"Ms Info: el 8/11 acaba el plazo de identificación Ley 25/07. Si no se identifica antes se cortará su línea. Por favor acuda a una tienda movistar a identificarse."
estatus.(Del ingl. status, y este del lat. status, estado, condición).
1. m. Posición que una persona ocupa en la sociedad o dentro de un grupo social.
2. m.Situación relativa de algo dentro de un determinado marco de referencia. El estatus de un concepto dentro de una teoría.
© Real Academia Española – 22ª edición
Hoy publican en Tiempo un reportaje sobre blogs en el que incluyen este mismo blog, mi libro Trenes hacia Tokio y el volumen Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder. Aparición estelar para David Capón (Supercrisis), que me escribe este modesto sms: "Y quién es el vilamatas ese, y el reig? Gente que empieza, supongo."El recorrido por la anécdota de El estatus da una sencilla peripecia de base costumbrista. Clara y Clarita, madre e hija, se han desplazado de su villa en el campo a una mansión en la ciudad para esperar el regreso del marido y padre que se halla en unas lejanas islas (todo ello innominado e inconcreto). El familiar ha encargado a un agente que les proporcione residencia y criada. Un mudo, portero de la casa, establece estrecha complicidad con Clarita. Se trata, sin embargo, de una simple apariencia realista porque esa trama de estricto minimalismo se convierte en una sorprendente fábula de difícil clasificación que participa de la alegoría y se llena de elementos inventivos, sensaciones misteriosas, materia irracional y componentes visionarios.
Este impreciso registro pertenece a la vaga categoría de lo fantástico y supone un paso adelante en la poética de su autor, el segoviano Alberto Olmos (1975), un personal narrador que se mueve en el ámbito de presentar aspectos recónditos de la existencia mostrados con una cara cotidiana que se desliza con sutil habilidad hacia el territorio del irracionalismo. Evocar para este enfoque a Beckett, como hace la cubierta, no está mal, pero no agota la filiación de El estatus, que también recuerda la incomprensibilidad del mundo kafkiana, la tendencia a la abstracción del simbolismo, la indagación en el misterio de los relatos góticos y el descenso a los arcanos de la mente del surrealismo.
Todos esto anda en el fondo de la escritura de Olmos como fuente nutritiva y no como deuda. El autor acude a ellos porque le valen para su mirada negativa de una realidad en la que se entretejen complejas relaciones de fuerza y poder entre las personas. El título alude a la actitud de extremo clasismo social de Clara pero se dispara hasta los vínculos de dominio encarnados en los personajes, entre quienes, además, existen nexos muy retorcidos que el lector descubre con asombro y que constituyen un aliciente de intriga en un relato en apariencia de hechos corrientes.
La anécdota resumida se convierte en una suma de datos inquietante que busca actuar como revulsivo del lector. Llevarlo al terreno del misterio y la paradoja es la meta del autor y lo consigue con un relato fuertemente abstracto, fuera de espacio y de tiempo identificables. Olmos prefiere lo sugerido a lo evidente, incluso la inconcreción temática a la exactitud de un asunto preciso. Esta postura comporta el riesgo de que el lector (hablo, al menos, por mí) se pierda algo en la identificación de los motivos. Es el reto de este tipo de literatura elusiva.Olmos no ofrece un libro ni fácil ni de comprensión sencilla y directa, pero merece la pena arriesgarse en su lectura por una doble razón. Una, por su forma basada en una estructura narrativa sin rasgos muy espectaculares pero verdaderamente novedosa. La alternancia de los sucesos en varios planos (un presente que enjuicia los hechos del pasado) y la técnica perspectivista (a lo anterior se suman otros puntos de vista más) revelan una planificación tan esmerada como eficaz. Otra, por las desasosegantes incitaciones intelectuales que despierta.
El estatus revalida el empeño original de un escritor que entiende la novela como una forma de conocimiento, lo cual exige el reto de superar las manidas formas del realismo convencional.
Santos SANZ VILLANUEVA


Otra vuelta de tuerca. El estatus. Alberto Olmos.
La nueva novela de Alberto Olmos tiene todos los ingredientes de una convencional narración de misterio. La protagonizan dos mujeres solas, madre e hija, que pasan a habitar un territorio que, para ellas, es inhóspito: el primer piso de Schmelgelme 34, donde aguardan la llegada del marido y padre. Han cambiado su cómoda villa campestre, repleta de criados, por ese retazo urbano y una criada inexperta y deslenguada, indiferente ante las diferencias de clase entre ella y su señora, que sin embargo las tiene muy bien presentes. La hija, Clarita, que está en la edad de las primeras menstruaciones, traba una peregrina amistad con el no menos extraño portero del inmueble, Jesualdo, un gigante discapacitado cuyas inclinaciones se hacen pronto evidentes. Junto a las nuevas inquilinas y su criada, parece ser el único habitante del edificio, en el que sin embargo pronto comienzan a suceder episodios inexplicables.
La apariencia de convencionalidad se disipa pronto. En seguida aparecen dos voces junto a la del narrador: la de las protagonistas, que dialogan desde algún lugar fuera del tiempo, y la del portero, un monólogo interior –recurso que emplea profusamente el autor, especialmente hacia el final del volumen– que evoca al Benjy Compson de Faulkner. Olmos hace, en cada uno de sus proyectos, algo nuevo, pero dentro de sus coordenadas narrativas y estéticas. Aquí emplea esos ingredientes del relato de fantasmas para cocinar un guiso que, conservando la atmósfera inquietante, da una vuelta de tuerca al género, explora la soledad que aqueja a unos personajes que, por mor de su estatus, permanecen aislados, incomunicados, aun madre e hija: “admitámoslo, en nuestra familia nunca ha sido costumbre quererse” (pág. 108). La desolación del edificio, que se va revelando por las excursiones de Clarita –un edificio que “por fuera es un palacio, pero por dentro es la ruina total”– es la extensión física de la propia desolación y descomposición emocional de los personajes. El ordenado piso que habitan no deja de ser un decorado que terminará por ser engullido por la nada circundante.
La novela tiene ese aire de la gran narrativa centroeuropea de principios del siglo XX y hace gala de una complejidad constructiva que, sin embargo, esconde sus andamios, ofreciendo un aspecto pulido, acabado. Es la mejor novela de Olmos hasta ahora, que redunda en sus mejores cualidades, a las que ya se hizo referencia en anteriores ocasiones, perfeccionándose en una progresión casi ininterrumpida que llena de expectación a quienes disfrutamos de su escritura.

Si la anterior novela de Alberto Olmos, Tatami, trascurría en el espacio cerrado de un avión y con el tiempo limitado a las horas de un vuelo Madrid- Tokio, en El estatus el espacio se reduce a un edificio de cuatro plantas, del que, durante las escasas semanas que ocupa el tiempo de la narración, sus protagonistas principales no franquearán las puertas.
Este sábado 18 me voy al Festival de Música del desierto de Los Monegros (Huesca) al volante de un automóvil de unos 25 años de antigüedad. Mi acompañante ya está buscando gafas de sol baratas, a ser posible de montura amarilla con forma de estrella. Luego bajaremos hacia Almería, donde trataremos de vivir aventuras postmodernas como quedarnos sin gasolina, recoger holandeses con mochila de las cunetas o escuchar sin reírnos canciones de Nacho Vegas.
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Leyendo durante el spoken word del Festival de las Artes. (Fotos: Luis A.)
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Hoy me leí El estatus en pdf. Aunque son sólo 164 páginas, tardé tres horas y media.
El 5 de junio participaré en el llamado Festival de las Artes en la Casa de las Conchas de Salamanca con una lectura moderna (=spoken word) de textos extraídos de Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, esa novela ya fundamental en la historia de la literatura del presente siglo.
Me voy unos días a París. En primera clase, por supuesto. Al Hilton, of course.Para que le guste a Alberto tiene que ser sexy.
Podéis ver toda la información disponible sobre la adaptación aquí.

El MondoSonoro de Abril saca una entrevista sobre Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder. Las fotos que ilustran el artículo son difíciles de ignorar (+18).
Libros. Me leí con inmenso placer:
Grupo.La literatura debe reinventarse constantemente, como Osiris, divinidad solar que moría cada día para renacer al siguiente. De igual modo, la novela lleva muriéndose más de un siglo, pero reaparece constantemente con formas nuevas, de tal modo que debería incluirse en su definición su carácter de ave fénix. Aunque, en realidad, la novela, la literatura en general, goza de buena salud; es la teoría la que, no pudiendo seguirla, la declara muerta y al fin debe reconocer que está viva y debe reconstruir sus doctrinas con los nuevos materiales: tarde, porque la novela, la literatura, ya ha mudado y viste plumajes nuevos.
En el guardapolvo de Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder, nuevo trabajo de Alberto Olmos -de quien ya hemos reseñado aquí Trenes hacia Tokio, El talento de los demás y Tatami-, aparece una bomba a punto de explotar (simula el mensaje de error de un Macintosh). Esa bomba es la que golpea a la teoría, que tendrá que enviar a sus TEDAX a desactivar este engendro que no se sabe si es literatura, ni quién es su autor; no es identificable la trama, ni el estilo. De lo que es la novela tradicional sólo podemos reconocer la existencia de unos personajes que, de todos modos, no tienen más relación entre sí que el medio donde publican sus textos, internet. Porque Alberto Olmos ha compuesto una novela de la que sólo ha escrito la Nota y los Créditos, y el material narrativo lo ha copypasteado de internet.
¿Quién es el autor? (Alberto Olmos respondió a esa pregunta solicitando una foto de grupo). Autores son todos, y el resultado es común. No se puede, como en un libro de cuentos colectivo, desgajar a uno de los autores y evaluarlo de manera independiente. La autoría de Olmos ha consistido en un entretejer textos que no son propios para componer un fresco coral –con la técnica evidente del collage- que es casi una novela-río, si bien internet es más un océano (pero hasta los océanos tienen sus ríos), donde el curso central es el ordenador de Olmos, en donde confluyen los diversos arroyos y corrientes. De algún modo es una actualización de La colmena, con una serie de personajes que discurren en paralelo, sin llegar ahora a rozarse.
Olmos ha concebido la obra “del texto a la textura”: lo que ha buscado es dotar de textura web a las historias de los personajes Eritrea, Supercrisis, Jeepster o el propio Olmos, que son personajes porque su existencia es digital y, ahora, de papel -Olmos entra en la novela a través de los correos electrónicos de su amigo Héctor-. Aportan texturas los textos robóticos, el spam, la nube de tags que copia o la encuesta de la bitácora Moleskine literario. Así pues lo relevante de esta novela no es el estilo, aunque no es indefinible, sino la textura y la estructura. Una estructura que obedece, como confiesa el editor en la Nota, a una “sana anarquía” y a su “curiosidad emocional” -no es difícil reconocer las semejanzas entre la amargura de Eritrea y la del protagonista innominado de A bordo del naufragio, la primera novela de Olmos-. El material lo ha ordenado (su “confesión de cookies”) partiendo de su propio blog, Hikikomori, y progresando “en círculos concéntricos”, como un DJ, inspirándose en el trabajo musical de The Avalanches, grupo australiano que compuso en 2000 el disco Since I Left You a partir de samples de muy diversos artistas (estrategia que copió luego Craig Armstrong para la banda sonora de Moulin Rouge).
Son textos provocadores, de una rebeldía a la antigua usanza, la que tatuaba con espray el desasosiego existencial o el rechazo profundo a las convenciones políticas y sociales en las paredes de la ciudad antes de los ridículos grafos. Es rabia desatada, que “es lo que promueve internet”. Es literatura en un estadio adánico, original (y por tanto es auténtica, no mera imitación del hipertexto). Muchos de estos materiales son los que, tradicionalmente, el escritor reelabora luego para dar lugar al relato común. Aquí quedan expuestas sus entrañas, como un Centro Pompidou literario. Son textos que obedecen a la necesidad íntima de expresión, la que siempre ha impelido a los escritores. Y de ese modo enlazan con la tradición.
¿Es literatura? Algunos ejemplos del libro lo son claramente, o tienen antecedentes claros en el diario, la columna periodística, el relato tradicional o la poesía. Otros, como los tweets o los SMS, quizá están más alejados de lo que comúnmente se entiende por literatura. Es el conjunto lo que resulta ser decididamente literario; pues no siempre el material que compone la obra literaria lo es, y sin embargo no cabe duda del carácter del producto final. Aquí es difícil desentrañar lo referencial, lo puramente literario, sin que importe realmente eso: “Lo literario está en el papel donde se imprime”. Lo que queda a quien lea Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder es que en internet puede encontrar literatura valiosa; aunque, de momento, el papel sigue dando prestigio (homologando, según Constantino Bértolo, editor de Caballo de Troya). A ver cuánto dura eso.
LO MEJOR: que algunas de estas ideas no se van a perder.
LO PEOR: ¿no traiciona al espíritu de internet el hecho de fijar los textos en papel?
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