me habló de la pose de Mark Oliver Everett: va de perdedor, se hace el acabado, es un agonías...

Supongo que este amigo no sabía, como yo tampoco lo sabía, que Mark Everett era el último miembro de su familia, tras el suicidio de su hermana, y la muerte de sus padres, él de forma prematura, ella de cáncer, modalidad quimiotenebrosa. Tampoco sabríamos ninguno que una prima de Mark Oliver Everett murió en accidente de avión (para ser más espectaculares: el avión del 11 de septiembre que se estrelló contra el Pentágono; su marido iba con ella), ni que un miembro de la banda fue encontrado muerto en el hotel, cuando estaban de gira. Además, diversas caseras, amigos, vecinos y conocidos laborales del cantante de Eels han ido muriendo casi a sus pies, con puntualidad estudiada, como si una funeraria le pidiera a Mark muertos al mismo ritmo que la discográfica le pide los discos.

La vida de E., como se hace llamar (también Milkyman), ha dado para muchas canciones, y no son buenas porque al hablar de hermanas muertas tenga efectivamente una hermana muerta, sino porque son buenas. Porque Mark es un gran artista. Que además lo parezca, y que ese parecerlo pueda confundirse con algún tipo de pose, es inevitable en un mundo donde tantos creadores entienden que sus coetáneos son todos imbéciles y que pueden colarles sus patéticos productos culturales (libros, discos, pintura, películas) si los envuelven con el celofán falso de una personalidad borderline.

Mark es así, y en su autobiografía no traza el retrato de una estrella de la música alternativa, sino el de una persona sin glamour, sin caprichos, sin altanería. Por ello, nos ofrece una visión tan realista sobre dar conciertos como esta: "sufro constantemente catarros de tanto sudar en el escenario y pelarme de frío en el autobús", "me paso medio año ronco y pierdo registro y potencia vocal".

Porque no en vano, su imagen de la auténtica estrella de la música difiere considerablemente de la que se proyecta desde los medios de comunicación: "Lo que me encanta de John Lennon (y de Elvis Prestley, ya que estamos) es que era gente muy insegura, y eso para mí es lo que los hace artistas absolutamente humanos. (...) Pon cualquier disco de Elvis, incluso uno de los peores (especialmente uno de los peores) y oirás cómo cada inflexión rezuma inseguridad. Eso es algo que los artistas de hoy ya no transmiten. Están ocupadísimos dándoselas de duros."

De duros, de modernos, de torturados, de punks, de...

Mark Oliver vivió en Virginia hasta los 18 años. Después fue a Los Ángeles, donde desempeñó numerosos oficios miserables. Su oportunidad le llegó cuando conoció a un productor y le puso en la mano una cinta de casette de esas que llevaba siempre consigo con su trabajo dentro. El productor le sacó un par de discos, firmados como Mark Oliver Everett. Después surgió el proyecto Eels y su primer disco, Beautiful Freaks, alcanzó los primeros puestos en las listas independientes y fue el niño mimado de la MTV. Mark descubrió el éxito absoluto. Hablamos de los años 90, cuando todavía alguien se creía que "alternativo" era "alternativo" y bandas como Nirvana zozobraban en la contradicción de estar contra el sistema siendo millonarios y apareciendo en portadas de Rolling Stone.

Mark tardó algo más en ver las ruedas dentadas del sistema. Su segundo disco con Eels, Electroshock blues, fue muy bien recibido por los ejecutivos de su discográfica, y sólo con el siguiente trabajo, Daisies of the galaxy, tuvo que enfrentarse al dilema moral, que es de lo que va todo este post.

Si antes, con Novocaine for the soul, había resultado vagamente excéntrico por negarse a que esa canción acompañara un spot de Volkswagen, ahora ese tipo de remilgos contra el mercado se veían como una sandez y un escollo para seguir contando con él en cualquier discográfica. Mark estaba en esto por la música; los demás, por la pasta.

Daisies of the galaxy era poco comercial, así que pensaron en vitaminarla con un single nuevo de E. que era más marchoso. Mark se esforzó en reescribir su disco, pero la canción no encajaba de ninguna manera. Aceptó finalmente ponerla como bonus track, pero con diez segundos de silencio entre el bonus track y el último corte del disco; después llamó por teléfono para pedir que fueron 20 segundos de silencio entre su disco y la caja registradora.

Al mismo tiempo, ese single marchoso resultó ideal para los productores de una película sobre univesitarios zumbados, y propusieron incorporarla a la banda sonora del filme y hacer además un videoclip en el que saldría el propio E. Mark se negó. La discográfica le amenazó con que su carrera musical acabaría ahí mismo si no aceptaba, de modo que el cantante de Eels se vio haciendo el payaso en la pista principal del capitalismo, justo al lado de los leones.

"Sé que no era lo que quería hacer como artista en aquel momento y es algo de lo que todavía me arrepiento."

Eels no renegaba de ganar dinero vendiendo sus canciones a los productos audiovisuales que normalmente emplean este tipo de absorción del talento ajeno, como el cine. Pero Mark quería que su canción fuera sonido de algo serio, como American Beauty o El final de la violencia. Sin embargo, en sus propias palabras, "había empezado a aportar canciones a cualquier película en la que apareciese un monstruo verde." Como El grinch.

Para su siguiente disco, Mark conoció el infierno más temido por un artista: que no te dejen serlo. Nadie quería editar Souljacker. "Me fui reuniendo con diferentes managers para supervisar la publicación del disco". No fue bien. "Creí que me volvería loco. (...) Después de perder a mi familia, la música era para mí más importante que nunca. Era ahora mi familia. Había puesto mi vida entera en ella."

Aquí conviene reflexionar sobre cómo un artista que con su primer disco como Eels logró el éxito absoluto y, por tanto, hacer ganar dinero a varios cientos de personas (quizá miles: conciertos, películas, discográfica), estaba ahora a punto de ver negado su derecho fundamental de crear porque lo que ahora creaba no iba a dar, no dinero, sino tanto dinero como antes. Me irrita considerablemente la falta de respeto que puede llegar a tenerse por las pesonas que han conseguido concluir (y, por tanto, legar) una obra buena alguna vez en sus vidas.

"Para entonces, las cosas estaban tan jodidas en el negocio de la música que un artista de los grandes como Johnny Cash tenía que grabar versiones de canciones de jovenzuelos de moda para tener algún tipo de relevancia y atraer a nuevos oyentes."

Finalmente, Souljacker vio la luz. Y el resultado fue irónico: "La revista Time lo escogió como el mejor disco de rock del año hasta la fecha. (...) Me sentí muy bien (...) y eso sin contar la cantidad de veces que nos han levantado la portada del disco en otras portadas, e incluso en un videojuego muy popular. Vamos, que me da igual. A tomar todos por culo."

Blinking lights and other revelations costó aún más esfuerzo verlo publicado. Después, Shootenanny! y sus siguientes LPs aparecieron (es mi impresión) con muchísima menos publicidad que los anteriores. A día de hoy, en España, Eels goza de cierta popularidad recalentada, gracias, entre otras cosas, a la publicación de este libro.

Como es lógico suponer, he proyectado constantemente mi propio panorama creativo sobre la experiencia, mucho más amplia en todos los sentidos, de Mark Oliver Everett. Un libro como un disco, un escritor como un cantante, una editorial como una discográfica. Ahora resulta cada vez más habitual ver a los escritores como estrellas de la música, con su look, su pose, su videoclip y su leyenda espuria. Sin duda, eso favorece las ventas, y, por tanto, las editoriales verán con buenos ojos a todo autor que aporte, con su manuscrito, un buen puñado de ideas promocionales.

No me inspira demasiada confianza la obra de un autor que, paralelamente, tiene que pensar también en qué hacer para que esa obra se venda. Desde luego, yo soy incapaz de alcanzar esa condición de pluriempleado, y admiraré a quien, haciéndolo todo, lo haga todo bien, sobre todo su novela. Sin embargo, no hay forma humana de que yo algún día me dedique a tareas que no atañen directamente a la escritura, lo cual no significa que mis novelas vayan a ser mejores, como creo que estoy dejando claro.

Es una cuestión identitaria. Como canta el propio Mark: "No salgo mucho de casa, no me gusta estar rodeado de gente, me pone nervioso, me hace sentir raro, no me gusta ir a espectáculos tampoco, es mejor que me quede en casa, hay quien piensa que eso significa que odio a la gente, pero no es del todo cierto."

Por eso nunca entenderé la admiración hacia J.D. Salinger por parte de algunos autores que, al contrario que Jerome David, quieren salir en todas las fotos. A no ser que lo que en verdad admiren de Salinger no sea su apuesta por vivir una vida normal, lejos de los medios (es absurdo entender esto como "reclusión" o "vida de incógnito": las cajeras de los supermercados, los conductores de autobús, los ofinistas también viven de incógnito), sino su imagen de marca, verdaderamente exitosa si lo pensamos un poco.

"Uno de mis pasatiempos favoritos consiste en imaginar cuánto tiempo pasará entre que muera y encuentren mi cuerpo."

No mucho, espero.

domingo, 4 de abril de 2010

The Wire, apuntada

La conversación es la televisión por otros medios: así podemos empezar este post. Tuve un momento de darwinismo tentativo en el que pensé que mi alejamiento de la televisión podría acabar adscribiéndome a una raza nueva y afásica, particular e incomunicada, cerebralmente detenida, intelectualmente en marcha hacia un paradigma cuyos referentes no podrían compartirse y dentro de la cual los referentes mediáticos no podrían entenderse, en una involución pausada hacia mi propia caverna cultural, con bisontes que iría pintando yo mismo y fuegos que inventaría, ante el asombro ajeno por el salvaje que ignora el alfabeto de la modernidad.

Pues me equivocaba. La cultura popular no es la televisión, sino la conversación sobre la televisión. Uno puede mirar para otro lado cuando emiten Muchachada Nui, Los Soprano o el nuevo spot de Ikea, pero no puede apagar una charla, cambiar de canal una voz o poner el dvd dentro del cráneo de un congénere, cuando ese congénere está troquelando nuestra virginal ignorancia con la estampa pop.

El troquel cultural último (por seguir con la familia léxica) lo encontramos en las series de televisión. Sin haber visto ninguna, sé que existen The Soprano, The Wire, MadMen, Lost, FlashForward, una que va de cirujanos cocainómanos libidinosos, otra en la que Gabriel Byrne ejerce de psicólogo, otra con un ninja (Águila Roja) y House. También sé que ha muerto David Mills, guionista de The Wire, mientras preparaba una nueva serie de televisión, ambientada en el Nueva Orleans posterior al paso del huracán Katrina por sus calles y sus llantos.

Como persona enchufada (wired) durante toda la infancia y la adolescencia, y buena parte de la postadolescencia, he visto muchas series de televisión. Las series de humor, para todos los públicos, como Cheers, Juzgado de guardia o Roxanne; las series de entretenimiento juvenil, como El equipo A, El gran héroe americano y El coche fantástico. Las series de adultos, como Canción triste de Hill Street, Doctor en Alaska o La ley de Los Ángeles. A lo mejor no me perdía ningún episodio, pero nunca consideré que aquello tuviera más valor que el de hacerle a uno pasar el rato, pegar adhesivos en la carpeta escolar y servir de asidero a una nostalgia por venir, que efectivamente vino.

Sin embargo, las series de televisión de nuestros días han alcanzado un status espectacular, no tanto por su éxito y su presencia en cualquier conversación sostenida en la ciudad desde la mañana a la noche, sino por el certificado de calidad artística que han recibido de críticos y escritores, que al parecer también son adictos a estos productos de entretenimiento, a los que elevan a la categoría de "el mejor cine que se hace hoy en día".

El primer intento de ponerme al tanto con este asunto fue hace un año. Alguien me dijo que, de ver alguna serie, tenía que ser The Sopranos, "las demás no valen nada en comparación". Así que me saqué de Diurno (c/ Libertad, Madrid) un dvd que ponía The Sopranos, 1 y lo vi. Me pareció cutre, aburrido, tópico y torpe. No pasé del primer capítulo.

Por suerte.

Si hay algo que me repele de ponerme a ver una serie de televisión, es ese ancho mar de los Sargazos que, en olas de tiempo, tiene uno que atravesar. Creo que una vida viendo la tele durante 300 horas es una vida muy triste. Cuando miro todos los libros que he leído, no pienso que dejé entre sus páginas días que bien podría haber utilizado en cualquier otra cosa. Pero si imagino un montón de metro y medio de alto con todos los cofres de todas las series que tiene uno que ver, y pienso que en efecto las he visto, me invade una premonitoria sensación de existencia patética, de vida unidireccional y de sofás recalentados.

Las chicas solteras pasan las tardes de los domingos viendo Lost.

Las parejas en agraz ven juntos The Wire. Las parejas estables ven juntos The Soprano. Las parejas en crisis no ven ninguna serie juntos: eso también es verdad.

Así que yo he visto The Wired, con apuntadora.

La figura de la apuntadora ha sido fundamental para verme la primera, así llamada, temporada de The Wire. Sólo no hubiera podido. Hace tiempo que veo las películas a cámara rápida, por lo que, daños cerebrales aparte, he perdido capacidad para entender las tramas y prever giros argumentales. También con las novelas me cuesta enterarme de lo que pasa, como he podido comprobar no hace mucho con una manuscrito amigo:

-¿Y qué te parece que Rosa sea la que envenena los mazapanes?
-Ah, ¿era Rosa?

En el visionado de The Wire, lo admito, mi apuntadora ha tenido que contestar, con premura y exactitud, a dos preguntas reiterativas: a)Este, ¿quién es? y b)¿Dónde estamos?

De modo que pido disculpas si mis referencias al argumento de The Wire están llenas de errores y de omisiones. Ahora voy a contar el argumento (como todo el mundo ha visto la serie, me permito comentarla hasta sus más insospechados desenlaces).

Estamos en Baltimore. Un policía llamado McNulty tiene tres contactos influyentes: el Juez, el agente del FBI y la Fiscal. Todo comienza cuando McNulty pone al juez sobre la pista de un tal Avon, traficante de drogas a gran escala. El juez ordena una investigación que dura 13 capítulos.

La investigación sigue este derrotero: policías blancos y negros persiguen a traficantes negros; pinchan sus bípers (buscas) y los teléfonos públicos de "los bloques" (bastante parecidos a los del barrio donde vivo); detienen a alguien de vez en cuando; suman causas de asesinato a la causa matriz del narcotráfico; en el bando delincuente se suceden las vendettas, las estrategias comerciales y las ansias de medrar; en el bando policial se suceden las pesquisas, las disputas políticas y las ansias de medrar. Aparece a menudo la vida privada de policías y delincuentes, conectados unos con otros, en su día a día, por drogadictos informantes y por ciudadanos testigos en los juicios. No sale ningún animal doméstico, creo.

La policía protagonista es negra y lesbiana, y sale con otra mujer negra. Son plenamente felices. El gangster solitario Omar también es negro y gay, y sale con un "muchacho" blanco al que matan los sicarios de Avon. McNulty está divorciado y se lleva muy mal con su ex mujer, mientras que vive un romance tenso y conflictivo con la Fiscal. Los negros delincuentes son extraordinariamente obscenos y tratan a las mujeres como putas (aunque en algunos casos lo son profesionalmente). Las escenas de sexo de la serie se reducen a los revolcones de McNulty con la susodicha fiscal, y los besos de Omar a su muchacho y de la policía a su novia.

Violencia hay más. Muere mucha gente aunque se ven pocos tiros. Casi todos los muertos aparecen ya muertos, con la bala dentro. Hay dos cimas violentas en la serie: el "muchacho" de Omar aparece sobre el capó de un coche, semidesnudo, con un ojo derretido y negro y el cuerpo lleno de laceraciones y verdugones. La otra: unos adolescentes (15 años, o así) disparan a sangre fría, cara a cara, un tiro cada uno, a un chaval más joven (13 años, más o menos).

En general, la imagen que uno se lleva de los delincuentes es que la sociedad los ha hecho así; y de los policías, que casi todos son honrados, con breves instantes de corrupción. La serie termina en un juicio de causa masiva que decapita la organización de Avon y encarcela a muchos de sus lugartenientes y soldados rasos, aunque el segundo de a bordo, Stringer Bell, favorito de la audiencia femenina, sale libre de toda culpa y puede reorganizar el tráfico de drogas.

Mi opinión contundente sobre este producto televisivo es que resulta ridículo equipararlo a cualquier gran obra cinematográfica, no ya clásica, sino de nuestros días. Me gusta más Infiltrados, me gusta más La noche es nuestra; prefiero Caché, prefiero El secreto de sus ojos; me acuerdo más de esas películas, vistas hace tiempo, que de The Wire, visto ayer.

O acabado de ver ayer, habría que apuntar. También es reseñable el hecho de que, si hubiera tratado de ver la serie solo, la hubiera dejado en el capítulo 4, muy flojo, o en el capítulo 5, muy flojo, de haberle dado una segunda oportunidad. En los capítulos 6, 7, 8, 9 (los mejores de la serie, opino) la cosa mejoró tanto que el tramo final, 10, 11, 12, 13 lo vi bajo el influjo de eso llamado "enganche", es decir, la empatía con una emoción que debe ser acompañada.

Desde el punto de vista de los elementos técnicos, de la química de la narración, encuentro dos virtudes en la serie. Por un lado, dar cancha a un factor realista que a menudo se hurta en las historias que nos cuentan, a saber: la gestión. Me gusta ver cómo la policía no va a por los "ladrones" de manera directa, sino por el sinuoso sendero de formularios, papeles, intereses y presiones de egoísmo laboral, lo que en la serie se define a menudo como "chain of comand". El otro, también de estirpe realista, es la cantidad de detalles verosímiles que apuntalan el argumento, desde los trucos para pasar billetes falsos a los camellos al hecho de que si uno vive entre drogas que vienen en cápsulas de cristal las suelas de sus zapatillas deben alojar incrustaciones de vidrio. Está todo muy bien visto.

Sin embargo, tanto la fotografía, como la planificación, la iluminación y el montaje son acaso pedestres. La puesta en escena es claramente ocasional. Se utiliza muy bien la elipsis, aunque a veces parece que la escena X no está incluida porque no cabía, no por sabiduría elusiva. Algunas escenas de vida privada de los personajes son tediosas, y la "temporada" en su conjunto no presenta una estructura manifiestamente sopesada, simétrica o equilibrada.

El material era muy bueno, claro, lo que se hace más relevante al comparar forma y contenido, la primera bastante desmañada, el segundo muy jugoso.

No hallo, y es mi principal objeción en este asunto, una diferencia de grado entre The Wire (la sensación que tengo después de verla) y Canción triste de Hill Street o Doctor en Alaska (la sensación que me queda después de los años). Todas estas series son televisión, es decir, un producto de su tiempo, perecedero más allá del cofre de la nostalgia.

No estoy muy interesado en ver las siguientes "temporadas" de The Wire. Ni serie alguna salvo The Sopranos.

En todo caso, ver series de televisión no es algo que haría solo, sin alguien que me conteste a las preguntas quién es este y dónde estamos; porque entonces las preguntas serían: quién soy yo y dónde estoy, y en el sofá estaría mi fin, y no habría comienzo. Ni voz.